• No results found

2.5 Modelling objectives

2.5.2 Spreading methods

Los veinte años después de 1973 presentan un mundo con inestabilidad y crisis. Sin embargo, fue hasta los ochenta cuando se vio que los cimientos de la edad de oro estaban minados. Fue hasta los noventa cuando se admitió que los problemas económicos del momento eran peores que los de los años treinta.

No se entendía porqué ahora el mundo era menos estable, pues los elementos estabilizadores de la economía eran más fuertes que antes. Los avances en la informática, las comunicaciones y los transportes redujeron la importancia del ciclo de stocks, ahora había una capacidad mayor de adaptarse a corto plazo a los cambios de la demanda. Además, el peso del consumo gubernamental y de los ingresos privados que procedían del gobierno estabilizaban la economía.

No obstante, la edad de oro finalizó en 1971-1975 con una clásica depresión cíclica, que redujo un 10% la producción industrial de las economías desarrolladas de mercado y el comercio internacional en un 13%. El mundo desarrollado avanzó a un ritmo más lento, pero a finales del siglo XX estos países eran más ricos y productivos que a principios de los setenta.

Sin embargo, en África, Asia occidental y América Latina el crecimiento del PIB se estancó. La mayor parte de la gente perdió su poder adquisitivo y la producción cayó. En la zona del antiguo socialismo real de Occidente, las economías se hundieron por completo después de 1989, aunque contrasta con el crecimiento espectacular de China en el mismo periodo.

Sin embargo, la pobreza, el paro, la miseria y la inestabilidad reaparecieron tras 1973 en el primer mundo. El crecimiento volvió a verse interrumpido por graves crisis en 1974-1975; 1980- 1982; y a fines de los ochenta. Los mendigos en las calles era una visión cotidiana, la reaparición de los pobres sin hogar formaba parte del gran crecimiento de las desigualdades sociales y económicas de la nueva era.

En las décadas de crisis la desigualdad creció en los países de las economías desarrolladas de mercado, desde el momento en

que el aumento de los ingresos reales al que se acostumbró a los trabajadores en la edad de oro llegó a su fin. Debido a los programas de bienestar y seguridad social, el malestar fue menor al esperado, pero las haciendas gubernamentales se veían agobiadas por los grandes gastos sociales que aumentaron con mayor rapidez que los ingresos estatales cuyas economías crecían más lento que antes de 1973.

El hecho fundamental de las décadas de crisis no es que el capitalismo funcionase peor que en la edad de oro, sino que sus operaciones estaban fuera de control. La herramienta principal que se había empleado para hacer esa función –la acción política coordinada nacional o internacionalmente- ya no funcionaba. Las décadas de crisis fueron la época en la que el estado nacional perdió sus poderes económicos.

Esto no fue evidente enseguida. En los setenta los gobiernos pensaban que los problemas eran temporales y no pensaban cambiar políticas que habían funcionado bien durante una generación, además, la mayoría de los países capitalistas mantuvieron gobiernos socialdemócratas en los setenta, que no querían abandonar las políticas de la edad de oro.

La única alternativa que se ofrecía era la que abanderaban los teólogos ultraliberales, que se vieron reforzados por la impotencia y el fracaso de las políticas económicas convencionales después de 1973. Tras 1974 los partidarios del libre mercado pasaron a la ofensiva, aunque no llegaron a dominar las políticas gubernamentales hasta 1980.

La batalla era entre keynesianos y neoliberales. Los keynesianos afirmaban que los salarios altos, el pleno empleo y el estado de bienestar creaban la demanda del consumidor que alentaban la expansión, y que aumentar la demanda era lo mejor para afrontar las depresiones económicas. Los neoliberales creían que estas políticas dificultaban el control de la inflación y el recorte de los costes, que hacían posible el aumento de los beneficios, auténtico motor de la economía, creían que la “mano oculta” del libre mercado produciría un mayor crecimiento y una mejor distribución.

Los defensores de la economía de la edad de oro no tuvieron éxito, pues estaba obligados a mantener su compromiso político

con el pleno empleo, el estado de bienestar y la política de consenso de la posguerra. Se encontraban atenazados entre las exigencias del capital y del trabajo, cuando ya no existía el crecimiento de la edad de oro que hizo posible el aumento de los beneficios y de las rentas.

