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Construct the e 3 value model

4 Exploring Goal Model Support for Business Process Design

4.2 Mappings between Constructs of Goal Modelling Languages and

4.2.2 Functional Perspective: Activity

¿Cómo hacemos para lograr que estas subjetividades que están en la escuela y en los espacios socioeducativos lleguen a decir, y no sólo a repetir? Creo que la habilitación para el decir, tiene que ver con la po- sibilidad de crear espacios donde se pueda dialogar.

Hay una anécdota que relata un filósofo de la lógica llamado Max Black. En un libro sobre la relación entre pensamiento y lenguaje, Max Black cuenta una pequeña anécdota extraída de una situación de clase: un profesor le dice a su alumna pensá antes de hablar y la alumna

le responde Pero cómo puedo saber lo que pienso si no me lo oigo decir. Ahí hay algo que la alumna le está diciendo al profesor, algo aleccionador: “para poder pensar, tengo que poder hablar”. Para poder pensar, tengo que poder tener espacios en donde expresarme.

Quisiera extender la idea del pensar y el decir no sólo al mundo de las palabras, sino también al de la expresión. La posibilidad de expresar- me (a través de las palabras o a través de la producción obras artísticas, o a través del cuerpo, etcétera) me va a permitir constituirme como sujeto, salir de este repetir, y de esta existencia inauténtica.

Hablar y pensar van de la mano. Poder ejercer la palabra no es simple- mente decir lo que ya pienso, lo que pensaba antes de hablar. Cuando uno genera espacios de debate, en el aula o en cualquier otro espacio, no solamente está permitiendo que alguien diga lo que ya piensa, sino que ayuda a que se vaya constituyendo un pensamiento, surgiendo un pensamiento, a partir de la palabra, a partir del habla.

Cuando uno habla no siempre sabe de antemano lo que piensa, o tal vez no tenga del todo pensado aquello sobre lo que habla. Mu- chas veces uno habla sobre aquello que es una novedad, algo que le ha sido propuesto, pero que todavía no tiene pensado. Mientras uno está hablando, está pensando. Quien está escuchando, también está pensando sobre aquello que el otro dice. Hay muchas posibi- lidades de que uno vaya cambiando lo que estaba pensando y que vaya construyendo un pensamiento diferente. Por eso, el espacio del hablar, no es sólo el espacio de exposición y de intercambio de lo que se piensa, sino que es un espacio de construcción. No habría que separar demasiado pensamiento y lenguaje, porque en realidad no se diferencian tanto. Cuando se piensa también se habla, y el pensamiento es también un discurso.

Entonces, para habilitar el decir, hay que poder dejar hablar. Segura- mente en ese hablar, habrá mucha repetición, pero en algún momento tal vez surja el decir, tal vez surjan los sujetos, y construyan pensa-

mientos genuinos, sobre aquello que sucede, o sobre aquello que se pone como tema en cuestión.

El diálogo aparecería como el modo en que se habilita el decir. Por su- puesto que ese decir, no es un decir en el vacío, fuera de contexto, sino que es un decir que se inscribe dentro de una cultura. Cuando habla- mos de habilitar el hablar, o de habilitar el decir, no estamos diciendo que sea sobre cualquier cosa y de cualquier manera. El contenido de aquello que se dice, por supuesto está dado por una cultura. Y la fun- ción educativa es lograr transmitir una cultura para que haya conteni- do en aquello que se piensa.

Considero importante rescatar la idea de diálogo en su sentido tradi- cional, el diálogo que nos ha sido legado por la filosofía antigua. Diá- logo significa, en su sentido etimológico, “camino a través de razones”. El personaje emblemático que llevó a cabo la práctica del diálogo es Sócrates. Sócrates fue considerado en su momento el más sabio de su ciudad, el más sabio de Atenas. Alguna vez, cuenta Platón, un amigo de Sócrates fue a decirle que había estado en el Oráculo de Delfos, y que el Oráculo le había dicho que Sócrates era el más sabio. Entonces Sócrates se pregunta: ¿por qué me dice el Oráculo que soy el más sabio, si yo he dicho muchas veces que no sé nada? (recuerdan la frase famosa de Sócra- tes: “Sólo sé que no sé nada”). A partir de esta afirmación del Oráculo, Sócrates se propone hablar con aquellos que sí son considerados sabios en la sociedad, y que sí se consideran a sí mismos, sabios. En esos diálo- gos, Sócrates empieza a ver que esos sujetos que se consideran sabios, en realidad, no saben. Se va dando cuenta haciendo buenas preguntas. Sócrates pregunta y pregunta, y estos hombres que empiezan hablan- do con mucha seguridad, se sienten conmovidos por esas preguntas, empiezan a caer en contradicciones, hasta que en un momento aceptan sentirse perplejos. La palabra perplejidad aparece en los textos platóni- cos, me siento perplejo, no sé qué decir ante tantas preguntas. Sócrates les genera fastidio por ser tan incisivo y tan molesto.

