2 Theoretical framework: towards innovation network practice
2.3 Network collaboration as a driver of innovation
2.3.3 Innovation network practice: can the practice-based
Museo de Valladolid
RESUMEN: La historia de la antigua iglesia de Viana de Cega (Valladolid) parece arrancar de finales del siglo XII. Albergó un magnífico retablo de pintura, pero fue pobre y sobrevivió con dificultades hasta su desaparición en los años sesenta del siglo XX. Cuando se hizo el Catálogo Monumental de la provincia ya no existía; sólo recogió la nueva parroquia y alguna de sus imágenes de devoción. Con este artículo se quiere recuperar la memoria de aquel humilde templo como homenaje a quienes lo dieron vida durante casi ocho siglos.
PALABRAS CLAVE:Iglesia de Viana de Cega. Valladolid. Matías Machuca. Fray Juan de Ascondo.
THE OLD CHURCH OF VIANA DE CEGA (VALLADOLID)
ABSTRACT:The history of the old church of Viana de Cega (Valladolid) seems to begin at the end of 12thcentury. The building housed a wonderful altarpiece of paintings, but the temple was poor and survived with difficulties until its disappearance in the decade of ’60 of the 20thcentury. It didn’t already exist when the Monumental Catalogue of the province was published, which only gathered information about the new parish church and some of its images. This text tries to recover the memory of the humble temple as homage to the persons who maintained it alive during eight centuries.
Rubio anotó en 1893 la existencia en la igle- sia de un arco ojival cegado que juzgó testi- monio de su antigüedad2.
Desaparecido todo rastro de aquella cons- trucción tras sufrir ruina y haber sido luego derribada y sustituida por la nueva iglesia consagrada en 1965, sólo cabe repasar su historia a través de la información que encie- rran sus documentos, en especial los libros de su fábrica, testigos de una existencia que siempre fue difícil de sostener para la exigua población de su entorno, la cual no obstante siempre se mostró atenta a las necesidades de su parroquia.
La actual advocación de Nuestra Señora de la Asunción es su primera denominación documentada. Con dicho título figura el templo en la visita general del representante del obispado, de 1655. Pero a lo largo del tiempo se comprueba que ha tenido otras advocaciones, eso sí, siempre marianas. En 1679 tenía el nombre de Nuestra Señora de los Remedios. Luego cambiaría este nombre por el de Nuestra Señora de la Alegría cuya imagen se cita en la iglesia en ese mismo año3. Con este nombre de iglesia parroquial
de Santa María de la Alegría figura en 1842, en la documentación de la Cofradía de la Vera Cruz que tenía sede en el templo, y también aparece en el Diccionario de
Madoz mediado el siglo XIX4. En 1860, en
palabras de su propio párroco, era titular del templo Nuestra Señora del Purificación5,
pero así debió permanecer pocos años pues en 1893 el historiador Ortega y Rubio men- ciona la parroquia de Viana dedicada a Nuestra Señora de las Nieves, nombre con el que también figura en los papeles contempo- ráneos del Archivo de Curia del Arzobispado de Valladolid. Hoy por fin, el templo, quizá como en sus orígenes, tiene la advocación de la Asunción de Nuestra Señora.
Además del edificio de la iglesia se regis- tra en Viana la antigua existencia de un humilladero. Así se dice en el inventario parroquial de 1655 que anota entre los ense- res de metal «una lámpara de azófar del san- to Cristo del humilladero»6. De esta
construcción no queda memoria ni hemos encontrado documentación particular, pese a que el lugar debía de ser muy concurrido pues cuando el Visitador General acude a la parroquia en junio de 1663 y lo ve, deja constancia en acta de que allí se guardaba «un Santo Cristo de mucha devoción»7. La
presencia de este humilladero se confirma en el siglo XVIII pues sería la «ermita extramu- ros de la villa» que se menciona en el catas- tro de Ensenada en 17528.
LA FÁBRICA Y
LOS BIENES DE LA IGLESIA
Como se ha dicho y se deduce de la docu- mentación medieval, el templo ya existiría a finales del siglo XII. Parece haber tenido una sola nave, sin cabecera, con bóveda de cru- cería simple en el presbiterio y portada al sur con pórtico de columnas toscanas, como algunas iglesias de las poblaciones del entorno.
En su historia abundan las noticias referi- das a su mala situación económica y a la Pila bautismal. Siglo XIII.
necesidad de realizar obras, por ruinas par- ciales o por mal estado del tejado, noticias todas ellas que indican que la construcción arrastraba problemas de estructura y que su fábrica era de materiales pobres, viéndose además afectada constantemente por las aguas del Cega. La sacristía en concreto, que estaba adosada al templo, siempre fue moti- vo de preocupación y gasto por su mal esta- do, hasta su reparación definitiva a finales del siglo XVIII.
