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No podemos conocer la realidad tal cual es porque estamos limitados por nuestros sentidos. Sabemos que hay sonidos cuya frecuencia perciben algunos animales, pero nosotros no. Nuestra vista también tiene limitaciones en cuanto a la distancia y el detalle.Alo largo de su historia, el hombre ha ido creando instrumentos para incrementar la capacidad de percepción de sus sentidos. Ahora puede ver con el microscopio y con el telescopio lo que antes no veía con sus propios ojos y ni siquiera soñaba que existiera. Al ir construyendo instrumentos que le permiten una percepción diferente de las cosas, va construyendo nuevas concepciones de la realidad.

Esto es muy claro en relación con la percepción del dolor. Podemos considerar al dolor, desde el punto de vista orgánico, como una señal de nuestro cuerpo de que algún tejido está siendo lastimado, pero sabemos también que tendemos a interpretar como dolorosas las sensaciones que son desconocidas y, sobre todo, que se dan en un contexto en donde se espera que haya dolor. En el caso de personas que sufren una intervención quirúrgica, por ejemplo, se quejan más las que llegan a operarse con miedo, creyendo que van a sufrir mucho, o las que han tenido experiencias traumáticas de este tipo. Algunos médicos saben bien que si explican al paciente paso a paso lo que le van a hacer y lo que va a suceder durante el proceso de recuperación, éste se encuentra más tranquilo y reporta menos dolor. Si una persona sabe que en el periodo postoperatorio la cicatrización se siente como un estiramiento de la piel y comezón en la herida, cuando registre estas sensaciones serán para ella señales de que está sanando y no le molestarán. Si no lo sabe, al sentirlas, probablemente diga que son dolorosas (porque aprendemos que las heridas duelen) o cuando menos molestas.

Damos significado a los estímulos por nuestras experiencias previas y lo reforzamos con base en coincidencias que se repiten. Es el caso de las supersticiones: si derramamos sal, tendremos mala suerte, pero si echamos un poco de sal sobre nuestro hombro, ésta queda conjurada. Como después de haber realizado esta acción protectora, nada malo nos ocurre, nos convencemos de que eso fue gracias a la sal que tiramos por encima del hombro. Así vamos construyendo la realidad. No podemos conocerla tal cual es. La realidad no es sino una construcción personal y social, en cuanto que es compartida, aparentemente, porque nunca sabremos si el blanco que yo veo es el mismo blanco que tú ves. Entonces ¿cómo es que podemos ubicarnos y funcionar en esta realidad desconocida?

Ernst von Glasersfeld nos responde utilizando una metáfora. La realidad es como una cerradura y nuestra construcción de ella, la llave

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que la abre . Nunca conoceremos la forma interna de la cerradura, ni siquiera es importante, lo que importa es abrir la puerta. Y puede haber muchas llaves de formas distintas que abran la misma cerradura. Si una no abre, no cuestionamos la cerradura, sino simplemente buscamos otra llave. Podemos ver la actividad cognitiva del hombre, dice von Glasersfeld, como el estar forjando llaves con cuya ayuda puede abrir caminos que lo conduzcan a los fines que elige. Las teorías, las ideologías, todas las explicaciones del mundo, son llaves que abandonamos cuando muestran sus limitaciones.

Antes, se creía que la Tierra era el centro del Universo y los planetas y el sol giraban alrededor de ella, se podían medir las estaciones del año y predecir los eclipses con bastante precisión. La llave abría las puertas necesarias. Cuando no abrió alguna puerta nueva fue preciso probar otra llave y surgió la concepción heliocéntrica del Universo: la Tierra y los planetas girando alrededor del sol, que sí abría esa cerradura.

No podemos tener información sobre lo que es la realidad (la forma de la cerradura). Sólo tenemos información de lo que no es, si no abre la llave. Este último punto queda claramente ilustrado con otra metáfora, ahora propuesta por Watzlawick:

El capitán de un navío debe cruzar un estrecho de mar durante una noche oscura y tempestuosa, sin conocer la configuración del estrecho, sin carta marina que lo

oriente, sin faro u otro auxilio de la navegación... Si el buque da contra los arrecifes... el capitán descubrió aquello que el derrotero NO era. Pero si en cambio llega sano y salvo a cruzar el estrecho, esto demuestra sólo que el derrotero tomado no lo llevó a chocar... con ningún arrecife... no le enseña al capitán nada sobre la

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verdadera configuración del estrecho de mar .

Navegamos a ciegas por la vida creyendo que conocemos el camino y, cuando chocamos, lloramos y nos asustamos en lugar de darnos cuenta que acabamos de descubrir una de las pocas cosas que realmente podemos conocer: lo que la realidad no es. El que nunca podamos conocer lo que es la realidad es el lado gris de este punto, el lado rosa es que la vida se nos presenta como un misterio, invitándonos a explorarla, llena de sorpresas y, cada vez que nos equivocamos, que las cosas no salen como creíamos que debían salir, es una invitación para reemprender la búsqueda por otro lado.

