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Por primera vez en Tanaquillo, el público pudo aplaudir varias obras cortas: drama, comedia y otros sainetes; permitiéndose admirar las aptitudes histriónicas y neuróticas de varios miembros de la comuni­ dad. En los demás pueblos de La Cañada pasa algo parecido: los irre-

verentes agraristas se avocan a organizar grupos que, una vez cerra­ das la iglesias, las abren, pero para entrar a lazar santas imágenes y desbarrancarlas de sus pedestales, que una vez en el suelo son arras­ tradas hasta el centro del atrio o fuera de la iglesia donde hacían pi-

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las que eran incendiadas de inmediato. En la comunidad de Huáncito pas6 algo similar. Verdaderamente, la gente clerical no tenía las ar­ mas para enfrentarse a la actitud antirreligiosa del gobierno y sus defensores, más bien se protegió y escondió a gente que conectaba a la comunidad con los sacerdotes; se las ingenió para lograr bautizos, ca­ samientos, confesiones, comulgaciones, santos óleos y otros sacramen­ tos en la más secreta intimidad.

Ernesto Prado, como cacique supo estar a la altura y a la moda de las corrientes agrarias y políticas, fuentes de su poder. Fue agra- rista porque sabía que los d e '"arriba" eran agraristas y también sa­ bía de un gobierno federal anticlericalista.

En La Cañada, principalmente los dirigentes del movimiento armado local se dieron cuenta de que había algo muy claro y de donde agarrar­ se para justificar sus actividades:la irreconciliable ruptura entre el clero y la Revolución, y el hecho de que los cuantiosos gastos del culto y ceremonial religioso tuvieran la culpa del empobrecimiento de muchos campesinos y la pérdida de tierras de varias comunidades. De ahí la fuerte política anticlerical por parte de los revolucionarios y agraristas locales.

Los agraristas, pasaron a convertirse en una minoría privilegiada, opuesta a los intereses y costumbres de los demás miembros de sus pue­ blos. La posición y actitud anticlerical de los agraristas los llevó a tratar de realizar reformas en un aspecto importante de la cultura: religión católica y festividades tradicionales que formaba parte esen-

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cial de la cultura tradicional. Quizás "por ello la resistencia a sus políticas económicas se asociaba a la resistencia al cambio cultural. En los pueblos conservadores siempre prevaleció una fuerte reacción

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contra los agraristas y una ideología católica militante". Al res­ pecto Moisés Saénz dice:

En el fondo, ni eran tan revolucionarios los Agraristas ni tan enemigos y conservadores los Fanáticos. Unos y otros hubieran gozado de una buena misa y de una fiesta de santo, con mucha tambora, cohetes y mitotes y ambos bandos estaban igualmente interesados en el arreglo de la tierra, en sacudir gabelas del tendajero y del cura y hubiesen, con la debida preparación apo­ yado a la escuela y a los maestros".^9

La división eñ dos bandos o grupos en La Cañada tuvo una justifi­ cación y un planteamiento concreto: la llamada Revolución Mexicana, que en expresión local reconocía otras causas muy importantes. En realidad, la división en cada una de las comunidades del municipio representaban la crisis de un grupo social envuelto por el cambio social; es decir, dos fuerza en pugna, mantenida por la gente de cul­ tura sencilla que sufren las influencias del exterior: formas y ma­ neras extrañas difíciles de aceptar y adoptar de golpe; de ahí el en­ frentamiento entre la fuerza conservadora y la innovadora. Moisés Sáenz, que estuvo largo tiempo en La Cañada y le tocó observar aún parte del alboroto local, clarifica muy bien la situación al agre­ gar que:

