• No results found

CHAPTER 4 Adaptive Cache Hierarchy Reconfiguration in Adaptive HPC Run-

4.4 Reconfiguration in Adaptive Runtime Systems

4.4.2 Generalization

A IDEOLOGÍA de la Edad Media está penetrada en todas sus partes por creencias

religiosas. De un modo análogo está embebida del ideal caballeresco la ideología de aquel grupo que vive en la esfera de la corte y de la nobleza. Las mismas creencias religiosas son puestas al servicio de este ideal; el hecho de armas del arcángel San Miguel fue la première milicie et proitesse chevaleureuse qui oncques fut mis en exploict; el arcángel es el antepasado de la caballería; como milicie terrienne et chevalerie hurnaine, es la sucesora terrenal del ejército de los ángeles en torno al trono del Señor[179].

Ahora bien, las altas esperanzas puestas en el cumplimiento de los deberes de la nobleza ¿conducen a la concepción de ideas políticas exactas acerca de lo que compete a ésta? Ciertamente conducen a la idea de una aspiración a la paz universal, fundada en la concordia de los reyes, la conquista de Jerusalén y la expulsión de los turcos de Europa. El incansable proyectista Philippe de Mézières, que soñaba con una Orden militar que superase el antiguo poder de templarios y hospitalarios, ha elaborado en su Songe du vieil pelerin un plan que parecía garantizar la salud del mundo en un porvenir inmediato. El joven rey de Francia —la obra está escrita alrededor de 1388, cuando aún se ponían grandes esperanzas en el desdichado Carlos

VI— puede concluir fácilmente la paz con Ricardo de Inglaterra, que es tan joven y

tan inocente de la antigua lucha como él mismo. Ambos deberían tratar personalmente de esta paz, refiriéndose mutuamente las maravillosas revelaciones que le habían anunciado a él —a Mézières— y prescindiendo de todos los pequeños intereses que podrían resultar un obstáculo, si las conversaciones fuesen confiadas a eclesiásticos, jurisconsultos o generales. El rey de Francia podría renunciar a algunas ciudades y aldeas limítrofes. En cuanto se hubiese concluido la paz, debería prepararse la cruzada, poner término a todas las disputas y contiendas y reformar la tiránica administración de los dominios. Un concilio ecuménico debe excitar a los príncipes de la cristiandad a marchar a la guerra, en el caso de que no bastare la predicación, para convertir a los tártaros, turcos, judíos y sarracenos[180]. Probablemente se hablaba aún de aquellos desmesurados planes en las amigables conversaciones que tenían lugar entre Mézières y el joven Luis de Orleáns, en el convento de los Celestinos de París. También Orleáns vivía entregado a aquellos sueños de paz y de cruzada, aunque con más mezcla de política práctica e

interesada[181].

La imagen de la sociedad humana, sostenida por el ideal caballeresco, da al mundo una coloración peculiar, una coloración, sin embargo, que no quiere acabar de adherirse. Cualquiera que se tome de los conocidos cronistas franceses de los siglos

XIV y XV, el agudo Froissart, los secos Monstrelet y D’Escouchy, el grave Chastellain,

el cortesano Olivier de la Marche, el campanudo Molinet, todos ellos, con excepción de Commines y de Thomas Basin, empiezan con enfáticas declaraciones de que escriben para ensalzar la virtud caballeresca y los hechos de armas gloriosos[182]; pero ninguno logra conseguirlo por completo. Chastellain es el que más se acerca. Mientras Froissart, autor él mismo de un hiperromántico retoño de la épica caballeresca, Méliador, saborea en su espíritu una prouesse ideal y grans apertises d’armes, su pluma de periodista describe continuas traiciones y crueldades, astutas codicias y violencias, en suma, una profesión de las armas que se ha convertido totalmente en cuestión de ganancias. Molinet olvida repetidamente su propósito caballeresco y reproduce los sucesos clara y sencillamente —si se prescinde de su estilo y su lenguaje— sin recordar sino de cuando en cuando el noble y elevado móvil que se había propuesto. Más superficial aún es la tendencia caballeresca en Monstrelet.

