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2.6. Is there a free autonomous subject? Memory, perception, and the zone of indetermination
Corrumpunt bonos mores colloquia prava2: en los textos de
moralistas y espirituales españoles del siglo XVI la cita de esta sentencia paulina suele introducir una reflexión acerca de las buenas y malas lecturas. Tal como recuerda el beato Alonso de Orozco,
Cual fuere la conversación que cada uno tomare, tal será su vida. Si trata con humilde, se le pegará la humildad; si con casto, la castidad; y si tratare con el iracundo, será cual [éste] es. El libro que cada uno lee es con quien conversa: luego siendo malo, será mala la conversación; y si bueno, será buena3.
El agustino fray Luis de Alarcón, ilustrando el primer ejercicio del camino del cielo, “que es la lección devota y frecuentada”, llega asimismo a la conclusión que leer un libro malo equivale a tratar con el infierno: “Así como en la lección o plática devota habla Dios con nosotros, así a los que se dan a oír o leer las cosas vanas del mundo habla el demonio con ellos. Cual es el maestro, tales son los discípulos”4. Y en esta línea se sitúa también fray Luis de León, quien en la dedicatoria de
Los nombres de Cristo, condenando a los que se entregan a la lectura de
libros “no solamente vanos, sino señaladamente dañosos”, se pregunta: “si, como alega San Pablo, las malas conversaciones corrompen las
buenas costumbres, el libro torpe y dañado, que conversa con el que le
lee a todas horas y a todos tiempos, ¿qué no hará?”5.
1 Muchos de los textos que se comentan a continuación están ahora reunidos en la sección “Buenos y
malos libros” de la antología sobre poéticas del Renacimiento, en preparación para la editorial Mare Nostrum.
2
1º Cor., 15, 33.
3 Orozco, Historia de la reina de Saba (1565), en Diez (1991: 573). 4 Alarcón (1547) en Custodio Vega (1959: 76).
Años después el franciscano fray Juan de la Cerda llegará a llamar “cronistas del diablo” a los autores de libros profanos, ensalzando, por otro lado, el ejercicio de textos de buena doctrina, que
son como unos maestros sanctos que enseñan y persuaden al hombre christiano a ser casto y honesto, y unos discretos predicadores que le afficionan al amor de la virtud y le apartan y desvían de la corrupción de los vicios6.
La lección espiritual cierra las puertas a los pensamientos pecaminosos, sembrando en el alma del cristiano la semilla de la virtud, ya que, como decía san Bernardo, el corazón humano es como un molino que nunca deja de moler lo que le echan. Fray Luis de Alarcón no es el único en recurrir a esta imagen, pero sí el que lleva más allá la comparación, con todas sus implicaciones:
nuestro corazón es como la rueda del molino, que nunca para de tratar y moler algún pensamiento, y lo que leemos y oímos es lo que, a manera de semilla, le echamos, para que piense y muela; cual fuere la semilla, tal será la harina; y cual la harina, tal será el pan que de ella se amase y después se come. Si la semilla de lo que la lección o plática ofrece, es santa, será el pan o manjar sabroso y salutífero. Si es vana, será vano. Si es profana, será ponzoñoso. Con el primero, es el ánima consolada y confortada. Con el segundo, queda vacía y estéril. Con el tercero, queda emponzoñada y pestífera. Las palabras malas corrompen las buenas costumbres7.
La reflexión sobre los daños que derivan de las malas lecturas se abre a una primera matización de las distintas tipologías de libros mundanos: unos son vanos, los que dejan el alma vacía, otros, los que la envenenan, son profanos, y mucho más peligrosos.
En el sexto capítulo del Camino del cielo, dedicado a “La cuarta manera de los libros de los demonios, que son los malos libros escritos”8, fray Luis de Alarcón precisa aún más esas diferencias, llegando a establecer tres clases de escritos nocivos: los vanos, “que tratan de cosas superfluas o mundanas”, o bien de genealogías, o de porfías y contiendas inútiles, cuyo daño es hacer perder el tiempo en un estéril deleite; los
6 Cerda (1599: 44r).
7 Alarcón (1547) en Custodio Vega (1959: 75-76).
8 Alarcón distingue entre cuatro tipos de instrumentos del diablo, “que son como libros suyos, por los
cuales nos enseña lo que quiere, y con sus engaños nos emponzoña” (p. 78): los objetos mundanos, los juegos, los hombres inicuos y los malos libros.
lascivos, “que tratan de amores carnales y de sus obras torpes”, y los que tratan de cosas falsas, cuyo nombre varía en función de si las mentiras son en materia temporal –en cuyo caso se llaman “mentirosos”– , o bien en materia de fe –son los libros “erróneos y heréticos” 9–. A pesar de que en el climax de la exposición los textos lascivos no ocupen el acmé, fray Luis de Alarcón se explaya con especial detenimiento sobre la amenaza que representan por inclinar a cuantos los leen a pensamientos impúdicos y vicios carnales:
¿Qué mayor desatino puede ser que hacer esto? Estáse claro, si adviertes. Porque todos los que son condenados es por no refrenar, antes ser vencidos de sus malas inclinaciones, y mayormente de los vicios carnales, que son pasiones más vehementes, y mayormente con las ocasiones. Pues, como lo que más siempre debe procurar el que salvarse quiere, es que esta su mala inclinación carnal le sea quitada o refrenada y disminuída; ¡oh, cuánta e incomparable locura es buscar ocasiones y motivos para despertarla y encenderla y aumentarla! Lo cual hacen estos libros con la memoria actual y representación de aquellos actos viciosos. ¿Qué otra cosa hace el que lee en estos libros, sino meterse el cuchillo y matarse con sus propias manos? ¿Qué otra cosa hace el que se da a leer en estos tales tratados o libros, sino estar soplando y encendiendo tizones que tiene a sí apegados, con que sea de cada día encendido y abrasado con la cobdicia carnal, en este mundo, y después con mayor fuego en el infierno? Del número destos libros son, en el latín: Ovidio, y Terencio en algunas obras, y otros tales. En romance: un Amadís o Celestina, y otros semejantes. Finalmente, todas las escrituras que, o en prosa, o en coplas o metros, tratan de cosas lascivas10.
Estos libros son un arma peligrosa con la que los lectores desprevenidos se quitan la vida sin darse cuenta. No deja de ser significativo que de las tres categorías de malos libros ésta sea la única en la que se ponen ejemplos concretos, citándose en el mismo bloque los versos de Ovidio y Terencio, el Amadís de Gaula y la Celestina.