Los relatos de 1 Re 3-10 conservan una imagen muy positiva del reinado de Salomón. La tradición referente a la gloria de el hijo de David manifestaba la seguridad de que el esplendor de este soberano poderoso se apoyaba en su luminosa sabiduría. Por tanto, el sueño narrado respecto al comienzo de su gobierno debía mostrar que la destreza política del rey estaba en conformidad con la sabiduría de Dios: "Porque has pedido esto y, en vez de pedir para ti larga vida, riquezas, o la muerte de tus enemigos, has pedido discernimiento para saber juzgar, cumplo tu ruego y te doy un corazón sabio e inteligente como no lo hubo antes de ti ni lo habrá después" (1 Re 3,11-12).
Sin embargo el capítulo 11 nos muestra un marcado contraste en la apreciación de su reinado. Al final de su gobierno estalló una revuelta en Siquem a causa de los impuestos elevados con los que las tribus del norte debían contribuir a los grandes emprendimientos reales. Si Roboam, hijo de Salomón, quería obtener de las tribus del norte el reconocimiento de su autoridad, debía aceptar
sus condiciones: "Tu padre ha hecho pesado nuestro yugo; ahora tú aligera la dura servidumbre de tu padre y el pesado yugo que puso sobre nosotros, y te serviremos" (1 Re 12,4). La intransigencia del rey y de sus consejeros en la reconciliación tributaria desencadenó la rebelión de los clanes de la casa de José, encabezada por el efraimita Jeroboam. El resultado de ésta fue la división del estado hebreo en dos reinos autónomos y rivales: "¿Qué parte tenemos nosotros con David? ¡No tenemos herencia en el hijo de Jesé! ¡A tus tiendas, Israel! ¡Mira ahora por tu casa, David!" (1 Re 12,16). En el sur del país, la dinastía davídica conservó únicamente la tribu de Judá, mientras que las tribus del norte se congregaron en torno a Jeroboam. La unificación de todos los clanes hebreos había sido posible sólo por el genio militar de David, pero no pudo afrontar el brusco cambio cultural, desarrollado bajo Salomón, de un ambiente tan lejano a los orígenes tribales de Israel.
Tras la ruptura, los dos reinos se opusieron entre sí, llegando a ser la frontera entre ambos, entre Jerusalem y Betel, una zona de contínuos conflictos bajo Roboam, Abías y Asá, reyes de Judá. Éstos hicieron todo lo posible para hacer retroceder hacia el norte la frontera y evitar así que Jerusalem quedara muy expuesta en caso de guerra.
El contraste entre la prosperidad de ambos reinos era muy marcado. Jerusalem está rodeada de montañas, muy cerca de donde comienza el desierto de Judá. Su suelo es pedregoso y, además de algunos cereales, sólo permite el cultivo de la vid y del olivo, así como la cría de ovejas. El pequeño reino de Judá estaba privado de la salida al mar, porque la rica llanura costera estaba en manos de los filisteos. Sus horizontes eran, más bien, el valle del Jordán y el desolador Mar Muerto. El reino de Israel, en cambio, ocupaba las colinas de Samaría con verdes valles, y las llanuras de Sharón y de Yizreel. Contaba con su propia salida al mar y disponía, además, de la posibilidad de acceder mediante alianzas a los puertos fenicios de Tiro y Sidón. En cuanto a territorios, población y poder militar, Israel superaba a Judá y poseía la mayor proporción del reparto del imperio salomónico. Pero también su situación geográfica lo exponía con anterioridad a los ataques de las potencias del norte, especialmente Asiria.
