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CHAPTER 4 Adaptive Cache Hierarchy Reconfiguration in Adaptive HPC Run-

5.3 Implementation in Runtime System and Hardware

L GRAN JUEGO de la vida bella tomada como un sueño de nobleza de ánimo y de

fidelidad no dispone tan sólo de la forma del torneo. Tiene una segunda forma, no menos importante: las Órdenes militares. Aunque no sería fácil demostrar la existencia de un nexo directo, no puede ser dudoso para nadie que esté algo familiarizado con los usos de los pueblos primitivos, que las raíces de las Órdenes militares, como las del torneo y las de la misma ceremonia de armarse caballero, se remontan a los usos religiosos de un lejano pasado. El espaldarazo es un rito de pubertad, modificado ética y socialmente; es la entrega de las armas a los jóvenes guerreros. El torneo es como tal algo muy antiguo y lleno un día de significación religiosa. Las Órdenes militares no pueden separarse de las sociedades de valones, que existen en los pueblos en estado de naturaleza.

Aquí no podemos hacer más que suponer este nexo como una tesis no probada. No tratamos, en efecto, de confirmar una hipótesis etnológica, sino de poner a la vista el valor ideológico de la caballería, en la plenitud de su evolución. ¿Quién negará, pues, que en este valor quede aún algo de los elementos primitivos?

En la idea de las Órdenes militares es, sin embargo, tan fuerte el elemento cristiano, que también podría ser en si convincente una explicación sobre bases exclusivamente eclesiásticas y políticas, puramente medievales, si no supiésemos que hay aún por debajo de ellas, como fundamento explicativo, fenómenos paralelos, primitivos y universalmente difundidos.

Las primeras Órdenes militares, las tres grandes Órdenes de Tierra Santa y las tres Órdenes españolas, eran Ja más pura encarnación del espíritu medieval, una unión del ideal monástico con el caballeresco, nacida en aquel tiempo en que se había tornado maravillosa realidad la lucha contra el Islam. Estas Órdenes fueron desarrollándose, hasta convertirse en grandes instituciones políticas y económicas, en inmensos complejos de fortunas y potencias financieras. Su utilidad política llegó a relegar a segundo término tanto su carácter religioso como el elemento caballeresco, y su saturación económica absorbió a su vez su utilidad política. Cuando los templarios y los sanjuanistas florecían y actuaban en la propia Tierra Santa, llenaba la caballería una efectiva función política y las Órdenes militares eran, por decirlo así, organizaciones de clase o estado, poseedoras de una gran importancia.

vida. En las últimas Órdenes militares había vuelto, por ende, al primer término el elemento de juego noble, que estaba encerrado en su medula. No quiere esto decir que se hubiesen convertido meramente en un juego. En la intención seguían estando llenas de elevadas aspiraciones morales y políticas. Pero éstas son puros sueños e ilusiones, vana forja de planes. Aquel idealista tan notable, que es Philippe de Mézières, ve el medio salvador de los tiempos en una nueva Orden militar que llama la Orden de la Passion[244]. En ella quiere recibir a todas las clases sociales. Por lo demás, ya las grandes Órdenes de las cruzadas habían utilizado la participación de gentes no pertenecientes a la nobleza. La nobleza debe suministrar el gran maestre y los caballeros; el clero, los patriarcas y sus sufragáneos; los burgueses deben ser los hermanos, y los villanos y artesanos los sirvientes o fámulos. La Orden representaría, pues, una íntima compenetración de los «estados» con el gran fin de combatir a los turcos. Los votos serían cuatro. Dos de ellos, los antiguos votos que compartían los monjes y los caballeros de hábito: el de pobreza y el de obediencia. Pero en lugar del celibato absoluto pone Philippe de Mézières la castidad conyugal, pues quería que estuviese permitido el matrimonio por las razones prácticas de exigirlo así el clima oriental y de que la Orden resultaría más deseable. El cuarto voto, desconocido para las Órdenes anteriores, es la summa perfectio, la suprema perfección moral de la persona. En la imagen multicolor de una Orden militar confluían, pues, todos los ideales, desde los planes políticos hasta la aspiración a salvarse.

