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In document Pro Git. Scott Chacon * (Page 175-178)

YHWH era la razón de sus desdichas si no lograban convencerse definitivamente que quien los había eligido como pueblo era el Dios Santo, único y trascendente, junto al cual no había otro. En la situación presente, en que cada comienzo de año oían en el E-temen-an-ki (el templo del

fundamento del cielo y de la tierra) los relatos que referían cómo Marduk había creado el mundo y

los hombres, los sacerdotes desterrados reelaboraron las tradiciones por ellos conocidas sobre los orígenes del universo. YHWH era el verdadero Creador, que hizo todas las cosas a través de su palabra. Diez veces repitieron la expresión "y dijo Dios", para evidenciar que YHWH había creado el mundo de la misma manera como había creado a Israel en el Sinaí: mendiante diez palabras (Ex 34,28). La fe de estos sacerdotes desterrados quedó expresada en una bendición que transformaba literalmente la situación de entonces: "Los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los vivientes que reptan sobre la tierra" (Gn 1,28). La voluntad del único Creador algún día se cumpliría, poniendo fin a la desgracia y al destierro.

El relato fue redactado de un modo reiterativo y esquemático, contrastando sensiblemente con el colorido relato de los antiguos escribas de la corte salomónica. Su mismo origen sacerdotal le dio un ritmo litúrgico muy semejante al del Enuma elish, relato cultual babilónico leído cada año nuevo, en el que se evocaban los comienzos de todo a partir del caos sin forma de las aguas dulces de la tierra y de las saladas del mar: "Cuando arriba el cielo no tenía nombre, cuando abajo la tierra firme no había recibido nombre, fue Apsu, el inicial, quien los engendró, la original Tiamat quien los dio a luz a todos; como sus aguas estaban mezcladas juntas, ninguna morada divina estaba construida, ningún canal era identificable. Cuando ninguno de los dioses había aparecido, ni había recibido nombre, ni estaba dotado de destino, los dioses fueron entonces creados en su seno" (I,1- 9). En el texto sacerdotal judío también se nombraba el caos primordial (tehom), pero allí quedó desmitificado, cobijado en cierto modo por el aliento (ruah) de YHWH que aleteaba por encima de las aguas" (Gn 1,2).

El relato babilónico narraba que, tras la muerte de Apsu por el dios Ea, Tiamat había preparado su venganza reuniendo a sus partidarios y poniendo a su frente al dios Kingu, su nuevo esposo. Asustados los otros dioses entregaron el poder supremo a Marduk, hijo de Ea, para enfrentar a Tiamat. Marduk la mató y formó con su cuerpo el universo: "Una vez calmado, el Señor examina su cadáver; quiere dividir al monstruo, formar algo ingenioso; la parte en dos como se hace con un pez puesto a secar; puso una mitad como cielo en forma de techo; extendió la piel, puso centinelas, les dio la misión de no dejar salir sus aguas" (IV, 135-140). La narración sacerdotal judía también habla de una ordenación del caos a través de la separación: "Apartó Dios la luz de la oscuridad, y llamó Dios a la luz día, y a la oscuridad la llamó noche. Y apartó las aguas de por debajo del firmamento, de las aguas de por encima del firmamento. Y así fue. Y llamó Dios al firmamento cielos. Dijo Dios: "Acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto, y déjese ver lo seco"; y así fue. Y llamó Dios a lo seco tierra, y al conjunto de las aguas lo llamó mares" (Gn 1,4-10).

El poema babilónico seguía describiendo cómo Marduk, después de colocar los astros en su sitio, va haciendo en detalle su obra de formación del mundo: coloca las montañas sobre la cabeza (V,53) y los pechos (V,57) de la otra mitad de Tiamat (V, 62), y hace salir los ríos Tigris y Eufrates de sus ojos (V,55). El relato judío presenta cuatro obras de población del cosmos ordenado por Dios: vegetales que brotan de la tierra (Gn 1,11), astros fijos en el firmamento (1,14), animales acuáticos y aéreos (1,20), animales terrestres (1,24). Escrito en polémica con la concepción mítica caldea, fue enumerando todos los seres que eran adorados en Babilonia para presentarlos como meras creaturas. Nabucodonosor oraba al dios Sol: "Que un cetro justo, un buen pastoreo y un bastón real legítimo que proteja a las gentes, sean el lote de mi realeza para siempre. Con tus armas furiosas blandidas en batalla que seas la protección de mi ejército, oh Shamash" (oración a

Shamash 10-14). Su sucesor Nabonid oraba al dios Luna: "Sin, Señor de los dioses, rey de los

dioses de los cielos y de la tierra, dios de los dioses que moras en los grandes cielos, cuando entres gozosamente en esta casa, que haya en tus labios palabras en favor del templo Esagil, del templo Ezida y del templo Egishnugal, las casas de tu gran divinidad... sálvame de faltar ante tu gran divinidad y hazme el regalo de una vida de días lejanos" (oración a Sin 1-6.11-12). Para los sacerdotes judíos, en cambio, como YHWH era el único Dios, todo lo que existía en el cielo y en la tierra había sido creado por él, incluyendo el astro mayor, el astro menor y las estrellas (1,16).

