CHAPTER 4 Adaptive Cache Hierarchy Reconfiguration in Adaptive HPC Run-
5.2 Potentials of Basic Network Power Management
5.2.1 Link Usage of Modern HPC Networks
IEMPRE que se profesa en toda su pureza el ideal caballeresco pónese el centro
de gravedad en el elemento ascético. En la época de su primer florecimiento emparejóse este ideal sin violencia, e incluso por necesidad, con el ideal monástico: en las Órdenes militares de la época de las Cruzadas. Como en realidad imponía al ideal renovadas y crueles decepciones, fue retirándose aquél más y más a la esfera de la fantasía y en ella siguió conservando los rasgos de noble ascetismo, que raras veces eran visibles en medio de las realidades sociales. El caballero andante, como el templario, está libre de lazos terrenos y es pobre. Este ideal del noble guerrero desposeído, dice William James, domina aún sentimentally if not practically, the military and aristocratic view of life. We glorify the soldier as the man absolutely unincumbered. Owning nothing but his bare life, and willing to toss that up at any moment when the cause commands him, he is the representative of unhampered freedom in ideal directions[223].
Las conexiones del ideal caballeresco con elevados elementos de la conciencia religiosa —la compasión, la justicia, la fidelidad— no son, pues, en modo alguno, artificiosas o superficiales. Pero no son ellas las que hacen de la caballería la forma de la vida bella κατ᾽ ἐξοχήυ, por excelencia. Ni tampoco las raíces inmediatas que tiene en la belicosidad masculina hubiesen podido elevarla a ello, si el amor de las mujeres no hubiese sido el fuego ardiente que prestaba el calor de vida a aquel complejo de sentimientos e ideas.
El profundo carácter de ascetismo, de denodada abnegación, que es propio del ideal caballeresco, está en estrecha conexión con la base crítica de esta actitud vital, siendo quizá tan sólo la traducción moral de un deseo insatisfecho. No sólo en la literatura y en las artes plásticas encuentra el deseo de amor su reducción a forma, su estilización. La necesidad de dar al amor un estilo noble y una noble forma encuentra en las formas de la vida misma un ancho campo donde desplegarse: en el trato cortés, en los juegos de sociedad, en las diversiones y deportes. También en todo esto se sublima continuamente el amor y se torna romántico. La vida respira en ello el aire de la literatura, mas en conclusión ésta lo aprende todo de la vida. En el fondo, la visión caballeresca del amor no ha aparecido en la literatura, sino en la vida. El motivo del caballero y de la frouwe (dama) amada se daba en las circunstancias reales de la vida.
romántico, que en todas partes surge y ha de surgir siempre de nuevo. Es la más inmediata traducción de la pasión sensible en una autonegación ética o cuasi-ética. Radica inmediatamente en la necesidad de mostrar el valor, exponerse a peligros y acreditar la fuerza de padecer y de dar la sangre, todo por su dama: impulso que conoce todo mozo de dieciséis años. La exteriorización y el cumplimiento del deseo, que parecen inasequibles, son reemplazados y superados por la heroicidad por amor. Por eso se plantea en seguida la muerte como alternativa del cumplimiento, asegurándose por ambas partes, digámoslo, así, la satisfacción.
Pero el sueño de la heroicidad por amor, que llena y arrebata el corazón, crece y se desarrolla como una planta exuberante. El primero y simple tema ha hecho pronto su efecto; el espíritu pide nuevas representaciones del mismo tema. Y la pasión misma impone colores más intensos al sueño del sentimiento y la renunciación. La heroicidad ha de consistir en librar o salvar a la mujer adorada del más inminente de los peligros. Con esto se añade al motivo primitivo un incentivo más intenso. Primero es el sujeto mismo quien quiere sufrir por su dama; pero pronto sobreviene el deseo de salvar del sufrimiento a la misma deseada. ¿Acaso, en el fondo, habrá que reducir siempre la idea de la salvación a la salvación de la doncellez, o sea, al alejamiento de otro y a la conservación de la dama para el propio caballero? En todo caso queda con esto dado el más alto motivo erótico-caballeresco: el joven héroe que libra a la doncella. Aunque el enemigo sea a veces un cándido dragón, siempre resuena en el fondo el motivo sexual. Véase la verdadera ingenuidad con que se expresa, por ejemplo, en el cuadro bien conocido de Burne-Jones. Justamente por la castidad del cuadro delata en él la figura moderna de la joven la primitiva aspiración sensual.
