4.5 Analysing the phase two interview
4.5.3 Reading three: others and relationships
El estudio de la sexualidad en general y de las relaciones sexuales entre mujeres, especialmente en el mundo no occidental, ha sido descuidado por antropólogos y otros científicos sociales. Como apunta Vanee, el estudio de la sexualidad no se ve como una «área legitima de estudio», una actitud que «arroja dudas no sólo sobre la investi gación sino también sobre los motivos y la índole del investigador» (1991:875). Antes de la Segunda Guerra Mundial, sólo unos pocos antropólogos reunían material acerca de las prácticas sexuales entre mujeres. Aunque algunos de los antropólogos más conocidos, como Malinowski, Benedict y Mead, consideraban la sexualidad como un campo de estudio legítimo, no dedicaron mucha atención a las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo96. Se lo impedía el tabú de la homosexualidad existente en Occidente. El auge del funcionalismo estructural en Gran Bretaña hizo que los antropólogos ignorasen la cuestión de la sexualidad, mientras que, en los Estados Unidos, la escuela «cultura y personalidad», fundada por Benedict, dedicó escasa atención al tema de la sexualidad (Caplan 1987).
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Female Desires. Same Sex Relations and Transgender Practices Across Cultures. Compils. Evely Blackwood and Saskia E. Wieringa.
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Usamos el término femóle (mujer) en referencia al sexo anatómico o físico de los cuerpos y el término woman (mujer) en referencia a las características sociales de género y a los atributos que se consideran asociados a los cuerpos femeninos en muchas culturas. Aunque no es un giro muy eufónico, usamos la expresión «relaciones sexuales entre mujeres» en vez de «lesbianas», que es más familiar para la audiencia occidental, porque incluye mejor la variedad de relaciones sexuales entre mujeres en las diferentes culturas. Así pues, «relaciones sexuales entre mujeres» se refiere a relaciones sexuales entre personas con cuerpo de mujer e incluye, entre otras, lesbianas, butches, femmes y mujeres transgenéricas, además de mujeres que tienen relaciones sexuales con otras mujeres pero que no se identifican como lesbianas. (En castellano las correspondencias áefemale y woman podrían ser «hembra» y «mujer» pero se descarta «hembra» por su denotación esencialista.).
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Resulta interesante comprobar que la publicación, en 1967, de los diarios de campo de Malinowski, en los que abordaba su investigación sobre los trobriandeses en los años veinte, hizo posible un debate sobre la sexualidad más abierto de lo que era habitual hasta entonces (Kulick 1995).
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En su autobiografía, publicada en 1972, Margaret Mead no menciona a sus amantes femeninas, entre quienes estaba Ruth Benedict, cuya «remota belleza» (Bateson 1984) cautivó a Mead. Mead hizo honor a Benedict escribiendo dos libros biográficos sobre ella, An Anthropologist at work: Writings of Ruth Benedict [E\ trabajo de una antropóloga: Escritos de R. B.] (1959) y Ruth Benedict [R. B.] (1974). En ninguno de esos libros hay referencia alguna a su relación amorosa, si bien queda claro que existía entre ellas una profunda amistad y una estrecha colaboración profesional. Tras la muerte de Mead, su hija, Mary Catherine Bateson, pensó que, para que el trabajo de su madre fuera comprendido, también era importante desvelar ese aspecto de su vida. En su biografía de Margaret Mead y de su padre, Gregory Bateson, afirma que «Margaret continuó toda su vida defendiendo la posibilidad de diferentes tipos de amor tanto con hombres como con mujeres, sin rechazar ninguno (...). Durante la mayor parte de su vida mantuvo una relación íntima con un hombre y otra con una mujer (...) esto era satisfactorio para ella (...) pero también le creaba una especie de aislamiento (...) el aislamiento del secreto» (Bateson 1984:118).
El estigma académico asociado a la investigación antropológica sobre las relaciones homosexuales de las mujeres fue también muy fuerte en Holanda hasta bien entrados los años ochenta. En una conferencia nacional de antropólogas feministas en 1983, una propuesta de Wieringa para realizar un estudio de campo sobre mujeres que mantenían relaciones dentro del mismo sexo fue recibida con desaprobación; se le dijo que esas mujeres no existían en el Tercer Mundo, y que, además, el principal problema de las mujeres en esas partes del mundo era su penuria económica. Wieringa publicó bajo seudónimo sus primeros relatos acerca de sus encuentros con lesbianas en Yakarta y Lima (Wieringa 1987, 1990, y 1999). La autocensura jugó un papel importante en esta decisión. Temía que cualquier publicidad sobre su orientación sexual pudiera poner en peligro el proyecto de investigación que estaba coordinando en aquel momento (Wieringa 1993).