"Los agraristas tenían razón al designar a sus oponentes con los motes de "fanáticos", "reaccionarios", "viejos", "beatos", etc. Estos veían en la secta revolucionaria a los enemigos de la costumbre y de la idiosincracia vernáculas. Planteada la oposición, exageraban unos y otros, orillándose a la insinceri­ dad. Los agraristas no únicamente se afiliaban contra los ma­ les sociales de carácter económico que pretendían resolver, eran también enemigos de la Iglesia y del cura, inclusión ex­ plicable, y se declaraban hostiles a la Religión, a la música a las danzas; lo que ya era excesivo. Positivamente, ios agra­ ristas eran de la Revolución y del Gobierno. Apoyaban, en con­ secuencia, todo lo que de estas fuentes emanara, las escuelas, por ejemplo. Habían adoptado ciertas formas de la organización

socio-económica mexicana, eran miembros de la Cohferación Mi- choacana de Trabajadores; tenían comités agrarios, etc". ® El movimiento anticlerical en La Cañada, no llegó a más; ni se sa­ be de la organización de algún grupo armado lugareño que haya ido a incorporarse o a defender la causa de otros hijos de Cristo Rey. Aun­ que varias columnas de cristeros pasaron por La Cañada o cerca de ella, unas veces a trote lento y otras a carrera desesperada, la gen­ te del municipio nada más los vió pasar, ninguno tuvo ánimo de seguir luchando por la fe. Después de todo, en La Cañada, lo que más abunda­ ba era la tierra,comunal y no la pequeña propiedad, cuestión que te­ nía mucho que ver con el fervor religioso manifestando por los crite- rós de los Altos de Jalisco, Guanajuato y lugares circunvecinos, y de otros lados también.

En La Cañada se tuvo noticias del movimiento cristero que se gene­ ró por Pénjamo, Zacatecas, Altos de Jalisco, así como varios pueblos de la región de Guanajuato y otros tantos del estado de Colima. Por las mismas fechas (1927), llegan rumores al municipio de que dicho movimiento logra levantar ámpula por los pueblos de la sierra del Su­

reste michoacano, en Tajimaroa, Yurécuaro y Zamora, ya muy cerca de La Cañada. Del mismo modo se sabe del alboroto y azuzamiento de las agrupaciones llamadas Acción Católica, seccionada en comités para señores, señoras y señoritas; Unión Católica Mexicana;- Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa y otras organizaciones piadosas que se detectaron por el sur de Coahuila, el norte de Zacatecas, Ta- maulipas, San Luis Potosí, Puebla y otras poblaciones cercanas a la capital de la República.

Después de la primera mitad de 1929, aún entre un ambiente de agi­ tación y convulsiones provinientes de los inflamados pechos cristeros,

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llega a la Cañada otro rumor: cardenales, obispos y otros señores de so­ tana, hacían mil maniobras para entenderse con los representantes del Estado, y éstos un poco asustados se hicieron solícitos. Al respecto Luis González dice: "El 5 de junio, en el Castillo de Chapultepec, don Emi­ lio Portes Gil y los Obispos Ruiz , delegado apostólico, y Díaz, arzo­ bispo de México, conversaron largamente. Poco después se acordé la-rea­ nudación del culto, la devolución de templos y accesorios a la Iglesia, y la amnistía a los levantados en armas. Lo acordado se firmó el 21 de

junio. Las autoridades eclesiásticas urgieron a las partidas de rebel­ des que cesaran la lucha; las militares hicieron igual con las tropas anticristeras. "El domingo 30 de junio de 1929 las iglesias de México volvieron a abrirse".^'1'

Sin embargo, en La Cañada continuaron los templos cerrados y los curas au­ sentes, debido a la actitud tomada por los agraristas dirigidos por Ernesto Prado. Tal estado de cosas se sucede entre mediados de los años 20s y continúan hasta finales de los 40s. Sin embargo, el con­ flicto agrarista-iglesia representa un mal menor ante el principal: se insistía mucho con la idea del arreglo y resolución de las tierras comunales, y la restitución de otras aún no devueltas o recién arre­ batadas ilegalmente por los propios agraristas.

