Empezaré por compartir el cuestionamiento que hace Droit (2010:13-14) al inicio de su ensayo al preguntarse qué es Occidente: ―¿Se trata de un lugar, de una región del mundo? ¿Europa o América? ¿O las dos? ¿O mejor aún, el conjunto de los países ricos? ¿Se trata de un periodo de la historia? ¿O de un sistema económico? ¿Puede que sea una moral? ¿Una religión? ¿Un estilo de vida? ¿Un estado del espíritu? ¿Se trata de una bendición o de una maldición? En la actualidad, ¿Occidente se encuentra únicamente en ciertas partes del mundo o está casi por doquier?‖.
En principio, Oriente y Occidente se definieron con relación al centro griego del mundo. Esto es, Atenas y la pequeña franja de tierra de la Antigua Grecia. Desde este eje, occidente es el lado por donde el sol finaliza su trayecto todos los días (también se expresa como ―poniente‖ y ―el ocaso‖). En oposición y contraste, oriente es el lado por donde aparece el sol (también referido como ―levante‖).
A partir de los siglos VI y V a. C., la expansión griega, y posteriormente helénica, cambiaron las fronteras de este eje geográfico. Entonces se reconocía a ese Occidente como una forma de sociedad, un conjunto de convicciones y de actitudes que habían forjado su historia y apoyado su expansión (Droit, 2010: 22).
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Arnold (2000:7) indica que en la historiografía ambiental, Europa ocupa una posición central, dada la compleja relación material y cultural entre Europa y el resto del mundo, que ha quedado registrada en numerosos materiales históricos.
Conservación de la naturaleza 99 En contraste y de manera particular, Lindbergh (2007:12) indica que las raíces más profundas de lo que posteriormente se reconocería como ciencia occidental se encuentra en la antigua Mesopotamia y Egipto. Para ejemplificar estas tempranas influencias mutuas entre Occidente y Oriente cita el caso de Pitágoras (referido tempranamente por Herodoto en el siglo V a.C.) quien viajó a Egipto, donde fue iniciado por sacerdotes en los misterios de las matemáticas de aquella región. Fara (2010:8), entre varios ejemplos de influencias recíprocas entre Oriente y Occidente, refiere la herencia de los babilonios a la cultura occidental a través del patrón de reconocimiento de siete días en una semana, de 60 segundos en un minuto y de 60 minutos en una hora. En este mismo sentido, Gombrich (2002) afirma que los artistas griegos de la Antigüedad realizaron su aprendizaje con los egipcios, ―de ahí que el arte de Egipto tenga formidable importancia sobre el de Occidente‖. Muchas ideas del Antiguo Egipto que se propagaron a Europa, fueron aplicadas por los romanos y los griegos, y aún siguen vigentes hoy en día (Santon y McKay, 2006:33).
Al final del Imperio Romano el cristianismo se impuso sobre las antiguas religiones, y la Iglesia forjó una nueva identidad para Occidente. Droit (2010: 24) sentencia: ―A partir de la Edad Media, los términos Occidente y cristiandad se confunden. Ser occidental es ser cristiano‖.
Al respecto y para los fines de esta tesis, es conveniente referir con mayor amplitud la relación entre Occidente y cristiandad; Ugglia (2010:80) plantea que la ética judeocristiana, entonces, suponía que el mundo material era un bien (gift) que Dios daba a los humanos para su dominio, a través del mejoramiento, logrado con inteligencia humana y labor física. La presunta influencia de esta moral judeocristiana ha sido un tema de discusión dentro del debate político y religioso sobre la conservación de la naturaleza. Este será un tema que se discutirá posteriormente. Por el momento citaré a Gómez-Heras (1997:9) quien declara la
urgencia de ―la revisión del antropocentrismo, aceptado como presupuesto y soporte de los sistemas morales vigentes en Occidente‖.
