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de la prolija profusión del atlas lingüístico —más de mil lenguas diferen- tes se hablan en Nueva Guinea—, podrían ser engañosas. Aquí, y no en el problema de la invención y la comprensión de la melodía (aunque los dos temas son congruentes) es donde yo ubicaría lo que Lévi-Strauss llama el

mystère suprême de la antropología.

¿Por qué el homo sapiens, cuyo aparato digestivo ha evolucionado y funciona con uniforme complejidad en todo el mundo, cuya organización bioquímica y potencial genético son, como asegura la ciencia más ortodoxa, esencialmente idénticos; cuya corteza cerebral tiene los mismos surcos independientemente de las latitudes y los niveles de la evolución social —por qué estos mamíferos que pertenecen a una especie uniforme pero de individuos diferenciados no emplea una lengua común? Respira un elemento químico para mantener su proceso vital, y muere si es privado de él. Se las arregla con un mismo número de dientes y vértebras. Para hacer una evaluación justa de la situación, es preciso dar un modesto salto imaginativo y preguntar, por así decir, desde el exterior. A la luz de los universales anatómicos y neurofisiológicos, una solución lingüística única se explicaría sin dificultad. De hecho, si viviéramos dentro de una epidermis lingüística común, cualquier otra situación parecería extraña. La veríamos como una fantasía descabellada, parecida a las criaturas aeróbicas o antigravitacionales de la ciencia ficción. Sin embargo también hay otro modelo "natural". Un observador sordo y analfabeto que se acer- cara al planeta desde el exterior e informara sobre la apariencia y la con - ducta psicológica humanas, concluiría, sin temor a equivocarse, que los hombres hablan un pequeño número de lenguas distintas aunque probable- mente emparentadas entre sí. Aventuraría una cifra del orden de la media docena, a la que sí añadiría un racimo de dialectos afiliados pero distin - guibles entre sí. Tal estimación sería convincente, pues coincide con los parámetros esenciales de las variaciones de la especie. Según la clasifi- cación adoptada, los etnógrafos la dividen en cuatro o en siete razas (con todo lo que un término tan sucinto tiene de insatisfactorio). La anatomía comparada de los tamaños y estructuras óseas impone tres tipos principa- les. El análisis de los grupos sanguíneos, tema complejo y cargado de consecuencias históricas, sugiere que existen una media docena de varie - dades. Estos parecerían ser los números cardinales de diferenciación importante, aunque el indivi-

tierra de cinco o seis lenguas principales, junto con un abanico de dialec - tos y jergas derivados e intermedios, semejante al de las escalas y combi - naciones en el color de la piel, se impondría a nuestro observador imagi- nario como algo profundamente natural y, de hecho, inevitable. Si vivié- ramos sometidos dentro de una organización semejante, nos parecería esencialmente lógica y nos apresuraríamos a dar por ciertas las palabras o, por lo menos las conjeturas de la fisiología y la anatomía comparadas y de la clasificación de las razas. Bajo la acción del tiempo y de la histo - ria, esa media docena de lenguas principales quizás habría extremado sus divergencias. En cualquier caso, los hablantes tendrían conciencia de las uniformidades subyacentes y esperarían encontrar ese grado de compren - sión mutua que comparten, por ejemplo, las lenguas romances.

La realidad es, por supuesto, enteramente distinta.

No hablamos una lengua, ni una media docena ni veinte o treinta; se piensa que en la actualidad se practican de cuatro a cinco mil lenguas. Y se puede decir que la cifra peca de conservadora. Hasta la fecha carece - mos de un atlas lingüístico que pueda jactarse de ser total. Además, las cuatro o cinco mil lenguas habladas en este momento son sobrevivencia de otras, mucho más numerosas todavía, que fueron habladas en el pasa- do. Cada año se extinguen algunas lenguas que convenimos en llamar raras, y que son las que hablan las comunidades étnicas aisladas o mori- bundas. Hoy, existen familias lingüísticas enteras que apenas sobreviven en el recuerdo vacilante de algunos ancianos informantes (quienes en vir - tud de su singularidad escapan al control de cualquier examen riguroso) o en el limbo de las grabadoras. A cada momento, o casi, sobre todo en la esfera de las lenguas indígenas de América, alguna expresión rica y vul- nerable del ser articulado cae en el silencio absoluto. La cantidad de lenguas perdidas es algo que sólo podemos tratar de adivinar. Parece razonable afirmar que las especies humanas desarrollaron e hicieron uso de un número dos veces mayor de lenguas del que ahora podemos regis- trar. Una auténtica filosofía del lenguaje y una sociopsicología de los actos verbales deben enfrentarse a la causa fundamental y a las modalida- des de la "invención" y la conservación por el hombre de entre cinco y diez mil lenguas distintas. Por difícil y generalizador que pudiera resul- tar un rodeo semejante, un estudio

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de la traducción no puede prescindir de una hipótesis sobre las necesida- des y oportunidades psíquicas que han vuelto necesaria la traducción. Antes de hablar en serio de la traducción es preciso considerar los posibles significados de Babel en relación con el lenguaje y la mente.

