FUZZY SYSTEMS IMPRECISE DATA
2.3 Systems Resilience
2.3.1 Operational Resilience
2.3.1.2 Importance Measures
Hoy se puede decir que el estudio de la sexualidad tiene cierta tradición en las áreas de la Lexicografía, la Semántica (histórica, principalmente) y la Sociolingüística variacionista. Aunque las corrientes mencionadas tengan aproximaciones distintas al campo de estudio, todas se sitúan en el nivel de la Semántica Léxica (principalmente en el nivel onomasiológico), ya que estudian las maneras de nombrar los múltiples conceptos del campo, tanto en perspectiva sincrónica como diacrónica.
3.4.2.1. Lexicografía
El léxico de la sexualidad es muy amplio y especialmente creativo. Algunas obras lexicográficas especializadas dan cuenta, en cientos de páginas, de una inmensa cantidad de expresiones para los conceptos sexuales. Ello demuestra la tendencia a la variación de este campo tabú y el interés que despierta la sexualidad, en comparación con otras áreas prohibidas87.
84
El trabajo de Danbolt Drange (1997) sobre varios conceptos tabú (no solo sexuales) es una muestra aislada de esta metodología, aunque lamentablemente su corpus no está disponible.
85
Ver también cap. IV, 4.3.
86
Los trabajos que dan solo una visión parcial o anecdótica del léxico sexual no se incluyen aquí, puesto que no parten de una reflexión sobre la sexualidad y su manifestación en la práctica lingüística; por ejemplo, los estudios sobre palabras malsonantes o los diccionarios argóticos no tienen una reflexión teórica sobre la dimensión cultural de la sexualidad; pero se pueden consultar en Rodríguez González (2011: 19).
87
Hasta donde sé, existen pocas aproximaciones lexicográficas a la muerte. (Lope Blanch, 1963; Pérez Bowie, 1983).
Los diccionarios sexuales están orientados en muchos casos al gran público y no a los especialistas, de lo que se deduce el interés que despiertan los nombres de esta realidad en todo tipo de audiencias. A excepción de Cela (1989), cuya obra tiene carácter enciclopédico y filológico, el resto de los diccionarios del campo sexual tienen un afán divulgador y algunos han conocido cierto éxito, como el de Coll (1991). Una parte de ellos se centra solo en ciertos conceptos, como los genitales masculinos, en el caso del mencionado diccionario de Cela, los genitales femeninos (Dueso, 1995), la prostitución (Esteban, 2005; Hernández Castanedo, 1994) o el vocabulario gay-lésbico (Rodríguez González, 2008)88.
La presencia del léxico sexual en los diccionarios generales merece una mención especial ya que reflejan las conceptualizaciones de la época de elaboración y en muchos casos sus prejuicios. Conceptos como ‘homosexualidad’ son buenos ejemplos de esta problemática: en el Diccionario de uso del español, de María Moliner, de 1966 se definía como “vicios o prácticas de los homosexuales”, mientras que en la edición 2007 se refiere a “las personas que satisfacen su sensualidad sexual con las de su mismo sexo, y a su orientación sexual”. Frente a esta definición, el DRAE (22ª ed.) centra la definición en “la inclinación hacia la relación erótica” más que en la faceta puramente sexual, adecuándose más a las conceptualizaciones actuales (Rodríguez González, 2011: 24)89. No obstante, esta tendencia es muy reciente en el diccionario académico, que no incluyó lesbianismo hasta 1984 y no enmendó su definición hasta 2001, pasando de “amor lesbiano” a “homosexualidad femenina” (Calero Fernández, 2002). Tampoco ha incluido hasta ahora expresiones como perder aceite (aunque sí en la 23ª ed.), que aparece recogida en el Diccionario del español actual (Seco, Olimpia, y Ramos, 1999) o en el CLAVE (2012).
En general, el diccionario académico ha sido muy criticado por reflejar ideología en sus definiciones de la sexualidad masculina y femenina90, especialmente “al modo parcial, tendencioso y subordinado en que las mujeres aparecen representadas en el léxico recogido en los diccionarios” (Lledó Cunill, 2004: 10). Durante siglos, la
88
Para una revisión completa de la tradición lexicográfica española sobre sexualidad, ver Rodríguez González (2011:18-20).
89
Avanzando un paso más allá, en el DRAE (23ª ed.) el artículo aparece enmendado y define la homosexualidad como “inclinación erótica”.