Se correspondía esta penuria permanente con la escasa entidad de su patrimonio y de su ajuar litúrgico que venía a ser lo estricta- mente necesario para cumplir con las exi- gencias del culto, según reflejan los inventarios realizados en 1655 y en 1679. De este último, por ser el de más amplio conte- nido, se incluye transcripción al final9.
A través de las descripciones y detalles de los libros de su archivo se puede saber tam- bién que, además del altar mayor, había varios altares laterales: el del Santo Cristo, el de Nuestra Señora y San Sebastián y, al otro lado, el de San Bartolomé y San Blas, aunque tal distribución se ve alterada a lo largo de los años pues se puede constatar que las imágenes de estos altares van cam- biando de emplazamiento, se sustituyen por otras o se añaden nuevas devociones.
En distintos años se citan no más de seis imágenes del fervor de los feligreses: en 1655 además del Santo Cristo, San Sebastián y San Blas, cada uno con su altar, había en la sacristía un cuadro de Nuestra Señora, Santiago y San Juan. Y en el inven- tario de 1679 figura además un cuadro de Santa Águeda.
Curiosamente no aparecen en los inventa- rios las imágenes de otros dos crucifijos, del siglo XVI, que actualmente se encuentran en la parroquia y que ya debía poseer de anti- guo. Es posible que uno de ellos sea el «Santo Cristo», que en el del siglo XVII se cita en uno de los altares de la iglesia. Luego, en documentación del siglo XIX se habla de un Cristo mayor y de un Cristo pequeño, quizá refiriéndose a esas dos imá- genes. Otra talla de crucificado, de comien- zos del siglo XVII, que hoy se conserva mutilada (no tiene brazos) y en mal estado, podría ser la que estuviera en el humillade- ro10. Al culto en la parroquia se encuentran
otras dos imágenes: San Roque y San Blas Entre la escasísima documentación gráfi- ca del templo no existe plano alguno. Algunas fotografías del exterior, anteriores a 1952 y otra de mediados de los años sesenta en que se ve arruinada su torre, son las imá- genes que perduran del exterior del templo Capiteles de los siglos XV-XVI, reaprovechados en una vivienda.
parroquial11. De su última etapa queda entre
sus antiguos feligreses el recuerdo de los altares de las ya citadas devociones; el pórti- co, bastante modificado al haberse aprove- chado su espacio para varias dependencias; el coro, con antepecho de balaustres de madera; una capilla modernamente abierta, dedicada al Sagrado Corazón de Jesús; la ubicación del bautisterio bajo el coro, en el lado del Evangelio, y el acceso a la escalera de la torre en la zona del pórtico.
De los escasos caudales que manejaban sus mayordomos son bien expresivas las cuentas anuales, en las que se reflejan gene- ralmente gastos ineludibles de pequeña cuantía, como aceite para la lámpara del Santísimo, incienso, cera, arreglo de ropa, sogas para las campanas… y pequeñas repa- raciones. Las pocas rentas de la iglesia,
según datos de 1663, consistían en un nove- no de los diezmos del lugar y una viña que tenía a censo don Pedro Villagutiérrez, por la que pagaba 26 reales cada año, y otras dos viñas que rentaban 23 reales, además de los ingresos por el rompimiento de las sepultu- ras12.
Para el sostenimiento de la parroquia y decoro del culto constan algunas donaciones de benefactores, en especial las recogidas en el inventario de 1679 debidas al mencionado Pedro de Villagutiérrez. También se anotan compras de la iglesia que, en general, eran de pequeño alcance, exceptuando los gastos de materiales y salarios en las constantes obras de reparación.
En relación con todo ello –el templo y sus bienes– se comentan a continuación algunos datos, principalmente entresacados de la documentación parroquial, por estimar que son los de mayor interés para reconstruir la historia de sus cuatro últimos siglos.
SIGLO XVII
Entre las primeras noticias documentadas figura una de las más interesantes: en 1648 se deshizo y se vendió, con licencia del señor Provisor de la diócesis, una cruz de plata que pesaba veinticuatro marcos. Se hizo otra nueva que pesó quince marcos, lo que supuso nueve marcos de ahorro en plata equivalentes a ochocientos veintiocho rea- les13. La antigua cruz sería gótica o renacen-
tista –cuando se la cita en el inventario de 1679 se dice que tenía su peana lisa «a lo moderno»– y la hechura de una nueva pro- porcionaría a la parroquia cierta mejora eco- nómica.
