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4.2 Study area

4.3.3 GIS-based MAR suitability mapping

Por primera vez en dos siglos, el mundo de los noventa carecía de cualquier sistema o estructura internacional. El único estado que se podía calificar de gran potencia, en el sentido en que el término se planteaba en 1914, era los EE.UU. No está claro lo que significaba en la práctica. Rusia había quedado reducida a las dimensiones que tenía a mediados del siglo XVII. Reino Unido y Francia se redujeron a un estatus regional, Alemania y Japón eran grandes potencias económicas sin necesidad de reforzarse militarmente.

El peligro de otro holocausto nuclear como el causado por las grandes potencias en el siglo XX, ya no existía. La propia desaparición o transformación de todos los actores –salvo uno- del drama mundial significaba que una tercera guerra mundial al viejo estilo era improbable. Esto no quiere decir que las guerras terminaran, hubo guerras que no tenían nada que ver con la confrontación entre superpotencias (guerra anglo-argelina 1982; Irán-Irak 1980-1988). El peligro global de guerra no había desaparecido, sólo había cambiado.

Ahora resultaba posible que pequeños grupos disidentes pudieran crear problemas y destrucción en cualquier lugar del mundo (como el IRA en Gran Bretaña, el fundamentalismo islámico), aunque hasta fines del siglo XX el coste originado por tales actividades era modesto, ya que el terrorismo no estatal era mucho menos indiscriminado que los bombardeos de la guerra oficial. La democratización de los medios de destrucción hizo que los costes de controlar la violencia no oficial sufriesen un gran aumento. En muy pocos casos los estados estaban preparados para afrontar estos gastos.

Durante la segunda mitad del siglo quedó claro que el primer mundo podía ganar batallas pero no guerras contra el tercer mundo, había desaparecido el principal activo del imperialismo: la disposición de las poblaciones para dejarse administrar una vez conquistadas.

El siglo finalizó con un desorden global de naturaleza poco clara, y sin ningún mecanismo para poner fin al desorden o mantenerlo controlado.

El derrumbamiento de la URSS minó también las aspiraciones del socialismo no comunista, marxista o no. Por otra parte, la fe en una economía de mercado sin restricciones también estaba en quiebra. Las bases de la teología neoliberal tenían poco que ver con la realidad. El fracaso del modelo soviético confirmó que ninguna economía podía operar sin un mercado de valores. El fracaso del modelo ultraliberal confirmó que no se pueden dejar todos los asuntos humanos al mercado.

Otro derrumbe fue el de las religiones occidentales. De 1960 en adelante, el declive del catolicismo romano se precipitó. Cada vez menos hombres y mujeres prestaban oídos a las diversas doctrinas de estas confesiones cristianas. Europa se vio invadida después de la guerra por una mezcla de xenofobia y de política de identidad étnico-lingüística-cultural muy peligrosa. Incluso a principios de los noventa, algunos observadores empezaron a proponer públicamente el abandono del “derecho a la autodeterminación”.

A futuro, los dos problemas centrales son de tipo demográfico y ecológico. Se espera que la población mundial se estabilice en diez mil millones de personas para el 2030, debido a la reducción de la natalidad en el tercer mundo, de no ser así, se puede abandonar toda apuesta por el futuro. Las fricciones entre los trabajadores nacionales y los inmigrantes a los países desarrollados será uno de los factores principales de las políticas de las próximas décadas. Por otra parte, un crecimiento económico similar al de la primera mitad del siglo, tendría consecuencias ecológicas catastróficas para el género humano.

Una respuesta a esta crisis ecológica debe ser objetiva y realista. Se tendrá que buscar un equilibrio entre la humanidad, los recursos (renovables) que consume y las consecuencias que sus actividades producen en el medio ambiente, establecer este equilibrio no es un problema científico y tecnológico, sino político y social. Sería incompatible con una economía basada en la búsqueda ilimitada de los beneficios económicos.