90
Las autoras pertenecen al grupo NOMBRA (Comisión Asesora del lenguaje del Instituto de la Mujer), que se ha dedicado desde hace años a señalar el sesgo machista en el DRAE.
tradición lexicográfica ha sido obra de hombres, lo que trasluce una perspectiva sexista marcada (veánse conceptos como ‘ninfomanía’ o ‘furor uterino’). Esta no solo está presente en definiciones de términos sexuales, pero resalta especialmente en estos casos. Se pueden observar ejemplos ya famosos en las definiciones de vagina (“Conducto membranoso y fibroso que en las hembras de los mamíferos se extiende desde la vulva hasta la matriz”) y pene (“Órgano masculino del hombre y de algunos animales que sirve para miccionar y copular”), en los que se demuestra la tendencia del DRAE a animalizar a la mujer, pero no al hombre. Este sesgo se ha corregido para la 23ª edición, donde ‘vagina’ se define como el “conducto muscular y membranoso que en la mujer, así como en las hembras de los mamíferos, se extiende desde la vulva hasta la matriz” (DRAE, 23ª ed.). La visión de la prostitución se ha criticado también en varias ocasiones. Aunque la 22ª edición introdujo mejoras orientadas a reducir el machismo imperante en este ámbito (y algunas más que se han enmendado para la 23ª ed.), aún se perciben muchas rémoras (Calero Fernández, 2004: 403): el caso de mujer pública con el sentido de ‘prostituta’ es uno de los que llaman más la atención a día de hoy, por su falta de correspondencia con hombre público (García Mouton, 2003).
Además de la crítica que se le pueda hacer a las definiciones, la lexicografía también presenta otro problema que deja traslucir ideología: la poca presencia de voces argóticas o “malsonantes”, que también forman parte del acervo, dentro de las que se incluyen las sexuales. A este respecto, tampoco todos los diccionarios son iguales. El Diccionario del español actual (Seco, et al., 1999) presta mayor atención al léxico sexual e incluye muchos de sus términos ilustrados con citas, hecho especialmente destacable teniendo en cuenta que el diccionario se empezó a elaborar en 1970 (Rodríguez González, 2011: 19). Los diccionarios VOX y Clave también reflejan esta inquietud, introduciendo comparativamente una mayor cantidad de léxico sexual. Por su parte, aunque el DRAE muestra una tendencia superficial hacia el cambio, sus modificaciones no demuestran un cambio profundo con respecto a su puritanismo tradicional (Calero Fernández, 2002: 27), por ejemplo, en el léxico de la prostitución ya citado, el DRAE (22ª) solo incluye tres voces nuevas: jinetera, pajillera y yira.
3.4.2.2. Semántica histórica
El desgaste característico del eufemismo (ver cap. II, 2.4.1.2) ha motivado una serie de estudios acerca de los cambios en el campo semántico de la sexualidad. La
variación diacrónica es abundante y permite acceder a la conceptualización de la sexualidad en épocas pasadas ya que “las palabras interdictas lo mismo que las esferas sometidas a interdicción sufren mutaciones en concomitancia con las necesidades sociales de cada época” (Casas Gómez, 1986: 41). El interés por contextualizar los distintos campos semánticos estudiados y por explicar sus motivaciones culturales queda patente en los trabajos siguientes.
En el plano onomasiológico son conocidos los estudios de Montero Cartelle sobre el léxico sexual, especialmente en la época medieval, en español (Montero Cartelle, 2008a, 2008b, 2010) 91 y en gallego (Montero Cartelle, 1995, 1996), relacionando ambos en muchas ocasiones. El autor explica la motivación cultural de expresiones para los conceptos ‘órganos sexuales femeninos’, ‘órganos sexuales masculinos’ y ‘acto sexual’, y las vincula con los parámetros del pensamiento de la época, mientras que apunta también su carácter eufemístico o disfemístico en momentos diversos. En su opinión, la historia de las expresiones debe resaltar la originalidad sincrónica, pero también debe explicarse la vinculación con la tradición, con el pasado, y prever la posible evolución del campo en el futuro (Montero Cartelle, 1995: 440). Así, Montero propone reflexiones sobre las conceptualizaciones subyacentes imperantes en el Medievo, lo cual establece una base de comparación con el momento actual que permite comprobar la continuidad de los patrones conceptuales.
Frago (1979) estudia el campo semántico de la prostitución, “las denominaciones de la prostituta, del rufián, de la tercera y de la casa de lenocinio” (ibíd., p. 261) y resalta la importancia cultural de este oficio en el siglo XV:
Dentro del vocabulario de significación sexual, el campo léxico que mayor relieve sociológico ha debido tener a lo largo de los siglos parece ser el de la prostitución, entre otras razones por el hecho de haber merecido dicha actividad la atención de numerosas legislaciones [… ]. (ibíd., p. 260)92
91
Aunque la organización de sus estudios es onomasiológica, en el sentido de que parte siempre del concepto para explicar sus distintas expresiones, el autor aporta abundantes reflexiones semasiológicas sobre palabras concretas o grupos palabras con el mismo núcleo sémico, perspectiva que le permite deducir qué áreas de la realidad son más susceptibles de relacionarse con los distintos conceptos, como es el caso de los conceptos bélicos para referirse al acto sexual (Montero Cartelle, 1995: 440).