Los neoliberales tuvieron pocos problemas para atacar las ineficiencias económicas que conllevaban las políticas de la edad de oro, cuando ésta ya no pudieron mantenerse a flote gracias a la prosperidad, el empleo e ingresos gubernamentales. Había amplio margen para aplicar el limpiador neoliberal y acabar con la economía mixta.

No obstante, la simple fe en el mercado no era una política económica alternativa. La mayoría de los gobiernos neoliberales se vieron obligados a gestionar y dirigir sus economías, aunque pretendiesen que sólo estimulaban las fuerzas del mercado. El principal régimen neoliberal, los EE.UU. aunque oficialmente comprometidos con el conservadurismo fiscal y con el monetarismo, utilizaron en realidad métodos keynesianos para salir de la depresión de 1979-1982.

La tendencia general de la industrialización ha sido sustituir la destreza humana por la de las máquinas; el trabajo humano, por fuerzas mecánicas, dejando a la gente sin trabajo. Las décadas de crisis empezaron a reducir el empleo en grandes proporciones, incluso en las industrias en proceso de expansión. El número de trabajadores disminuyó en términos relativos y absolutos. El creciente desempleo no era un simple ciclo, sino estructural. Los puestos de trabajo perdidos en las épocas malas no se recuperaban en las buenas: nunca volverían a recuperarse.

Esto se debió a la nueva división internacional del trabajo que transfirió las industrias a otros países y creó centros industriales en cinturones de herrumbre. Las industrias con uso intensivo de trabajo emigraban de los países con salarios elevados a países con salarios bajos. Pero incluso los países preindustriales o de reciente industrialización estaban gobernados por la mecanización, que hizo que incluso el trabajador más barato constase más caro que una máquina capaz de hacer su trabajo. Cuanto más avanzada es la tecnología, más caro resulta el componente humano de la producción comparado con el mecánico.

La revolución agrícola hizo que el campesino resultase innecesario, pero los millones de personas que ya no se ocupaban en el campo fueron absorbidas por otras ocupaciones intensivas en el uso del trabajo, pero era evidente que no habría puestos suficientes para compensar los perdidos, y no estaba claro que harían las personas desempleadas. En los países ricos del capitalismo tenían sistemas de bienestar en los que apoyarse, aunque empezaron a constituir una subclase cada vez más segregada. En los países pobres entraban a formar parte de la economía informal o paralela.

Aunque la recesión de principios de los ochenta trajo inseguridad a los trabajadores industriales, no fue hasta la crisis de los noventa que amplios sectores profesionales y administrativos empezaron a sentir que ni su trabajo ni su futuro estaban asegurados. Esta sensación de desorientación e inseguridad produjo cambios en la política de los países desarrollados. Los máximos perdedores fueron los partidos socialdemócratas o laboristas occidentales, cuyo instrumento –la acción económica y social a través de los gobiernos- perdió fuerza mientras que sus partidarios, la clase obrera, se fragmentaba. Desde 1970 muchos abandonaron los partidos de izquierda para sumarse a movimientos ecologistas, feministas y otros de los llamados nuevos movimientos sociales, con lo cual aquellos se debilitaron.

Las nuevas fuerzas políticas abarcaban desde los grupos xenófobos y racistas hasta los diversos partidos verdes y otros nuevos movimientos sociales. La importancia de estos movimientos no reside en su contenido positivo como en su rechazo de la vieja política. Durante las décadas de crisis las estructuras políticas de los países democráticos empezaron a desmoronarse y las nuevas fuerzas políticas mostraron un mayor potencial de crecimientos combinando una demagogia populista con fuertes liderazgos personales y la hostilidad hacia los extranjeros.

También alrededor de 1970 se produjo una crisis similar en el bloque del socialismo real. La entrada masiva de la URSS en el mercado internacional de cereales y el impacto de la crisis petrolífera de los setenta representaron el fin del campo socialista

como una economía regional autónoma, protegida de los caprichos de la economía mundial.

