Part III. Program Management
Chapter 6. Integration Management
Cambados (1962-1966) Cuando fui a Cambados, con doce
años, ya llevaba dentro el germen de la escritura; o por mejor decir, el veneno, pues escribir es envenenarse poco a poco, dejarse enajenar por una fuerza interna que impulsa a dejar por escrito pensamientos y reflexiones, o datos y análisis, o sabe Dios qué, aquello que en el momento pide el cuerpo. Porque escribir es algo muy corporal, una somatización del pensamiento, el tránsito inefable de una idea que a través del brazo llega al papel.
No me cuesta nada hoy hilvanar estos pensamientos, transcribirlos, así a bote pronto, entre otras cosas porque son reflexiones que, como escritor —me acuso de serlo sin remedio y como penitencia por todos mis pecados—, me han acompañado muchas veces, sobre todo desde que en mis años mozos leí a Roland Barthes, debo confesar que sin entender muchas de sus propuestas, pero con un fervor cercano al misticismo. Una de las propuestas de Barthes viene a decir que la lectura es buena conductora del deseo de escribir; algo que se complementa irremediablemente con lo que nos había dicho Erasmo varios siglos antes: la pasión de escribir crece escribiendo. Lectura y escritura van, pues de la mano, alimentando la emoción de vivir.
Antes, pues, de mi encuentro con los salesianos en Cambados yo había sido, como niño solitario, un lector voraz de novelas del Oeste, como ya conté en otra ocasión, y de cuantos papeles caían en mis manos, sobre todo lo que hoy llamamos “comics”, en aquellas series que entonces poblaban nuestros kioscos: el capitán Trueno, el Guerrero del Antifaz, Apache, El Jabato, Bengala, El Cosaco Verde, Pantera Negra, Jim Alegrías, el Duende…, aventuras para amueblar una imaginación que siempre ha sido desbordante y desbordada.
Alguna cosa había escrito por mi parte, en la soledad de un cuaderno escolar, pero sobre todo me había dejado abducir por un mundo que iba más allá de mi mundo, por una posibilidad vital que pertenecía al ámbito de la imaginación. Yo era un crío y lógicamente no sabía ni lo que suponía escribir ni la ilación que pudiera haber entre mi vida y aquello que soñaba, pero alguna campana repicaba dentro de mí.
Recuerdo que una tarde el maestro que tenía entonces nos mandó hacer una redacción contando nuestras tardes en el río, al que, ya en primavera, acudíamos a bañarnos o a pasar la tarde con nuestras familias con una tortilla o unos chorizos, o ambas cosas, para ambientar la merienda cena. No recuerdo lo que yo escribí, pero sí que el maestro nos leyó la redacción que él consideraba la mejor de todas. En ella, un compañero de clase —afortunadamente todavía vive y lo veo de vez en cuando— contaba lo que allí hacíamos todos y terminaba con una frase redonda, que por supuesto no se me ha olvidado ni se me olvidará nunca: “Los pescadores se divierten pescando”.
Esa frase fue para mí el inicio de un viaje personal a la literatura. Refleja una situación entonces cotidiana, una situación de todos los días, frente al mundo exótico e inalcanzable de los tebeos que entonces leíamos, y además tiene —o a mí me lo parece— una especial musicalidad con un tempo muy sensible a la nostalgia. Los pescadores se divierten pescando. Sujeto, verbo y complemento, como aprendimos al estudiar la sintaxis. Exposición, nudo y desenlace, como nos explicaron y hemos comprobado en cada libro al estudiar la novela, los relatos, el mundo de la prosa de ficción.
Lógicamente, el niño que llegó a Cambados con doce años no sabía nada de esto y quizás ni recordaba aquella redacción y esta frase germinal que seguramente volvió a formar parte de mi particular imaginario años después, cuando ya había estallado el big bang de los sueños y había redactado y publicado los primeros folios con voluntad literaria.
El niño que llegó a Cambados con doce años iba muy asustado, con los ojos muy abiertos ante los pormenores de un mundo nuevo, de una realidad organizada de manera muy distinta a como había vivido hasta entonces y de unos compromisos de futuro que no había considerado hasta el día en que puso los pies en aquel caserón de piedra del Pazo de Serantellos. Ya digo, con todo el miedo del mundo; miedo que se fue diluyendo poco a poco y cambiando primero por reserva ante lo que estaba viviendo y posteriormente por total integración en aquel mundo que le abría de par en par posibilidades que hasta entonces desconocía o que no había considerado.