En la palabra ordre habían llegado a confundirse una multitud de significaciones, desde la más elevada santidad hasta la más vulgar camaradería. Significaba tanto «estado» o clase social como el sacramento del Orden y las Órdenes monásticas y militares. Prueba de que, en efecto, la palabra ordre, en la significación de Orden militar, seguía teniendo algo de valor eclesiástico o religioso, es el hecho de que también se empleaba en su lugar la palabra religión, la cual podría creerse limitada a las Órdenes monásticas. Chastellain llama al Toisón de Oro une religion, como si fuese una Orden monástica, y habla siempre de ella con la misma gran veneración con que hablaría de un misterio sagrado[245]. Olivier de la Marche llama a un portugués un chevalier de la religion de Avys[246]. Pero no solamente los respetuosos temores del pomposo Polonio Chastellain atestiguan la significación piadosa del Toisón de Oro; en todo el ritual de la Orden ocupan un lugar preponderante el coro y la misa, y los caballeros se sientan en sillas de coro y las fiestas en memoria de los miembros difuntos celébranse en el más riguroso estilo de la Iglesia.

No es maravilla, pues, que se considerase la pertenencia a una Orden militar como un fuerte lazo sagrado. Los caballeros de la Orden de la Estrella, del rey Juan II,

están obligados a renunciar, si les es posible, a las demás Órdenes a que puedan pertenecer[247]. El duque de Bedford quiere imponer la orden de la Jarretera al joven Felipe de Borgoña, para ligarlo de un modo firme a Inglaterra; pero el borgoñón advierte que quedaría sujeto para siempre al rey de Inglaterra y sabe declinar cortésmente el honor[248]. Cuando más tarde Carlos el Temerario acepta y hasta lleva

la Jarretera, Luis XI ve en ello una infracción del tratado de Perona, que prohibía al

duque contraer una alianza con Inglaterra sin el consentimiento del rey[249]. Puede considerarse la costumbre inglesa de no aceptar Órdenes extranjeras como una supervivencia tradicional de la idea de que la Orden obliga a ser fiel al príncipe que la otorga.

A pesar de este aire de santidad, debe de haberse tenido en los círculos cortesanos de los siglos XV y XVI la impresión de que todas estas bellas formas de las nuevas

Órdenes militares eran consideradas por muchos como un vano pasatiempo. ¿Para qué, si no, las expresas y repetidas afirmaciones de que todo se endereza a fines superiores y más importantes? Felipe de Borgoña, el noble duque, ha fundado su Toison d’or, dice el poeta Michault Taillevent: Non point pour jeu ne pour esbatement, Alais à la fin que soit attribuée Loenge (alabanza) à Dieu trestout premiérement (lo primero de todo) Et aux bons gloire et haulte renommée[250]. También Guillaume Fillastre promete en el prólogo de su obra sobre el Toisón de Oro explicar su significación, a fin de que se vea cómo la Orden no es una vanidad, ni cosa de escasa importancia. Vuestro padre, le dice a Carlos el Temerario, «n’a pas comme dit est, en vain instituée ycelle ordre»[251].

Era necesario subrayar los elevados propósitos, si se quería conquistar para el Toisón de Oro el primer puesto que deseaba la ambición de Felipe. Fundar Órdenes militares se había convertido desde la mitad del siglo XIV en una verdadera moda.

Cada príncipe había de tener su Orden; incluso las altas casas de la nobleza no se quedan a la zaga en esto. Ahí está Boucicaut con su Orden de la Dame blanche à l’escu verd, para la defensa del amor cortés y de las mujeres oprimidas. Ahi está el rey Juan con sus Chevaliers Nostre Dame de la Noble Maison (1351), llamada habitualmente por su insignia la Orden de la Estrella. En la Noble Casa de Saint Ouen, cerca de Saint Denis, tenían una table d’onneur, a la cual debían tomar asiento en las solemnidades los tres príncipes más valientes, los tres bannerets más valientes y los tres caballeros más valientes. Ahí está, además, Pierre de Lusignan con la Orden de la Espada, que exigía a sus miembros una vida pura y les colgaba del cuello el significativo símbolo de una cadena de oro, cuyos eslabones tenían la forma de una S, que quería decir silence. Amadeo de Saboya fundó la Anunciata; Luis de Borbón, el Escudo de Oro y el Cardo; Enguerrand de Coucy, que había aspirado a una corona imperial, la Corona invertida; Luis de Orleáns, la Orden del Puerco-Espín; los duques bávaros de Holland-Hennegau tenían su Orden de San Antonio con la cruz en T y la campanilla, que llama la atención en numerosos retratos[252].

importante, como fue para Luis de Borbón el retorno después de haber sido prisionero de guerra de los ingleses; otras vece9 tenían una significación política accesoria, como, por ejemplo, el porc-epic de Orleáns, que volvía sus púas contra Borgoña; en otras prepondera muy fuertemente el carácter piadoso, que siempre era tomado en cuenta como, por ejemplo, en la fundación de una Orden de San Jorge en el Franco Condado, cuando Filiberto de Miolans regresó de Oriente con reliquias de aquel santo; a veces, en fin, no es la Orden casi nada más que una vulgar hermandad para la protección mutua, como la del Galgo, que fundaron en 1416 los nobles del ducado de Bar.