La liberación de la doncella es el motivo romántico más primitivo y siempre nuevo. Parece imposible que una teoría de los mitos, hoy anticuada, haya visto en él la reproducción de un fenómeno de la naturaleza, cuando todo el mundo puede comprobar diariamente la espontaneidad de la idea. En la literatura podrá a veces evitarse, durante una época, como efecto de una repetición exagerada; pero el motivo renace siempre en nuevas formas, por ejemplo, en el romanticismo de los cow-boys del cine. Y en la ideología personal del amor fuera de la literatura sigue siendo siempre, sin duda alguna, igualmente intenso.
Es difícil determinar hasta qué punto se revelan en la idea del amante heroico las visiones masculina y femenina del amor. ¿Es la figura del que sufre por amor la imagen de sí mismo, que quiere ver el varón, o es voluntad de la mujer que se muestre así? Más probablemente lo primero. Por lo general, en las representaciones del amor como forma de la cultura se expresa casi exclusivamente la concepción masculina, al menos hasta estos últimos tiempos. La visión que del amor tiene la mujer permanece siempre velada y oculta; es un profundo y delicado secreto. Y ni siquiera necesita de la romántica exaltación hasta lo heroico, pues con su carácter de entrega y su inquebrantable nexo con la maternidad, elévase por sí misma sobre la esfera de erótico-egoísta, sin fantasías de valentía y sacrificio. Si falta en su mayor
parte la expresión del amor femenino, no es sólo porque la literatura haya sido creada por el hombre, sino también porque para la mujer es mucho menos indispensable lo literario en el amor.
La figura del noble salvador, que sufre por su amada, es en primer término la imagen del varón tal y como quiere verse a sí mismo. La tensión de su sueño de libertador se intensifica tan pronto como aparece desconocido y sólo es conocido después de su heroicidad. En esta obscuridad del héroe hay con toda certeza un motivo romántico, nacido de la idea femenina del amor. En la integral apoteosis de la fuerza y del ánimo viriles, bajo la forma del combatiente a caballo, confluyen el anhelo femenino de honrar la fuerza y la soberbia física del varón.
La sociedad medieval ha cultivado este motivo romántico-primitivo con una insaciabilidad juvenil. Mientras que las formas superiores de la literatura se han refinado, dando al deseo una expresión más etérea y reservada o más ingeniosa y picante, renuévase la novela de caballerías una y otra vez, conservando en medio de su refundición del caso romántico, repetida sin fin, un incentivo que no siempre nos resulta comprensible. Nos parece que aquellos tiempos eran ya demasiado crecidos para complacerse en tan infantiles fantasías y que el Méliador de Froissart o el Perceforest, últimos retoños de las aventuras caballerescas, eran anacronismos ya en su tiempo. Pero no lo eran, como tampoco lo es hoy en día el folletín. Sólo que nada de esto es pura literatura, sino —por decirlo así— artes aplicadas. Es la necesidad de modelos para la fantasía erótica la que mantiene viva y renueva siempre esta literatura. En pleno Renacimiento revive en las novelas de Amadís. Cuando en la segunda mitad del siglo XVI puede asegurarnos De la Noue que las novelas de
Amadís eran causa de un esprit de vertige en la raza, que había pasado por la escuela del Renacimiento y el Humanismo, ¡cuán grande tiene que haber sido la sensibilidad romántica en la generación totalmente indisciplinada de 1400!
La seducción del amor romántico no se experimenta sólo en la vida, sino también en los juegos y en los espectáculos. Hay dos formas en las cuales puede presentarse este juego: la representación dramática y el deporte. En la Edad Media es esta segunda forma mucho más importante. El drama contenía, principalmente, otra materia, una materia sagrada; sólo por excepción trata también el caso romántico. Por el contrario, el deporte, y en primer término el torneo, eran, en la Edad Media, dramáticos en sumo grado y a la vez tenían un sello intensamente erótico. El deporte conserva en todos los tiempos este elemento dramático y erótico; en un actual campeonato de remo o de fútbol hay valores afectivos propios del torneo medieval, en un número mucho mayor de lo que acaso se imaginan equipos y espectadores. Pero mientras que el deporte moderno ha retrocedido hacia una simplicidad y belleza naturales, casi griegas, es el torneo medieval, o al menos el del último período de la Edad Media, un deporte de ropaje pesado y sobrecargado de ornamentación, en el cual se ha trabajado y dado forma tan deliberadamente al elemento dramático y romántico, que cumple, por regla general, la función del drama.