Es como si el espíritu de estos escritores —un espíritu superficial, digámoslo — emplease la ficción caballeresca como un correctivo de la incomprensibilidad que su tiempo tenía para ellos. Era ésta la única forma en que podían comprender de algún modo los sucesos. En realidad, tanto la guerra como la política de su tiempo eran extremadamente informes, faltas, en apariencia, de toda congruencia. La guerra era, las más de las veces, un proceso crónico de incursiones y correrías aisladas y diseminadas sobre un gran territorio; la diplomacia, un instrumento muy complicado y deficiente, regido en parte por ideas tradicionales muy genéricas y en parte dominado por una confusión inextricable de pequeñas cuestiones jurídicas. Incapaz de descubrir en nada de esto una verdadera evolución social, la historiografía se apoderó de la ficción del ideal caballeresco, para reducirlo todo por medio de ella a un hermoso cuadro de honor de príncipes y de virtud de caballeros, a un lindo juego de nobles reglas, y crear, por lo menos, la ilusión de un orden. Si se compara este criterio histórico con la visión histórica de un escritor del rango de Tucídides, resulta un punto de vista extraordinariamente mezquino. La historia se convierte en una seca relación de hechos de armas bellos, o aparentemente tales, y de solemnes negocios de Estado. ¿Quiénes son, pues, desde este punto de vista, los fieles testigos de la historia? Los heraldos y los reyes de armas, dice Froissart; ellos son los que están presentes en aquellos nobles acontecimientos y los que deben juzgarlos oficialmente; ellos son los entendidos en cuestiones de honor, y el honor es el motivo de que se escriba la historia[183]. Los estatutos del Toisón de Oro ordenaban que se consignasen los hechos de armas caballerescos. Lefèvre de Saint Remy, llamado Toison d’Or, o el heraldo Berry, pueden ser llamados los prototipos del historiador-rey de armas.

Como ideal de una vida bella tiene el ideal caballeresco un carácter muy peculiar. Por su esencia es un ideal estético, hecho de fantasía multicolor y sentimentalidad elevada. Pero quiere ser un ideal moral, y el pensamiento medieval sólo podía concederle un puesto noble poniéndolo como ideal de vida en relación con la piedad y la virtud. Pero en esta función ética fracasa siempre la caballería, que es arrastrada hacia abajo por su origen pecaminoso. Pues el núcleo del ideal sigue siendo la soberbia embellecida. Chastellain ha comprendido esto perfectamente, cuando dice: «La gloire des princes pend en orgueil et en haut périt emprendre[*184]; toutes principales puissances conviengnent en un point estroit qui se dit orgueil»[185]. De la soberbia estilizada y sublimada ha nacido el honor, norte de la vida noble. Mientras en las capas sociales medias e inferiores —dice Taine[186]— constituye el interés el resorte más importante, es el orgullo el gran móvil de la aristocracia: or, parmi les sentiments profonds de l’homme, il n’en est pas qui soit plus propre à se transformer en probité, patriotisme et conscience, car l’homme fier à besoin de son propre respect et, pour l’obtenir, il est tenté de le mériter”. Taine tiene, indudablemente, la inclinación a ver la aristocracia con demasiados buenos ojos. La verdadera historia de las aristocracias nos presenta por todas partes un cuadro en el cual la soberbia se compagina muy bien con el egoísmo más desvergonzado. No obstante, las palabras de Taine son exactas como definición del ideal aristocrático de la vida. Es una definición emparentada con la que da Burckhardt del sentimiento renacentista del honor. «Es la enigmática mezcla de conciencia y de egoísmo, que le queda al hombre moderno, aun cuando haya perdido por su culpa, o sin ella, todo lo demás, la fe, el amor y la esperanza. Este sentimiento del honor es compatible con un gran egoísmo y grandes vicios y es capaz de enormes errores; pero también puede adherirse a él todo lo que haya quedado de noble en una personalidad, y sacar de esta fuente nuevas fuerzas»[187].

