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Intergenerational Income Mobility in China

Chapter 2. The Great Gatsby Curve in China: Cross-Sectional Inequality and

2.3 Intergenerational Income Mobility in China

A través de la historia se han construido varias concepciones de ambiente que procuran vincular los sistemas naturales, desde varias perspectivas. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente en Estocolmo (1972) lo define como:

Ambiente es el conjunto de componentes físicos, químicos, biológicos y sociales capaces de causar efectos directos o indirectos, en un plazo corto o largo, sobre los seres vivos y las actividades humanas”, citado en el libro “Agenda 21” de Foy (1998).

Campos & Durán De tal manera, la crisis ambiental como proceso reflexivo, nos lleva a pensar en las tensiones epistemológicas que se han dado a través de la historia, para llegar a comprender lo que aparentemente es evidente, pero que tiene un constructo detrás que debe analizarse hacia la generación de pensamientos alternativos desde el ámbito educativo y formativo.

Para comprender las tensiones de pensamiento que se generan entre el “medio” y el “ambiente” es necesario entender que “no hay conocimiento sin historia”. Ésta última frase la recapitulan varios autores franceses, como Gastón Bachelard (2000) y Georges Canguilhem (1983), los cuales reflexionan sobre el conocimiento científico en el marco de la epistemología. La historia, para estos autores, constituye el espacio insuperable e inevitable para pensar la configuración del saber científico. El análisis histórico pone a la ciencia al descubierto y la enfrenta con sus fronteras, en la medida en que se conoce su constitución por diversas prácticas no-científicas (Garnica, 2017). Es decir, que es vital analizar inicialmente de dónde parte la idea de “medio ambiente” y la de “ambiente”.

Teniendo en cuenta lo anterior, se hace importante resaltar a Canguilhem (1983) en su intento por conciliar las dos tradiciones (la epistemología y la historia), las cuales habían sido consideradas incompatibles durante la primera mitad del siglo XX. De allí, que la relación conceptual debe ser más estrecha entre estas dos disciplinas para poder comprender al ambiente como un fenómeno que se debe analizar desde el pasado a la luz de una racionalidad contemporánea.

Dentro de esa racionalidad contemporánea, se visualiza la paradoja de la historia de la crisis ambiental que comenzó a ser evidente en la década de los 60 y 70 y se mencionan algunas concepciones de los términos que pueden ser el punto de partida de análisis en este estudio. En

Campos & Durán primera instancia, el “medio” se fue conformando como un sistema de relaciones que circunda a los objetos de conocimiento centrados en procesos materiales específicos: biológicos, económicos, culturales (Leff, 1994). Sin embargo, el privilegio que ha otorgado una cierta teoría de sistemas a un conjunto general de relaciones abstractas, frente a la construcción crítica del conocimiento, “ha llevado a disolver el núcleo de racionalidad de las ciencias centradas en sus objetos de conocimiento para aprehender los diversos dominios de materialidad de lo real: el orden físico, el vital, simbólico, histórico e inconsciente” (Leff, 1994, p.110).

Como advierte Canguilhem (1971):

El medio se convierte en un instrumento universal de disolución de las síntesis orgánicas individuales en el anonimato de los elementos y los movimientos universales. El medio (aparece) como un puro sistema de relaciones sin soportes” (p.134).

De esta manera, el medio no se constituye en objeto de ninguna ciencia, ni es el campo de articulación de las ciencias centradas en objetos de conocimiento que dan cuenta de procesos materiales específicos.

En segunda instancia, encontramos el término “ambiente”, el cual aparece como una problemática social generalizada, marcada por la degradación del medio físico, del equilibrio ecológico y de la calidad de vida, constituyendo un objeto complejo, en la interface entre lo natural y lo social. Desde una perspectiva sociológica, el ambiente es ese espacio físico y social dominado y excluido por los efectos de la racionalidad económica dominante: la naturaleza explotada como un campo de externalidad de la economía, la pérdida de diversidad biológica, la pobreza asociada a la destrucción del patrimonio de recursos de los pueblos y la disolución de sus identidades culturales (Leff, 1991). En efecto, el ambiente no es el medio que rodea a las especies y a las poblaciones biológicas, sino que por el contrario se convierte en una categoría sociológica

Campos & Durán relacionada con una racionalidad social constituida a partir de un sistema de valores, saberes y comportamientos.

