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nuestros pueblos latinoamericanos está llena de múltiples crisis, en las que se destaca la desafección por los partidos políticos, la indiferencia política, el desarraigo sociopolítico, sumado a prácticas como el clientelismo, la burocracia exagerada y la corrupción. Estos hechos han puesto en vilo a las democracias latinoamericanas y ha despertado una creciente oleada de violencia e
inconformismo social, que se extiende por toda la región y hace más difícil la convivencia y el diálogo colectivo.
Sumado a esto, la población juvenil es la más afectada por la crisis de la democracia latinoamericana, pues las condiciones de educación, empleo,
seguridad, etc., son cada año más complejas; resultado de ello un aumento de la población juvenil que ni trabaja, ni estudia y son víctima constante de juicios despectivos de valor. Ahora bien, la descripción de esta problemática nos lleva a preguntarnos como creyentes, cuáles serían nuestras contribuciones a la sociedad en crisis, pues el creyente no se queda en la esfera privada de su fe, sino que está inmerso en una dimensión social y colectiva, que lo lleva a asumir un camino diferente en dicha crisis.
De manera particular en la ciudad de Medellín, que ha sido epicentro de situaciones tan complejas de violencia, pobreza y muerte, tiene hoy la oportunidad de asumir un nuevo horizonte de desarrollo, y para eso, la Iglesia, sus creyentes,
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deben estar involucrados en la construcción política de la ciudad. Por muchos años, la participación política no estuvo dentro de las responsabilidades de la vida de fe, dado que la Iglesia y el Estado permanecieron en una división que parecía irreconciliable, pero que en verdad se necesitaban mutuamente.
El cristiano nunca separa su dimensión de ciudadano, antes en la esfera pública construye el Reino de Dios que profesa, por eso la política no es ajena a su fe; antes bien, la participación y la representación política deben ser un menester del cristiano católico, como forma de contribuir a la sociedad,
manteniendo y promulgando los valores del Evangelio. Sin embargo, la incidencia política del creyente en nuestro país no puede estar sujeta a la participación electoral; es decir, considerar el sufragio como la única herramienta para ser partícipe de las decisiones político-sociales. Es necesario pensar la formación política como un aspecto primordial en la educación cristiana, pues será el espacio donde desarrollemos nuestra vida y donde se harán visibles esos valores tan pronunciados como la justicia, la paz, la reconciliación, la equidad, etc.
Este trabajo ubica su interés allí, en conocer cualitativamente las
intervenciones políticas que realizan las comunidades eclesiales en la ciudad. Este problema de investigación está enmarcado en la línea de investigación
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cultura (TRyC), de la Escuela de Teología, Filosofía y Humanidades de la
Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.
Por todo lo anterior, se formula la pregunta de investigación: ¿De qué manera intervienen políticamente los movimientos eclesiales en la ciudad de Medellín? Específicamente, el problema intenta responder a tres preguntas: ¿qué mecanismos de participación política hay en la ciudad de Medellín?, ¿cómo conciben el aspecto político los movimientos eclesiales?, y ¿qué papel juegan los movimientos eclesiales en la política de la ciudad? Para responder a estas
preguntas el objetivo de la pesquisa es identificar las intervenciones políticas que realizan los movimientos eclesiales en la ciudad de Medellín, a través de un ejercicio hermenéutico, constatando la necesidad de mayor participación y representación.
En la búsqueda y construcción de la revisión sistemática de literatura hay algunos datos importantes sobre lo trabajado y vinculado a este problema de investigación. Inicialmente, la búsqueda de la producción académica se realizó en las bases de datos Scopus, Jstor, Ebsco y Scielo. Scopus fue la base donde se encontró mayor cantidad de artículos. Los países donde se encontraron más producciones fueron en su orden, España, México y Venezuela; resalta también la apertura de algunos textos de Estados Unidos y Colombia. Los años de
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producción están catalogados así: entre los años 2000 y 2010 (7 textos); entre los años 2011 y 2015 (6 textos); y entre los años 2016 y 2020 (10 textos), siendo el 2019 el año de más producción con 4 textos encontrados. En su mayoría, los artículos estaban publicados en el idioma español, hay dos textos de otros
idiomas, uno en inglés y otro en italiano. En cuanto a las revistas encontradas, dos de ellas se encuentran en Q4, tres en Q3, una más en Q2 y cinco revistas en Q1, a saber: Araucaria, Latin American Research Review, Ius Canonicum, Scripta
Theologica y Latin American Perspectives.