La ambición personal y el amor a la gloria, que tan pronto son manifestaciones de un elevado sentimiento del honor, como parecen brotar de una innoble soberbia, son, según Jacobo Burckhardt, las cualidades características del hombre del Renacimiento[188]. Burckhardt opone al honor y a la gloria particulares de los distintos estados, que animaban aún a la sociedad genuinamente medieval fuera de Italia, el honor y la gloria comunes al género humano, a los cuales aspira desde Dante el espíritu italiano, bajo la intensa influencia de las ideas de la antigüedad. Este punto paréceme ser uno de aquellos en que Burckhardt ha juzgado demasiado grande la distancia entre la Edad Media y el Renacimiento, entre la Europa occidental e Italia. El amor a la gloria y la ambición del Renacimiento es, en su medula, la ambición caballeresca de las épocas anteriores y de origen francés; es el honor de clase, ensanchado en sus límites, libre del sentimiento feudal y fecundado con ideas antiguas. El deseo apasionado de ser apreciado por la posteridad es tan poco desconocido al caballero cortesano del siglo XII y al soldado mercenario y tosco,

francés o alemán, del siglo XIV, como al pulido espíritu del Quattrocento. Las

estipulaciones para el combat des trente (27 de marzo de 1351), entre messires Robert de Beaumanoir y el capitán inglés Robert Bamborough, son cerradas por este último con las siguientes palabras: «Y así haremos que se hable de ello en los tiempos venideros, en las salas de los palacios, en las plazas públicas y en los demás lugares del mundo»[*189]. Chastellain, que es perfectamente medieval en su estimación del ideal caballeresco, da, sin embargo, cabal expresión del espíritu del Renacimiento cuando dice:

Honneur semont (exhorta) toute noble nature D’aimeriout ce qui noble est en son estre (ser). Noblesse aussi y adjoint sa droiture[190] (honradez).

En otro lugar dice que el honor era más caro a los judíos y a los paganos y era tomado entre ellos más rigurosamente, porque lo observaban tan sólo por él mismo y en la esperanza de ser loados en la tierra, mientras que los cristianos han recibido el honor por medio de la fe y de la luz, en la esperanza de una recompensa celestial[191].

Ya Froissart recomienda la valentía sin ninguna motivación religiosa o expresamente ética, sino por la gloria, por el honor y —enfant terrible como es— por hacer carrera[192].

La aspiración a la gloria caballeresca y al honor está unida inseparablemente con un culto de los héroes en que se confunden los elementos medievales y los renacentistas. La vida caballeresca es una vida de imitación. Trátese de los héroes de la Tabla Redonda o de la Antigüedad, la diferencia es poca. Alejandro había entrado por completo en la esfera de las ideas caballerescas ya en la época del florecimiento de los libros de caballería. La esfera de la fantasía antigua no se había separado aún de la Tabla Redonda. El rey René ve en abigarrada mezcla, en una poesía, los sepulcros de Lanzarote, César, David, Hércules, París y Troilo, todos adornados con sus respectivas armas[193]. La caballería misma pasaba por romana. Et bien enlretenoit, se dice de Enrique V de Inglaterra, la discipline de chevalerie, comme jadis faisoient les Rommains[194]. El creciente clasicismo introduce algo de claridad en la imagen histórica de la Antigüedad. El noble portugués Vasco de Lucena, que traduce a Quinto Curdo para Carlos el Temerario, le explica —como ya había hecho Maerlant siglo y medio antes— que le presenta un Alejandro auténtico, el cual pone fin a las patrañas con que han desfigurado su historia todas las usuales[195]. Sin embargo, nunca es más fuerte el designio de ofrecer a los principes un modelo que imitar, y en pocos príncipes es tan consciente como en Carlos el Temerario el deseo de igualar a los antiguos con grandes y brillantes hechos. Desde la niñez habíase hecho leer las hazañas de Gawain y de Lanzarote; más tarde ganó la supremacía la Antigüedad. Antes de acostarse leíanle regularmente unas horas les haultes histoires

