Methodological Approach: A Strategy for New Visual Narratives in a Devolved Museum and Gallery Space
4.1. Valleys Kids
Caso diametralmente opuesto al anterior es el de Teresa de Cepeda, co-autora, sin duda alguna, de un libro de caballerías, del que, empero, no nos ha llegado más que la noticia de su composición y del contexto en el cual se llevó a cabo. Dos bibliotecas muy distintas marcaron la etapa de formación de la futura Santa Teresa de Jesús: la de su padre, constituida por “buenos libros [...] de romance para que leyesen sus hijos”18, y otra, clandestina, alimentada por su madre, quien era muy apasionada al género caballeresco:
Era aficionada a libros de caballerías y no tan mal tomaba este pasatiempo, como yo le tomé para mí; porque no perdía su labor, sino desenvolvíamonos para leer en ellos, y por ventura lo hacía para no pensar en grandes trabajos que tenía, y ocupar sus hijos, que no anduviesen en otras cosas perdidos. Desto le pesaba tanto a mi padre, que se había de tener aviso a que no lo viese19.
17 El Triunfo Raimundino de Trasmiera vio la luz en las prensas salmantinas de Liondedei, y por otro
lado el bachiller, presunto discípulo de Nebrija, pudo haber sido colaborador del taller de Juan de Porras, quien imprimió muchas obras de Nebrija.
18 Santa Teresa de Jesús (1565) en Chicharro (1984: 119). “En el inventario de bienes que poseía su
padre al morir la primera mujer, doña Catalina del Peso, en 1507, constan los siguientes libros: Retablo
de la vida de Cristo e Tulio De Oficiis, viejo. Otro pequeño encuadernado: tiene Tratado de la Missa,
sentencias planas, de quadernado, de Gusmán, e las de Los siete pecados. En pergamino La conquista
de Ultramar. E otro volumen en que está Boecio e cinco libros e proverbios de Séneca e Vergilio. Las trescientas, de Juan de Mena; La Coronación, de Juan de Mena e un Lunario. A su muerte se encontró
también un libro de evangelios y sermones”. Chicharro (1984: 119-120, n. 2). “Buenos libros de romance” formaban parte también de la biblioteca de su hermano, Pedro Sánchez de Cepeda, hombre de vida modélica, que murió monje en un convento jerónimo. En 1531 Teresa transcurrió unos días en casa de este tío, como recordó años después: “Su ejercicio eran buenos libros de romance, y su hablar era lo más ordinario de Dios y de la vanidad del mundo. Hacíame le leyese, y aunque no era amiga de ellos, mostraba que sí”; Santa Teresa de Jesús (1565) en Chicharro (1984: 131).
Al evocar los años de su juventud, la santa no pudo dejar de lamentar las graves consecuencias que acarrea el mínimo descuido por parte de los padres en su delicada tarea de pedagogos:
Considero algunas veces cuán mal lo hacen los padres que no procuran que vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas maneras; porque, con serlo tanto mi madre como he dicho, de lo bueno no tomé tanto, en llegando a uso de razón, ni casi nada, y lo malo me dañó mucho20.
A imitación de su madre, la joven Teresa acabó convirtiéndose en una insaciable lectora de ficciones caballerescas, a las que dedicaba buena parte del día y de la noche, del todo embelesada por esas vanidades:
Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos; y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos, y comenzar a faltar en lo demás; y parecíame no era malo, con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento. Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello y olores y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa21.
El padre Francisco de Ribera, protobiógrafo de la santa, no dudó en reconocer en la seducción ejercida por tan peligrosas lecturas una tentación del demonio22 que “puso su diligencia en estragar, con el mal uso dellos, los dones naturales que Dios avía puesto en ella”, convencido de que, si le hubiera dejado echar raíces en la virtud, Teresa hubiera fácilmente ganado muchas almas para el cielo:
20 Santa Teresa de Jesús (1565) en Chicharro (1984: 123). 21 Santa Teresa de Jesús (1565) en Chicharro (1984: 124).
22 Otra religiosa que en su mocedad cedió a la diabólica tentación de los libros profanos, especialmente
comedias y libros de caballerías, fue la monja lusitana Soror Violante de Jesús María, cuyo tío y biógrafo, Francisco de Miranda Henriques, inquisidor y obispo de Évora, recuerda esas lecturas ponzoñosas: “[...] pareçe que queria o diabo tentar a Dona Violante nos principios da sua mocidade, e uendo que era forte a praça que queria combater, vzou do ardil de ao longe a inclinar a ler liuros de comedias, as quaes ella lia com tanto sentido que tomaua de memoria muitos comprimidos ditos e despoes com seu irmão e entre as criadas de caza os reprezentaua con tanta viueza, como se ella fosse muito uersada naquelle officio, e tanto se daua à leitura destes liuros e de outros bem inuteis de caualarias que não faltou quem com sentimento disto lho reprendesse. Ao que ella respondia que não sendo aquilo peccado, tinha gosto de o fazer quasi mostrando que sò pera hua imperfeiçam ou ociosidade podia o diabo fazer tiro a hum coração tão fortificado”. Cf. Glaser (1966: 408). La cita procede del original manuscrito de la Vida e morte da Madre Soror Violante de Iesus Maria, Religiosa
em o Convento da Madre de Deus (Lisboa, 1658, fol. 17 r.) que se guarda en la Biblioteca Nacional de
Esto procuró por dos vías. La primera fue haziéndola leer en libros de caballerías, que es una de sus invenciones con que ha echado a perder muchas almas recogidas y honestas, porque en casas adonde no se da entrada a mugeres perdidas y destruidoras de la castidad, hartas vezes no se niega a estos libros que hombres vanos con alguna agudeza de entendimiento y con mala voluntad an compuesto para dar armas al enemigo nuestro y suelen hazer disimuladamente el mal que aquellas ayudadoras de Satanás por ventura no hizieran23.
De no haber sido por el testimonio del jesuita, nunca hubiéramos sospechado que la pasión de la futura santa por estos “sermonarios del diablo”24 la llevaría hasta el extremo de componer ella misma uno25, con la colaboración de su hermano Rodrigo26:
Diose pues a estos libros, no de caballerías sino de vanidades, con gran gusto y gastava en ellos mucho tiempo, y como su ingenio era tan excelente, ansí bevió aquel lenguaje y estilo que, dentro de pocos meses, ella y su hermano Rodrigo de Cepeda compusieron un libro de cavallerías con sus aventuras y ficciones y salió tal que avía harto que dezir después de él. Sacó deste estudio la ganancia que se suele sacar, aunque ella no sacó tanto mal como otros, porque el Señor que la tenía guardada para tan grandes cosas, no la dexava de mano sino poco27.
23 Ribera (1590) en Pons (1908: 99).
24 Acuñó la definición Alejo Venegas en el Prólogo a La moral y muy graciosa historia del momo de
Leon Battista Alberti (traducida al castellano por Augustín de Almazán en 1553), y la volvió a utilizar en la Epístola al lector antepuesta a la versión española de las Obras espirituales de Serafino de Fermo (1556).
25 Desconocemos el título de este libro de caballerías que el marqués de San Juan de Piedras Albas
creyó identificar con El Caballero de Ávila “a su juicio inspirado en un episodio de la Crónica de
Ávila y protagonizado por Muño Gil. El título apuntado responde, sin embargo, a un poema heroico
compuesto por el poeta gongorino Felices de Cáceres con motivo de las fiestas celebradas en Zaragoza por la beatificación y canonización de santa Teresa. A ellas acudió don Juan de Funes y Villalpando bajo el nombre del Caballero de Ávila, dispuesto a defender [...] la primacía de la santa en todo el orbe. El incidente se cuenta en la relación de Luis Díez de Aux titulada Retrato de las fiestas de
beatificación de [...] Santa Teresa de Jesús (Zaragoza: Juan de Lanaja y Cuartanet, 1615), y en el
poema heroico de Juan Bautista Felices de Cáceres, El Caballero de Ávila por la Santa Madre Teresa
de Jesús [...] (Zaragoza: Diego Latorre, 1623)”; cf. Eisenberg-Marín Pina (2000: 126).
26 Confirmó la noticia el Padre Gracián de la Madre de Dios, confidente y amigo de Santa Teresa,
apuntando en la citada página de la Vida del Padre Ribera “La mesma lo contó a mí”. Fue Miguel Mir quien dio a conocer estas notas marginales en la obra Santa Teresa de Jesús, su vida, su espíritu, sus
fundaciones.
Las lecturas caballerescas de Teresa debieron interrumpirse bruscamente en la primavera de 1531, cuando la joven fue internada en el monasterio de Agustinas de Nuestra Señora de Gracia, en las afueras de Ávila, “y esto con tan gran simulación que sola yo y algún deudo lo supo, pero aguardaron a coyuntura que no pareciese novedad; porque haberse mi hermana casado y quedar sola sin madre no era bien”28. A partir de entonces nuevos textos, devotos y espirituales, pasarían a ser objeto de su interés y estudio: la Tercera parte del abecedario espiritual de fray Francisco de Osuna, las Confesiones de San Agustín o la Subida del
Monte Sión de fray Bernardino de Laredo entre otros. “Diome la vida
haber quedado ya amiga de buenos libros”29 comentaría unos treinta años después, para luego añadir que “no quise más usar de otros porque ya entendía el daño que me habían hecho”30, repudiando tajantemente las lecturas profanas. Sin embargo el recuerdo de aquella literatura de entretenimiento que tanto la había entusiasmado antaño la acompañaría a lo largo de toda su vida, llegando a dejar huellas más o menos visibles incluso en sus creaciones literarias, como alguno que otro crítico ha señalado31.