Es el caso, por ejemplo, de una mujer que empieza a salir con un hombre casado que, por supuesto, no se lleva bien con su esposa: no se tocan y hace años que casi no se dirigen la palabra. Si la relación entre los amantes está cada vez mejor, probablemente ella le pida, o le exija, que se divorcie para establecer una relación abierta y permanente con ella. Si él reacciona negándose a divorciarse, aunque ella interprete esto como una falta de cariño o como rechazo, lo único que realmente sabe es que él no puede terminar la relación con su esposa, por cualquier razón que no conocemos: sus principios, el qué dirán, culpa, convencionalismo, entre otras alternativas posibles. Por la negativa de él a divorciarse, ella no puede saber si la quiere o no la quiere, nada más que en ese momento él no es capaz de terminar su relación matrimonial. Ambos ignoran qué tipo de relación no convencional sí pueden construir juntos. Para conocerlo, necesitarán probar y ensayar caminos diferentes y cada vez que fracasen, sabrán que así no es, hasta que de repente se encuentren viviendo una situación en donde los dos se sienten bien, en que están “haciendo un nuevo camino al andar, un camino con corazón”, como veremos más adelante.

Si no recorremos caminos, ni siquiera tendremos la posibilidad de saber lo que éstos no son. Si no probamos las llaves, nunca

podremos saber cuáles no encajan con la cerradura, es decir, lo que la cerradura no es. Si probamos diferentes caminos, tendremos más posibilidades de conocer aunque sea a costa de tropezones, caídas y frentazos. Si tenemos más llaves, podremos abrir más puertas, aunque hayamos desechado muchas más. De aquí derivan dos presupuestos fundamentales: “Si quieres conocer, aprende a actuar” y “actúa siempre de modo que se incremente el número de

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elecciones” (de llaves posibles) . Antonio Machado nos diría: “se

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hace camino al andar” y Carlos Castaneda, en boca de Don Juan: “todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral...” y “Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti sólo, una pregunta... ¿tiene corazón

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este camino?” ¿Abre la puerta que tú quieres la llave?

Al interactuar con la realidad que no conocemos, construimos una realidad interna que es la que nos determina, determina las siguientes percepciones del mundo que nos rodea, determina cómo sentimos y en gran parte cómo actuamos. Esto es intuido por la sabiduría popular y por algunos poetas. Un conocido refrán mexicano dice: “Cada quién habla según le fue en la feria”. Ramón de Campoamor expresa en un poema: “En este mundo traidor / nada es verdad ni es mentira / todo es según el color / del cristal con que se

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mira” .

Y la realidad interna se construye en gran medida a partir de la posición que ocupamos respecto de los demás. Cuando hay una discusión acalorada entre dos personas, por ejemplo un adolescente y su padre, cada uno tiene su propia versión de lo sucedido, que surge de su posición frente al otro. Son visiones distintas y hasta contradictorias y no es que uno diga la verdad y el otro mienta, sino que cada uno tiene su propio punto de vista de lo que ocurrió. Y si una tercera persona observó el altercado, ésta tendrá seguramente una tercera versión. Además, todos sabemos que la discusión que se daría delante de un tercero sería diferente a la que se daría encontrándose los dos implicados a solas. Las diferencias dependerían asimismo de quién fuera el observador. No es lo mismo discutir ante la mamá, que puede tomar partido, que delante de una visita de compromiso. En todos los casos el tercero se vería de alguna manera afectado por la discusión que, incluso, podría llevarlo a actuar de alguna manera.Así, el observador y lo observado

se influyen mutuamente, forman una unidad. Pero además, tanto el adolescente como el padre actúan uno frente a otro en forma congruente con una visión previa que tenían de las cosas. Precisamente porque tenían dos versiones distintas surgió la discusión. El observador también reaccionará frente a ellos de acuerdo con la realidad que tiene ya construida de cómo debe comportarse un adolescente frente a su padre y éste frente a su hijo.

Nuestra realidad interna nos lleva a actuar de determinada manera y al hacerlo influimos sobre la realidad exterior, especialmente sobre los otros con quienes nos relacionamos. Y así surgen las profecías que se autocumplen.

La muchacha que está segura de que los pretendientes que se acercan a ella, la invitan a salir una vez y nunca más le vuelven a hablar, ha construido la realidad de que todos los hombres la abandonan, o que siempre elige hombres abandonadores. No advierte que cuando sale con alguien, como piensa que el otro se aburre con ella o no la acepta, su actitud es distante o molesta y provoca en el muchacho lo que ella temía. Días después de la salida, si el amigo le habla, ella le contesta con tono de reclamo, decepcionada de que sólo le llame para ver cómo está y no la invite a salir. Precisamente ese tono de reclamo puede ser la causa de que en el transcurso de la conversación el otro decida no invitarla, ni le vuelva a llamar, al menos en un tiempo largo. Es obvio que ella no se da cuenta de sus actitudes. Sus acciones inconscientes confirman su profecía.

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Una profecía que se autocumple, nos dice Watzlawick , es una predicción que por la sola razón de haberse hecho se convierte en realidad y así confirma lo que profetizaba. La certeza de que un hecho va a suceder, hace que se creen las condiciones necesarias para que éste se dé, es decir, crea una realidad que no se habría dado sin él. Si construimos una realidad con la convicción absoluta de que es así, nos condicionamos para actuar de modo que se cumpla.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas porque dentro de nosotros hay por lo menos dos construcciones de la realidad que derivan del distinto funcionamiento de nuestros dos cerebros.