Allí conocí un mundo férreo de estudio, en el que el nivel de exigencia era alto y al que me adapté creo que con naturalidad. Allí conocí la música en una dimensión hasta entonces desconocida: yo llegaba de un pueblo donde todo mi contacto con la música había sido a través de canciones que escuchaba en la radio, en espectáculos callejeros o en la voz de mis parientes y vecinos en celebraciones familiares. Cambados supuso mi primer contacto con la música clásica, con la rondalla, con el canto a coro y… con la zarzuela, la séptima maravilla del espectáculo que en su día me introduciría en la ópera. La música clásica, en aquellas audiciones comentadas que don Eduardo nos incluía los sábados a la hora de la cena, fue para mí un descubrimiento que me ha acompañado toda la vida. Mis hijos son ambos músicos y supongo que aparte la herencia familiar —mi suegro
también lo era— algo tiene que ver el hecho de que toda la infancia escucharan música en casa, y música clásica sobre todo.
Allí conocí también el teatro, desde fuera, como espectador, y desde dentro, como ocasional actor.
Y allí conocí la literatura. Ya en mi pueblo, en la escuela, había leído y releído todos los fragmentos literarios, sobre todo poéticos, que incluía la Enciclopedia Álvarez, llegando a retener muchos de memoria, de tantas veces como los había frecuentado. En Cambados, volví a hacer lo mismo: los libros de texto de Lengua y de Literatura incluían fragmentos literarios que también leí y releí, como leí y releí un Quijote resumido, con ilustraciones de Gustavo Doré que siempre me parecieron tan sorprendentes como el texto que iluminaban. Pero recuerdo además las lecturas que casi diariamente escuchábamos en el comedor, en la comida o en la cena, donde se nos leían desde noticias del Vaticano o de la guerra del Vietnam a libros de literatura universal —recuerdo especialmente La isla misteriosa, de Julio Verne, al que he dedicado no hace mucho algún estudio— que supongo fueron abonando mi particular sustrato literario, que se nutrió además de la colección Ardilla, aquellos mínimos volúmenes de temática diversa cuya colección teníamos en clase y que leí completa.
Pero recuerdo sobre todo las lecturas que nos hacía en clase de literatura don Joaquín Nieto. Con él descubrí a Azorín y a Antonio Machado. Recuerdo con todo cariño la lectura que nos hizo de La tierra de Alvargonzález de este último, hasta el punto de que los dos primeros libros que yo compré con la idea de ir conformando mi biblioteca personal fueron las Poesías completas de Machado, en la edición de Austral, y un volumen con tres libros —Gitanjali, La luna nueva y El jardinero— de Tagore, poeta del que algo había conocido en Cambados. Don Joaquín me introdujo también en el teatro de Alfonso Sastre. Hicimos una lectura en plan teatro leído de Escuadra hacia la muerte, tan de moda en aquellos años, y preparábamos, aunque quedó en proyecto, la lectura de La cornada. Recién salido de Cambados me leí el teatro completo de Sastre, autor al que seguí desde entonces hasta llegar a entrevistarlo para una de las revistas en las que he colaborado.
Aunque lo que con mayor intensidad recuerdo es una conversación, también con don Joaquín, en la que me habló, resumiéndome el argumento, de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson, obra, me dijo, que estaba pensando adaptar al teatro. No sé si lo hizo porque tal conversación la mantuvimos poco antes de abandonar Cambados definitivamente, pero en mi la obra de Stevenson dejó una huella notable. La leí poco después, me compré un ejemplar de Austral que por ahí anda, medio desvencijado, de la cantidad de veces que he vuelto
sobre él para constatar esa oposición entre el bien y el mal, la noche y el día, lo apolíneo y lo dionisíaco que diría Nietzsche, y sobre todo, la imagen deformada de las reputaciones sociales.
Hubo otro cura, don Ramón (no recuerdo su apellido), que también nos daba literatura y que, a petición mía, me pasó varios libros, entre ellos aquellos insufribles alegatos de Tihamér Tóth, como El joven
de carácter o Llegar a ser alguien, que me imagino que fortalecían el alma, pero aburrían a las piedras. Lo que sí recuerdo es que don Ramón nos dio a conocer la generación del 98 y me pasó un libro de Preceptiva Literaria que me ayudó a articular métricamente mis versos y a comprender algunos de los límites de la literatura.