Pero Judá disponía de un punto fuerte frente a su rival: una estabilidad dinástica a través de la sucesión davídica y una estabilidad religiosa marcada por la presencia del Arca de la Alianza en Jerusalem. La fuerza religiosa de Israel era evidentemente el rico patrimonio de tradiciones mantenidas en torno a santuarios ligados al pasado patriarcal de las tribus, como Siquem, Betel, Silo y Dan. Pero esto no podía compararse con el Arca en torno a la cual desde el principio se congregaba la asamblea de Israel. Por eso, la división política se plasmó muy rápidamente como división también religiosa y el reino de Israel se independizó del culto sostenido en Jerusalén. Una de las primeras medidas tomadas por Jeroboam para impedir que las tribus del norte peregrinaran a Jerusalem fue la de erigir en dos santuarios afamados dos toros de fundición destinados al culto: "Basta ya de subir a Jerusalem. Este es tu Dios, Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto" (1 Re 12,28). Los santuarios elegidos fueron Dan y Betel, en las extremidades del reino. Betel era, por otro lado, el centro de las antiguas tradiciones en torno a la manifestación de Dios al patriarca Jacob: "Se levantó Jacob de madrugada, y tomando la piedra que se había puesto por cabezal, la erigió como estela y derramó aceite sobre ella. Y llamó a aquel lugar Betel, aunque el nombre primitivo de la ciudad era Luz. Jacob hizo un voto, diciendo: "Si Dios me asiste y me guarda en este camino que recorro, y me da pan que comer y ropa con qué vestirme. y vuelvo sano y salvo a la casa de mi padre, entonces YHWH será mi Dios; y esta piedra que he erigido como estela será Casa de Dios (hebr. Beit-El); y de todo lo que me dieres, te pagaré el diezmo" (Gn 28,18-22). El reino de Israel debió atravesar por un período de vacilación hasta erigir su centro político. La elección primitiva de Siquem se vio desplazada hacia Penuel, en la Transjordania, seguramente para asegurarse contra las incursiones del faraón Bisak. Finalmente Jeroboam trasladó la capital a Tirsá. Esta fluctuación era un signo evidente de la búsqueda de Jeroboam de un equilibrio político entre los distintos clanes que conformaban el reino del norte. Tirsá fue la capital del reino hasta que Omrí (886-875) edificó una nueva ciudad, sin pasado alguno y libre de las rivalidades entre las distintas tribus: una maniobra semejante a la ejecutada por David al hacer de Jerusalem la capital de su reino. Sin embargo, la inestabilidad política será bien manifiesta en el hecho que de los 19 reyes que reinaron en Israel 8 fueron asesinados.
El matrimonio de su hijo Ajab con la princesa Jezabel, hija de Etbaal de Tiro consagró una nueva orientación de la política de Israel. Los israelitas se beneficiaban mediante la salida de sus productos a través de los puertos fenicios, y las ciudades fenicias contaban así con la tierra productora que ellas no tenían para sostener su industria mercante.
Ajab tuvo que enfrentar una difícil situación: el despertar de Asiria, después de muchos años de letargo, durante el reinado de Assurnasirpal II. Este rey asirio comenzó a someter a varios estados arameos y a algunas ciudades fenicias que debieron pagar tributo al conquistador; entre ellas se encontraban Biblos, Tiro y Sidón. Si bien estas invasiones no afectaron a Israel, de todos modos constituían un peligro frente al cual le convenía estar preparado. La arqueología reveló que Ajab fortificó Samaría, Jasor y Meguido. En el 853 Ajab integró una coalición junto con otros estados arameos cuando los asirios invadieron nuevamente la región. Su nombre aparece en un testimonio de Salmanasar III: "Marché del Eufrates y llegué a Halman (Alepo). Temieron mi ataque y tomaron mis pies. Recibí de ellos como tributo plata y oro, hice sacrificios ante el dios Hadad de Halman. Marché de Halman y llegué a las ciudades de Irhuleni, del país de Jamat. Conquisté las ciudades de Adennu, Parga y Argana, ciudades reales suyas. Me llevé prisioneros, su hacienda, los bienes de sus palacios e incendié sus palacios. Marché de Argana y llegué a Qarqara (Damasco); destruí, demolí e incendié Qarqara, su ciudad real. 1200 carros, 1200 soldados de caballería, 20000 soldados de Hahad'ezer del país de Aram, 700 carros, 700 soldados de caballería y 10000 soldados de Irhuleni de Jamat, 2000 carros y 10000 soldados de Ajab del país de Israel, 500 soldados del país de Gu, 1000 soldados del país de Musur, 10 carros, 10000 soldados de Irqanata, 200 soldados de Matinubaal de la ciudad de Arwad, 200 soldados del país de Usanatu, 30 carros y 10000 soldados de Adunabaal del país de Shianu, 1000 camellos de los árabes Gundibu (...) soldados de Ba'sa, hijo de Ruhubu, del país de Ammón. Hadad'ezer tomó a esos doce reyes como ayuda. Vinieron contra mí para entablar una batalla decisiva. Con la poderosa fuerza que Assur, mi señor, me ha dado y con las poderosas armas que Nergal, que va delante de mí, me ha concedido, combatí contra ellos. Los derroté entre Qarqarq y Gilza'u. Di muerte con las armas a 14000 de sus soldados, como Adad hice caer sobre ellos un diluvio. Esparcí sus cadáveres, cubrí la llanura con sus numerosas tropas. Hice correr su sangre con las armas (...) El campo fue demasiado pequeño para la carnicería que ejecuté en ellos. El vasto campo fue insuficiente para enterrarlos. Con sus cadáveres obstruí el río Orontes como un dique. En el curso de aquella batalla les arrebaté sus carros, su caballería y sus caballos de tiro".