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El componente no económico de las estrategias de supervivencia tiene como punto de partida una mirada integral, que reconoce los actores y las familias como sistemas y sujetos sociales que además de tener necesidades materiales desarrollan otro tipo de tensiones o conflictos que les implica organizarse para lograr la supervivencia. Dicha organización puede ser en interacción con otros sistemas y al interior de la dinámica de la familia.

La interacción con otros sistemas se justifica en la medida que “la familia ajusta y modifica su estructura al entrar en contacto con los suprasistemas en que participa; por ejemplo la escuela de los hijos, el sistema laboral de los padres o el vecindario. Todos estos sistemas influyen en la familia necesariamente con sus reglas, valores y creencias y ocasionan cambios en el grupo familiar.” (Eguiluz, L 2003 Pág. 5). Es decir que la familia estable relaciones directas con sistemas más amplios que pueden constituirse y ser redes sociales de apoyo. Entendiendo por estas al conjunto de personas o dependencias que cuentan con la capacidad de aportar ayuda o apoyo a un individuo, una familia o grupo. Retomando a Uribe (2008) “Las familias monoparentales con jefatura femenina así como cada uno de sus miembros, establecen relaciones de interacción con otros grupos y personas que contribuyen a fortalecer tanto sus vínculos como al nivel de desarrollo personal y social de sus miembros” (Uribe 2008. Pág. 74). Según Uribe y Uribe (2006) las redes sociales pueden ser primarias y secundarias – institucionales y deben cumplir seis funciones: “compañía social, apoyo emocional, guía cognitiva y consejo, control social y ayuda a nivel material y de servicios” (Uribe, P 2008 Pág.74)

Las redes sociales primarias se encuentran “constituidas por un grupo de personas que tienen un conocimiento social y con lazos afectivos construidos durante un tiempo determinado que pueden ser relaciones familiares, de amistad, vecindad, trabajo, estudio y ocio, dichas relaciones adquieren un carácter significativo en la medida en que encierran un conocimiento establecido en un espacio y tiempo determinado” (Uribe, P. Uribe, M. 2006 Pág. 68) Es decir que están mediadas por lazos de apoyo que puede ser materializado en bienes y servicios o en sentimientos afectivos y de solidaridad.

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Las redes sociales secundarias “son espacios de diálogo y coordinación a través de los cuales se vinculan organizaciones sociales e instituciones públicas y privadas en función de un objetivo común sobre la base de normas y valores compartidos” (Uribe, P. Uribe, M. 2006 Pág. 73) Entre estas se encuentran los grupos recreativos, las instituciones religiosas, las instituciones educativas y las redes institucionales que según Uribe y Uribe (2006) son el conjunto de personas que conforman las organizaciones e interactúan de manera duradera para alcanzar objetivos comunes.

Con lo anterior queda claro, que las redes sociales de apoyo tanto primarias como secundarias – institucionales son fundamentales para las familias monoparentales con jefatura femenina en la medida que se convierten en un recurso para afrontar y superar las adversidades. Además como lo plantea Eguiluz (2003) juegan un papel importante ya que en ausencia del progenitor los miembros de esta tipología y la familia como sistema recurren a redes en búsqueda de beneficios personales y colectivos.

Como se menciono anteriormente al interior de la familia también se dan formas de organización que tienen una relación directa con la movilidad en las funciones y roles familiares, las problemáticas familiares y el apoyo emocional.

Uribe (2008) refiere que en la familia monoparental con jefatura femenina se desempeña una gran diversidad de roles los cuales pueden ocasionar conflictos internos en la mujer jefa de hogar y con los demás miembros de la familia “cambiar de un papel a otro puede causar confusión o conflicto en el individuo” (Uribe, P. 2008. Pág.22). Por ejemplo retomando a Eguiluz (2003) “una característica frecuente de estas familias aparece en la etapa de la sexualidad y la independencia emocional, cuando los hijos toman los roles de la pareja ausente y ´hacen pareja´ con el progenitor presente como forma de protección y apoyo” (Eguiluz, L. 2003 Pág. 26).

Del mismo modo, las problemáticas familiares y eventos adversos no son ajenos a la dinámica familiar de cualquier tipología. Galvis (2011) afirma que así como la familia es el primer espacio de socialización también es dentro de ella donde se “se viven, por primera vez las tensiones que se producen por la constante manifestación de los deseos y tendencias que nos dicta la voluntad” (Galvis, O. 2011 Pág.188), es decir la familia independientemente de su

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conformación es el primer y más recurrente escenario de conflictos esto producto de la pluralidad en los deseos, intereses y esperanzas de cada uno de sus miembros quienes regularmente se encuentran en estadios diferentes del ciclo vital humano.

