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CHAPTER 6 – DATA ANALYSIS AND INTERPRETATION-QUALITATIVE

6.8 Qualitative data analysis output

6.8.8 Integration project planning

destaca “Un Perfeccionamiento para la Impresión Autográfica”, un prototipo de pluma eléctrica para reproducir documentos. En la versión mecánica inicial (abajo, dibujo de su cuaderno) los modelos se seguían a mano, ac- cionando la aguja de incisión con un resorte. En el invento definitivo, una batería galvánica portátil accionaba un motor electromagnético. El rodillo aplicaba luego tinta sobre la hoja perforada, creando múltiples impresiones. Edison acabó vendiendo la patente a A. B. Dick, pionero del mimeógrafo.

3. A comienzos de 1876, Edison (sentado, con gorra, sexto por la izquierda) fundó en Menlo Park, en la Nueva Jersey rural, las primeras instalaciones de investiga- ción y desarrollo de América. Allá viviría trabajando con un equipo de “hombres de ciencia” cuidadosamente elegidos. El segundo piso del edificio del laboratorio principal estaba provisto de 2500 botellas de productos químicos que cubrían las paredes, así como de un enorme órgano, punto de reunión para cantar y beber cerveza en los ratos de ocio.

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1890

1895

5. En las huecas entrañas de la Muñeca Parlante, de corta vida, había un cilindro fonográfico en miniatura montado en un eje roscado que conec- taba a una manivela de la espalda de la muñeca. En cada cilindro había espacio suficiente para el primer verso de “Mary tenía un corderito”, “Jack y Jill” o “La

pequeña Bo Peep”.

6. A comienzos de los años noventa, cuando esta caricatura satírica de “El Mago de Menlo Park” apareció en Harper’s Weekly, Edison debía su fama a sus inventos más célebres: el fonógrafo, la bombilla de luz eléctrica, el receptor telefónico me-

jorado y la cámara cine- matográfica.

7. Mientras tanto, Edison había aco- metido la más agotadora obsesión de su carrera, cuyo centro distaba muchísimos kilómetros de los seguros confines de su laboratorio. En Sparta, al noroeste de Nueva Jersey, adquirió un terreno de más de mil hectáreas y

levantó un campo minero, donde viviría envuelto en polvo y suciedad durante los años iniciales del siglo XX, decidido a extraer y refinar

la magnetita de las Montañas Musconetcong. La Grúa Móvil Aérea Eléctrica Morgan (arriba) levantaba vagones de 10 toneladas de carga y volcaba la mena bruta en molinos de cilindros gigantes. El dibujo de su cuaderno ilustra de qué modo los fragmentos de mineral de menos de un milímetro y medio de diámetro se dejaban caer en una corriente de poco grosor que los arrastraba a través de una torre, por entre baterías de separadores electromagnéticos que extraían el producto concentrado.

1901

1910

8. En 1901, Edison prometió construir una vivienda en serie que estuviera al alcance de las familias trabajado- ras: la casa de hormigón colado. El dibujo de la patente ilustra que todas las partes (muros, techumbre, tabiques, escaleras, suelos, vigas maestras, incluso alacenas y te- chos decorativos) se formaban con cemento reforzado con cuarzo y amasado con arcilla, que se vertía en un molde de fundición desde arriba hacia abajo, durante un período de seis horas. A los diez días de retirar los moldes con el cemento fraguado por completo, sólo quedaba añadir puertas y ventanas.

9. En su temor ante el “descontrolado” progreso industrial fundado en las máquinas, Edison profetizaba una contami- nación ambiental insoportable. Pese a los progresos en la combustión interna realizados por su antiguo amigo Henry Ford, Edison declaró que “el futuro pertenece al automóvil eléctrico”. Este modelo de 1910 de R. S. Bailey Company estaba movido por una batería Edison modernizada: placas no corrosivas de acero sumergidas en una solución electrolí- tica acuosa (en vez de plomo sumergido en ácido sulfúrico), recargables rápida y limpiamente.

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1915

1929

1931

10. Durante la Primera Guerra Mundial, su sentido patriótico le obligó a pasar poco tiempo con su familia, retratada aquí en su finca de West Orange (Nueva Jersey). (De izquierda a derecha: su hija Madeleine, su esposa Mina y sus hijos Theodore y Charles.) Nombrado presidente de la Comisión Consultora Naval, una suerte de sanedrín de inventores, se le veía a menudo a bordo de algún buque frente a las costas de Annapolis, Long Island y Cayo Hueso, desarrollando ideas “para asegurar la paz”, como él las llamaba, y “proteger a nuestros muchachos en el mar” contra los temidos submarinos.

11. Enterado por el horticul- tor Luther Burbank de que EE.UU. dependía de los mer- cados extranjeros para más del 75 por ciento de su consumo doméstico de caucho, se embarcó durante las dos últimas décadas de su vida en una cruzada para cultivar “savia lechosa” y producir las plantas en suelo nacional. Con ese fin convir- tió su finca de invierno en Fort Myers (Florida) en una vasta plantación. Pterocaulon (mal transcrita por Edison) es una carduácea muy cono- cida en el sudeste de EE.UU. Edison descubrió que sus ho- jas aladas contienen más de un dos por ciento de caucho natural.