Otros antropólogos que habían observado las relaciones sexuales entre mujeres decidieron publicar sus descubrimientos después de haberse retirado. Evans-Pritchard publicó su artículo sobre «la inversión sexual entre los azande»97 en 1970, cuarenta años después de su trabajo de campo. Van Lier, que realizó su trabajo de campo en Paramaribo, Súrinam, en 1947, se interesó por las relaciones matl entre las mujeres creóle de clase baja. Pero interrumpió sus entrevistas al descubrir que este tema no era bien recibido. Publicó su trabajo sobre el mati de Súrinam casi cuarenta años después (Van Lier 1986), denominando a estas relaciones « tríbadas tropicales»98.
A los prejuicios acerca de la investigación sobre la sexualidad se añadieron las dificultades a las que tuvieron que enfrentarse los investigadores, sobre todo europeos y americanos, para conseguir el acceso a tal información. Una de las razones de la invisibilidad de las prácticas lésbícas o sexuales entre mujeres, según observa Blackwood, era debido «más a las limitaciones de los observadores que a las condiciones de vida de las mujeres» (1986:9). Algunas de estas limitaciones incluían la reticencia de los hombres o su torpeza para hacer preguntas a las mujeres o para obtener respuestas sobre sus prácticas y también a su ignorancia sobre la diversidad sexual. Para muchos etnógrafos, viajeros, y autoridades coloniales, la posibilidad de que mujeres casadas mantuviesen prácticas sexuales no heterosexuales era impensable (Blackwood 1986). Sólo se lo podían imaginar en lugares donde las mujeres estuvieran «privadas» del acceso a los hombres. Donde había suficientes hombres disponibles como compañeros sexuales, se asumía, tal como hizo Firth (1936) respecto a los tikopia99 de Melanesia, que el lesbianismo no existía. Muchos también asumieron que la homosexualidad derivaba sólo de condiciones de segregación de sexos (una teoría que hoy todavía persiste). Efectivamente, los investigadores comprobaron o asumieron que tenía lugar
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Azande: véase nota del traductor C. A. C. en el cap. 11, nota «k», p. 245. 98
Murray ( 1997) observó que algunos conocidos antropólogos que escribieron acerca del comportamiento homosexual, como Devereux y Landes, nunca obtuvieron puestos académicos. El filósofo francés Foucault, uno de los principales teóricos de la homosexualidad masculina, intentó ocultar su homosexualidad. Hasta algún tiempo después de su muerte, ocurrida en 1984, no se reveló que había muerto de SIDA. Como explicó a un amigo, la razón de silenciar su homosexualidad obedecía a que «si hubiese sido etiquetado como «intelectual gay» no hubiese tenido la audiencia que tuve aquí y en los Estados Unidos» (Miller 1994:25). 99
Tikopia: isla de las Salomón, en Melanesia, habitada por polinesios (unos 2.000), que hablan una lengua polinésica. (N.delt. C.A.C).
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predominantemente en harenes y en hogares poligínicos.
La creencia de que las mujeres realizaban prácticas sexuales entre ellas a causa de su «privación heterosexual» está presente en los relatos de los viajeros que informaron sobre los harenes del Oriente Próximo. Se consideró que la actividad homosexual estaba ampliamente extendida en «los harenes de las sociedades musulmanas en todo el mundo» (Carrier 1980:118), aunque ningún extraño tuvo nunca acceso a estas zonas de los palacios reales. La mayor parte de los informes sobre lesbianismo en los harenes eran muy exagerados, un producto de la imaginación de los viajeros europeos y de los escritores que proyectaban sus propias fantasías sexuales sobre «el Oriente» y sobre las mujeres prohibidas de los harenes (véase Blackwood, en prensa, y también Murray y Roscoe 1997). Un ejemplo de la teoría de la privación como explicación de la relación entre mujeres procede del análisis de «un escándalo lésbico» en la corte de Surakarta, en Java central, en 1824. En este caso, la presunción de privación no procedía del informador original, Winter, sino de dos historiadores actuales, Carey y Houben (1987), quienes proyectaron sobre este incidente su incredulidad de que las mujeres pudieran realmente disfrutar de prácticas homosexuales a no ser forzadas por la ausencia de hombres. Winter (1902) describe el caso de una mujer que es descubierta desempeñando sexualmente el rol masculino con otras mujeres de la realeza de la corte de Surakarta durante el reinado de Pakubuwana V. Carey y Houben situaron esta «serie de relaciones lésbicas» en el contexto de «concubinas reales frustradas» (1987:20). Sin embargo, el traductor holandés Winter no menciona ninguna frustración sexual entre las mujeres. Por el contrario, escribe: «Desde cuando había descubierto (Pakubuwana V) que las mujeres solían yacer juntas en varios lugares, y que, entre otras indecencias, por medio de un trozo de cera al que habían dado la forma de las partes privadas de los hombres, se entrelazaban entre sí, promulgó una ley para prevenir esta practica dañina, porque podían no interesarse nunca más por el amor de los hombres, por lo que nunca más permitiría que sus servidoras permanentes durmieran por la noche fuera de su vista; de suerte que todas tenían que yacer enfrente de la puerta de su habitación, en una fila, con una separación de dos metros entre cada una» (Winter 1902:39). Según el relato de Winter, el problema no era la frustración de las damas, sino el temor del gobernante de que a las damas pudiera gustarles demasiado el juego con su trozo de cera. Los comentarios de Gayatri sobre el keputren (1997) corroboran la sugerencia de que las mujeres de la corte encontraban placer en las relaciones íntimas con otras mujeres.
