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Mignolo le da una mayor elaboración a la noción de colonialidad al desarrollar las categorías de diferencia colonial y diferencia imperial, lo cual nos permiten comprender las formas cómo opera el poder en las relaciones entre las sociedades imperiales y las sociedades colonizadas, al tiempo que nos muestra cómo operan dichas dinámicas en las relaciones entre las naciones imperiales.

Para Mignolo existen dos tipos de diferencias fundamentales constituidas por el sistema mundo moderno/colonial: la diferencia imperial y la diferencia colonial. De manera general, se puede afirmar que la diferencia colonial alude al lugar y a las experiencias de quienes han sido objeto de inferiorización por parte de aquellos que, en medio de la empresa colonial, se consideran como superiores. Los conocimientos, seres, territorios y poblaciones colonizadas (o que son colonizables, cabría agregar) son epistémica, ontológica y socialmente inferiorizados por la mirada colonialista. Se trata de lugares y experiencias que son constituidos como exterioridad a la modernidad (no modernos), en una lógica de negatividad (de inferiorización). De ahí que la diferencia colonial sea el resultado de esa lógica que: “[…] consiste en clasificar grupos de gentes o poblaciones e identificarlos en sus faltas o excesos, lo cual marca la diferencia y la inferioridad con respecto a quien clasifica” (2003: 39). Esta diferencia colonial supone un principio fundante: “[…] la lógica de clasificación y jerarquización de las gentes del planeta, por sus lenguas, sus religiones, sus nacionales, su color de piel, su grado de inteligencia, etc. […]” (2003: 43).

No hay que olvidar que esta clasificación y jerarquización no ha sido simplemente una ‘representación’ en cabeza de algunos que servía para pensar (a la Lévi-Strauss), sino que estaba entramada con prácticas de ‘normalización’ de individuos y de regulación de poblaciones (ya fueran formas de gobierno desplegadas en tecnologías de salvación de almas, de civilización de sectores de población o en desarrollo de naciones): “Las diferencias coloniales fueron construidas por el pensamiento hegemónico en distintas épocas, marcando la falta y los excesos de las poblaciones no europeas, y ahora estadounidenses, que era necesario corregir” (Mignolo 2003: 27; énfasis agregado). Por tanto,

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la diferencia colonial no es la constatación de un hecho preexistente, sino la elaboración de un sistema de distinción y jerarquización que clasifica poblaciones por sus faltas o excesos así como una serie de tecnologías para su gobierno.

De ahí que se proponga el concepto de ‘diferencia colonial’ para referirse a ese Ser-otro de la modernidad producido por la colonialidad del poder, marcado y subalternizado en sus modalidades de conocimiento y vida social. Este Ser-otro opera como el exterior constitutivo del Ser, es la alteridad de la que hablan Levinas o Dussel, que no es simplemente diferencia. Ahora bien, “Esta noción de exterioridad no implica un afuera ontológico, sino que se refiere a un afuera que es precisamente constituido como diferencia por el discurso hegemónico” (Escobar 2003: 63). La diferencia colonial se refiere a los otros subalternizados de la modernidad, a quienes y a lo que queda como exterioridad constitutiva (a ese ‘ellos’) de quienes y de lo que se considera moderno (al ‘nosotros’). Su historia se remonta a la emergencia misma del sistema mundo moderno/ colonial: “La ‘diferencia colonial’ es, básicamente, la que el discurso imperial construyó, desde el siglo XVI, para describir la diferencia e inferioridad de los pueblos sucesivamente colonizados por España, Inglaterra, Francia y Estados Unidos” (Mignolo 2002b: 221).

Esquematizando estos planteamientos, se puede argumentar que la Identidad del Ser supone la diferencia o diferencias en las cuales se expresa y se implica su mismidad. En contraste, la alteridad o el Ser- otro se refiere a un momento de constitución tanto de la Identidad del Ser como de su diferencia o diferencias. La diferencia colonial estaría entonces del lado de ese ser-otro, de la alteridad.

Ahora bien, un punto importante en este momento de la argumentación es no hacer una lectura culturalista de la diferencia colonial. En efecto, es pertinente no perder de vista que la diferencia colonial no es una categoría culturalista que reduce la diferencia a simples diferencias culturales como en ocasiones se argumenta desde el relativismo culturalista o postmoderno: “La diferencia colonial o las diferencias coloniales fueron enmascaradas y vendidas como ‘diferencias culturales’ para ocultar el diferencial de poder; esto es, la colonialidad del poder” (Mignolo 2003: 27). No obstante esta

relevante aclaración, habría que analizar con detalle la manera en que esta categoría es empleada por los miembros de esta colectividad de argumentación ya que no pocas veces pareciera que están argumentando en términos de ‘diferencias culturales’ en un tono propio del culturalismo.

Con respecto a quiénes encarnan concretamente esta diferencia colonial, para los autores de la inflexión decolonial, los indígenas y afrodescendientes son las figuras por antonomasia. No obstante, no son solo ellos. Así, por ejemplo, Grosfoguel desagrega desde una mirada más amplia las figuras que encarnarían hoy al subalterno colonial, en los siguientes términos: “[…] el análisis del sistema mundo necesita descolonizar su epistemología tomando en serio el lado subalterno de la diferencia colonial: el lado de la periferia, los trabajadores, las mujeres, los sujetos racializados/coloniales, los homosexuales y lesbianas y los movimientos antisistémicos en el proceso de producción de conocimiento” (2006: 38).

Por su parte, la diferencia imperial refiere a dos experiencias históricas distintas: en primer lugar aquellas diferencias atribuidas a otros imperios existentes en el comienzo del sistema mundo moderno cuando Europa era todavía marginal y su arrogancia eurocéntrica no podía desconocer los alcances de las civilizaciones de imperios no cristianos. Como lo indica Dussel, el imperio otomano, el imperio zarista, China e India, ante la imaginación europea de la primera modernidad, no eran consideradas por la naciente Europa como civilizaciones inferiores. Es sólo después, en la segunda modernidad (siglo XVIII) y con la consolidación de la hegemonía cultural e ideológica europea, que se establece una genealogía de la superioridad civilizacional europea que se remonta a Grecia; es en ese momento que se articula la diferencia imperial al interior de Europa haciendo que ciertas naciones (Portugal, España, Italia) y regiones europeas (el sur de Europa) sean subalternizadas.45 De ahí emerge esta

segunda modalidad de la diferencia imperial. Teniendo presente estas dos modalidades, es que Mignolo considera que “La diferencia imperial

45 En este momento, además, algunas de las de poblaciones de esos antiguos imperios caen bajo el colonialismo europeo que devienen en diferencia colonial.

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sirvió, más que nada, para afirmar la mismidad y la diferencia de la cristiandad” (2003: 39).