Si el Toisón de Oro superó a todas las demás Órdenes nuevas, no es difícil de encontrar la razón de ello. Reside en la riqueza de los borgoñones. Acaso contribuyeran también el singular boato de que se rodeó a la Orden y la feliz elección del símbolo. En un principio, al pensar en el Toisón de Oro, sólo se imaginaba el vellocino de la Cólquida. La leyenda de Jasón era universalmente conocida; Froissart la hace narrar por un pastor en una pastorela[253]. Pero Jasón, como héroe de leyenda, era sospechoso. Había fallado a la lealtad, y este tema era propio para que se hiciesen desagradables alusiones a la política de Borgoña frente a Francia. Alain Chartier decía: A Dieux et aux gens detestables Est menterie et trahison, Pour ce n’est point mis à la table Des preux l’image de Jason Qui pour emporter la toison De Colcos se veult parjurer. Larrecin ne se peult celer[*254]. Pero Jean Germain, el sabio obispo de Chalons y canciller de la Orden, llamó la atención de Felipe sobre la piel de cordero que Gedeón extendió para que descendiese sobre ella el rocío del cielo[255]. Fue ésta una idea singularmente feliz, pues la piel de cordero de Gedeón era uno de los símbolos más acertados de la concepción de Jesús en el seno de María. De esta suerte relegó el héroe bíblico al pagano como patrón del Toisón de Oro, hasta el punto de poder afirmar Jacques du Clercq que Felipe deliberadamente no había elegido a Jasón, porque éste había faltado a la lealtad[256]. Gedeonis signa llama un poeta panegirista de Carlos el Temerario a la Orden[257]; pero otros, como el cronista Teodorico Pauli, siguen hablando también del Vellus Jasonis. El sucesor de Jean Germain como canciller de la Orden, el obispo Guillaume Fillastre, superó aún a su predecesor, descubriendo en la Sagrada Escritura otros cuatro toisones: el de Jacob, el del rey Mesa de Moab, el de Job y el de David, respectivamente[258]. Cada uno de los seis toisones representaba, según él, una virtud,

y a cada uno de los seis quiso dedicarle un libro. Esto era, sin duda alguna, demasiado; Fillastre hacía figurar a las ovejas pintas de Jacob como símbolo de la justicia[259]; había tomado sencillamente todos los pasajes en que la Vulgata emplea la palabra vellus, prueba notable de la flexibilidad de la alegoría. No parece que su idea haya encontrado acogida duradera. El boato y las fiestas solemnes del Toisón de Oro han sido descritos con bastante frecuencia; mencionarlos aquí no haría sino añadir nueva materia a lo ya dicho en el capítulo segundo sobre el boato de la vida de corte. Hay, sin embargo, en los usos de la Orden un rasgo que merece ser puesto de relieve, porque delata muy expresamente el carácter de un juego primitivo y sagrado. Además de los caballeros cuenta la Orden con funcionarios; el canciller, el tesorero, el secretario y el rey de armas con un estado mayor de heraldos y poursuivants. Este último grupo, encargado especialmente del servicio en el noble juego caballeresco, lleva nombres simbólicos. El rey de armas se llama Toison d’or, así, por ejemplo, Jean Lefèvre de Saint Remy, e igualmente Nicolás de Hames, el jefe calvinista de la pequeña nobleza de los Países Bajos en el año 1565, cuando con el hábito de la Orden toma parte en Bruselas en las demostraciones contra el Gobierno. Los heraldos llevan nombres de países: Charolais, Zelanda. El primer poursuivant se llama Fusil, por el pedernal de la cadena de la Orden, emblema de Felipe el Bueno. Los nombres de los demás tienen una resonancia romántica, como, por ejemplo, Montreal; con frecuencia son nombres de virtudes, como Persévérance, o están tomados al elemento alegórico del Roman de la Rose, como, verbigracia, Humble Requeste, Doulce Pensée, Léal Poursuite. Estos poursuivants son bautizados solemnemente, en las grandes fiestas, con estos nombres por el Gran Maestre, que los rocía con vino. Él mismo les cambia también el nombre al elevarlos a un rango superior[260]. Los votos impuestos a la Orden militar sólo son una forma colectiva fija del voto caballeresco personal de llevar a cabo algún acto heroico. Éste es acaso el punto en que mejor pueden reconocerse los orígenes del ideal caballeresco. Quien se sienta inclinado a considerar como una mera ocurrencia la conexión entre el espaldarazo, el torneo, las Órdenes militares y ciertos usos primitivos, hallará en el voto caballeresco el carácter bárbaro tan en la superficie, que ya no es posible la duda. Son verdaderos survivals, cuyos fenómenos paralelos se encuentran en el vratam de la India antigua, en el nasoreísmo de los judíos y —acaso más directamente que en ninguna otra parte— en las costumbres de los normandos en su época legendaria.