Las relaciones sexuales entre mujeres permanecieron invisibles también por causa de informes inadecuados. Al hacer hincapié en un escándalo público que implicaba actos homosexuales entre hombres europeos y muchachos «nativos» en las Indias Orientales holandesas, en los años treinta, Kerkhof afirma que en Bali «los muchachos más emprendedores perseguían en bicicleta [con propósitos sexuales] a los europeos» (Kerkhof 1992:203). En una nota a pie de página añade que «tales contactos» eran también comunes entre las mujeres, pero entonces añade que ese tema queda fuera del marco de su artículo. ¿A qué se refiere este comentario? ¿Quiere decir, realmente, que en los años treinta las muchachas balinesas iban en bicicleta persiguiendo a viejas damas europeas?
Las dificultades para tener acceso a la información sobre las relaciones sexuales entre mujeres no afectan sin embargo solamente a los hombres. En un reciente viaje de trabajo de Wieringa a Benín, el antiguo Dahomey, tanto ella como las investigadoras nativas se encontraron con una considerable resistencia a sus preguntas referentes a las mujeres. Cuando Wieringa inquirió acerca de la costumbre del matrimonio entre mujeres, todo el mundo negó que hubiese existido alguna vez en Dahomey. Aunque el trabajo de Herskovits (1937) era bien conocido y respetado por los historiadores y abogados con los que Wieringa habló sobre el tema, estos insistieron en que Herskovits se debía de haber equivocado en esa cuestión debido a «problemas del lenguaje». Al final de su viaje, Wieringa se encontró con una mujer que había investigado sobre las mujeres guerreras del rey de los fon100. Esta mujer había perseverado en su investiga ción a pesar de las amenazas de su marido de hacerla pedazos con su machete si continuaba con un tema tan vergonzoso. No obstante, continuó, y ahora está divorciada y con cuatro hijos en una sociedad que mira con desprecio a las mujeres divorciadas. Afirmó que admiraba mucho el trabajo de Herskovits, si bien ella no conocía la publicación de éste acerca del matrimonio entre mujeres. Y cuando Wieringa le preguntó si sabía algo de ese asunto ella permaneció en silencio
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Fon: etnia del grupo adya-fon, una de las más numerosas de Benín, pero los hay también en Togo (1,5 millones en total); su lengua pertenece al grupo kwa y tiene varios dialectos. (N del t. C.A.C.).
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durante largo rato. Finalmente levantó la vista y dijo que su propia abuela había tenido dos esposas, pero desgraciadamente había muerto antes de que su nieta pudiera haberle preguntado sobre el asunto. Este caso sugiere otra razón en lo que se refiere a las dificultades a la hora de sacar a la luz relaciones lésbicas. Historias como las de las mujeres guerreras del rey de los fon, llamadas las amazonas de Danhomé101, permanecen en el recuerdo de las gentes, pero las circunstancias exactas bajo las que esas mujeres vivían, amaban o trabajaban no son generalmente conocidas o bien han sido ocultadas como resultado de las intervenciones colonialistas y poscolonialistas. En la actualidad el campamento de las amazonas esta siendo reconstruido en el extenso terreno donde se encuentran los palacios de los reyes de Abomey102 (actualmente es un emplazamiento de la UNESCO). Lo que se sabe hoy en día es que este ejército de amazonas se disolvió tras la conquista de Abomey por los franceses en 1894 (García 1988). Los familiares y descendientes de las amazonas fon han mantenido viva la danza guerrera. Este baile todavía es practicado por las niñas de una escuela de una misión cercana, acompañadas de una banda de percusión de mujeres. Las muchachas se disfrazan de amazonas y bailan de una manera impresionante, moviéndose como auténticas guerreras, al igual que hacían sus antepasadas y presentan la misma combinación de elementos de género que atemorizaban a los adversarios de las amazonas. Las amazonas combatían en la guerra y eran conocidas por sus proezas; se decía que jamás una amazona había muerto con una herida en la espalda. Las más atractivas seducían a los jefes enemigos para obtener información103. Karsch-Haack dice que estas amazonas, a las que no les era permitido casarse y tener hijos, tenían hetairas (séquito femenino o cortesanas) a su disposición para servirlas sexualmente (1911:480).