Una sola ojeada al compendio de Meillet1 o a los catágogos más recientes que se elaboran bajo la dirección del profesor Thomas Sebeok en la Universidad de Indiana, mostrará la extrema complejidad y la parce - lización del problema. En muchos lugares de la esfera, el mapa lingüístico es un mosaico, cada uno de cuyos cuadros, algunos minúsculos, es entera o parcialmente distinto por el color o la textura de todos los que lo rodean. A pesar de que se ha trabajado durante décadas en la clasificación y la filología comparada, ningún lingüista puede hacerse responsable del atlas linguístico del Cáucaso, entre Bzedux al noroeste y Ru'tul y Küri en las regiones tártaras de Azerbaiján. El dido, el xwarsi y el qapuci, tres lenguas habladas entre los valles de Andy y de Koissous, han sido identi- ficadas y distinguidas tentativamente, pero son lenguas escasamente conocidas para cualquiera que no sea hablante nativo. El artsi, de estruc - tura fonética y morfológica original, apenas se habla en un pueblo de unos 850 habitantes. El oubykh, que alguna vez floreció en las orillas del Mar Negro, sobrevive hoy entre un puñado de comunidades turcas próximas a Ada Pazar. Una diversidad y multiplicidad comparables distinguen a las llamadas familias lingüísticas paleosiberíanas. Erosionado por el ruso en el siglo XIX, el kamtchadal, lengua de indudables recursos y antigüedad, sobrevive únicamente en ocho caseríos de la provincia marítima de Ko - riak. En 1909, la memoria de un anciano conservaba aún una rama oriental del kamtchadal. En 1845, un viajero se topó con cinco hablantes de kot (o kotu): hoy no es posible encontrar ni un rastro. La historia de las culturas paleosiberíanas y de las migraciones anteriores a la conquista rusa sigue en la oscuridad. Pero es innegable la existencia de un amplio y complejo espectro lingüístico. Por lo que toca a los matices de la acción —posibilidad, probabilidad, confirmación, necesidad— las lenguas paleo- siberíanas poseen una gramática de obvia precisión. Pero casi nada sabe- mos de la génesis de estas lenguas y de sus afinidades, si las hay, con otros grupos lingüísticos más importantes.

ambas han escrito su historia y participado en la expansión de la tecnolo - gía. En cambio, el mapa lingüístico que se extiende del sudoeste de los Estados Unidos a la Tierra del Fuego está lleno de regiones incógnitas y de lagunas que la adivinación ha llenado. Las divisiones fundamentales están mal definidas; ¿cuáles son por ejemplo, las relaciones entre el árbol lingüístico uto-azteca y el gran racimo maya? Las listas más actuales recogen 190 lenguas distintas sólo en México y Centroamérica. Pero el registro resulta incompleto y grupos enteros de lenguas son señalados como no clasificados, quizás extintos o sólo identificados gracias a refe - rencias o intrusiones en otros idiomas, disfrazadas en forma de citas y préstamos. Hace falta mucha buena voluntad para no quedar radicalmente perplejo ante una situación como ésta.

Casi mil indígenas de la punta sur de la Sierra Nevada hablaban el tabutulabal en los no tan remotos años de 1770. Todo lo que hoy sabe- mos es que esta lengua era sorprendentemente distinta de todas sus vecinas. El kupeño sobrevivió hasta los últimos años del siglo XVIII, pero ya entonces decaía y era relegado a una estrecha zona en los manantiales del río San Luis Rey. ¿Qué dimensiones tenía en el pasado? ¿Dónde encontrar en la historia humana modelos de perseverancia cultural que expliquen que el yecarome, todavía hablado en el Río Fuerte en el siglo

XVI, haya podido distinguirse tanto del cahita, rama de la familia hopi que literalmente lo rodeaba? A mediados del siglo XVI, los viajeros informan del uso corriente del matagalpa en el noroeste de Nicaragua y en algunos lugares de lo que hoy es Honduras. Se cree que sólo un puña - do de familias que habitan cerca de las modernas ciudades de Matagalpa y Estelí conocen la lengua autóctona. En el norte de México y a todo lo largo de la costa del Pacífico, el náhuatl primero y luego el español cubrieron una veintena de lenguas preexistentes. Ahora el tomateka, el kakoma, el kucarete son nombres fantasmas. Una vez más, uno supone la existencia de una estrecha red de indicios, de necesidades inexplicadas y de fuerzas enigmáticas.