Shamash, Sin y la diosa Ishtar (el planeta Venus) no eran divinidades, sino simples lumbreras para iluminar el día y la noche.

La tradición sacerdotal judía dejaba en claro que el universo era en cierto modo un templo gigantesco que YHWH había elevado para su propia gloria. Si el santuario de Jerusalem estaba por entonces reducido a escombros, ¡el mundo entero continuaba siendo el Templo de YHWH! Y cuando ese templo estuvo terminado, YHWH había colocado allí al hombre como su imagen, al que había hecho según su semejanza (Gn 1,26). Eso significaba que el hombre era en algún sentido dominador, pues en el antiguo oriente la erección de una estatua de un rey significaba la proclamación de su señorío en el ámbito en que ésta se erigía, como lo demuestran los colosos de piedra levantados a lo largo del Nilo por los egipcios, o más tarde la imagen de los soberanos acuñadas en las monedas. Del mismo modo el hombre (hebr. adam) había sido puesto en la creación como estatua de YHWH, y por ese motivo no debía haber imágenes modeladas para ser adoradas. La única imagen de Dios, construida por él mismo y no por manos humanas, era el hombre viviente.

La existencia del hombre era una prueba de que YHWH era el Señor de la creación, y la actividad humana realizaba ese señorío de Dios al modo de la efectuada por un administrador. Pero el hombre debía realizar esta tarea no caprichosamente y para su gloria, sino como un plenipotenciario conciente de su responsabilidad. Su derecho y su deber de señorío no eran autónomos, sino participados. Por eso cuando se relacionara con las cosas del mundo, ya fuese por su trabajo, por la comida o con ocasión de sus descubrimientos, tal relación llegaría a ser siempre una relación con Dios, que era su creador y quien le había confiado todas las cosas. Así tendría siempre conciencia de su creaturidad.

La sexualidad formaba también parte de esa imagen divina que el hombre llevaba consigo, en cuanto que la complementariedad en el amor era un presupuesto esencial para ejercer aquel señorío: "Dios creo al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó" (Gn 1,27). Juntos se ayudarían a dominar la creación, porque cada vez que se uniesen prolongarían el acto creador de Dios engendrando hijos y aumentando así la humanidad.

La fe de estos sacerdotes desterrados quedó expresada en una bendición que transformaba literalmente la situación de entonces: "Los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los vivientes que reptan sobre la tierra" (Gn 1,28). La voluntad del Dios creador algún día se cumpliría, poniendo fin a la desgracia y al destierro.

La teología sacerdotal judía repetía constantemente en su relato el estribillo "y vio Dios que estaba bien" (Gn 1,10.13.18.21.25), para concluir finalmente: "Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien" (1,31). La creación de YHWH distaba mucho de ser el campo de combate en el que se enfrentaban un principio divino malo y otro bueno. YHWH estaba sólo en su bondad, a diferencia de Marduk que "con su maza inexorable aplastó el cráneo de Tiamat, abrió las venas de su sangre, dejando al viento del norte llevárselas a lugares desconocidos" (Enuma elish IV,130-132). Quedaba así corregido el dualismo de la mitología caldea, porque Dios sólo había hecho cosas buenas. Si había mal en el mundo era porque posteriormente los hombres se encargaron de eso, de modo que "la tierra se llenó de violencias" (Gn 6,11).

Finalmente, hay que advertir que en la intención principal del relato está, además de la desmitificación del mundo creado y la afirmación definitiva del monoteísmo, la fundamentación de la ley del descanso del día séptimo (shabat). El interés sacerdotal de los narradores quiso resaltar que el hombre imita a Dios con su trabajo, pero sólo a través del diálogo con el Creador en el descanso religioso y en la oración llega a ser plenamente imagen de Dios: "dio por concluida Dios en el séptimo día la labor que había hecho, y cesó en el día séptimo de toda la labor que hiciera. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó; porque en él cesó Dios de toda la obra creadora que Dios había hecho" (Gn 2,2-3). La antigua institución sabática, que antes había sido presentada desde una motivación humanitaria (Ex 23,12: "para que reposen tu buey y tu asno, y tengan un respiro el hijo de tu sierva y el forastero"), ahora era presentada como una imitación del actuar divino: "pues en seis días hizo YHWH los cielos y la tierra, y el día séptimo descansó y tomó respiro" (Ex 31,17). Y esta antigua institución de Israel se convirtió prácticamente en el nervio central de la

