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CHAPTER 5: RESEARCH METHODOLOGY

5.2 Methodological Fit

aumentando las probabilidades de éxito una vez que se establezcan por su cuenta. Según la teoría de selección de parentesco, los colaboradores están, en promedio, tan emparentados con sus hermanos pequeños como lo estarían con su progenie; en consecuencia, dedicarse a la supervivencia de sus hermanos más jóvenes encierra un significado genético. Los colabora- dores toman claramente una decisión sobre si deben quedarse o partir. Si se quedan, deben posponer su propia reproducción, lo cual puede que no sea una mala idea, pues encontrar una pareja o un territorio puede resultar difícil según el año.

Los descubrimientos de Moehlman en torno a los chacales se fundaban en una cuidadosa identificación de los individuos: una oreja desgarra- da, una cicatriz junto al hocico, una mancha obscura en la cola, etcétera. Los collarines radioemisores, afirma, podrían amenazar la supervivencia; además, sólo hay una zona, de unos tres centímetros de diámetro, en el cuarto trasero, donde se puede disparar un dardo tranquilizante sin peligro para el animal. Si no se acierta, el impacto puede romper huesos o inte- resar algún órgano. “Aborrezco herir a los animales. Además, es un mal método para la ciencia intervenir en el comportamiento del animal y su desenvolvimiento normal.” Tras años de investigaciones en el Serengeti, ha llegado a la convicción de que ese tipo de manupulaciones alteran al individuo, recelo que la mayoría no comparte.

Moehlman tiene su propia opinión sobre determinadas formas de llevar a cabo los experimentos. “Prefiero tomarme tiempo suficiente, dejar que el experimento transcurra por su cauce natural y tratar de comprender los componentes de la acción”, mantie- ne. Señala que algunos científicos le aconsejaron eliminar un colaborador de una familia de chacales para acotar su función. A lo que repuso que, si hubiera eliminado un colaborador de una familia de chacales dorados y los cachorros hubieran muerto, por poner

un caso, podría haber concluido que los colaboradores aseguran de mane- ra fehaciente la supervivencia de los cachorros.

Su trabajo de campo presenta una panorámica mucho más compleja. En primer lugar, algunos colaboradores están menos ligados a la familia y no contribuyen tanto. En segundo lugar, puede ocurrir que un padre con un colaborador cace menos, sin que ello menoscabe la ración de alimento recibida por los cachorros, o puede que cace lo mismo, lo que significa que los cachorros tendrán más comida, con lo cual sobrevivirá un número mayor. Puesto que cada individuo de la familia es diferente y cambia de comportamiento según las circunstancias, se necesitan lar- gas horas de observación fijándose en los detalles del comportamiento para comprender la dinámica de la cría cooperativa.

Tras casi una década en el Serengeti y Ngorongoro —con breves interrup- ciones para enseñar en las universi- dades de Yale y Cambridge y para estudiar los asnos salvajes en las islas Galápagos— Moehlman se enamoró de Tanzania. Y cayó en la cuenta de que pocos tanzanos estudiaban la vida salvaje. “Dejemos que sean ellos quienes tomen el mando a largo pla- zo. Nadie mejor para preocuparse de su país.”

Moehlman se puso a buscar fondos para los estudiantes de la Universidad de Dar es Salaam. “Mil quinientos dólares significan la diferencia entre acabar la carrera o no. Ochocientos dólares son la diferencia entre que una clase entera salga al campo a hacer prácticas o no. No son grandes sumas de dinero.” También estableció relaciones con biólogos de todo el mundo, y, hasta el momento, unos 10 nativos han podido acabar sus estudios superiores en Tanzania y el extranjero. Ella misma ha enseñado a los estudiantes a llevar a cabo explo- raciones naturalistas. “Son las piezas básicas para comprender la ecología de la región”, reitera. “Y también permite a los estudiantes conocer todas

las posibilidades de lo que se puede hacer por ahí.”

Sus intereses más recientes se cen- tran ahora en el trabajo y la instruc- ción de las gentes del Cuerno de Africa. Allí, en los rudos desiertos de Eritrea, Somalia y Etiopía, el équido más amenazado del mundo —el asno salvaje africano— sobrevi- ve apenas. Aunque sus exploraciones quedaron interrumpidas por la guerra civil, ha realizado varias campañas desde 1989, para listar el número de animales, entrevistar a los lu- gareños y promover la creación de áreas protegidas. Hace veinte años, la densidad de población de asnos salvajes era de seis a 30 por cada 100 kilómetros cuadrados; hoy es de uno o dos individuos. La proliferación de las armas ha convertido en tarea fácil la caza del asno salvaje, que la etnomedicina emplea para remediar la tuberculosis, el estreñimiento y los dolores de espalda.

Pero sus esfuerzos no han caído en saco roto. “Al verme venir de tan lejos, la gente se queda impresionada cuando me oyen ponderar lo impor- tante que eso es”, se ríe. “Dicen que si yo no hubiera aparecido por allí y examinado con ellos las amenazas que pesan sobre la vida salvaje, no habría ya ningún asno.” Los afar y de los issa, los pobladores de la región —a veces retraídos por la aparición de una mujer— reconocen que, pese a ser conscientes de la posible extin- ción, un asno salvaje ocasional puede representar la diferencia entre morirse o no de hambre.

Cierto afar, ya muy anciano, le contó una historia sumamente ilustrativa. Una mujer se encuentra en el agua con su niño en la cadera; el agua empieza a subir, y la mujer se pone al niño a hombros; el agua sigue subiendo, y la mujer se pone al niño sobre la cabeza; el agua sigue subiendo, y la mujer se sube encima del niño. A lo que Moehlman respondió: “Pero la mujer podía haber hecho otras muchas cosas. Por ejemplo, pudo haber nadado hasta la orilla.” Equus africanus parece que está en buenas manos.

30 INVESTIGACIÓN Y CIENCIA, abril, 1997

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