Al mismo tiempo, aprovecho la oportunidad para citar a Campbell (1985:viii) quien afirma que la religión de un pueblo refleja y determina a la vez su actitud ante la naturaleza, basándose en él tantas veces citado primer capítulo del Génesis, versículo 27, que a la letra dice:
Y los bendijo Dios, diciéndoles:-- Procread y multiplicaos, y llenad la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra--.
Al respecto, Campbell (1985: ix) añade:
Esta visión judeocristiana del mundo (…) ha sido característica, naturalmente, de judíos, cristianos y, entre éstos, especialmente de los protestantes. Casi todas las demás religiones y filosofías reflejan una actitud de mayor respeto y preocupación por la naturaleza. Para nosotros, la importancia del punto de vista judeocristiano no es sólo que dirige buena parte de la tecnología occidental, sino también que, disfrazado de los valores comerciales y la tecnología occidentales, se está extendiendo por todo el mundo. Una actitud similar de explotación irreflexiva de los recursos naturales del mundo se está haciendo cada vez más común entre las personas de otros continentes que han estado en contacto con el mundo occidental.
Este juicio que condena a la religión judeocristiana, como elemento constitutivo y formativo del pensamiento occidental, tiene en el célebre artículo de White (1967) su punto de partida más influyente. En su controvertido artículo, White hace una serie de sentencias en las que vincula religión, ciencia y tecnología, las cuales destacaré a continuación:
Conservación de la naturaleza 101
Todas las formas de vida modifican sus contextos; particularmente la especie humana, en el momento en que incrementó sus números poblacionales, afectó notablemente sus ambientes.
La historia del cambio ecológico [de origen antropogénico] es aún rudimentaria, ya que sabemos poco acerca de lo que realmente sucedió o de cuáles fueron sus resultados.
Las ciencias naturales, concebidas como el esfuerzo para comprender las
cosas de la naturaleza, han florecido en distintas eras y entre diferentes gentes.
Recientemente, cuatro generaciones humanas antes [a la publicación del artículo], la Europa occidental y Norteamérica arreglaron un matrimonio entre la ciencia y la tecnología, la unión de enfoques teóricos y empíricos hacia nuestro ambiente natural. La expansión de la práctica y conocimiento científico vinculada al poder tecnológico, difícilmente, puede ser fechada antes de 1850.
Consecuencia de esta expansión, surge el concepto novedoso de la ecología (aparecido en lengua inglesa por primera vez en 1873). A lo largo de la centuria, los cambios ambientales originados por la especie humana se han incrementado.
Hasta el momento no hay propuestas específicas para cambiar esta tendencia, aún cuando hay muchas convocatorias a la acción.
Tradicionalmente, la ciencia ha sido aristocrática, especulativa e intelectual en su propósito: la tecnología fue de clase baja, empírica, y orientada por la acción. La repentina fusión de esas dos, a la mitad de la centuria 19, está relacionada con la revolución democrática contemporánea, la cual, reduciendo barreras sociales, ha promovido la unidad funcional del cerebro y la mano. La cuestión es, planteada así, si este mundo democratizado puede sobrevivir a sus propias implicaciones. Presumiblemente no, a menos que se repiensen nuestros axiomas.
La tecnología moderna y la ciencia moderna son distintivamente occidentales. Aún cuando hay evidente influencia temprana de otras culturas.
El liderazgo de Occidente, tanto en ciencia como en tecnología se remonta más allá de la denominada revolución científica de la centuria 17.
El cristianismo es la religión más antropocéntrica entre todas las existentes, ya que no sólo establece un dualismo de hombre y naturaleza, sino que además insiste en que la voluntad de Dios es que el hombre explote la naturaleza para sus propios fines.
El cristianismo es una fe compleja, y sus consecuencias difieren en diferentes contextos. Las implicaciones del cristianismo para la conquista de la naturaleza podrían emerger más fácilmente en la atmósfera occidental.
Más ciencia y más tecnología no estarán facilitando la superación de la presente crisis ecológica, a menos que encontremos una nueva religión o repensemos la antigua.