El acercamiento a las diferentes indagaciones permite resaltar la investigación de José María Martí (2010), que sitúa su trabajo sobre las intervenciones que la religión ejerce en la democracia, sobre todo, cuando el ejercicio político se ve cooptado por intereses particulares, y pone a la religión como un canal de participación para ejercer control y marcar el valor y sentido del bien común. Sumado a ello, en el año 2014 se elaboran dos investigaciones que tienen como punto de partida la realidad socio-política del Estado de Venezuela, inicialmente Alejandro Arratia examina las diferentes participaciones que la Iglesia católica ha desarrollado frente a la conformación y consolidación de la dictadura en el país, y pone a la unidad eclesial como una unidad de resistencia ante la crisis democrática; y Margarita López, que en el mismo año investiga sobre los
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fundamentos que tiene la Iglesia sobre la democracia participativa, cuáles han sido sus diferentes contribuciones y representaciones en América Latina, el papel que ha jugado las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y las Conferencias Episcopales, y finamente, qué intervenciones son necesarias para enfrentar la emergencia socio-económica del hermano país. De estas tres
investigaciones y apoyados en los sustratos teóricos a desarrollar, podemos decir que una investigación sobre la intervención política de movimientos eclesiales no se ha realizado y mucho menos en el contexto colombiano.
Este trabajo justificará la necesidad de formar y vincular a las comunidades eclesiales, en especial a los jóvenes, en la construcción y participación política en la ciudad de Medellín, orientado a un enfoque integral; es decir, la política como un espacio par a la edificación colectiva de la sociedad, donde se desarrolla la vida pública del creyente y se pone en práctica los presupuestos humanos y sociales que sostienen nuestra fe. Lo anterior significa que la teología debe comunicar y relacionarse con la política, en dependencia recíproca, pues, lo que se puede decir sobre la experiencia de Dios reclama necesariamente la realidad política de su pueblo.
Los resultados de esta investigación permitirán conocer las percepciones, contribuciones o expectativas que los diferentes movimientos eclesiales de la
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ciudad tienen con referencia a la política y cómo pueden vincularse de manera directa en la toma de decisiones. Siendo así, la Iglesia particular de Medellín podrá tomar de estos resultados un camino pastoral para la formación política de todos los agentes; esto es, tanto clérigos como laicos, pues la sociedad demanda la voz de la Iglesia en los asuntos públicos y es necesario que el pueblo de Dios
responda asertivamente a las diferentes problemáticas.
El presente capítulo se estructura de la siguiente manera, inicialmente, en el marco teórico desarrollaremos las categorías de nuestra investigación, a saber: la política, los movimientos eclesiales y la participación-representación en la ciudad de Medellín; seguidamente, expondremos la metodología de la indagación y sus instrumentos; después, presentamos los resultados del trabajo de campo y, finalmente, la discusión y las conclusiones de nuestro proyecto.
Intervenciones políticas
Caracterización de la política:
El desarrollo conceptual de la política se debe remontar hasta las aproximaciones realizadas por Aristóteles y Platón; sin embargo, conviene aterrizar dicha categoría
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a la concepción moderna del término que, pese al avance, nunca desprende su sentido relacional con los asuntos de la ciudad y el pueblo. Para el teórico de la Ciencia Política Norberto Bobbio, el término política está: “derivado del adjetivo de
pólis (politikós), que se refiere a todo lo relativo a la ciudad, es decir, ciudadano,
civil, público y, por lo tanto, sociable y social […]” (2005, p.175). Para Bobbio, la
pólis entendida como sujeto, concibe actos como ordenar o prohibir algo para los
miembros de una sociedad, el dominio de un territorio, legislar, es decir, crear y ejecutar las leyes, y distribuir los recursos públicos (2005).
Encontramos también al teórico italiano Giovanni Sartori, quien desarrolló algunas cualidades de la política, a la que llama diferente, independiente,
autosuficiente y causa primera (1984). Nos interesa de su amplio progreso la definición de independiente, pues afirmó con total veracidad, que la política la descubrió Maquiavelo, decía:
Con Maquiavelo (1469-1527) la política se diferencia de la moral y de la religión. Es ésta una primera y nítida separación y diferenciación. La moralidad y la religión son, ciertamente, ingredientes fundamentales de la política; pero a título de instrumentos […] La política es la política. (1984, p.209).
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Encontramos pues, que la política tiene diversas acepciones, ya que se podría hablar de la política, de lo político, del político, pero todas ellas con la connotación clara que la política es independiente y refiere a los asuntos públicos del Estado.
En el caso particular de Colombia, la política está comprendida desde esas dos dimensiones, la general que refiere al sistema político colombiano y la
particular, que conlleva las actuaciones políticas de los ciudadanos, entendido desde la dimensión política que tiene todo ser humano. El ideal sería “pensar que
la acción política sea una de las actividades más reconocidas y mejor valoradas por el conjunto de la ciudadanía” (Martínez, 2000, p. 618). Y allí se establece una
diferencia muy clara, pues “el Estado «no gobierna hombres, sino que administra
asuntos», los negocios públicos del país” (Martí, 2010, p. 553).