Y Sócrates dice bueno, a partir de ahora, a partir de que te has sentido per- plejo, y no has podido responder, podemos empezar a pensar juntos, podemos empezar a dialogar. Porque el diálogo requiere de sujetos que se consi- deran falibles, el diálogo se cifra en sujetos que reconozcan una falta, en sí mismos, y en los otros también. Sujetos que no se dejan llevar por las autoridades supuestamente sabias, porque el diálogo necesita sujetos autónomos y necesita sujetos capaces de reconocer su propia ignorancia, su propia falibilidad. Si no hay falla, no hay diálogo. Aquel que piensa que sabe, no tiene deseo de saber. Y tampoco tendrá deseo de saber qué piensa otro sobre ese tema acerca del cuál se siente autoridad. El diálogo necesita de la falibilidad. Cuando Sócrates decía sólo sé que no sé nada, seguramente no estaba queriendo decir nada en términos absolutos, porque sabía mucho, era muy inquieto e informado. Lo que quería decir Sócrates era que frente a lo que se puede saber, lo que él sabía era nada. Yo puedo llegar a saber algo, pero frente al SABER, y al camino del saber, lo que yo pueda saber, vale nada. Y además, querría decir Sócrates, mi saber es siempre falible, y aquello que pue- da parecer más seguro, en algún momento puede dejar de serlo. La condición del diálogo es la aceptación de la propia falibilidad. Cuando hay sujetos inflados, sujetos que creen saber, entonces obturan toda posibilidad de diálogo.

Esto lo podríamos trasladar al terreno educativo y pensar en los espa- cios donde se da la circulación del saber. Uno podría pensar que en los espacios socioeducativos, hay mayores posibilidades de que los sujetos que están allí se reconozcan como falibles. Hay mayores posibilidades de que las autoridades, o los docentes, puedan tener una actitud más cercana a los chicos y a los adolescentes. Una comunidad de sujetos que se reconozcan falibles, y que consideren que aquello que transmi- ten también lo es, puede dar lugar a una construcción más colectiva. Sócrates no escribió. No porque no supiera escribir, o porque no le interesara la lectura, sino porque estaba en contra de la escritura. Sócrates estaba en contra de la escritura porque no daba lugar al diá-

logo, porque cuando alguien escribe no está con otro, está solo. Y cuando alguien lee, también está solo. No se da el “cara a cara”, no se da el diálogo. Cuando está el autor no está el lector, y cuando está el lector, no está el autor. Y como él quería el diálogo, quería el “cara a cara”, prefería dejar de lado la escritura. En Fedro, Platón dice:

Pues eso es, Fedro, lo terrible que tiene la escritura, y que es en verdad lo que ocurre con la pintura. En efecto, los productos de esta se yerguen como si estu- vieran vivos, pero si se les pregunta algo se callan14.

Lo mismo les pasa a las palabras escritas, al oírlas, o al leerlas, se creería que piensan, pero si se les pide una explicación sobre el objeto que contienen, responden siempre la misma cosa. Y si un escrito es criticado, o reprobado injustamente, constantemente necesita de la ayuda de su padre pues por sí solo no es capaz de defenderse o de rechazar los ataques15.

Es decir, no hay un sujeto vivo ahí en el libro, o en el escrito, en la palabra escrita. Hoy tenemos muchas propuestas que tienen que ver con lectura y escritura que van por otro lado, que consideran que la escritura puede ser algo vivo, que los lectores también la resignifican, que los libros no son hojas muertas, sino que se resignifican en la me- dida en que son leídos. Un sujeto puede leer una obra en un tiempo, y después volver a leerla y encontrar otra obra, tal vez porque ese sujeto ha cambiado, ya no es el mismo, entonces la obra tampoco es la misma. Hay una idea de dinamismo.