Pero tampoco se trata aquí del problema etnológico, sino de la cuestión de saber qué valor tenían los votos en la vida espiritual de la última Edad Media. Tres valores son posibles. El voto caballeresco puede tener una significación ético-religiosa, que lo coloca en la misma línea de los votos eclesiásticos; o su contenido y su significación pueden ser de una naturaleza erótico-romántica; o finalmente, puede el voto haber degenerado en un juego de corte sin mayor significación que la de un pasatiempo. De hecho se dan unidos estos tres valores. La idea del voto oscila entre la

suprema consagración de la vida al servicio del más elevado ideal y la más vana burla en el jocoso juego de sociedad, que se mofa del denuedo, del amor y de los intereses del Estado. El juego es el elemento que prepondera; los votos llegaron a tornarse en su mayor parte un ornato de las fiestas cortesanas. No obstante, siguen enlazados siempre con las más graves empresas bélicas: con la invasión de Eduardo III en

Francia, con el plan de cruzada de Felipe el Bueno.

Podemos decir aquí lo mismo que de los torneos: si el romántico aparato de los Pas d’armes nos parece insípido y desgastado, no nos hacen menor impresión de vanidad y falsedad los votos «del faisán», «del pavo real», «de la garza real». A no ser que también aquí nos acordemos de la pasión que ha llenado todo esto. Es el sueño de la bella vida, tan exactamente como lo han sido las fiestas y las formas de la vida florentina de un Cósimo, un Lorenzo y un Giuliano. Pero en Italia se depuró en una belleza eterna, mientras que aquí se ha disipado su encanto con los hombres que lo soñaron.

La síntesis de ascetismo y erotismo que hay en el fondo de la figura del héroe, que libra a la doncella o vierte su sangre por ella —motivo central del romanticismo de los torneos— revélase bajo otra forma, casi más directa, en el voto caballeresco. El caballero De la Toui Landry habla en las Instrucciones para sus hijas de una extraña Orden de nobles y damas amantes que en su juventud habría existido en Poitou y en otras partes. Llamábanse Galois et Galoises[*261], y tenían une ordonnance moult sauvaige, cuyo precepto más importante era el de llevar en verano vestidos de pieles y gorras forradas con éstas y encender el fuego en la chimenea, mientras que en invierno no debían llevar más que un traje sin pieles, sin capa, ni ningún otro abrigo, como tampoco sombrero, guantes ni manguito, por mucho frío que hiciese. En invierno desparramaban también hojas verdes por el suelo y ocultaban la chimenea con ramas verdes, y en la cama sólo podían tener una delgada manta. Difícil es ver en estos extravíos —tan extraños, que no puede haberlos inventado el autor— otra cosa que una intensificación ascética del incentivo sexual. Aunque en conjunto no son completamente claros y con mucha probabilidad están fuertemente exagerados, sólo un espíritu totalmente desprovisto de conocimientos etnológicos podía considerar todo esto como la invención de un viejo charlatán[*262]. El primitivo carácter de los Galois y las Galoises es subrayado además por la regla de su Orden, que dice que un hombre casado debe entregar al Galois que sea su huésped su casa entera y su mujer, mientras él mismo va en busca de su Galoise; y si no lo hace así le servirá de gran afrenta. Muchos miembros de la Orden habían muerto de frío, según el caballero De la Tour Landry: Si doubte moult (y temo mucho) que ces Galois et Galoises qui moururent en cest etat et en cestes amouretes furent martirs d’amours[263].

Hay todavía otros ejemplos que delatan el carácter primitivo del voto caballeresco. Así, por ejemplo, la poesía que describe los votos que Roberto de Artois indujo a hacer al rey Eduardo III de Inglaterra y a sus nobles, para emprender la

histórico, pero el espíritu de bárbara rudeza que habla en ella es muy apropiado para hacer ver cuál es la esencia de los votos caballerescos.

El conde de Salisbury está sentado en el banquete a los pies de su dama. Cuando le llega el turno de hacer un voto, ruega a su amada que le ponga un dedo sobre el ojo