Al marcar esta diferencia debemos tener claro que la política se centra en los asuntos públicos; es decir, aquellas situaciones que de una u otra manera afectan a todos los miembros de la sociedad, pero dentro de ella existen diferentes grupos e instituciones de carácter privado que se vinculan a la política, o de
manera personal, las demás experiencias humanas se ven reflejadas en el ámbito político. El choque entre los ideales de la política y los ideales personales hizo que
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se establecieran nuevas formas de relacionamiento entre Estado y sociedad, a fin de que
“todos los países de la región crearon mecanismos institucionales de participación ciudadana, mediante reformas constitucionales, legales y administrativas, para constituir espacios de concertación democrática entre el Estado y la sociedad” (Muñoz y Fontaine, 2019, p. 82).
Crisis de la política:
Esta situación tan compleja entre los intereses personales o colectivos (podríamos hablar aquí de la Iglesia) con el Estado, hizo que la política, en particular la política democrática, entrará en crisis, comúnmente la llamamos la crisis de la democracia, pero es importante acentuar el problema desde la política. La sociedad comenzó a tener rasgos democráticos que profundizaron su crisis, que a la luz de Julio Martínez podemos situar en siete grandes temas: la
desafección de los partidos políticos, la negociación para provecho particular, la influencia de los medios de comunicación, la globalización, la subpolítica, el fin de la ideología política y el interés de los partidos por la sociedad civil (2000). Sin duda, todos estos temas podemos resumirlos en problemas de representación; los ciudadanos han sentido por décadas que los partidos o los políticos, de manera
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particular, no cumplen las expectativas u obligaciones a las que se habían comprometido.
Es un juego de intereses donde “la sociedad naturalmente toma distancia
cuando la institucionalidad democrática hace a un lado sus intereses primarios para favorecer los de quienes detentan el poder” (Puerta, 2016, p.17). La crisis de
la democracia puede obedecer a que los valores sociales en los que nació, ya las sociedades hoy no lo conservan, y como la democracia se institucionalizó, puede ser que no responda hoy a los desafíos de la actualidad. María Isabel Puerta añade:
“Las realidades políticas, económicas, sociales y culturales no son las mismas que acompañaron a la democracia moderna en su
consolidación, de allí que la naturaleza de la democracia no se corresponda con el contexto en el cual se inserta” (2016, p.38).
Sumado a esto, “el primer factor de crisis lo constituye la personalización y
verticalización de la representación política” (Ferrajoli, 2005, p.38). En las
democracias la figura presidencial ahondó la crisis, por lo que el poder comenzó a regresar de nuevo a una sola persona, fracturando la base democrática, donde existía un equilibrio de poderes. Luigi Ferrajoli añade dos factores más:
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y una crisis de la legalidad, pues la democracia avanza hacia el gobierno de los hombres y no de las leyes (2005).
Ahora bien, para situar esta problemática en Colombia, debemos preguntarnos si en nuestro país se vive dicha crisis, a lo que David Roll Vélez (2018) dirá:
La respuesta es que sí, como el resto de las democracias del mundo, tiene los cuatro problemas básicos. Tiene una crisis de legitimidad sobre la representación, una crisis de gobernabilidad por problemas de eficacia, una crisis nueva de estar siendo arrinconada por el mercado y tiene también la crisis nueva de las falsas verdades (p.14).
La crisis de la democracia se intensifica, además de todas las razones expuestas, con el profundo malestar social en los países latinoamericanos, donde los gobiernos legalmente constituidos han perdido legitimidad, pues no cumplen con sus responsabilidades y terminan aumentando las brechas de la desigualdad e injusticia social. Esta crisis también es la oportunidad de la participación
ciudadana, allí centraremos el propósito de respuesta ante las dificultades, en la construcción de nuevas ciudadanías y formas de participación política.
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Para conceptualizar la participación es necesario hablar de la ciudadanía, pues, esta será el sujeto y objeto de la participación, por lo tanto “es definida como
un precepto de igualdad básica asociada con la pertenencia a una comunidad”
(Hurtado e Hinestroza, 2016, p. 64). En esa comunidad, todos los individuos están vinculados y relacionados a través de derechos y deberes; derechos de la
ciudadanía que pueden ser categorizados en ciudadanía civil: derechos para la libertad individual; ciudadanía política: derechos políticos, elegir y poder ser
elegido y ciudadanía social: derechos económicos, sociales y culturales (Hurtado e Hinestroza, 2016).
