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5.8 Knowledge transfer and exchange

6.2.2 The impact of stress

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Durante un período de aproximadamente quince años uno de nosotros, Gilbert Herdt, ha descrito aspectos de las tradiciones rituales y de la vida de género y sexual de los sambia121 de Papua Nueva Guinea, en especial del desarrollo masculino122. El tema general de este trabajo ha sido mostrar la relación entre el contexto social y las prácticas sociales, y el despliegue del deseo y comportamiento sexual. Las relaciones sexuales dentro del mismo sexo en particular han sido objeto de estudio debido a su práctica generalizada, universal entre los varones sambia en el primer desarrollo, de relaciones entre varones mayores y jóvenes no casados (Herdt 1981). En origen, estas prácticas se denominaron «homosexualidad ritualizada», y «comportamiento homosexual ritual» (Herdt 1984). Resulta que aproximadamente cincuenta culturas diferentes del área melanesia, en los Mares del Sur, practican alguna variante de esta relación sexual dentro del mismo sexo estructurada por edades. Las discusiones conceptuales sobre estos fenómenos se deben a Barry Adam (1986) y David Greenberg (1988), entre otros (revisado por Herdt 1993). En particular Greenberg ha apuntado el fracaso de los antropólogos en proporcionar descripciones de los componentes eróticos de estas actividades, que Herdt y Stoller (1990) también han criticado. Greenberg ha criticado asimismo, acertadamente, la tendencia de los antropólogos a abstraer las prácticas y tratarlas como cuestiones sociales en vez de como actividades que tienen que ver con el «comportamiento sexual».

Estos estudios sobre Melanesia representan un giro que permitió poner fin a un crítico callejón sin salida (Read 1980). La notable tendencia estructural en la epistemología occidental ha sido ordenar, consolidar y arrancar una comparación de la sexualidad occidental con esas otras sexualidades que supuestamente comparten el denominador común de la naturaleza sexual humana, sugiriendo que, en última instancia, una rosa es una rosa, sea cual fuere su color123. La «homosexualidad» ha sido especialmente problemática para los antropólogos porque nos hemos dividido respecto a si es o no una condición universal o local de la cultura y de la «naturaleza humana» (Herdt 1991 a, 199Ib). Sigue siendo controvertida hoy como lo era hace un decenio, en parte porque la epidemia del SIDA se ha precipitado entre las representaciones culturales de las relaciones en el seno del mismo sexo124.

Está claro hoy, gracias a los estudios sobre los sambia y otros casos, que debemos colocar el término «homosexualidad» entre comillas debido a que la teoría folk confunde las distinciones entre tipos de identidad cultural y tipos de práctica sexual. Lo que se consideraba una entidad unitaria —homosexualidad— es, de hecho, no una sino varias «especies» de relaciones dentro del mismo sexo. Difieren no sólo en su forma simbólica, sino también en su naturaleza profunda. Así, la aceptada categoría de «homosexualidad» conocida en la cultura occidental debe ser representada ahora por uno de los varios tipos socioculturales diferentes existentes en el mundo. Hoy en día numerosos expertos afirman que estas formas «tradicionales» de prácticas eróticas dentro del mismo sexo culturalmente convencional izadas como las que se dan entre los sambia se encuentran también en otros grupos y áreas culturales del mundo (Adam 1986; Greenberg 1988).

Hay cuatro tipos ideales de prácticas sexuales en el seno del mismo sexo que deben ser contrastados: la homosexualidad estructurada por edades, la estructurada por géneros, la estructurada por rol o clase, y la gay o estructurada igualitariamente125. En el área austro- melanesia la «edad» es la clave de la «homosexualidad cultural» y es el factor definidor en las relaciones sexuales dentro del mismo sexo entre el muchacho y su inseminador sexual, lo mismo que en la Grecia Antigua y el Japón Tokugawa (véase Herdt 1984). Referirse a estas prácticas como «homosexualidad» parece hoy poco elegante e irreflexivo (véase Herdt 1993); es mejor representar este tipo simbólico de relaciones con el mismo sexo como ritos de inseminación de los jóvenes (Herdt 1991b). He aquí por qué:

Los sambia son una etnia de cazadores-recolectores de las tierras montañosas de Papua

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Sambia: etnia de las Tierras Altas de Papua Nueva Guiena centro-oriental. (N. del t.). 122

E1 material de esta sección ha sido tomado de forma modificada de Herdt 1993. 123

Más adelante, quizá podamos rastrear este deseo de una forma común (que es como la forma occidental) a nuestra prolongada preocupación de occidentales que compartía «unidad física» y naturaleza humana (Herdt 1991b; Spiro 1987).

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Véase especialmente Herdt y Lindenbaum (1992) sobre el SIDA y los gays. 125

Véuse, para la historia de estas tipologías, los trabajos de B. Adam. S. Murray y, más recientemente, D. Greenberg, reseñado en Herdt (1990. 1991a).

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Nueva Guinea, caracterizada por su inclinación hacia la guerra y el antagonismo sexual. Su sistema de parentesco establece la descendencia por la línea masculina. Todo matrimonio se arregla políticamente con los grupos vecinos, que pueden ser clasificados como aldeas hostiles o incluso enemigas. La división del trabajo se basa enteramente en el género, por la que los hombres cazan y guerrean y las mujeres cultivan los huertos y cuidan a los hijos. Las aldeas, que no suelen superar los cien habitantes, se basan en la segregación sexual, con casas de hombres fuera del alcance de las mujeres y de los niños, y cabanas menstruales de las mujeres, prohibidas a los hombres y a los niños mayores. Al igual que en otras sociedades de Nueva Guinea, este complejo de guerra, matrimonio y prácticas rituales crea un contexto extraordinario para el desarrollo individual y la elaboración social, que presenta una curiosa mezcla de ideas que ponen de relieve tanto al placer como la reproducción, con la diferencia que la «reproducción» queda definida simbólicamente al incluir la inseminación de los muchachos.