de Romme[196]. Los que más le placían eran los héroes de la Antigüedad: César, Aníbal y Alejandro, les quelz il vouloit ensuyre (seguir) et contrefaire[197]. Todos los contemporáneos de Carlos han concedido gran importancia a la deliberada imitación de estos héroes como resorte de sus actos. II désiroit grand gloire —dice Commines — que estoit ce qui plus le mettoit en ses guerres que nulle autre chose; et eust bien voulu ressembler à ses anciens princes dont il a esté tant parlé après leur mort[198]. Chastellain le vio cuando tradujo por primera vez en la práctica esta elevada sensibilidad para las grandes acciones y para los bellos gestos de los antiguos. Fue ello en ocasión de su primera entrada como duque en Malinas, el año 1467. Tenía que castigar allí un levantamiento. La causa había sido indagada y tratada judicialmente con todas las formalidades, siendo uno de los promotores condenado a muerte y el otro a destierro perpetuo. El cadalso se levanta en la plaza del mercado, y el duque toma asiento frente a él. El culpable ya se ha hincado de rodillas, y el verdugo desnuda la espada, cuando Carlos, que había mantenido hasta entonces secreto su propósito, exclama: «¡Alto! Quítale la venda y ayúdale a levantarse».

Et me pargus de lors —dice Chastellain— que le coeur luy estoit en haut singulier propos pour le temps à venir et pour acquérir gloire et renommée en singulière oeuvre[*199].

El ejemplo de Carlos el Temerario es apropiado para hacernos intuitivo cómo ya tiene sus raíces en el ideal caballeresco el espíritu del Renacimiento, el anhelo de una vida bella en el sentido de la Antigüedad. Si se compara a Carlos con el virtuoso italiano resulta que sólo hay una diferencia de grado en cuanto a erudición y gusto. Carlos leía sus clásicos en traducciones, y la forma de su vida es aún gótico- flamígera.

La misma fusión del elemento caballeresco y el renacentista revela el culto de los nueve caballeros de la fama, les neuf preux. Este grupo de nueve héroes, tres paganos, tres judíos y tres cristianos, procede de la esfera de la épica caballeresca; donde primero se encuentra es en los Voeux du paon de Jacques de Longuyon, alrededor de 1312[200]. La elección hecha delata la estrecha conexión con el romanticismo caballaresco: Héctor, César, Alejandro; Josué, David, Judas Macabeo; Artús, Carlomagno y Godofredo de Bouillon. Eustache Deschamps toma la idea de su maestro Guillaume de Machaut y le dedica numerosas poesías[201]. Probablemente ha sido también él quien satisfizo la necesidad de simetría, tan característica del espíritu de la última Edad Media, poniendo frente a los nueve preux nueve preuses. Para ello sacó algunas figuras clásicas, en parte bastante extrañas, de Justino y otras fuentes: entre ellas Pentesilea, Tomyris, Semíramis, y desfiguró la mayor parte de los nombres para hacerlos femeninos. Pero esto no impidió que la idea encontrase eco, y así se encuentran en los posteriores, como Jouvencel, los preux y las preuses juntamente. Se les encuentra dibujados en tapices y se inventan armas para ellos; en la entrada de Enrique VI de Inglaterra en París, el año 1431, van las dieciocho figuras delante de

él[*202].

Cuán viva seguía estando la idea en el siglo XV y aún después queda probado por

el hecho de que se la parodiase: Molinet da rienda suelta a su caprichoso humor en unos nueve preux de gourmandise[203]. Todavía Francisco I se vestía alguna que otra

vez a l’antique, para representar a uno de los preux[204].