La participación es la respuesta a la confrontación directa entre los
intereses del Estado y las demandas ciudadanas, que intenta legitimar de nuevo la democracia y vigorizar los asuntos públicos, donde las decisiones sean tomadas entre todos, utilizando mecanismos propios para que cada persona sea
escuchada. Durante muchos años ha existido la idea de la participación política convencional, es decir:
exponerse a solicitudes políticas; votar; participar en la discusión política; intentar convencer a alguien de que vote de modo determinado; usar un distintivo político; hacer contacto con funcionarios; contribuir con dinero a un partido o candidato; asistir a los comicios o a una asamblea; dedicarse a
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una campaña política; ser miembro activo de un partido político; participar en reuniones donde se toman decisiones políticas; solicitar contribuciones en dinero para causas políticas; proponerse como candidato a un cargo electivo; ocupar cargos públicos (Aparecido y Borba, 2011, pp.243-244).
Una participación vinculada al período electoral, donde el acto más
supremo es el voto. Una democracia participativa no está ligada exclusivamente a las elecciones, pues “democracia participativa era distinta a la representativa, la
perfeccionaba y debía sustituir. Señaló como problemas del modelo representativo en Venezuela, la manera de votar por colores y no candidatos, que reflejaba muy tenuemente la voluntad popular” (López, 2014, p.48). Así pues, como lo menciona
Margarita López, en el modelo de Venezuela la participación quedaba reducida al periodo electoral y anclada a los partidos tradicionales.
En el marco de la conceptualización de la participación política, la
comprenderemos bajo el acercamiento que realiza Cristina Pardo (2011), donde desarrolla la partición como el espacio para:
(i) Adoptar directamente ciertas decisiones o participar en el debate previo a su adopción por la autoridad pública competente, a lo cual genéricamente se le llama participación para la toma de decisiones, o (ii) ejercer directamente control sobre el ejercicio de una función pública, a lo cual se le llama participación para el control. A estas estrategias se les
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conoce con el nombre genérico de mecanismos de participación ciudadana, que conviven con los mecanismos tradicionales de la democracia simplemente representativa (p. 65).
En el caso colombiano,
“la Constitución política de 1991 refleja cambios positivos en este país que anunciaron, entre otras cosas, un compromiso claro para
reivindicar los derechos sociales, económicos, políticos y culturales de las poblaciones vulnerables a partir de un enfoque diferenciado y participativo” (Muñoz y Fontaine, 2019, p.84).
La participación política no se reducía al ejercicio del sufragio, pues todas las decisiones del Estado podían ser sometidas al control ciudadano, al legal uso de la oposición y a la discusión permanente, “la democracia participativa se
constituyó en eje transversal del nuevo ordenamiento jurídico colombiano”
(Sánchez y Gutiérrez, 2016, p.417).
La apertura de Colombia obedece también al impulso de la participación política dado en la región latinoamericana; sin embargo, al hablar de participación política es necesario hablar de confianza ciudadana, pues “aquellos ciudadanos
que tienen más confianza en las principales instituciones del sistema político se muestran más dispuestos a utilizar las modalidades convencionales de
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participación” (Rivera, 2019, p. 562). La participación política reclama la confianza
ciudadana, para que exista certeza de que las instituciones tienen en cuenta la interacción ciudadana y responden en su agenda política a dichos intereses.
Sumado a esto, la participación política en la actualidad debe valerse de herramientas tecnológicas y nuevas formas de comunicación política, pues
“las nuevas tecnologías permiten un rápido acceso a la información política, […] también permiten nuevas actividades de participación política previamente inexistentes en el consumo de información política, el
intercambio de opiniones, y la recepción y envío de estímulos movilizadores” (Ballinas, 2011, p. 20).
Se convierten no solo en herramientas sino en espacios mismos de participación política, por lo que las formas convencionales adquieren nuevas perspectivas con el uso de las nuevas tecnologías de la información y la
comunicación; teniendo en cuenta que este factor genera un roce generacional “entre aquellos grupos que tienden a consumir medios tradicionales y, a la vez,
entre esos otros que por su parte consultan fuentes digitales para ayudar a construir su punto de vista político” (Barredo, De la Garza & Días, 2018, p. 949).
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Se debe tener en cuenta, por último, que el desarrollo de la participación política, no está establecido de manera general, pues en el caso de los jóvenes, conciben
“el cumplimiento de la ley (e.g., votar) como un deber importante, pero colaborar con la comunidad (e.g., ayudar a otros) lo clasifican como igual o más importante que votar y mucho más importante que pertenecer a un partido político” (Varela, Loreto y Cumsille, 2015, p.725).
Así, la participación política debe vincular la relación poblacional, de los medios convencionales o modernos, y tener en cuenta además el sistema de valores que se tiene, ya que es tan importante la participación en los asuntos del Estado como en los asuntos familiares o comunitarios.
Movimientos eclesiales
Caracterización de los movimientos eclesiales:
La Iglesia católica dio un impulso muy fuerte, después de celebrado el