La última Edad Media es uno de esos períodos terminales, en que la vida cultural de los altos círculos sociales se ha convertido casi íntegramente en un juego de sociedad. La realidad es áspera, dura y cruel; por ende, se la somete al bello sueño del ideal caballeresco y se edifica sobre éste el juego de la vida. Se juega bajo la máscara de Lanzarote. Reina una enorme insinceridad consigo mismo, cuya detonante falsedad sólo puede ser soportada gracias a que hay una leve ironía que salpica la mentira dicha a si propio. En toda la cultura caballeresca del siglo XV impera un
equilibrio inestable entre la gravedad sentimental y una ligera ironía. Todos esos conceptos caballerescos de honor, fidelidad y noble amor, son tratados con perfecta seriedad; pero, de cuando en cuando, hay un momento en que la risa descompone el gesto rígido. Tenía que ser Italia el punto donde aquel estado de ánimo se convirtiera, por primera vez, en parodia consciente: en el Morgante, de Pulci, y en el Orlando innamorato, de Boiardo. E incluso en la propia Italia logra de nuevo la victoria el sentimiento romántico-caballeresco: pues en Ariosto deja plaza la descarada mofa a un maravilloso elevarse por encima de las burlas y veras, en el cual ha encontrado la fantasía caballeresca su más clásica ¿Cómo podría, pues, dudarse de la seriedad del ideal caballeresco en la sociedad francesa de 1400? En el noble Boucicaut, el tipo literario del caballero ejemplar, es el fondo romántico del ideal caballeresco tan fuerte aún como el que más. El amor — dice— es quien con más fuerza hace brotar en los corazones juveniles el entusiasmo por las nobles luchas caballerescas. Él mismo sirve a su dama en las antiguas formas llenas de cortesanía: Toutes servoit, toutes honnoroit pour l’amour d’une. Son parler estoit gracieux, courtois et craintif devant sa dame[224]. Entre la literaria actitud vital de un hombre como Boucicaut y la amarga realidad de su carrera reina un contraste casi incomprensible para nosotros. Había intervenido como figura activa y pasiva en los acontecimientos políticos más duros de su tiempo. En 1388 hace su primer viaje político a Oriente. Para que el viaje le resultase más corto, emprende con dos o tres de sus hermanos de armas, con Philippe d’Artois, su senescal y cierto Cresecque, una defensa poética del noble amor fiel que conviene al perfecto caballero: Le livre des cents ballades[225]. Bien, ¿por qué no? Pero siete años más tarde, después de haber corrido, como mentor del joven conde de Nevers (más adelante Juan Sin Miedo), la irreflexiva aventura caballeresca de la expedición guerrera contra el sultán Bayaceto; después de haber vivido la espantosa catástrofe de Nicópolis, en que perdieron la vida sus tres anteriores compañeros de poesía y en que la juventud de la nobleza francesa, hecha prisionera, fue ejecutada ante sus ojos, ¿no era de suponer que se habría enfriado el entusiasmo de un grave guerrero por aquel juego cortesano, por aquella ilusión caballeresca? Nos parece que debía de haber aprendido a no seguir viendo el mundo a través de aquel cristal de color de rosa. Pero no hay tal. También después sigue consagrado su espíritu al culto de la antigua caballería, como atestigua su fundación de la Orden de la dame blanche à l’escu verd, para la defensa de las mujeres oprimidas, con la cual tomó posición en el bello
pasatiempo de la disputa literaria entre el ideal severo y el ideal frívolo del amor, que agitaba desde 1400 el círculo de la corte francesa.
El modo entero de expresarse el amor noble en la literatura y en la vida social nos parece con frecuencia insoportablemente soso y ridículo. Tal es la suerte de toda forma romántica usada como instrumento de la pasión. En la labor de los muchos, en las poesías artificiosas, en las descripciones de los torneos costosamente dispuestos, ya no resuena la pasión: ésta sólo sigue viviendo en la voz de una minoría, de los verdaderos poetas. Pero la significación que todo esto ha tenido como adorno de la vida, como expresión de afectos, aunque fuese algo inferior en el sentido literario o como arte, sólo puede medirse infundiéndole de nuevo la misma pasión viva. ¿De qué sirven, al leer las poesías amorosas y las descripciones de los torneos, todos los conocimientos y la más viva representación del detalle histórico, sin el mirar claroscuro de los ojos, bajo el vuelo de las cejas y las estrechas frentes, que volvieron al polvo hace ya siglos y que han sido un día, más importantes que toda la literatura superviviente en montón de escombros?