Con la caída de la URSS se hundieron sus redes económicas, y los países y regiones ligados a éstas se enfrentaron individualmente a un mercado mundial para el que no estaban preparados. Tampoco Occidente lo estaba para integrarlos a su propio mercado mundial.

Lo que muchos reformistas del mundo socialista hubiesen querido era transformar el comunismo en algo parecido a la socialdemocracia occidental. Pero esto coincidió con la crisis de la edad de oro del capitalismo, que fue a su vez la crisis de los sistemas socialdemócratas. La crisis significó para el sistema comunista una cuestión de vida o muerte, a la que no sobrevivió. En los países capitalistas desarrollados lo que estaba en juego no fue la supervivencia o la viabilidad del sistema.

Pero debido el mayor dinamismo de la economía capitalista, el tejido social de las sociedades occidentales se minó más que el de las sociedades socialistas, por tanto, en este aspecto la crisis fue más grave en el Este que en el Oeste, cuyos habitantes se sentían menos preocupados por problemas que agobiaban a los primeros: la criminalidad, la inseguridad y la violencia de la juventud sin normas. En otros aspectos ambos evolucionaron a la par, en ambos las familias eran más pequeñas, los matrimonios se rompían más fácil, y la población se reproducía poco.

Con todo, la relativa tranquilidad de la vida socialista no se debía al temor. El sistema aisló a los ciudadanos del pleno impacto de las transformaciones sociales de occidente, porque las aisló del pleno impacto del capitalismo occidental. La paradoja del comunismo en el poder es que resultó ser conservador.

En cuanto al tercer mundo es imposible hacer generalizaciones. La única es que desde 1970 casi todos los países de este bloque se habían endeudado enormemente. En 1990 se los podía clasificar desde los tres gigantes de la deuda internacional (entre 60 mil y 110 mil mdd) que eran Brasil, México y Argentina, los veintiocho que debían más de 10 mil millones, hasta los que debían de mil a dos mil millones.

A comienzos de los ochenta se produjo un momento de pánico cuando los países con mayor deuda no pudieron seguir

pagando, y el sistema bancario estuvo al borde del colapso. Por fortuna para los países ricos, los tres gigantes latinoamericanos de la deuda no actuaron conjuntamente e hicieron arreglos separados para renegociar sus deudas y los bancos y gobiernos pudieron amortizar sus activos perdidos y mantener su solvencia técnica.

En las décadas de crisis la economía capitalista mundial decidió cancelar una gran parte del tercer mundo. De las 22 economías de renta baja 19 no recibieron ninguna inversión extranjera. Una gran parte del mundo iba quedando, en conjunto, descolgada de la economía mundial. En 1990 los únicos estados exsocialistas de la Europa oriental que atrajeron inversión extranjera fueron Polonia y Checoslovaquia. Dentro de la antigua URSS había territorio ricos que atrajeron inversiones y zonas que fueron abandonadas a sus propias y miserables posibilidades. El principal efecto de las décadas de crisis fue el de ensanchar la brecha entre los países ricos y los países pobres.

A medida que la economía trasnacional consolidaba su dominio el estado-nación se iba debilitando, puesto que no podía controlar más que una parte cada vez menor de sus asuntos. La desaparición de las superpotencias que podían controlar a sus estados satélites reforzó esta tendencia, así como por el desmantelamiento de actividades hasta entonces realizadas por organismo públicos, dejándoselas al mercado.

A este debilitamiento del estado-nación se le añadió una tendencia a dividir los antiguos estados territoriales en lo que pretendían ser otros más pequeños, la mayoría de ellos en respuesta a la demanda de algún grupo étnico-lingüístico. El ascenso de tales movimientos autonomistas y separatistas a partir de 1970 fue un fenómeno occidental. La crisis del comunismo la extendió por el Este, donde después de 1991 se formaron más nuevos estados nacionales que en cualquier otra época del siglo XX.