El hecho de que la mayoría de la gente, en esta era, no piense sus actitudes hacia la naturaleza como cristiana, no anula la influencia que en su momento tuvo la religión judeocristiana en la forma en que la civilización occidental se relacionó con la naturaleza.
Tal como se ha mencionado, la propuesta de White ha sido controvertida y ha generado tanto adhesiones como rechazos. Sin embargo, en estos días, es común encontrar en los discursos ecologistas la condena a la religión judeocristiana (y por extensión, a la civilización occidental, sin distinguir las variantes contemporáneas de esa religión judeocristiana original), por cierto, sin que medie una interpretación diacrónica de un texto religioso, cuyo origen y autoría parece perderse en la cita apócrifa. Lo que realmente podría dar sentido a la interpretación de estos practicantes religiosos sería la vinculación entre esta expresión multicitada y el comportamiento ambiental de los feligreses. Tarea que podría ser prácticamente imposible, dada la antigüedad y tamaño de la feligresía
Conservación de la naturaleza 103 católica (además, suponiendo que fueran fundamentalistas y de práctica ortodoxa). En este sentido, Arnold (2000:13) hace referencia a la tendencia de interpretar la relación de las culturas con sus entornos naturales con base en la herencia de actitudes hacia la naturaleza, donde predomina la crítica hacia la tradición judeocristiana y destaca la necesidad de hacer estudios comparativos con mayor cautela y rigor de lo hecho hasta ahora, especialmente cuando se consideren culturas presuntamente más empáticas con la naturaleza.
Para mantener la perspectiva histórica adecuada, creo que es necesario anotar que al tiempo que se desarrollaba un Occidente cristiano, existían un Oriente Próximo y un Oriente Medio musulmanes, así como un Extremo Oriente taoísta, budista o hinduista. También se debe reconocer que para aquel entonces había culturas indígenas en lo que sería referido posteriormente por los europeos como América; es decir, entonces, como ahora, había distintas maneras de entender el mundo. También es preciso anotar que, en aquel momento, se fortalecían las primeras redes humanas (básicamente comerciales) y, con ello, el intercambio de ideas sobre la naturaleza. Así, el tráfico de mercancías supuso, también, el traslado de plantas y animales, tanto como los respectivos conocimientos sobre ellos. Fara (2010:116), refiriéndose a los europeos que regresaban del Nuevo Mundo, apunta que cuando los viajeros regresaban a su hogar, traían consigo más que mercancías, nuevos conocimientos38 (provenientes de personas y culturas que en ese momento consideraban inferiores a ellos mismos) que enriquecieron el conocimiento botánico, agrícola y medicinal de la Europa de entonces. Como consecuencia de la ampliación de las redes humanas, el paisaje natural de la Tierra se ha ido transformando, imponiéndose nuevas visiones territoriales sobre la naturaleza.
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De manera particular, Fara (2010:116), revela que el comercio global, de aquel tiempo, motivó el renacimiento de la historia natural, no sólo en universidades sino en sociedades privadas, en la corte y en las colecciones privadas.
Desde el momento en que se plantea el origen del pensamiento occidental en el centro de Europa, es posible reconocer un variado y cambiante conjunto de influencias de otras culturas, relacionadas con la expansión de poblaciones humanas con distintas identidades étnicas en un incesante movimiento (por ejemplo, el descrito sintéticamente por Santon y Mc Kay, 2006). Sin embargo, tal como aclara Rabasa (2009:36):
con eurocentrismo no sólo me refiero a una tradición que pone a Europa como ideal cultural universal en lo que se llama Occidente, sino a una evasiva condición del pensar. Es universal porque afecta tanto a los europeos como a quienes no lo son, independientemente de las cuestiones y situaciones específicas que unos y otros se propongan.
Así, se puede entender la dificultad inherente a la delimitación geográfica o intelectual de lo Occidental. Se asume que durante el Renacimiento (siglo XVI) y posteriormente hasta la Edad Contemporánea, Occidente se desarrolló, en gran medida, en el sentido de su expansión económica como dominador del comercio mundial; al mismo tiempo, promovió grandes descubrimientos científicos y progresos técnicos que modificaron los medios de transporte y la industria.