El rechazo de Sócrates a la escritura, es el rechazo a la autoridad, es el rechazo a una posición fija, estática, a una posición que no cambia, que no acepta las críticas. Platón, sin embargo, se decidió a escribir, y fue el fundador del diálogo como género. Había previamente algunos diálo- gos ya escritos. Sin embargo, se considera a Platón como fundador del

14 Platón (1990). Fedro. Buenos Aires: Editorial Losada. Página 45. 15 Idem.

género. ¿Por qué Platón no hizo lo que su maestro Sócrates? ¿Por qué Platón escribió? ¿Y por qué escribió diálogos? Una posible respuesta es que Platón, le respondió a su maestro, mostrándole que era posible escribir obras dialógicas, en las que se diera un intercambio entre suje- tos, y que además, pudiera ser una obra interpretada cuando se la lee, es decir, una obra viva en la que uno (como lector) también entra en diálogo con esos sujetos que dialogan en la obra.

Quiero destacar algunas características del diálogo de Platón, carac- terísticas que son recuperables para pensar el diálogo en la actualidad. Una de las características del diálogo de Platón es que sucede en la cotidianeidad, es decir, que la acción del diálogo no se da en si- tuaciones extraordinarias sino en situaciones ordinarias. Sócrates se encuentra con alguien y hablan. Pueden hablar de cuestiones que tienen que ver con el paisaje, o con el calor que hace… Hay frases que dan cuenta de una situación cotidiana. Hasta que en un momento van entrando en un diálogo, aparece una temática, que por supuesto Sócrates siempre busca plantear.

Otra característica del diálogo platónico tiene que ver con el título de los diálogos. Este título remite al nombre de uno de los participantes del dialogo (Hipias, Protágoras, Meneo, Timeo, Fedro, Fedón). En ge- neral estos nombres se refieren a personas comunes. No son nombres de reyes, como podrían ser los títulos de las tragedias griegas, sino de personas comunes, de vecinos. Incluso hay un diálogo titulado Menón, que es el nombre de un esclavo. No son nombres de grandes figuras. Esto quiere decir que cualquiera podría estar participando de un diá- logo y ser título, ser protagonista. No hay ahí nadie especialmente ca- pacitado para dialogar. El mensaje platónico es que el diálogo no debe ser algo extraordinario, ni entre personas extraordinarias. El diálogo es algo común, cotidiano y ordinario, que debiera estar presente en la vida cotidiana y ser ejercido por cualquiera.

Podríamos pensar cuánto de diálogo hay en los lugares en los que no- sotros nos encontramos, en los intercambios que hacemos con otros. Uno debería pensar que el diálogo no es cualquier intercambio de pa- labras, no es una charla, no es cualquier forma de comunicación. El diálogo tiene que ver con una búsqueda común, con algo que se pro- ponen los sujetos, y que no está dado, no está previamente presente, sino que va a surgir como producto del diálogo. Es algo que no está previamente en esos sujetos, sino que estará como producción de esos sujetos. Está delante, no antes.

Platón da el ejemplo de las dos piedras que se friccionan. Las dos pie- dras que se friccionan producen la chispa, pero la chispa no está en las piedras, sino que es producto de la fricción. Ahí aparece lo interesante del diálogo, pero que no debería ser algo considerado especial, sino que debería estar instalado como algo propio de la comunicación humana. Otra característica del diálogo platónico es que apela a la razón y no a los sentimientos. Cada vez que aparece un sentimiento en el diálogo platónico, o bien el sujeto debe ser retirado, o es necesario traspasar el sentimiento para seguir dialogando. Hay escenas donde Sócrates se está por morir, pues ya bebió la cicuta, y está dialogando sobre la muerte, con sus amigos. Ellos, y también su esposa están conmovidos, ya que se está muriendo el querido maestro. Pero cuando aparece el llanto, él pide que se retiren, el que llora se va, se va de este juego del diálogo, porque donde aparece la emoción, aparece la particularidad. ¿Qué está queriendo decir ahí el diálogo platónico? Que la razón es aquello que nos comunica con los otros en aquello que tenemos en común. La razón es una facultad que tienen todos los sujetos humanos, y que puede servirnos para llegar a acuerdos, para llegar a la verdad, que tiene que ver con lo común y con lo universal. Mientras que la emoción o el sentimiento, entendido así, sería aquello que nos parti- culariza, aquello que tiene que ver con lo que yo siento, con lo que a mí me pasa, pero que no puedo pretender que al otro también le pase, porque es algo propio. La razón se puede compartir, se puede poner

en discusión. Yo no le puedo pedir a otro que sienta lo que yo siento, porque es lo que me pasa a mí, es lo particular. Pero sí puedo intentar dar razones de por qué otros deberían llegar a las mismas conclusiones racionales a las que he llegado yo. La razón es universal. Los senti- mientos son particulares.