Part IV. Project Segment Management
Chapter 9. Project Relationships Management
Celanova, Allariz, Cambados, Astudillo, Medina, Zamora (1959-1969)
Cuando yo fui a los Salesianos… corría el año 1959. Mi madre ya había preparado toda mi ropa y la había marcado en hilo rojo con el número 819. La separación iba a ser inminente y dolorosa. Yo era niño con 12 años, y mi hermana era 13 años mayor.
Llegó el día: mi padre me acercó a Zamora con la maleta de ropa y el ajuar de cama. Allí tiene lugar el encuentro con los compañeros. Don Rosendo estaba al frente del grupo. Por vez primera iba a viajar en tren. Como niños de 12 y 13 años, pronto comenzamos a relacionarnos y nos entreteníamos en contar las decenas de túneles que había de Zamora a Orense. Entre montañas y valles avanzaba aquel convoy de máquina de vapor. Inquietos, saltábamos de nuestros asientos de madera y salíamos a aquellas “terrazas” recibiendo el humo y las carbonillas que caían sobre nuestras cabezas infantiles.
Por fin llegamos a Orense. Un autobús de la empresa Suárez nos traslada a Celanova. Ante nuestros ojos el monasterio San Salvador, entonces “Hogar San Rosendo”. En pocas horas había dejado mi pueblecito castellano de casas de adobe y asistía impactado a la visión de aquella inmensa mole de piedra, aquellos claustros barrocos que iban a ser mi nueva casa.
Hay en mi vida cuatro etapas bien definidas:
1. La infancia: Mi niñez en el pueblo con mis padres y hermana (12 años).
2. Adolescencia y primera juventud: Estancia con los Salesianos. Periodo de formación. Esta es la etapa que ha marcado mi personalidad y mis principios (10 años).
3. Segunda juventud y madurez: Formación universitaria, matrimonio y ejercicio de mi profesión docente (40 años).
4. Jubilación (2012-…?): Periodo de reflexión y contemplación. Ahora mi sitio está en el palco, no ya en el ruedo. Estoy en la cima de mi vida desde donde la mirada es más amplia y serena. Pero ahora me toca hablar de mi estancia en los Salesianos.
En Celanova don Lázaro Revilla, entonces clérigo salesiano, estaba con
Primer curso en Celanova, en los saltos de Fenosa. En el centro don Lázaro Revilla tocando la armónica; a su derecha, con jersey claro, José Antonio Uña. Al fondo con pañuelo en la cabeza, aparece D. Esteban Ruiz.
Arremangaba su sotana y jugaba con nosotros a fútbol en aquel campo que nosotros mismos habíamos desmatado de nabos. Nos instruía en los valores de la salesianidad. Nos daba aquellas clases de los primeros latines con erudición y maestría. Nos preparaba y ensayaba sainetes para pasar el tiempo las tardes de domingos a falta de televisión. Así me solté y yo a hablar en público.
Jugábamos al frontón en aquellos largos claustros. Algunos zamoranos (Daniel Ruiz, Jorge Rodríguez, Matías, Joaquín…) eran los campeones.
Terminó el curso y nos trasladamos a Allariz para cursar segundo de aspirantado. Era un pueblo enteramente salesiano. Alfonso Quintana, compañero de curso, era hijo del pueblo.
Recuerdo las clases de don Eloy, consejero, y las charlas de don Tomás Díez, director, a quien veía largos ratos rezando ante el Sagrario… Recuerdo a Don Albino, gran músico, que dirigía la rondalla. Mi padre me compró (300 pesetas) una mandolina que conservo y tocó a mis nietos. La rondalla alegraba las calles del pueblo y las sobremesas del colegio. Y a don Ángel Lorenzo, serio y enjuto, que nos daba Matemáticas: “Uña, Vaca, Vaquero a la pizarra...”. Desde la clase, que daba a la carretera, oíamos de vez en cuando el chirrido del eje de madera de las carretas de vacas que pasaban… El cocinero nos instaba a pelar patatas y nos decía: “Se non pelades, non comedes. Se non comedes, morredes”.
Recuerdo aquellos paseos junto al Arnoya, aquellos partidos del equipo del pueblo en el campo junto al río… Fue un año aprovechado, bonito y feliz. El empeño, la entrega de aquellos salesianos, la perseverancia, la alegría… nos iban templando y nos ayudaban a adquirir valores y aprendizajes. Al final de curso, Cambados. En Cambados estaríamos tres cursos. En este bello y pétreo seminario se desarrolló mi adolescencia. Con el estudio, el trabajo y la espiritualidad, sazonados siempre con la alegría salesiana (sobremesas, deportes, teatro...) íbamos creciendo por fuera y por dentro. La música seguía con don Isauro; don Rudesindo, la rondalla. Se representaban con éxito zarzuelas acompañando la banda de Castrelo: El barberillo de Lavapiés (Amancio Prada de Lamparilla…), El rey que rabió… Allí nos habíamos encontrado con
compañeros que venían de Medina y de Cambados. Éramos un gran grupo. En verano la jornada se terminaba con aquellas meriendas cena en la playa. ¡Cuánto me gustaba aquella ensalada campera (“cemento armao”) que nos llevaba el señor Ordóñez en la decaúve! Y luego la sobremesa: “Adiós ríos, adiós fontes”, que recitaba aquel trabajador y bondadoso
coadjutor. Don Luis Ordóñez en la DKW que a tantos de nosotros –y tantos xureles y otros pescados– trasladó.