espiritualidad del judaísmo, hasta el punto de que la fidelidad a la Alianza llegó a ser fundamentalmente observancia del sábado: "No dejéis de guardar mis sábados; porque el sábado es una señal entre yo y vosotros, de generación en generación, para que sepáis que yo, YHWH, soy el que os santifico" (Ex 31,13). Esta tendencia se fue afirmando cada vez con más fuerza, de modo que seis siglos más tarde los romanos caracterizaban al judaísmo a partir del monoteísmo, de la prohibición de las imágenes y de la observancia sabática: "Algunos tienen un padre de los que temen el sábado, y que no adoran más que las nubes y el numen del cielo" (Juvenal, Sátiras XIV, 96-106).

Otro mito mesopotámico que los desterrados estuvieron con frecuencia obligados a escuchar era la epopeya de Gilgamesh, con el correspondiente relato del diluvio a cargo de su superviviente, Uta- Napishtim. Los sacerdotes desterrados reelaboraron el mito oído personalmente en la ciudad de Babel, como antes lo habían hecho los escribas reales a partir de las versiones que llegaban en escritura cuneiforme al país de Canaán. El héroe del episodio llevaba el mismo nombre que en la antigua versión hebrea y era conocedor del decreto divino: "Dijo, pues, Dios a Noé: "He decidido acabar con toda carne, porque la tierra está llena de violencias por culpa de ellos. Por eso, he aquí que voy a exterminarlos de la tierra" (Gn 6,13). La maldad no era una obra de Dios, sino un elemento extraño al querer divino sobre la creación introducido por los hombres.

A diferencia del relato antiguo, los sacerdotes describieron el Arca y su construcción, que resultaba ser algo muy distinto a un barco común. Así como la epopeya de Gilgamesh (XI, 56-66) describía la nave como un Ziggurat de siete pisos (semejante al E-temen-an-ki), el nuevo relato judío describía el arca como un santuario de tres pisos (Gn 6,16: semejante al Templo de Salomón). Por tanto, la salvación del hombre solamente se podía encontrar en un Arca construida según los modelos usados para levantar edificios sagrados.

Mientras que el mito mesopotámico hacía durar la tormenta siete días y siete noches, y la antigua versión hebrea cuarenta días completos, la nueva versión sacerdotal llegó a prolongarla hasta 150 días, fecha en que el Arca se detiene sobre el monte Ararat. Era el día 17 del séptimo mes, es decir, la fecha de celebración de la fiesta otoñal hebrea (las tiendas, Lev 23,34). La cronología prosiguió 70 días más, cuando el agua hubo descendido hasta descubrir los picos de las montañas que habían sido cubiertos por la inundación, para concluir el día 27 del segundo mes, cuando la tierra se secó completamente. La permanencia en el Arca duró exactamente un año lunar (354 días) más 11 días, lo cual suma un año solar (365 días). El relato quiso ser muy exacto en las fechas, ya que los sacerdotes tenían una verdadera obsesión con el calendario para determinar con precisión cuándo se celebra cada fiesta.

El epílogo del nuevo relato agregó una óptica distinta al primitivo. En la antigua versión, Noé (igual que Uta-Napishtim) levantaba un altar y ofrecía un sacrificio; complacido, YHWH prometía a perpetuidad el orden cósmico necesario para la vida de los hombres (Gn 8,20-22). Ahora se renovaba la bendición y el mandamiento de la fecundidad, y la prohibición de derramar sangre: "os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré la vida humana. Quien vertiere sangre de hombre, por otro hombre su sangre será vertida, porque a imagen de Dios hizo Él al hombre" (Gn 9,5-6). Pero también se inauguraba una

Alianza con Noé y su descendencia: "Esta es la señal de la alianza que para las generaciones

perpetuas pongo entre yo y vosotros y toda alma viviente que os acompaña: Cuando yo llene de nubes la tierra, entonces se verá el arco en las nubes, y me acordaré de la alianza que media entre yo y vosotros y toda alma viviente, toda carne, y no habrá más aguas diluviales para exterminar toda carne" (Gn 9,12-15). Así, quedaba claro que el Dios de Israel era el Dios universal y su alianza afectaba a todos los hombres.

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