Tres aspectos de la economía mundial de fin de siglo han dado motivo para la alarma: 1) la tecnología continúa expulsando al trabajo humano de la producción de bienes y servicios, sin proporcionar nuevos empleos, 2) el desplazamiento de las industrias a lugares con mano de obra más barata a provocado la caída de los salarios en las zonas donde son altos, y 3) la economía mundial de mercado libre debilitó la mayor parte de los instrumentos para gestionar los efectos sociales de los cataclismos económicos, se ha vuelto una máquina incontrolable.

A finales de siglo los gobiernos occidentales coincidían en que el coste de la seguridad social y de las políticas de bienestar público era demasiado elevado y debía reducirse, también se podían desatender de las personas muy pobres siempre y cuando el número de consumidores fuera elevado. Las políticas de las empresas era: a) reducir al máximo el número de sus empleados, b) recortar los impuestos de la seguridad social.

Los catastróficos resultados de este modelo ha hecho que sus partidarios tengan que repensarlo. Sin embargo, la reforma se ha visto impedida porque el sistema no tienen ninguna amenaza política creíble, el hundimiento de la URSS y la fragmentación de la clase obrera, la insignificancia militar del tercer mundo, etc. disminuyen el incentivo de la reforma.

Aunque a finales de siglo la característica principal de los estados era la inestabilidad, algunas características del panorama político global permanecieron inalterables. El estado-nación perdió poder y atributos al transferirlos a entidades supranacionales, y también los perdió, en la medida en que la desintegración de grandes estados e imperios produjo una multiplicidad de pequeños estados. Ahora el estado-nación esta a la defensiva contra una economía mundial que no puede controlar, contra las instituciones que creó para remediar su propia debilidad internacional, como la Unión Europea, lucha contra su capacidad para mantener la ley y el orden.

Y sin embargo, el estado resulta ahora más indispensable que nunca para remediar las injusticias sociales y ambientales causadas por la economía de mercado. La distribución social y no el crecimiento es lo que dominará las políticas del nuevo milenio.

El final del siglo corto marcó un dilema para la toma de decisiones de los estados. Ahora los estados democráticos ya no podían prescindir de la opinión pública, mientras que sus autoridades tenían que tomar decisiones para las que la opinión pública no servía de guía. Quienes menos problemas tuvieron para tomar decisiones eran los que podían eludir la política democrática: las corporaciones privadas, las autoridades supranacionales y los regímenes antidemocráticos. La dificultad de los gobiernos democráticos para tomar decisiones los llevó a eludir al electorado y a sus asambleas de representantes. La política se convirtió en un ejercicio de evasión y parece que continuará siéndolo. De hecho, un gran número de ciudadanos abandonó la preocupación por la política, dejando los asuntos de estado en manos de los miembros de la “clase política”. La decadencia de los partidos de masas eliminó el principal mecanismo social para convertir a hombres y mujeres en ciudadanos políticamente activos.

Esta despolitización no dejó con las manos libres a las autoridades para tomar decisiones. Al contrario, los medios de comunicación se convirtieron en actores principales de la escena pública, su importancia en el proceso electoral era superior incluso a la de los partidos y a la del sistema electoral. Pero esta claro que ni los medios, ni las asambleas ni el pueblo pueden actuar como gobierno, ni que el gobierno puede tomar decisiones públicas contra el pueblo o sin el pueblo.

Si el sufragio universal sigue siendo la regla general, parecen existir dos opciones principales. Donde la toma de decisiones sigue siendo política, se soslayará más el proceso electoral, o mejor dicho, el control constante del gobierno inseparable de él. La otra opción sería recrear el tipo de consenso que permite a las autoridades mantener una sustancial libertad de acción, al menos mientras el grueso de los ciudadanos no tenga demasiados motivos de descontento.

Vivimos en un mundo cautivo, desarraigado y transformado por el colosal proceso económico y técnico-científico del desarrollo del capitalismo que ha dominado los dos o tres siglos precedentes. Las fuerzas generadas por esta economía son lo bastante poderosas como para destruir el medio ambiente, esto

es, el fundamento material de la vida humana. Si la humanidad ha de tener un futuro, no será prolongado el pasado o el presente. Si intentamos construir un tercer milenio sobre estas base, fracasaremos.