Los rituales de inseminación de los muchachos, que se completan con una serie de iniciaciones masculinas, han hecho famosos a los sambia por su aceptación de los placeres de los hombres con ambos sexos. Como los antiguos griegos, los sambia reconocen una serie de prácticas sexuales que tienen diferentes funciones y posibles resultados. Las siguients ideas han sido revisadas extensamente por Herdt (1981, 1984). En un nivel, la práctica de depositar semen en los cuerpos de los muchachos es una necesidad debida al sistema de creencias local. Los sambia creen que el cuerpo masculino es inherentemente incapaz de producir semen. Dado que el semen no es sólo el principal estimulante del crecimiento masculino y de la masculinización del cuerpo (incluyendo la llegada de la pubertad y el crecimiento de los caracteres sexuales secundarios, tales como el vello facial y los músculos) sino también un elixir de vida —el mayor poder para el crecimiento y la vitalidad humanos—, la necesidad de introducir artificialmente semen en los muchachos es prescriptiva. Empieza a la edad de siete u ocho años y continúa hasta la primera adolescencia, y a los muchachos se les asigna el rol de ser inseminados oralmente por solteros más mayores, en una secuencia de iniciaciones secretas. Estos, durante este tiempo, evitan completamente a las mujeres y a los hijos, bajo pena de muerte. Experimentan seis iniciaciones en total, desde la edad infantil a la edad viril, en torno a los veinte años. Durante la adolescencia media los muchachos dan comienzo a una tercera etapa de su iniciación, que consiste en el «intercambio» de roles, para convertirse en inseminadores activos de una nueva hornada de jóvenes. Aprenden también técnicas rituales, como los ritos de sangrado nasal, para liberarse de la contaminación de la sangre menstrual de las mujeres, y asimismo técnicas de reabastecimiento de semen, como por ejemplo beber la savia blanca del árbol de la leche (que se supone que es funcionalmente como el semen), con el fin de mantener la vitalidad.

La relación sexual tiene tres funciones para los sambia. La primera es reproducir, crear muchachos que sean los herederos y los guerreros, y muchachas que puedan ser canjeadas por el sistema de intercambio matrimonial. La segunda es tratar de criar muchachos masculinos. Y la tercera es obtener placer: primero con los muchachos (oralmente) y luego con las mujeres (oral y genitalmente). En efecto, la jerarquía de funciones del intercambio de semen sugiere que los sambia no privilegian la procreación sexual más de lo que privilegian otros intercambios sexuales. ¿Por qué ocurre esto? En primer lugar, esto es así porque la creación de una nueva cohorte de jóvenes guerreros que protejan la aldea y la etnia es siempre fundamental para la mentalidad de los sambia, hombres y mujeres. Saben que la aldea puede ser atacada en cualquier momento; y creen que los muchachos no alcanzan el estado de competencia como adultos de forma «natural» sin la intervención del ritual. Como han demostrado Herdt y otros etnógrafos al describir estas prácticas, la excitación de muchachos y hombres es fuerte y experimentan la inseminación de los jóvenes como muy placentera. No debemos pensar que sus prácticas sexuales son simplemente consecuencia de la separación de las mujeres o de la explotación sexual de los muchachos y de las mujeres por parte de los hombres. Más bien parece que en la cultura sambia se desarrollan líneas paralelas de placer sexual, lo que apoya la idea de que hay múltiples funciones de la práctica sexual, siendo el placer sexual una función significativa pero no principal. Las mujeres y los muchachos son objetos sexuales y, en cierto modo, los hombres los tratan como una mercancía sexual. Con todo, estas mujeres y muchachos experimentan también sus propios placeres y necesidades, en los que incluyen el

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crecimiento masculino (los muchachos) y el placer sexual y la reproducción (las mujeres) (revisado en Herdt y Stoller 1990).

La inseminación de los muchachos termina idealmente cuando el hombre se ha casado y ha tenido un hijo. En efecto, la gran mayoría de los hombres pone fin a su relación con los muchachos. Quizá lo hace el 90 por ciento o más de los hombres, en parte debido a los tabúes, y en parte debido a que han «madurado» hasta un nuevo nivel que consiste en tener acceso sexual en exclusiva a una o más esposas, al concebirse el placer sexual genital más excitante que la relación con los muchachos. No obstante esto, cierto número de hombres, individualmente, continúa inseminando a muchachos, a algunos de ellos en exclusiva, en contra de la costumbre. Uno de estos hombres, Kalutwo, ha sido objeto de un estudio en profundidad, y su historia sexual y social revela una pauta de matrimonios rotos y sin hijos, con una atracción exclusiva por los jóvenes. A otra categoría, más amplia, de hombres se la califica más propiamente como «bisexual» después del matrimonio, en el sentido de que obtiene placer y reproducción con las esposas, pero continúa gozando del sexo oral con los muchachos, a hurtadillas. Parecería que estos hombres fuesen incapaces de abandonar los placeres de la relación con ambos sexos, y no parece que por ello sufran pérdida alguna de autoestima o de aprobación social. En su mayor parte casi igualan la imagen del «perverso polimorfo» según la cual se tiene una sexualidad multifacética, si bien siempre en la posición dominante de ser el inseminador activo (véase Herdt 1981, 1993).

Segundo paradigma: adolescentes urbanos de Chicago