Hoy sólo un destello casual puede permitirnos reconocer claramente la significación pasional de estas formas de la cultura. En el poema Le voeu du héron, dice Jean de Beaumont, a quien aguijan para que haga voto de luchar como caballero: Quant sommes ès tavernes, de ces fors vins buvant, Et ces dames delès qui nous vont regardant, A ces gorgues polies, ces coliés tirant, Chil œil vair resplendissent de biauté souriant, Nature nous semont d’avoir coeur désirant, … Adonc conquerons-nous Yaumont et Agoulant Et li autre conquierrent Olivier et Rollant. Mais, quant sommes as camps sus nos destriers courans, Nos escus à no col et nos lansses bais(s)ans, Et le froidure grande nous va tout engelant, Li membres nous effondrent, et derrière et devant, Et nos ennemis sont envers nous approchant, Adonc vorrièmes estre en un chélier si grant Que jamais ne fussions veu tant ne quant[*226]. «Helas —escribe Philippe de Croy desde el campamento de Carlos el Temerario delante de Neuss— où sont dames pour nous entretenir, pour nous amonester de bien faire, ne por nous enchargier emprinses, devises, volets (pañuelos para la cabeza), ne guimpes (velos para la garganta)»[227].
Y Joinville, el cruzado e historiador de San Luis, cuenta que, en la batalla de Mansurah del Nilo (1250), le dijo el conde de Soissons, en medio del fragor: «Señor
senescal, hagamos chillar a esta caterva de perros; pues, por los clavos de Cristo, aún hablaremos los dos de este día en los cuartos de nuestras damas». Así pues, también los piadosos cruzados se enardecían pensando en sus damas y en el favor que otorgan al valiente.
En el hecho de llevar el velo o la ropa de la mujer amada, que conserva el olor de su cabello o de su cuerpo, revélase el momento erótico del torneo caballeresco con toda la transparencia posible. En la excitación del combate, regalan las damas un adorno tras otro, de suerte que al terminar el espectáculo se encuentran en sus asientos sin nada a la cabeza e incluso sin mangas[228]. Esta situación da un asunto de hondo incentivo a un poema rimado de la segunda mitad del siglo XIII, «De los tres
caballeros y la camisa»[229]. Una dama cuyo esposo no gusta de la lucha, aunque por lo demás es un hombre lleno de nobleza y dulzura, envía su camisa a los tres caballeros que la sirven por amor, para que la lleven como cota de armas, sin coraza ni más protección que el yelmo y glebas, en el torneo que organizará su marido.
El primero y el segundo caballero no se atreven a tanto. El tercero, que es pobre, toma la camisa por la noche en sus brazos y Ja besa apasionadamente. En el torneo aparece con la camisa como cota de armas, sin coraza debajo. La camisa queda desgarrada y teñida con su sangre y él gravemente herido. Su extraordinaria valentía causa admiración y se le otorga el premio; la dama le consagra su corazón. Mas ahora pide el amado la reciprocidad. Devuelve a la dama la camisa ensangrentada, a fin de que ella la lleve tal como está sobre sus vestidos en el banquete que cierra el torneo. Ella la abraza tiernamente y aparece con la ensangrentada vestidura. La mayoría la censura, el esposo queda perplejo, pero el narrador pregunta: ¿cuál de los dos amantes hizo más por el otro?
La esfera de pasión dentro únicamente de la cual tenía toda su significación el torneo, explica la resuelta guerra que la Iglesia hizo desde antiguo a esta costumbre. Los torneos eran de hecho motivo de casos sensacionales de adulterio; como por ejemplo, aquel del año 1389 de que dan testimonio el monje de San Dionisio y, fundándose en su autoridad, Juvenal des Ursins[230]. El derecho canónico habla prohibido desde antiguo los torneos. Introducidos en un principio como preparación para la guerra leemos en los cánones que hablan llegado a ser un abuso intolerable[*231]. Los moralistas los censuraban[232]. Petrarca preguntaba pedantescamente: ¿Dónde se lee que Cicerón y Escipión hayan mantenido torneos? Y el burgués se encoge de hombros: prindrent (eligieron) par ne sçay quelle folie entreprinse champ de bataille, dice el ciudadano de París de un famoso torneo[233].
El mundo de la nobleza, por el contrario, concede a todo lo que significa torneo y competencia entre caballeros una importancia que él mismo no adjudicará al moderno deporte. Era uso muy antiguo erigir un pequeño monumento conmemorativo en el lugar donde se había sostenido un duelo famoso. Adán de Bremen conoce uno situado en el límite de Holstein y Wagrien, donde un guerrero alemán había dado
antaño muerte al campeón de los wendas[234]. El siglo XV seguía erigiendo semejantes
monumentos conmemorativos en recuerdo de los duelos caballerescos famosos. Cerca de Saint Omer recordaba la Croix Pélerine la lucha entre Hautbourdín, bastardo de Saint Pol, y un caballero español en la época del renombrado Paso