De acuerdo a Mc Neill y Mc Neill (2004:153), en el Siglo XVI, los europeos occidentales ya habían adquirido una serie impresionante de saberes de sus vecinos bizantinos y musulmanes, y habían importado una serie no menos importante de tecnologías de la lejana China. En otras palabras, ―los europeos occidentales se beneficiaron mucho en términos de riqueza y poder, de su experimentación desinhibida con las ideas, mercancías y prácticas que circulaban en la red del Mundo Antiguo‖.
Así, la expansión de Occidente es asociada a conquistas, colonización, explotación y masacres. De acuerdo con Droit (2010:25): ―El nuevo poderío de Occidente permitió, entre los siglos XVIII y XX, extender su dominio sobre todo el
Conservación de la naturaleza 105 planeta‖. Conforme se extendía este dominio occidental se transformaban los paisajes regionales del mundo, y con ello se realizaba un registro documental de las intervenciones territoriales, que ahora permite reconstruir la historia ambiental del planeta. En palabras de Arnold (2000:11):
la historia ambiental se ocupa, pues, no sólo de asuntos como la forma en que ha cambiado el ambiente (como resultado de la actividad humana o por otras causas) y de los efectos de los cambios en las sociedades humanas, sino también de las ideas sobre el mundo natural y cómo éstas se han desarrollado y pasado a formar parte de nuestro conocimiento de la historia y la cultura. Comúnmente, el historiador se ocupa aquí de varios conjuntos de ideas y actos, que representan diferentes clases o culturas. Lo que para una persona quizá sea lo silvestre, para otra podría ser el paraíso terrenal. Para algunos pueblos, los bosques han sido hogar y fuente de satisfactores, así como de comodidad; para otros, han sido lugar de oscuridad y barbarie, útiles sólo para ser cortados en aras del progreso, la prosperidad y el orden. El ambiente o medio ha sido no sólo un lugar; también el campo de batalla donde han contendido ferozmente ideologías y culturas.
Al respecto hay varias descripciones históricas, entre las que destacan las de los ya citados, Mc Neill y Mc Neill (2004), en cuyo estudio se relaciona el desarrollo socioeconómico y los impactos ambientales como consecuencia de distintos modos de entender y apropiarse del mundo natural. Estos autores proponen el término ―redes humanas‖ para referir a ―una serie de conexiones que ponen a unas personas en relación con otras. Estas conexiones pueden tener muchas formas: encuentros fortuitos, parentesco, amistad, religión común, rivalidad, enemistad, intercambio económico, intercambio ecológico, cooperación política e incluso competición militar‖. De acuerdo a este planteamiento, la mayor red humana se formó hace aproximadamente dos mil años, mediante la agregación gradual de numerosas redes menores. A esta red le han denominado ―la Red del Mundo Antiguo‖, que abarcaba la mayor parte de Eurasia y el norte de África (Mc Neill y Mc Neill, 2004:3). Me parece que es posible establecer una
correspondencia entre la explicación que propone Droit (2010) para el desarrollo del pensamiento occidental con la propuesta de redes humanas (Mc Neill y Mc Neill, 2004) para explicar el modelo civilizatorio ―occidental‖ que se impone en el mundo contemporáneo.
De manera particular, se indica que en el siglo XX hubo un cambio significativo en la historia del mundo y de Occidente cuando Estados Unidos empezó a dominar con mayor fuerza la economía mundial. De acuerdo con Droit (2010: 27): ―Occidente ha acabado por designar cada vez menos un lugar y cada vez más, un tipo de sociedad‖39
. Al respecto, Santos (2009:225) retoma lo planteado por Hegel para explicar el sentido y progreso de las civilizaciones para, posteriormente, criticar esta noción que consagra el triunfo de Occidente sobre las otras culturas y civilizaciones:
Según Hegel, la historia universal transcurre de Oriente a Occidente. Asia es el principio, mientras Europa es el fin último de la historia universal, el sitio donde culmina la trayectoria civilizatoria de la humanidad. (...) En cada era, un pueblo asume la responsabilidad de conducir la Idea Universal, convirtiéndose así en el pueblo universal histórico, un privilegio que por turnos ha pasado de los pueblos asiáticos a los griegos, luego a los romanos y, finalmente, a los germanos. América, o más bien Norteamérica, conlleva para Hegel un futuro ambiguo, en tanto no choque con el cumplimiento último de la historia universal en Europa. El futuro de (Norte) América es aún un futuro europeo, conformado por las sobras de la población europea.