Existen muchos más ejemplos de ocultación colonial de la sexualidad lésbica (Lang 1999; Povinelli 1994). En algunos casos no era debido a los métodos coloniales o al descuido de los antropólogos. El erotismo homosexual femenino fue borrado casi por completo o reescrito tras las conquistas realizadas por culturas y religiones patriarcales de grupos indígenas más antiguos (Gayatri 1997; Thadani 1999). Sin embargo, y a pesar de estos aparentes silencios en el registro etnográfico, existía documentación concerniente a las relaciones sexuales entre mujeres, principalmente observaciones hechas por los primeros etnógrafos, misioneros y viajeros, quienes anotaban costum bres de las que eran testigos o se les narraban. Estos relatos deben ser leídos con sumo cuidado. La «mirada colonial» de estos observadores tendía a retratar a los «nativos» con los que entraban en contacto como «primitivos» y «paganos». Su énfasis en los hábitos sexuales les servía como prueba de lo «cercanos a la naturaleza» que estos grupos estaban. La exotización de estas gentes colonizadas fue conseguida gracias a la erotización de sus vidas104. A parte de los prejuicios de los primeros observadores, los informantes debían de tener sus propios motivos para contar historias sobre ciertas costumbres sexuales. Hipersexualizar a los otros no sólo era cosa de viajeros y misioneros, sino que también pudo ser una manera por la que los informantes expresaban las tensiones interétnicas105.
Las historias de los viajeros y los informes «científicos» a menudo se caracterizaban por serios prejuicios sobre los temas que trataban. En muchos casos, los autores tenían un limitado acceso directo a las mujeres. Es más, muchas historias puede que hayan sido coloreadas por la misoginia de sus autores y por la de sus informantes e intérpretes masculinos. Aun así proporcionan una inestimable información acerca de la vida social y sexual de la gente con la
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Danhomé es el nombre del antiguo reino fon; Dahomey es el nombre que los franceses aplicaron a su colonia; Benín es el nombre actual de este país del África occidental. (N. del t. C.A.C.).
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Era la capital del reino de Danhomé y hoy es el centro político de los adya-fon en Benín. (N. del t. C.A.C.). 103
Sus adversarios, que no estaban habituados a luchar contra mujeres, se encontraban con esta danza. Las mujeres desplegaban sus armas y su agresividad masculina así como su feminidad, moviendo las caderas y mostrando sus pechos. Era precisamente esta combinación de cuerpo femenino y poder, en una actividad que solía ser sólo para hombres, la que más atemorizaba a sus enemigos, que la asociaban con espíritus aterradores, como muy bien había comprendido el fundador del ejército, el rey Gezo (1818-1858).
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Un desgraciado ejemplo de esto es el recorrido que una mujer sudafricana, la llamada Venus Hotentote, hizo por Europa para mostrar aspectos de su anatomía y sus genitales, que eran considerados diferentes de los de las mujeres europeas (Fausto-Sterling 1995). La supuesta diferencia en los genitales era probablemente el resultado de una práctica de iniciación, común entre lasjóvenes, para alargar sus labios genitales. Se suponíaque esta práctica aumentaba su belleza femenina (véase Karsch-Haack 1911 :455-461 y 471-473).
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que se encontraban. Karsch-Haack escribió su monumental recopilación sobre amor homosexual en 1911 basándose en estos relatos. Una «sección especial» llamada «Tribadie bei den Naturvólkern» (Tribadismo entre los pueblos primitivos) contiene abundantes detalles de prácticas sexuales entre mujeres basados en las historias de estos primeros viajeros y observadores. Karsch-Haack da varios ejemplos de cross-dressing o travestismo femenino. Por ejemplo, cuenta que, en Java, el término wandu se usa para hombres y mujeres transgenéricos, mientras que en Bali mujeres travestidas realizan servicios en los templos (1911:489, 490). Más adelante, Belo corroboraría ese descubrimiento, observando que «el cruzamiento de roles sexuales» para las mujeres «es una de las posibilidades permitidas» por la cultura balinesa (1949: 58).