Lo anterior conduce a discernir entre los términos y hacer una distinción entre la sociedad y la naturaleza, entre los seres humanos y su entorno natural, lo cual pone en manifiesto una ruptura propia de la cosmovisión de la modernidad, es decir, de la forma de ver e interpretar el mundo. La separación entre la naturaleza y la sociedad ha dejado ver una independencia entre los procesos sociales y los ecosistémicos, dado que las explicaciones y abordaje de las problemáticas ambientales se hacen bajo el razonamiento externo a los problemas sociales y se adjudican a problemas de los ecosistemas. Lo anterior es un error, dado que son ambos, en forma conjunta e integrada, los que garantizan la trama de la vida y la calidad de vida de la sociedad. Por consiguiente, no se deben considerar en forma desintegrada y aislada sino en una interdependencia holística permanente.

Campos & Durán La conflictividad expuesta, entre naturaleza y sociedad, deriva principalmente del modelo cultural de dominación impuesto por Occidente e instaurado en la modernidad; sus efectos han impactado lo científico, lo tecnológico y el conocimiento disciplinar de las ciencias, reafirmando la dualidad ser humano-naturaleza e incorporándose en el sistema político, económico y ético de la sociedad. Varios autores exponen en el Manifiesto por la Vida presentado en el Simposio sobre Ética y Desarrollo Sustentable realizado en Bogotá (Colombia) en mayo de 2002, lo siguiente:

“La crisis Ambiental es una crisis de civilización. Es la crisis de un modelo económico, tecnológico y cultural que ha depredado a la naturaleza y negado a las culturas alternas. El modelo civilizatorio dominante degrada el ambiente, subvalora la diversidad cultural y desconoce al OTRO (al indígena, al pobre, a la mujer, al negro, al Sur), mientras privilegia un modo de producción y un estilo de vida insustentables que se han vuelto hegemónicos en el proceso de globalización” (VV. AA, 2002, p. 1).

Sostiene Escobar (1999) que la forma postmoderna del capital ecológico no concibe la naturaleza como un recurso externo explotable como lo define la modernidad, sino como una fuente de valor en sí misma, es decir, sigue la perspectiva de capitalización de la naturaleza, pero redefiniendo su forma de representación, dando cuenta de que los aspectos que no estaban capitalizados se convierten en propios del capital, como lo denomina el autor al hacer referencia a la “conquista semiótica”. Un ejemplo de esto se evidencia en las comunidades indígenas que no conciben la biodiversidad como una materia prima, sino como una reserva de valor en sí misma, o como un valor liberado del capital. Esta situación hace que estas comunidades sean reconocidas como dueñas de su territorio, solo en la medida en que lo acepten como una reserva de capital, aspecto denominado “la conquista semiótica del territorio”, es decir que todos los recursos naturales pasan a tener un valor para la economía y a hacer parte de la producción (O’Connor, 1993 citado en Escobar, 1999, p. 88).

Campos & Durán Frente a esto, vemos como las filosofías occidentales relativas a la conservación separan a las personas de la naturaleza. Ello ha dado lugar a la idea, por todos compartida, de que, para preservar los entornos naturales, debe excluirse de ellos a las personas. No obstante, según la cosmovisión indígena, esa división es inaceptable debido a que los ecosistemas y los sistemas sociales están estrechamente vinculados. Los paisajes pierden sentido si la relación interdependiente que existe entre los sistemas sociales y los ecosistemas se rompe, en la medida en que se moldean y preservan mutuamente. Además, la ciencia occidental tiene su origen en una oposición entre lo racional y lo espiritual. El pensamiento indígena, sin embargo, no hace tal distinción ni valora lo racional por encima de lo espiritual, sino que son conceptos que transitan juntos y se entremezclan. Por este motivo, los esfuerzos por apartar los conocimientos indígenas de sus bases culturales y espirituales suelen dar lugar a su interpretación errónea, tergiversación y fragmentación.

En este marco ideas, la modernidad tiende a ser reduccionista en la medida que no incorpora los conocimientos indígenas y de otras comunidades, los cuales deben ser valorados e integrados para lograr comprender desde varias perspectivas la crisis ambiental y revisar las formas en las cuales se pueda movilizar la comprensión de las diferentes interacciones de este fenómeno. En este sentido, los pueblos indígenas permiten consolidar un conocimiento a partir de la historia oral transmitida de generación en generación, al igual que tienen conocimientos sobre los cambios en la biodiversidad desde hace muchos decenios o incluso siglos, que pueden proporcionar soluciones ante los desafíos que implican la crisis civilizatoria.