Respecto a la familia como institución afectiva hay que decir que esta “se organiza desde el apego, el afecto, el hogar, la pareja y la relación con los hijos” (Barg, L. 2000 Pág. 122). Es decir que a pesar de que la familia se ve expuesta a situaciones problemáticas y adversas esta también se constituye como un espacio próximo y de intimidad en el que el afecto, el apego y otros sentimientos son ejes transversales a cualquier experiencia familiar bien sea positiva o negativa. En palabras de Barg (2000).

“Es en la familia donde se pueden realizar los aprendizajes básicos a través de experiencias placenteras o displáceteras que configuran el modo de relación que se tendrá con el mundo y se organiza desde los valores, para las emociones y los sentimientos y con las emociones y los sentimientos. Sin el afecto o el apego no se organiza la vida de la familia.” (Barg, L. 2000 Pág. 120-121).

Es así como el contexto es decisivo para comprender las situaciones socialmente problemáticas que afrontan las mujeres y sus familias y dar cuenta de su accionar para lograr además de la sobrevivencia, el mantenimiento de la integridad y unidad familiar. Lo cual contribuye a sustentar la familia como un sistema que para supervivir no solo requiere satisfactores de carácter económico pues elementos como los roles, las funciones, las problemáticas, las situaciones adversas y el afecto juegan un papel fundamental en el momento de identificar las estrategias de supervivencia.

5.5.2.1 Estrategias de supervivencia y capacidades

Para el estudio de las estrategias de supervivencia de un grupo de familias monoparentales con jefatura femenina es necesario reconocer a las mujeres jefas y sus familias como sujetos y sujetas con capacidades. Entendiendo capacidad como “la habilidad de una persona para hacer actos valiosos o alcanzar estados para ser valiosos. Se eligió esta expresión para representar las

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combinaciones alternativas que una persona puede hacer o ser: los distintos funcionamientos que puede lograr” (Nussbaum, M. Sen, A. 1996. Pág. 56) reconociendo que las capacidades no pueden medirse desde los logros reales o bienes tangibles adquiridos sino desde el conjunto de oportunidades reales con las que cuentan los sujetos y sujetas para alcanzar bienestar y así mejorar su calidad de vida.

Teniendo en cuenta esto, las familias y los miembros de las mismas cuentan con una serie de capacidades que pueden ser individuales y colectivas las cuales se constituyen como estrategias de supervivencia en la medida que contribuyen a la satisfacción de necesidades materiales y al mantenimiento de la familia como unidad. Como lo plantea Melillo (2001) “una persona, una familia, una comunidad tiene potenciales capacidades para desarrollarse y alcanzar niveles aceptables de salud y bienestar. Esas capacidades permiten tolerar, manejar y aliviar las consecuencias psicológicas, fisiológicas, conductuales y sociales provenientes de experiencias ´traumáticas´, sin una mayor desviación del curso de desarrollo.” (Melillo, A. 2001. Pág. 107) Una capacidad propia de los seres humanos y las familias es la resiliencia la cual es necesario retomar para efectos de la investigación debido a que esta se asume como un bien intangible o no económico. Según Walsh (2009) la resiliencia familiar “es la capacidad para recobrarse de la adversidad fortalecida y dueña de mayores recursos. Se trata de un proceso activo de resistencia, autocorrección y crecimiento como respuesta a la crisis y desafíos de la vida” (Walsh, F. 2009 Pág. 26). Esta resiliencia implica elementos como: eficacia, confianza, sentimientos de coherencia, colaboración, entre otros que generan procesos de autoestima colectiva, entendida esta como la actitud y el sentimiento de orgullo por el entorno en el que se vive.

Es decir que existe una relación directa e innegable entre resiliencia y autoestima Walsh (2009) refiere que estas dos categorías “promueven el desarrollo de diferentes valores, los conceptos de solidaridad, de amor a sí mismo, al semejante y al diferente, la auto aceptación y la aceptación del otro” (Walsh, F. 2009 Pág. 39).

Así, la resiliencia permite que la familia se organice para enfrentar experiencias adversas y eventos estresores siguiendo adelante con su vida en búsqueda de la supervivencia y el bienestar de la unidad familiar para generar proyectos de vida alternativos tanto individuales como familiares en mejores condiciones.

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