Por otro lado, se sabía en el municipio, que a nivel nacional el Callismo seguía imperando en todos los órdenes; que los indultos y entrega de armas no fueron hechos del todo real ni respetados; que el arzobispo Orozco y Jiménez había sido expatriado; y de que el gobier­ no aún se negaba a devolver una serie de templos. El presidente Pas­ cual Ortíz Rubio, continuó con la limitación para el registro de curas y el número de iglesias abiertas; del mismo modo, varios gobernadores de algunos estados continuaban con la persecusión religiosa, como lo

hacía el general Lázaro Cárdenas, gobernador de Michoacán, quien se­ guía solapando la quema de santos y permitiendo que varios enfermos murieran sin alcanzar la confesión, a través de la actitud emprendi-

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da y sostenida por grupos "desfanatizadores" Para 1929, apenas crea­ da la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo por Cárde­ nas, ésta es puesta en movimiento.

"para forzar la reforma agraria en el estado, combatir el fanatis­ mo religioso y el alcoholismo y promover la educación bajo la exclusiva dirección del Estado (...) La Confederación organizó conferencias de carácter antireligioso en diversos centros regio­ nales agrícolas. Encendidos de entusiasmo, los delegados que asis­ tían a dichas conferencias regresaban a sus aldeas para persua­ dir al pueblo a que convirtiera sus templos en escuelas, biblio­ tecas o graneros. Sin temer ya la venganza divina, los campesinos en algunas ocasiones sacaron de los templos las imágenes de los santos y públicamente los quemaron".53

Esto da una idea de por qué en La Cañada, el movimiento agrarista- anticlerical prosiguiera. Y tendría que ser mantenido, hasta que no quedara claro el asunto de las tierras y desapareciera el cacicazgo de los Prado; los cuales habían encontrado un buen justificante a su actitud, en la ideología agrarista-antirreligiosa de los gobier­ nos estatal y nacional. Por lo tanto, antiagraristas y católicos tu­ vieron que someterse a los Prado; y del mismo modo soportar el pilla­ je y bandidaje de otras gavillas que merodeaban en la región. Suce­ sos propios de la época.

A nivel nacional, entre 1935-36 comienzan a oírse las primeras ma­ nifestaciones en contra del Estado. El general Cárdenas (ya presiden­ te del país) y el nuevo ministro de educación, Ing. García Téllez, se empeñaban en implantar el sistema educativo de corte socialista en to­ do el país; actitud que provocó fuerte impacto en la derecha radical de México.^

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les de 1934 empieza a salir a flote una nueva organización católica y reaccionar llamada la Base, que posteriormente sería conocida como

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la Unión Nacional Sinarquísta (UNS) , la cual "se estableció bajo la dirección de una junta de católicos legos destacados. Era secreta y se le denominaba el alto mando. Luego se descubrió que el presidente de la junta era un ingeniero de la ciudad de México, Antonio Santa Cruz. El consejero eclesiástico, y por lo tanto el vínculo entre la jerarquía y el movimiento, era Eduardo Iglesias, jesuita que había sido apasionado defensor del movimiento cristero..."^®

A diferencia de la nula participación de la gente de La Cañada en el movimiento cristero (1926-1929), un relativo número de cañadien- ses se incorpora al sinarquismo. La adición a él fue confusa pero la hubo (mestizos e indígenas). Según informes del que entonces era pre­ sidente de la UNS a nivel municipal, Sr. Luis López de Huáncito, dijo que: "...en los momentos más importantes de la UNS aquí en La Cañada, tan sólo de Huáncito llegué a tener una lista de 360 miembros afilia­ dos a esa organización".

La adhesión de la gente de La Cañada al movimiento sinarquista se da entre 1938 y 1939. Hecho sumamente extraño y curioso, ya que esto su cede precisamente cuando Ernesto Prado y su gente hostilizan cualquier asunto relacionado con la religión o la iglesia. Probablemente, la in­ corporación de cañadienses a la UNS se de en una forma paralela y se­ creta, tal como se dieron bautizos, casamientos, santos óleos, etc., durante la persecusión religiosa. En La Cañada, en un principio y poco después se creyó que el Sinarquismo era una continuación (con nuevos replanteamientos) del movimiento cristero y esto no les vino a quedar

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