Es por ello, que se hace necesario romper con la brecha de la fragmentación y linealidad del conocimiento, para que a partir de varias disciplinas y saberes se puedan relacionar los diferentes elementos, interacciones y relaciones que expresan la crisis ambiental, en un contexto amplio y

Campos & Durán no reduccionista. Para ello Leff (2006), plantea que si dicha crisis es la expresión visible de la crisis civilizatoria (cuyas bases epistemológicas se encuentran en la modernidad), entonces la crítica se debe dar por ende desde sus propias bases. Así mismo, el autor considera la importancia de la interdisciplinariedad que se abre hacia un diálogo de saberes en el encuentro de identidades conformadas por racionalidades e imaginarios que configuran los referentes, los deseos y las voluntades que movilizan a actores sociales desde una mirada holística. Lo que conlleva a pensar en entender la correspondencia entre el pensamiento y la realidad y cómo la epistemología puede ser una estrategia hacia un nuevo entendimiento de lo ambiental.

Es así como la episteme de lo ambiental se configura en un marco complejo de interacciones que deben intentar dar respuesta a la problemática de la crisis por la que se atraviesa y poder avanzar en términos de una mejoría para todos, donde a partir de una mirada holística se propicie un desarrollo sobre “bases de sustentabilidad ecológica y equidad social”, así como lo propone Leff (2005), en donde no solo se tiene en cuenta la racionalidad económica, que tiene como pretensión extraer y explotar la naturaleza sin importar las consecuencias que se ocasionen sobre los ecosistemas.

De forma tal que, la sustentabilidad se convierte en un fundamento de la racionalidad ambiental que debería transformarse en el reflejo de una ética por la vida y para la vida, fundada en la existencia, en donde la educación está llamada a ser parte de esa transformación, utilizando como herramienta la epistemología y la historia, y de esta manera se permita avizorar y reconstruir los principios de la organización del ambiente, de los ecosistemas y se abra paso al diálogo de saberes para trascender en el campo político, cultural, social y económico, donde se incluyan las diferentes comunidades, conocimientos y se reconozca la historia para responder al flagelo ambiental.

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1.3.1. Tipologías de las Representaciones Sociales de Ambiente.

Las RRSS enfocadas al ambiente y en particular al agua, son utilizadas en investigaciones para comprender la relación que existe entre los sujetos y su entorno, y las construcciones mentales que le imprimen sentido y significado a lo que les rodea.

Para el análisis de las RRSS del agua de la comunidad educativa La Joya, frente a la “quebrada El Infierno” se toma como referencia los postulados de Reigota (1990) y Andrade (2004), quienes clasificaron las RRSS de ambiente más comunes en tres grandes grupos: naturalistas, globalizantes y antropocéntricas. Andrade (2004) hace una diferenciación del grupo de las antropocéntricas subdividiéndolas en: pactada, utilitarista y cultural. La naturalista se encuentra dirigida a los aspectos fisicoquímicos, a la flora y fauna; la globalizante considera las interacciones entre los aspectos sociales y naturales; por último, la antropocéntrica se orienta hacia la utilidad de los recursos naturales para la vida del ser humano, cada una de ellas con unos ejes articuladores (ver la tabla 2).

Tabla 2.

Representaciones sociales de ambiente y sus ejes temáticos. Adaptación de Sauvé (2004), Flores (2008), Reigota (1990) y Andrade (2004) y elaboración propia.

REPRESENTACIÓN SOCIAL DE AMBIENTE

EJES / ANCLAJE

Globalizante Equilibrio, organizaciones, conjuntos, estructura, globo terráqueo, diversidad, interacciones, causas consecuencias, universo, conjuntos de elementos, relaciones.

Naturalista Energía, evolución, madre naturaleza, Geografía, tipo de vida, planeta vivo, sustento vida, bases de vida, extinción de especies, mundo vivo.

Campos & Durán Antropocéntrica pactada Avances tecnológicos, explotación del mundo, la vida de hoy,

progreso, muerte y destrucción.

Antropocéntrica cultural Factores sociales, costumbres, sociedad y educación, conocimiento.

Antropocéntrica utilitarista Vida humana, hombre sano, vida rural, protagonistas, civilización, necesidades del hombre, ambiente humano.

Respecto a las RRSS pactadas los autores Andrade-Junior, De Souza y Brochier (2004) anotan que “el hombre es visto como el elemento central dentro de un sistema, más sus objetivos tienden a no ser posesivos, son armónicos con la naturaleza. Asimismo, el daño al ambiente se justifica cuando existe algún tipo de beneficio para el ser humano” (p.47).

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