Y es que para entonces era ya consciente de que quería escribir. Lógicamente no sabía qué ni cómo ni para qué. Pero tenía dentro la pulsión —antes he escrito veneno, y me reafirmo— de la escritura. Disfrutaba escribiendo. Desde primero, hice con gusto aquellas redacciones que nos mandaban escribir los sábados por la tarde mientras celebraban el claustro semanal. Redac- ciones sobre mil y un temas a los que yo me entregaba con verdadero espíritu literario, buscando y emple- ando vocabulario y metá- foras inspirados en todo lo que leía, especialmente los tomitos de la colección Ardilla y de las revistas Jóvenes y En Marcha. He dicho vocabulario y metáforas: y así era, en una libretita anotaba palaras “raras” (o sea, especialmente sonoras, como ‘titilar’, ‘nenúfar’ o ‘góndola’, por poner solo tres de las muchas que fui copiando en aquella libreta lamentablemente perdida) y giros, metáforas o formas de expresión que incorporaba a mis redacciones con la idea de darles un empaque que no sé si hoy resistiría un pase. Lo cierto es que mis redacciones siempre me las calificaban con buena nota, lo que me animaba a seguir ese camino.
Pero, además de aquellas redacciones, creo que fue en tercero, curso 64-65, el del Rubicón de los catorce a los quince años, comencé a escribir cosas para mí solo en un cuaderno que a nadie enseñé nunca. Eran poesías (por llamarlo de alguna manera), reflexiones personales, apuntes y notas que extraía de mis lecturas. Aquellas poesías —insisto, por llamarlas de alguna manera— estaban dedicadas a la Virgen, tan presente en el mundo salesiano, y otros motivos religiosos, dentro del clima que vivíamos, pero también, imitando a Machado, a paisajes rurales que yo había conocido en mi Extremadura natal y que entroncaban con el mundo machadiano de los campos de Soria y de Castilla que nos leía don Joaquín. Aquel cuaderno, que olvidé en el pupitre cuando dejé Cambados, fue mi primera experiencia como escritor, dicho así, con el énfasis personal que supone la idea de escribir algo fuera del estricto deber académico y con el único objetivo de ordenar las ideas propias.
Y no sé si fue en este mismo curso o al siguiente cuando, con otro cura cuyo nombre he olvidado definitivamente, comenzamos a editar una revista de muy pocas páginas, Clarín, que mecanografiaba el propio cura con papel de calco, de modo que la tirada era de solo cuatro o cinco ejemplares. No sé cuántos números se hicieron, pero todos ellos llevaban una colaboración mía, creo que sin firma, sobre Ejemplares de la revista Jóvenes (1969-1970) y portada
diversos motivos, especialmente religiosos, como correspondía al mundo en que estábamos. Antes de esta revista yo había escrito en años anteriores algunas cosillas que don Ulpiano colgaba en el tablón de anuncios sobre temas variados, recuerdo que hasta algún poema, si así pudieran llamarse aquellos renglones cortos que yo escribía a mano y don Ulpiano pasaba a máquina.
Cuando salí de Cambados y me incorporé a la vida que había dejado cuatro cursos antes era ya consciente de que quería seguir escribiendo, como así hice, primero en una revista, Avanzar, que hacíamos ciclostilada en el Instituto y de la que, como no podía ser menos, fui el alma mater. Recuerdo que allí sí que firmaba mis artículos y reportajes, aunque con un seudónimo que conocía todo el Instituto, con lo cual lo único que hacía era imitar a Azorín, cuyo sobrenombre acabó suplantando sus verdaderos apellidos. Aquel seudónimo, que había comenzado a utilizar en Cambados y abandonaría definitivamente en mi etapa universitaria, me sirvió para firmar mis primeras colaboraciones en el diario El Comercio, de Gijón, en lo que supuso el salto irrenunciable, ya en el mismo Instituto, a una actividad que, velis nolis, no he abandonado desde que, como en una veleidad juvenil, comenzara cuando la adolescencia exigía su propio tributo.
Francisco Trinidad
Gijón, 25 de septiembre de 2020
Juan Francisco en la presentación reciente de uno de los libros que ha editado de Armando Palacio Valdés.