Don Rudesindo y don Francisco Chomón eran entonces los clérigos que más tiempo estaban con nosotros. Nos impartían Letras el primero y Ciencias el segundo. Don Nicolás me inició en la lengua francesa, que más tarde, en Medina, don José Luis Mena seguiría enseñándome y me llevaría a Madrid al examen oficial de la Escuela de Idiomas.
Pero seguimos en Cambados: el 22 de noviembre de 1963, en aquel dormitorio corrido, nos levantábamos oyendo música clásica como todas las mañanas. De pronto cesa la música y se nos comunica la muerte de Kennedy.
En Cambados recibimos la confirmación, y en Cambados pueblo vimos una película, Ben-Hur. En fin, tres años de gratos recuerdos y de inmensa felicidad… y llega el verano de 1964. Nos vamos hacia Astudillo cantando “¡Cuántas veces en la vida Cambados tiene que ser…!”.
Astudillo. Año de noviciado. Estábamos en un pueblo castellano, también muy salesiano, cuyo paisaje nos hablaba de austeridad, de sacrificio, de nobleza, de eternidad… El padre maestro, don Lucas Pelaz, nos va proporcionando la formación religiosa y salesiana con aquellas meditaciones ves- pertinas y todas las acti- vidades diarias. Pero también había tiempo para las sobremesas, deportes, mú- sica, rondalla...
Don Manuel Cachadora
ayudaba a don Lucas en todo el quehacer diario con nosotros. Él fue quien me introducía en un pequeño despacho para escuchar los discos de humor de Gila y así, oyéndolos muchas veces, poder imitarle luego en las sobremesas… Días y ratos que, por esperados, llenaron de emoción nuestro corazón: toma de hábito y profesión.
Y al fin de curso nos vamos hacia el filosofado de Medina. Allí me entrego con fuerza y entusiasmo al estudio. Voy descubriendo corrientes filosóficas que nunca había conocido, leyes de la Física… Disfruto con el estudio de Lenguas Clásicas, especialmente con el Griego que imparte don Ángel Fernández.
Paseos por aquellos pinares de Las Salinas, olimpiadas en los patios, cantos de Semana Santa... Hasta los ejercicios manuales con las tijeras aprendiendo a peluquero.
Al fin me envían a la Universidad Laboral de Zamora. Allí, durante un curso, tengo mi primera experiencia docente y educativa con los alumnos. Intento ser muy Rondalla en el noviciado. José Antonio Uña, arriba a la derecha. Delante de él, Juan Arce.
resquebraja. Los superiores se dan cuenta de que mi destino en la vida debía discurrir por otros derroteros. Don Santiago Ibáñez me envió una carta comunicándome con cariño tal decisión y aquí terminan mis años con los Salesianos.
Nunca he tenido otros sentimientos en mi vida más que de enorme agradecimiento a quienes fueron capaces de dejar en mí bagaje cultural, principios religiosos a los que nunca he renunciado y formación personal en la disciplina, el esfuerzo y la alegría. Por ello cito y agradezco a todos los que fueron directores en los distintos colegios: don Andrés Sanz (Celanova), don Tomás Díez (Allariz), don Justiniano Septién y don Benito Bercedo (Cambados), don Cipriano San Millán (Astudillo), don Francisco García (Medina) y don Félix Domínguez (Zamora).
Estos mismos
valores he
procurando
transmitir en mi profesión a todos los alumnos que he tenido en mi cargo. Del mismo modo hemos hecho con nuestros hijos des- de un matrimonio en el que hemos compartido los mismos principios. En todos mis viajes busco con interés
la presencia de las casas salesianas y las visito porque me encuentro de nuevo con el mundo que me ha trasmitido lo que soy y en lo que creo. Hasta en mi viaje a Israel me sentí gozoso descubriendo el colegio salesiano en Nazaret.
Hoy sigo creyendo que, gracias a la educación, hay esperanza de que el futuro no sea de los depredadores, ni de los mercados, ni de los violentos, sino del hombre formado en el esfuerzo, la honestidad y la trascendencia.
¡Gracias, gracias, gracias!
José Antonio Uña Seijas
Riopar (Albacete), 27 de septiembre de 2020
Día de Cruz Roja (2010). En el Colegio Balmes alumnos de José Antonio Uña entregan un donativo a la reina Sofía.