92
En mi opinión, el razonamiento es discutible: la abundancia de textos legislativos sobre la prostitución demuestra su necesidad de regulación, pero no es la causa de que la prostitución sea más importante que otras cuestiones sociológicamente.
El estudio va acompañado de un índice de expresiones encontradas en varias fuentes (legales, literarias, lexicográficas, etc.)93 y se discuten en el texto las más comunes, así como los préstamos de otras lenguas. Todo ello va acompañado de un análisis histórico que ilustra la premisa de que “cada comunidad humana refleja en su propio léxico el contexto sociológico en que se mueve […]” (ibíd., p. 257).
Algo distinto es el estudio de Fernández Jaén (2006) sobre el cambio semántico de acostarse, ya que parte de una metodología diacrónica cognitiva y aplica la teoría de los prototipos de Geeraerts (1997) a su evolución. Aunque se trata de un estudio de caso en perspectiva semasiológica, a diferencia de los trabajos anteriores, mucho más amplios, es un ejemplo de aplicación de la teoría de los prototipos a la semántica histórica de un término sexual en el que se explica el surgimiento del significado metonímico de acostarse con este sentido.
3.4.2.3. Sociolingüística variacionista
En perspectiva sincrónica y con metodología sociolingüística, destacan los estudios de variación formal de López Morales en San Juan de Puerto Rico (López Morales, 1990, 2001, 2005) y varias de sus estudiantes en Las Palmas de Gran Canaria (Martínez Valdueza, 1995), Costa Rica (Calvo Shadid, 2008) y Viña del Mar, Chile (Danbolt Drange, 1997), aunque esta última no trabaja exclusivamente con tabú sexual.
La metodología establecida por López Morales parte de un cuestionario escrito en el que los informantes, seleccionados por muestreo prestratificado (por sexo, edad y nivel socioeconómico), deben valorar si utilizarían ciertas lexías tabuizadas en una serie de situaciones comunicativas propuestas, diseñadas para elicitar distintos registros.
Los términos estudiados por López Morales son culo, cojones, puñeta, bicho (‘pene’), crica (‘vagina’) y chichar (‘fornicar’); Martínez Valdueza trabaja con culo, tetas, cojones, polla, picha, chocho, conejo, follar, estar salido, semen, bragas, condón,
93
Algo más de sesenta expresiones para los conceptos estudiados, cifra escasa que seguramente se deba a la dificultad de trabajar con fuentes antiguas en perspectiva onomasiológica. Compárese esta cifra con las 1230, solo para prostituta, del Glosario de la
mala palabra, de Hernández Castaneda (1994) o con Las mil y una palabras de la casa de putas, de José Esteban (2005).
cabrón, puta y maricón; y Calvo Shadid94 con picha, huevos, mico (‘vagina’), tetas, culo, culear (‘fornicar’), regarse (‘eyacular’), puta, playo (‘hombre homosexual’), tortillera.
Al seguir la misma metodología, los resultados de la variación léxica con las variables independientes incluidas son comparables. En todos los estudios, las situaciones más formales son las que menos favorecen el uso del tabú, frente a los eufemismos y las expresiones neutras. En cuanto a las variables sociales, las mujeres (casi siempre en interacción con otras variables) y los informantes de más edad son los más eufemísticos. Contrariamente a las hipótesis del primer estudio de López Morales, el sociolecto más bajo es el más conservador; con matices en el estudio de Calvo Shadid, en el que la variable compleja ‘nivel socioeconómico’ no obtuvo significación, pero sí uno de sus componentes ‘nivel de escolaridad’, cuyos resultados muestran menor uso de lexías tabuizadas en los informantes de menor nivel escolar.
Estos estudios fueron los primeros que establecieron un vínculo cuantitativo entre las preferencias de los informantes sobre el tabú lingüístico y sus características sociales. No obstante, excepto en el caso de Danbolt Drange (1997), todos se recogieron por escrito, lo que puede sembrar dudas ante la distancia entre sus respuestas al cuestionario y sus usos reales en contexto. Por otra parte, su metodología marcadamente variacionista introduce la información social en términos macrosociológicos y no se incluye en su perspectiva la capacidad agentiva de los informantes. Sin embargo, el campo de la sexualidad es un ámbito privilegiado para la creación de identidades en el discurso, a la luz de estudios más recientes.