Así, en la actualidad, la mayoría de los países, desde el punto de vista técnico y comercial y desde su forma de vida, se encuentran ―occidentalizados‖. De este modo, algunos entienden que la ―globalización‖ constituye una ―occidentalización‖ del mundo. Al respecto, Judt (2010:182) apunta:
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Al respecto, Fara (2010:52) apunta que tanto Occidente como Europa son entidades fabricadas que no tienen límites fijos.
Conservación de la naturaleza 107
deberíamos desconfiar de todo esto. La –globalización- es una actualización de la fe modernista en la tecnología y la gestión racional que marcó los entusiasmos de las décadas de la posguerra. Al igual que entonces, implícitamente excluye la política como escenario de las decisiones: los sistemas de relaciones económicas los establece la naturaleza, como afirmaban los fisiócratas del siglo XVIII. Una vez que se identifican y entienden correctamente, no tenemos más que vivir de acuerdo con sus leyes
A esto le adjudica Judt (ob cit) el origen del ―capitalismo global integrado‖. Sin embargo, en este pasaje de mi exposición es pertinente admitir la dificultad de articular los diferentes intentos de describir a las sociedades humanas dada la diversidad de sus expresiones y modos de referirlas (en términos ecológicos, económicos, políticos y sociales se refieren sociedades-países como ―capitalistas‖, ―desarrollados‖, ―consumistas‖, ―industrializados‖, ―del primer mundo‖ y sus correspondientes definiciones por oposición o complemento).
No obstante las dificultades inherentes a una generalización sobre las tendencias de la población humana mundial, para cualquier época y en particular para ésta, se ha indicado que ―la edad de oro‖ de la civilización occidental se sitúa en el periodo que va de la finalización de la Segunda Guerra Mundial hasta el inicio de los setenta del siglo pasado, y que particularmente fue en la década de los sesenta en que ―sus sistemas de valores, su potencial tecnológico, económico, militar y cultural brillaban en todo su esplendor a lo largo y ancho del planeta‖. Otero Carvajal (1998) vincula este fenómeno con la ideología del Progreso, que se basa en la convicción de la superioridad de Occidente sobre el resto de las civilizaciones que convivían en el planeta. De acuerdo a este planteamiento, la historia de la humanidad se resolvía mediante la sucesión de formas civilizatorias, en las que Occidente constituía el modelo más evolucionado mientras el resto representaban formas atrasadas, condenadas a reproducir de manera acelerada
el modelo histórico recorrido por la civilización occidental‖40
. Se debe destacar que esta ideología del Progreso se ha asociado a ―los espectaculares triunfos de la ciencia y la tecnología occidentales han logrado imponer el dominio de la humanidad sobre la naturaleza, inaugurando una nueva era en la que las miserias y lacras que habían afligido a los seres humanos desde sus orígenes estaban llamadas a desaparecer en el corto lapso de algunas generaciones‖. Es importante destacar aquí lo siguiente; en esta ideología del progreso (en la civilización occidental), se encuentra vinculada la noción de progreso de la
humanidad con la de progreso científico. Sin embargo, dada la vastedad de
expresiones geográficas de la occidentalización contemporánea es conveniente tratar de precisar el fenómeno.
Por ello, en este punto de la reflexión, cabe reconocer distintos sentidos y aplicaciones del término ―occidente‖; sin embargo, para algunos autores hay una constante en el pensamiento occidental, el cambio permanente. De acuerdo con