Otra noticia destacable, por reiterarse lue- go a lo largo del tiempo, es la situación de la sacristía. En 1663 estaba «caída» por la inundación y la percepción del Visitador Columnas del antiguo pórtico en la urbanización
general fue que se hallaba «malparada y a riesgo de arruinarse», lo que hubo de motivar las reparaciones anotadas en 1664. Parece que en el transcurso de estas obras se intervino especialmente en el pórtico o soportal, aunque no sabemos con qué finalidad.
En 1671 la iglesia seguía sin sacristía, lo que hacía que los sacerdotes tuvieran que revestirse «bajo el chozo»– se referirían a alguna pequeña construcción aneja– e ir al altar por medio del cuerpo de la iglesia. Además, la capilla de San Bartolomé se estaba hundiendo y la iglesia estaba muy mal retejada. Ante la situación y la pobreza de la parroquia, el Visitador diocesano orde- nó ese año nuevos precios para las sepultu- ras del interior de la iglesia estableciendo seis, tres o dos ducados, en función de la proximidad de estas al altar. Con todo y pese al esfuerzo por lograr mayores recursos no parece que la situación prosperara, pues en 1679 la sacristía seguía arruinada.
SIGLO XVIII
A mediados de esta centuria, el catastro del marqués de la Ensenada en el que se refleja la situación de los pueblos de la Corona de Castilla en esa época, anota en Viana una vecindad de diecisiete almas lo que habla de las circunstancias en que se desenvolvía la vida de la parroquia en esos años y los anteriores, cuando el deterioro de su fábrica exigió realizar obras irremedia- bles. La necesidad debía ser tal que la solu- ción excedía todos los posibles, lo que parece haber obligado al cabildo metropoli- tano a ocuparse de ellas. Así es como se da un hecho de los más destacables en la histo- ria del templo: la intervención en su fábrica del arquitecto Matías Machuca, de toda con- fianza para el Cabildo y en aquellos años el más solicitado de la ciudad.
Entre 1731 y 1732 se llevan a cabo obras especiales en la iglesia, seguramente las de más envergadura hasta entonces acometidas, consistentes en «una bóveda y algunas capi- llas con otros adornos». La obra se ajustó en mil quinientos reales con el citado Machuca, arquitecto, alarife y maestro de obras de Valladolid que por entonces se ocupaba de La antigua iglesia. (Fotos: Casa de cultura de Viana, cedidas por los vecinos).
su obra más conocida: la iglesia de San Juan de Letrán. Se sabe de su intervención en localidades cercanas: muy cerca de Viana: en 1733, hacía obra y reparos en el puente de Boecillo, próximo al Real monasterio del Abrojo, y en Matapozuelos, en 1723, había construido el último cuerpo de la torre de su iglesia14.
Consta en la documentación parroquial que la villa de Viana entregó mil reales para la obra, el Real Monasterio de San Benito aportó cuatrocientos reales, correspondien- tes a los que produjo ese año el diezmo que tenía en la villa, y el cabildo de la catedral de Valladolid cuatrocientos ochenta y ocho. Además los vecinos contribuyeron llevando yeso, adobes, ladrillos y diferentes materia- les, poniendo algunos a disposición sus hue- bras para el transporte. Con ocasión de estos arreglos se hicieron bancos, no sabemos si nuevos o es que no los había. Se pusieron dos vidrieras en la capilla mayor y la sacris- tía, y se blanqueó la iglesia. Finalmente hubo fiesta en acción de gracias, en la que se gastaron trescientos veinte reales para agasa- jar, tanto a los predicadores que asistieron a las celebraciones, como a los vecinos y per- sonas que colaboraron en la obra.
Estas reparaciones no parecen, sin embar- go, haber afectado a la sacristía ni zanjado el mal estado de la Iglesia. En 1746 la sacristía permanecía «sin el menor abrigo y defensa de las aguas» acumulándose en ella la hume- dad y el agua de las goteras, que entraba en los cajones donde se guardaban los orna- mentos con el consiguiente perjuicio para ropas y muebles15. Y para colmo de males,
pocos años después, en 1754, hubo que remediarse el hundimiento del tejado. Las obras para repararlo, que obligan a comprar cerca de dos mil tejas, debieron ser de cierta envergadura y son dignas de mencionar por aparecer como director de las mismas Fray Juan de Ascondo, destacado maestro arqui-
tecto y religioso del Monasterio de San Benito de Valladolid donde construyó parte de su claustro principal16.
Después, y periódicamente a lo largo del siglo, se siguen constatando retejos, peque- ñas reparaciones en la fábrica y algunas obras de mejora de mayor entidad, como las de un nuevo presbiterio que en 1769 realizó José del Río, maestro cantero de Simancas. Se hubo de arreglar la campana para lo que se desmontó, asegurándose además el arco de la torre donde estaba. Y se hizo un tene- brario nuevo, un confesonario, tres atriles, un calvario… todo ello encargado al maestro «puertaventanista» Juan Morales y al pintor Matías Rodríguez, de Valladolid17.