Este desarrollo resultaba paradójico, puesto que estaba claro que los nuevos miniestados tenían los mismos problemas que los antiguos, acrecentados por el hecho de ser menores. El nuevo nacionalismo separatista de las décadas de crisis se trataba de una combinación de tres fenómenos:

1) La resistencia de los estados-nación existentes a su degradación. No obstante, el proteccionismo fue mucho más débil en las décadas de crisis que en la era de las catástrofes. El libre comercio mundial seguía siendo el ideal y la realidad, sobre todos después de la caída de las economías controladas por el estado. Sin embargo, el proteccionismo era mayor cuando lo que estaba en juego no era simplemente económico, sino una cuestión de identidad cultural.

2) El egoísmo colectivo de la riqueza. Los gobiernos del viejo estilo de los estados-nación aceptaron la responsabilidad de desarrollar sus territorios y la de igualar las cargas y beneficios en todos ellos. La regiones más pobres recibirían subsidios de las regiones más ricas con el fin de recudir las diferencias. Sin embargo, la Comunidad Europea fue realista y admitió a miembros cuyo atraso no significasen una carga excesiva para los demás. La resistencia de las zonas ricas a dar subsidios a las pobres es bastante conocida. Algunos de los nacionalismos separatistas de las décadas de crisis se alimentaban de este egoísmo colectivo.

3) La revolución cultural de la segunda mitad de siglo, que disolvió las normas, tejidos y valores sociales tradicionales, e hizo posible que muchos habitantes del mundo desarrollado se sintieran huérfanos y desposeídos. Desde finales de los setenta se dio el auge de los grupos de identidad, grupos a los cuales una persona podía pertenecer de manera inequívoca y más allá de cualquier duda o incertidumbre. Las políticas de identidad tienen en común con el nacionalismo étnico de fin de siglo la insistencia en que la identidad propia del grupo consistía en alguna característica personal, existencial, primordial o inmutable; compartida con los miembros del grupo y con nadie más. La exclusividad era lo esencial.

La tragedia de esta política de identidad excluyente, tanto si trataba como no de crear un estado independiente, era que no podía funcionar, sólo podía pretenderlo. Incluso un mundo dividido en territorio étnicos teóricamente homogéneos mediante genocidios, expulsiones masivas y limpiezas étnicas, volvería diversificarse inevitablemente con los movimientos de masa de personas y de estilos como consecuencia de la acción de la

economía global. A medida que el siglo marcha hacia su término, es más evidente la ausencia de mecanismos capaces de enfrentar estos problemas.

Se han ideado fórmulas, como la ONU creada en 1945, que ha seguido existiendo a lo largo del siglo y se ha convertido en un club cuya pertenencia demuestra haber sido aceptado como soberano. Aunque no tuvo poderes ni recursos suficientes ni capacidad para actuar con independencia. La necesidad de una coordinación global multiplicó las organizaciones internacionales, aunque los únicos procedimientos para lograr sus objetivos específicos (como los ecológicos) eran lentos, toscos e inadecuados.

No obstante, se disponía de dos formas de asegurar la acción internacional, que se reforzaron con las décadas de crisis:

1) La abdicación voluntaria del poder nacional a favor de autoridades supranacionales. La Comunidad Económica Europea dobló su tamaño en los setena y se preparó para expandirse aún más en los noventa, mientras reforzaba su autoridad sobre sus miembros. Su fuerza residía en el hecho de que su autoridad central emprendía iniciativas políticas independientes y era prácticamente inmune a las presiones de la política democrática.

2) Los organismos financieros internacionales creados tras la segunda guerra mundial, el FMI y el Banco Mundial. Estos organismos adquirieron más autoridad durante las décadas de crisis, debido a la crisis de la deuda del tercer mundo y la caída de la URSS y la crisis de los países afines, que provocó que muchos países dependiesen más de la voluntad del mundo rico para concederles préstamos, condicionados a la adopción de sus políticas económicas.

El triunfo del neoliberalismo en los ochenta se tradujo en políticas de privatización sistemática y de capitalismo de libre mercado impuestas a gobiernos demasiados débiles para oponerse a ellas, sin importar si eran adecuadas o no para sus problemas económicos. Éstas resultaron ser autoridades internacionales eficaces, por lo menos para imponer las políticas de los países ricos a los pobres.