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NEIL BALDWIN se doctoró en 1973 en poesía americana por la Universidad de Nueva York en Buffalo. Dirige la Fundación Nacional del Libro. Nuestra revista publicó en diciembre de 1995 un artículo suyo sobre los “Cuadernos de laborato- rio de Thomas Edison”. Ha escrito también un libro biográfico sobre el inventor,

Edison: Inventing the Century. Baldwin agradece la ayuda que Douglas Tarr y George Tselos, del Edificio Histórico Nacional Edison de West Orange (Nueva Jersey), y Susan Fraser, del Jardín Botánico de Nueva York, le han prestado en la elaboración de este trabajo.

12. “No he avanzado lo suficiente para saber si mis hipótesis (para fabricar caucho) son viables”, reza la primera plana de un diario de 1929 en la temblorosa mano de Edison. Atrás ya la celebración del “jubileo de oro”, cincuenta aniversario de la primera lámpara de incandescencia, el octogenario inventor seguía visi- tando a diario el laboratorio de West Orange, fichando ejemplarmente con su propia tarjeta.

13. Edison no creía en el ejercicio, mascaba tabaco sin parar y fumaba varios puros al día. Durante muchos años sus únicos alimentos fueron la leche y un vaso de zumo de naranja de vez en cuando. Y, sin embargo, las úlceras, la diabetes y la enfermedad de Bright no pudieron atenuar el brillo de su mirada, tal como testimonia esta fotografía tomada seis meses antes de su muerte, acaecida el 18 de octubre de 1931. Cerca del fin, salió de un coma, miró a su esposa Mina y dijo “Es muy hermoso más allá”.

L

a adicción a la cocaína ha al- canzado, en los Estados Unidos, proporciones de auténtica epi- demia. El azote, que dura ya más de 10 años, no ha perdonado a ningún sector de la nación. Millones de per- sonas se drogan, con secuelas médicas que van de los trastornos psicológicos graves a los ataques cardíacos súbitos. Los efectos sociales de la distribución ilegal de cocaína han contribuido a la devastación de muchas ciudades, drenando capital humano y financiero del que podría haberse hecho un uso productivo.

Son muchos los factores que han propiciado la crisis actual. Por citar un par: la aceptación social del consumo de esta droga y las políticas inefi- caces contra el contrabando, que han posibilitado una mayor disponibilidad de cocaína barata y el desarrollo del “crack”, una forma fumable y más potente de la droga. Ni la sociedad ha podido invertir la tendencia, ni la ciencia biomédica ha dado con una solución farmacológica.

Tras decenios de investigación, no se conoce todavía agente alguno capaz de tratar la adicción, ni conjurar la so- bredosis de cocaína. Ante ese rotundo fracaso, me propuse, con mis cole- gas de la Universidad de Columbia, abordar el problema partiendo de un planteamiento radicalmente nuevo. En

los trabajos tradicionales se intentaba interceptar la cocaína en el cerebro. Nuestra estrategia se orientó, por con- tra, a destruir la droga antes de que alcanzara dicho órgano.

La razón de nuestro enfoque residía en los efectos que la cocaína ejerce sobre el cerebro. En esencia, todas las drogas adictivas estimulan una “vía de recompensa” neuronal, que adquirieron los antepasados de los mamíferos hace más de 100 millones de años. Esta vía activa la región limbocortical del cerebro, que con- trola las emociones y las conductas fundamentales. En los seres precons- cientes, la activación de las vías de recompensa durante la alimentación, la copulación y otros comportamientos ayudaba al aprendizaje y confería una ventaja indudable de cara a la supervivencia. Las mismas estructuras persisten en nosotros y nos ofrecen una base fisiológica de la percepción del placer. Cuando los neurotransmi- sores, unas moléculas químicas del cerebro, estimulan esos circuitos, la persona dice sentirse “bien”.

El consumo excesivo de sustancias hunde sus raíces en la neurobiología normal del refuerzo. Cualquier sustan-

cia que las personas se autoadminis- tran hasta el punto de abusar de su consumo (alcohol, nicotina, barbitúri- cos, anfetaminas, heroína, cáñamo o cocaína) estimula algún tramo de la vía de recompensa, “enseñando” así al consumidor a tomarla de nuevo. Esas sustancias alteran la produc- ción normal de neurotransmisores; por tanto, el abandono de las drogas una vez que la adicción ha prendido puede desencadenar el síndrome de abstinencia: trastornos físicos o psi- cológicos cuyos efectos varían de los profundamente desagradables a los peligrosos. Los seres humanos y otros animales realizarán trabajos, sacrificarán otros placeres o resistirán el dolor para asegurarse el suministro continuo de una droga de la que se han convertido en esclavos.

La magnitud del refuerzo, que di- fiere de una droga adictiva a otra, aumenta en función de la cantidad de droga que alcanza el cerebro y de la velocidad con que crece su concentración. La distribución más eficaz suele lograrse mediante la in- yección intravenosa. Sin embargo, en el caso de las sustancias que pueden inhalarse, como ocurre con la cocaína en “crack”, la inhalación puede pro- vocar, con igual eficacia, la sensación buscada por el adicto. La cocaína, en particular cuando se inyecta o se fuma en forma de “crack”, es el más potente de los refuerzos comunes. Su peculiar mecanismo de acción explica la insólita resistencia que opone a toda terapia.

La cocaína opera bloqueando los interruptores neuronales de la vía de recompensa cuando éstos se hallan en pleno funcionamiento. Igual que todos los circuitos neuronales, las vías de recompensa contienen sinapsis (pun tos de contacto entre dos neuronas), por donde cursan los neurotransmisores.

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Inmunoterapia contra