La literatura fantástica comenzó a forjarse como aquella narración en la que tenía lugar la incursión de los espíritus, aparecidos, almas en pena, espectros errabundos impermeables a las rígidas leyes del tiempo y del espacio, seres tene- brosos que franquean la delicada línea entre la vida de aquí y la vida del trasmun- do, en fin, los fantasmas, cuya presencia o sola alusión provoca escalofrío y delirio. En su evolución, la incursión del fantasma dejó de ser un requisito en la literatura así llamada, y, con el tiempo, también dejó de serlo el miedo. El terror, los fantasmas y la vacilación racional de su percepción, han marcado el hilo dis- cursivo de muchas obras de la tradición fantástica, mas no son caracteres indispen- sables: basta que ocurra un hecho extraordinario que descuadre los códigos referenciales de la narración y quebrante o transgreda el orden natural establecido.
Está claro que en el siglo XX ha cambiado nuestro concepto de lo posible,
lo imposible o lo verosímil, dependiendo de la comunidad cultural donde funcio- nen dichos conceptos. La literatura fantástica delXIX, a la que nos circunscribimos en esta definición, delimita lo imposible como aquello que está en contradicción con las pautas de causalidad codificadas en un contexto cultural, esto es, aquello que no es verosímil (creíble y factible) de acuerdo a las leyes del racionalismo iluminista (leyes sociales, naturales, políticas y civiles, psíquicas…) y a las del sistema mítico-religioso (intervenciones divinas o milagrosas) y que es concebido en transgresión conflictiva con lo natural.
Lo fundamental del género fantástico decimonónico es para nosotros la no- ción de «transgresión» entendida como violación de un orden normalmente susten- tado en una concepción racional del mundo. La transgresión o colisión entre órdenes incompatibles engendra un sentimiento de «inquietud». De lo que no nos cabe duda es de que en el fantástico hay siempre al menos dos órdenes que están
en conflicto. El choque con el orden natural da lugar a una «pugna entre niveles con códigos distintos», sin posibilidad de armonía o sustitución de uno por otro o por otros, puesto que son irreconciliables. La transgresión perturba el orden lógico de dos ámbitos, por separado o conjuntamente: el ámbito de la interioridad (en muchos de los casos identificado con lo «fantástico interior») y el ámbito de la exterioridad, la realidad material o empírica y el entorno social. Como consecuen- cia, en el personaje y/o narrador se da un «conflicto racional y psicológico» que no conoce el consuelo. La transgresión vivida como amenaza es, además, lo que mar- ca la frontera con otras categorías cercanas a lo fantástico, como lo maravilloso y el realismo mágico154. Las premisas claves que atribuimos al fantástico contienen, pues, estas nociones: órdenes con códigos incompatibles, transgresión, conflicto racional y psicológico, inquietud.
Otro criterio de definición que apuntamos es que lo fantástico implica un modo de construir el texto; la «fantasticidad narrativa» es una categoría de acción que de manera radial y concéntrica repercute en todos los niveles textuales (semántico, lingüístico, sintáctico, etcétera). La narración fantástica extrae deter- minadas referencias que identificamos con el imaginario individual (el incesto, la necrofilia, el suicidio…) y el colectivo (la existencia del demonio, la creencia en los vampiros, la supervivencia del ánima…). Estas referencias se pueden concretar en motivos y figuras literarias del ámbito de la fantasticidad como el del umbral, los manuscritos, el castillo, el talismán, la estatua animada, el cuadro vivo, la pro- fecía, etcétera, o el del doble, el aparecido, la hechicera, el monstruo, etcétera. Un nivel importante de actuación de la fantasticidad es el de la enunciación (nivel lin- güístico, discursivo, retórico, técnico-formal). En este nivel el sujeto de la enun- ciación textualiza acontecimientos que pasan de un ámbito de identidad solapada a un espacio hostil de presencia y visibilidad; así, el discurso juega a menudo con la contención, lo sugerido, lo literal y lo figurado.
Lo fantástico traspasa los límites de lo posible (concebible) y se desenvuel- ve como un mecanismo de violentación de las referencias simbólicas (culturales, ideológicas, psicológicas, expresivas) que constituyen nuestra visión del mundo.
Ubicado en un espacio realista, lo insólito, siempre que sea transgresor, es a nues- tro parecer condición inexcusable de la definición de literatura fantástica. El orden de la vida ordinaria queda alterado o cuestionado por la intromisión de unos hechos a-naturales que no permiten explicación alguna desde una causalidad ra- cional pero cuya verosimilitud provoca un conflicto interior en el narrador o per- sonaje y el replanteamiento de sus nociones sobre lo lógico y lo natural, así como instaura un modo distinto de percibir las relaciones del sujeto con su entorno.
En los criterios de definición del fantástico del siglo XIXno podemos dejar de mencionar el contexto literario y el marco histórico y cultural. En el primero toma una importancia especial la influencia del romanticismo, el cual a su vez ha asimilado el gótico, que de un modo u otro se transmite en la tradición cuentística de todo el siglo. El romanticismo edifica las bases del género y el fondo auténtico del cuento fantástico decimonónico, que, aunque las haya ramificado, remitirá a estas bases. Del contexto pragmático el cuento decimonónico absorbe las influen- cias de los métodos científicos y, por supuesto, la dialéctica entre cientificismo y transcendentalismo. En el texto la ciencia problematizará el discernimiento entre lo objetivo y lo sobrenatural, sin ofrecer una solución o una respuesta satisfactoria, antes al contrario, tensará aún más las fronteras entre razón y espíritu, vigilia y sueño, vida y muerte. El cuento fantástico asimila otro resorte de la época, quizá el más importante, que es el trasfondo anímico e ideológico del espiritualismo. Este trasfondo está relacionado con las creencias y la ontología, pero también con los cambios hacia la formación del hombre moderno y la modernidad instaurada en paralelo a la revolución tecnológico-industrial. Para sopesar el alcance de esta nueva espiritualidad hay que tomar dos consideraciones: la primera es la visión desmitificada del mundo y el avance hacia la secularización de la sociedad; la se- gunda es la divulgación, por un lado, de las pseudociencias o ciencias ocultas y, por otro, de doctrinas o religiones asiáticas. No se puede entender el cuento fantás- tico delXIXsin valorar las coordenadas que hemos expuesto en este párrafo: cien-
cia, pseudociencia, secularización y filosofía oriental respecto al marco extrarreferencial; y asimilación de la estética y la filosofía romántica respecto a la tradición genérica e intertextual.
No se puede hablar de literatura fantástica en aquellos discursos en que se acude a la fantasía para buscar un efecto puntual de asombro o de horror, o para resolver un problema preciso que llevaría una extensa o difícil solución argumen- tal. La literatura fantástica será aquella que haga un uso autónomo, inteligente y disciplinado de la fantasía para franquear el mundo objetivo y adentrarse en espa- cios de lo sensitivo exacerbado, la sobreexcitación, la problematización de las sen- saciones y de la percepción, así como el desvarío racional mediante vivencias límite para las que no hay alivio ni explicación natural.