Los espacios en blanco y las tierras incógnitas representan vastas extensiones de la geografía lingüística de la cuenca del Amazonas y de la Sabana. Según los últimos censos, los etnolingüistas distinguen entre 109 familias, muchas delas

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cuales se ramificaron en subgrupos. Pero docenas de lenguas indígenas nunca han sido identificadas o se resisten a ser inclui- das en cualquiera de las categorías aceptadas. Asi, por ejemplo, una lengua descubierta en fecha reciente y que es hablada por indios brasileños en el valle de Itapucuru parece no estar emparentada con ningún grupo previamente definido. El puelce, el guenoa, el atakama y una docena de nombres parecidos designan lenguas y dialectos que sólo hablan, sobre millones de kilómetros cuadrados, algunos pueblos nómadas y en vía de desaparición. Su historia y estructura morfológica sólo han dado lugar a un precario esbozo clasificatorio. Muchas de ellas se hun- dirán en el olvido antes de que sea posible levantar gramáticas y léxicos rudimentarios. Cada una se lleva un tesoro de conciencia.

El catálogo de las lenguas se abre con el aba, idioma altaico hablado por los tártaros, y se cierra con el zyriene, lengua finou- garítica usada entre los Montes Urales y las orillas árticas. La imagen que da del hombre trae a la mente la de un animal lin- güístico que se complace en la variedad y el desperdicio. En comparación, los tipos de estrellas, planetas y asteroides son unos cuantos.

¿Cómo explicar esta cuadrícula demente hecha de retazos? ¿Cómo justificar que seres humanos de un mismo origen étnico, que viven en el mismo terreno, sometidos a circunstancias ecoló- gicas y climáticas equiparables; que suelen organizarse según los mismos tipos de estructura y que comparten sistemas similares de creencias y parentesco, hablen lenguas enteramente distintas? ¿Qué sentido es posible leer en una situación donde pueblos ape- nas separados por algunos kilómetros, por algunos valles, dividi- dos apenas por desgastadas colinas, empleen lenguas reciproca- mente incomprensibles y morfológicamente no relacionadas? Reitero la pregunta porque durante mucho tiempo la obviedad ha disfrazado su extrema importancia y su dificultad.

Un esquema darwiniano de evolución y diferenciación pro- gresiva de adaptación y de selección puede parecer plausible. Conscientemente o no, algunos lingüistas dan la impresión de haber trabajado sobre una analogía semejante. Pero en realidad, este paralelo sólo disfraza el problema. Si bien muchos detalles del proceso evolutivo real siguen siendo oscuros, la teoría de Darwin saca su fuerza de la economía indiscutible y de la especi- ficidad de los mecanismos de adaptación; las formas vivas su- fren transformaciones en aparíen-

los imperativos del medio. Se puede demostrar, sobre una amplía gama de especies, que la extinción está en proporción directa con las fallas o inexactitudes de la respuesta vital. La profusión lingüistica no ofrece nada que se asemeje a estos criterios visibles y comprobables. Carecemos de pautas (o sólo contamos con hipótesis y conjeturas) que permitan determinar la superioridad intrínseca de una lengua sobre otra, y demostrar si tal lengua sobrevive porque satisface más eficientemente que otras las exigencias de la sensibilidad y de la existencia física. No tenemos bases firmes para sostener que las lenguas muertas fallaron a sus hablantes, que las que resistieron disponían de un registro más amplio o de un caudal mayor do recursos gramati- cales. Por el contrario: algunas lenguas muertas se cuentan en- tre las maravillas de la inteligencia humana. Más de un masto- donte lingüístico fue un organismo dueño de una articulación más delicada y avanzada que la de sus descendientes. Además, no parece haber mayor correlación entre la riqueza lingüística y los demás recursos de una comunidad. Los idiomas más refi- nados y elaborados coexisten con modos de subsistencia ex- tremadamente primitivos y fundados en una economía rudi- mentaria. Muchas culturas despliegan en su vocabulario y en su sintaxis refinamientos y energías adquisitivas de las que su vida cotidiana carece por completo. Las riquezas lingüísticas funcionan como mecanismos compensatorios. Algunas hordas hambrientas del Amazonas dilapidan en el comentario de su condición más tiempos verbales de los que hubiera podido em- plear Platón.

El paralelo darwiniano también sucumbe en el punto fun- damental de los grandes números. La multiplicidad de la fauna y la flora no representa desperdicio o ausencia de propósito. Es un factor intrínseco del proceso de adaptación de la especie, del crecimiento y la selección, que propone Darwin. Dada la amplia gama de posibilidades ecológicas, es probable que la multiplicación de las especies sea una cuestión de orden econó- mico. Pero nadie ha probado que una lengua pueda adaptarse así.