Entre 1784 y 1785 se menciona el retablo cuando se anota el gasto de su limpieza y barnizado, lo que viene a confirmar que el citado retablo fuera el de pintura aludido en la documentación del siglo anterior. Coincidiendo con esta etapa de mejora, tam- bién se limpió y blanqueó la iglesia y se mudó de sitio el Santo Cristo.
Cinco años más tarde, en 1790, el pórtico se volvía a adecentar y quizá entonces se reutilizaran ciertos elementos constructivos antiguos algunos de los cuales se adivinan en las pocas fotografías del exterior de la iglesia que actualmente se conocen, tomadas en los años cincuenta y sesenta del siglo XX18. Al mismo tiempo se embaldosó la
iglesia, arreglo éste que parece ser de los de mayor coste pues alcanzó la suma de nove- cientos veintiocho reales19.
La amenaza de ruina en la torre, latente desde mediados del siglo anterior, requirió hacer nuevos reparos entre 1792 y 1794, periodo en que se encargó una mesa nueva para el altar, una palomilla para la lámpara y una cruz de cristal al maestro tallista Braulio Durán, de Valladolid. Y parece que fue pocos años después, en 1798, cuando se hizo, por fin, una nueva sacristía. Se com-
praron los ladrillos en La Cistérniga por valor de ciento cincuenta y tres reales y José Pérez Piedra, vecino de San Cristóbal de Goyan, del obispado de Tuy, cobró por ello mil seiscientos reales.
SIGLO XIX
Entre 1808 y 1841 las noticias siguen haciendo referencia a pequeños gastos y reparaciones de escaso interés. Se ve que sólo se intentaba adecentar el templo en lo más imprescindible, posponiendo las mejo- ras de cierto importe para cuando hubiera caudales20. En tal situación se encontraba la
hacienda parroquial cuando en 1853 una ria- da se llevó el cementerio. Cuatro años des- pués, en 1857, don Manuel Vergara tomo posesión como nuevo párroco y a él se deben unos Apuntes de la iglesia –referidos sólo y lamentablemente a unos años– que ofrecen una preciosa información para acer- carnos a la etapa más reciente del antiguo templo, que entonces estaba, según figura en su relato, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Purificación21. De los aconteci-
mientos recogidos en los citados apuntes merecen ser destacados estos que siguen:
Desde 1860 se constata con frecuencia la participación en el culto y las celebraciones parroquiales de los colegiales del Real Colegio de ingleses de Valladolid, unas veces celebrando misa, otras interpretando música con su orquesta y otras cantando. Tenían su casa de campo muy cercana a la iglesia, aguas abajo del Cega, y se ve que en sus estancias veraniegas participaban con frecuencia en la vida parroquial.
El día 2 de junio de ese año visitó la parro- quia el que fuera primer arzobispo de Valladolid, don Luís de la Lastra y Cuesta quien, entre sus mandatos, dejó dicho que se hiciera una tapa de madera de dos hojas para
la pila bautismal, como la que hoy tiene. Concedió generosas indulgencias por el rezo ante el altar de distintas imágenes, nombran- do junto a la de de la Virgen titular, nuestra Señora de la Purificación, a Nuestra Señora de la Soledad, al Santo Cristo, a San Blas y a San Roque.
El hecho más sobresaliente de los apuntes de don Manuel Vergara quizá sea el robo que sufrió la iglesia en la noche del 4 al 5 de febrero de 1862, cuando la puerta exterior y las de la sacristía, archivo y sagrario fueron forzadas, llevándose los ladrones todas las alhajas de plata: La cruz parroquial, el viril para la exposición del Santísimo, dos cáli- ces, un copón, una naveta, un incensario, los extremos de las varas de San Roque y dos cucharillas de los cálices.
…a las siete de la mañana vino todo asus-
tado el monaguillo que iba a tocar a las Ave Marías y fui a la iglesia en su compañía….
La torre arruinada, al fondo, el campanario de la nueva iglesia.
Hallamos las cortinas corridas, la lámpara apagada y en el suelo, el sagrario violado y las formas sobre el corporal, la puerta de la sacristía también violentada y la cajonería y
ropas en un desorden espantoso22.
A los pocos días del robo se hacía una colecta entre los vecinos para reponer en lo posible los objetos sustraídos, a la que se sumaron aportaciones de los curas del arci- prestazgo. Un vecino de Valdestillas apelli- dado Hernández regaló un cáliz que se estrenó el día de la Ascensión. Se adquirió una cruz parroquial de metal blanco y un viril de plata que se colocaba en la peana del