Pero Deschamps ha ampliado la idea de otro modo que no sólo completándola con pendants femeninos. Enlazó con su tiempo el culto a la virtud de los antiguos héroes y trasladó el culto a la esfera del naciente patriotismo militar francés, añadiendo a los nueve, como décimo preux, un contemporáneo y compatriota: Bertrand du Guesclin[205]. También esa idea tuvo éxito. Luis de Orleáns hizo añadir en la gran sala de Coucy la imagen del valiente connétable como décimo preux[206]. Orleáns tenía sus buenas razones para consagrar especial cuidado a la memoria de Guesclin: había sido sostenido sobre la pila bautismal por el connétable y éste le había puesto además una espada en la mano. Como décima en la serie femenina se esperaría a Juana de Arco, y en efecto, se hizo el intento de elevarla a tal grado. Luis de Laval, cuya abuela Juana había tenido por esposo en su segundo matrimonio a Du Guesclin y cuyos hermanos habían asistido a la doncella de Orleáns[207], encargó en 1460 a su capellán, Sebastián Mamerot, que escribiera una historia de los nueve héroes y heroínas, con Du Guesclin y Juana de Arco, como décimos miembros de la serie. Por desgracia, faltan ambos en el manuscrito que se conserva de la obra[208]. No se encuentran señales de que la idea hubiese tenido éxito, en lo referente a Juana de Arco. El culto de los héroes militares y nacionales, que se inicia en Francia en el siglo XV, se fija, en primer lugar, en la figura del valiente y calculador guerrero

bretón. Más de un general, que había combatido junto a Juana o contra ella, ocupa en la fantasía de los contemporáneos un puesto mucho mayor y más honroso que la aldeanita de Domrémy. Muchos hablan de ella sin emoción o sin respeto, más bien como una curiosidad. Chastellain, que sabía trocar maravillosamente sus sentimientos borgoñones por una patética lealtad francesa, cuando venía bien, compone un mystére sobre la muerte de Carlos VII. En él aparecen todos los caudillos que habían

combatido por Carlos contra los ingleses, semejando una galería de héroes, y recitan una estrofa que indica sus hazañas. Entre ellos están Dunois, Jean de Bueil, Xaintrailles, La Hire y toda una serie de otros menos conocidos[209]. Hacen la misma impresión que una serie de generales napoleónicos. Pero la Doncella falta.

Los príncipes borgoñones guardaban en las cámaras de sus tesoros toda una serie de románticas reliquias de héroes: una espada de San Jorge, adornada con sus armas; una espada que había pertenecido a messire Bertrán de Claiquin (Du Guesclin); un diente del jabalí de Garín el Lorenés, el salterio donde aprendía San Luis cuando era niño[*210]. En todo esto confúndense íntimamente las esferas de la fantasía caballeresca y de la fantasía religiosa. Un paso más y nos encontramos con la clavícula de Livio recibida solemnemente, como si fuese una reliquia, por el Papa

León X[211].

El culto tributado a los héroes en la última Edad Media tiene su forma literaria en la biografía del perfecto caballero. A veces son figuras que se han convertido en legendarias, como Gilles de Trazegnies. Las más importantes son, sin embargo, las de contemporáneos como Boucicaut, Jean de Bueil, Jacques de Lalaing.

Jean le Meingre, llamado habitualmente el Maréchal Boicicaut, había servido a su país en difíciles coyunturas. En 1396 había estado con Juan Sin Miedo en Nicópolis, donde el ejército de caballeros franceses, que había partido irreflexivamente para expulsar de Europa a los turcos, fue aniquilado por el sultán Bayaceto. En 1415 fue hecho de nuevo prisionero en Azincourt y murió seis años después en el cautiverio. Un admirador había escrito sus hazañas, en 1409, viviendo él todavía y sobre la base