Ninguna se modela sobre un medio geofísico dado. Basta añadirle neologismos y palabras prestadas, para que cualquier lengua pueda ser usada satisfactoriamente en cualquier lugar: en el Sahara se puede emplear la sintaxis esquimal. Lejos de ser económico y redituable, el infinito número y varie-

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dad de las lenguas humanas, reforzado por la ausencia de com- prensión mutua, constituye un enorme obstáculo para el progreso material y social de la especie. Más adelante volveremos a esa pregunta esencial sobre si las diferencias lingüísticas pueden o no ser agentes de enriquecimiento, psíquico y poético. Pero es fácil apreciar hasta qué punto han puesto un freno al progreso humano. Sobrepobladas y asoladas por los problemas económicos, las islas Filipinas no ganan nada con la compartimentación que les impo- nen el bicol, el chabokano, el ermitaño, el tagalo y el wraywaray (para hablar únicamente de las lenguas más importantes entre unas treinta); ni con el hecho, vinculado con el anterior, de que para cuatro de estos cinco idiomas el servicio norteamericano de empleos sólo pueda ofrecer un traductor calificado. Numerosas culturas y comunidades han sido marginadas de la historia por causa de esta parcelación. No es que se pueda reprochar nada a su lengua, sólo que ésta estorbaba la comunicación con las corrien- tes intelectuales y políticas dominantes. Innumerables sociedades tribales se han ido marchitando hacia adentro, aisladas hasta de sus vecinos más próximos por las barreras lingüísticas. Una y otra vez, las diferencias lingüísticas y la exasperante incapacidad de los seres humanos para comprenderse han alimentado el odio y el desprecio recíprocos. La oscura charla del pueblo vecino resulta habladuría incoherente o insulto sospechoso para el oído descon- certado. Los habitantes de vastas regiones del África, la India y América del Sur, atomizadas por sus respectivas lenguas, no han sabido unir sus fuerzas contra el forastero depredador o el estan- camiento económico. Si algunas veces comparten una lingua franca, como el swahili, su conciencia de un parentesco y de necesidades comunes sigue siendo artificial. Las fuentes más pro- fundas de la acción se asientan en el particularismo lingüístico. Despojadas de su propia lengua por los conquistadores y la civilización moderna, muchas culturas rudimentarias nunca han logrado recobrar su identidad vital. En suma: en el curso de la historia humana, las lenguas han sido zonas de silencio, afilada división para el extraño.

¿Por qué esta destructiva profusión?

Pocos lingüistas modernos, a excepción de Swadesh y Pei, han dado muestras de la curiosidad que esta situación debía haber provocado. Cuando se llega a dar una respuesta, ésta se formula en términos casualmente evolutivos: hay

sociedades y las culturas se dispersaron y, a través de la acumu- lación de una experiencia particular, adquirieron costumbres lingüísticas peculiares. Una explicación tan fácil sólo puede resultar inquietante: deja de lado los dilemas filosóficos y lógi- cos centrales que surgen de la unidad reconocida de las estructu- ras mentales humanas, asi como del papel económica e históri- camente negativo, a veces francamente destructor, del aisla- miento lingüístico. Invirtamos pues el razonamiento: que se enumeren razones por las cuales la adopción por la especie humana de una sola lengua o de un número reducido de lenguas emparentadas entre sí habría sido natural y benéfica. Resulta claro de inmediato que las justificaciones a posteriori de los hechos no son para nada convincentes. El problema se aloja en una zona más profunda. Y pocos lingüistas, desde Wilhelm von Humboldt, en las primeras décadas del siglo XIX, han dado pruebas de suficiente sentido histórico y rigor psicológico. Fue antes de Humboldt, cuando el misterio de la multiplicidad de las lenguas, que condiciona a toda teoría de la traducción, cautivó a la imaginación filosófica y religiosa. Casi todas las civilizacio- nes cuentan con su versión de Babel, con su mitología de la dis- persión original de las lenguas.2 Existen dos hipótesis principa- les, dos grandes intentos de dar solución al enigma por medio de la metáfora. Se cometió un error atroz, se produjo una liberación accidental del caos, semejante a la que desencadenó la caja de Pandora. Más comúnmente, se cree que la situación lingüística del hombre, las barreras absurdas que le impiden comunicarse, son un castigo. Una torre fue lanzada a las estrellas; los titanes se atacaron entre sí, y sus esquirlas y huesos rotos se transfor- maron en las lenguas aisladas; deseoso de escuchar, como Tán- talo, la charla de los dioses, el hombre mortal se vio convertido en un bruto y perdió todo recuerdo de su palabra nativa y uni- versal. Este conjunto de mitos, nacido de una confusión antigua y tenaz, se identifica paulatinamente con la especulación filosó- fica y hermenéutica. La historia de esta especulación, de las hipótesis arriesgadas por los filósofos, lógicos e illuminati para explicar la confusión de las lenguas humanas constituye en sí misma

2 La gran obra sobre este tema y una de las historias intelectuales más

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