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Chapter 2: Setting the scene

2.5 International context

En otro lugar he descrito el caso de una esquizofrenia curada por la normalización de la alimentación y el aporte abundante de vitaminas, algunos minerales y fosfolípidos cerebrales. La paciente había sido seguida por psiquiatras entre sus 19 y sus 23 años. En dos ocasiones tuvo una prolongada internación en una clínica psiquiátrica, para recibir allí curas de sueño, choque insulínico y electrochoque. Me visitó en busca de trabajo, en un estado de embotamiento pronunciado. Los especialistas que la seguían desde hacía cuatro años no habían encontrado otro remedio que una dosis masiva de tranquilizantes, prescritos para una duración indeterminada. ¡Sus siete píldoras por día la volvían incapaz de ejercer un oficio! Le propuse un camino muy distinto: dejar todos los calmantes, alimentarse con corrección y reemplazar los

medicamentos psicotrópicos por vitaminas, algunos minerales, en particular magnesio, y fosfolípidos cerebrales. Ese mismo tratamiento me había permitido equilibrar a numerosos enfermos graves, entre los cuales había casos de esclerosis en placas, otra enfermedad del sistema nervioso central.

El éxito resultó total: dos meses después fue contratada por un colega como ayudante médica, cubrió esa función durante dos años, se casó y dio a luz tres niños normales.

A lo largo de los diez años que la seguí no presentó ninguna alteración psíquica. Hoy vive feliz y cumple a la perfección sus papeles de madre y esposa. "¿Por qué no fui tratada desde el comienzo de esta forma?", me preguntó.

Para ello habría sido preciso que conociera al psiquiatra norteamericano Cari Pfeiffer (del Brain Bio Center de Princeton), quien desde hace años cura sus casos de esquizofrenia según los principios de la medicina ortomolecular, es decir, recurriendo sólo a las moléculas normalmente presentes en el cuerpo humano. Lo mismo que yo, trata de restablecer la salud modulando la concentración de éstas en el organismo. Ha expuesto sus métodos en una obra titulada Equilibrio psicobiológico y oligoalimentos, escrita en colaboración con Pierre Gonthier, profesor de medicina natural en Evian. El profesor Pfeiffer es, por lo que sé, el primer psiquiatra que ha buscado y encontrado en las alteraciones metabólicas del cerebro la causa de las diversas dolencias psíquicas, entre ellas la esquizofrenia. En esta enfermedad, escribe, el metabolismo de la histamina, medio trasmisor esencial, se encuentra perturbado, lo cual produce un estado permanente de hipertensión nerviosa. La concentración de esta sustancia en la sangre es demasiado baja, lo cual corresponde en el enfermo a la aparición de alucinaciones y de delirios de persecución, o bien anormalmente elevada, y ello provoca obsesiones, insomnios pertinaces y una tendencia al suicidio. Tal era, en efecto, el caso de mi paciente. El profesor Pfeiffer ha establecido que estas desviaciones del metabolismo de la histamina van acompañadas por una elevación del nivel sanguíneo de cobre, que puede ser normalizado por medio de una medicación a base de cinc y manganeso; la concentración de histamina se vuelve entonces normal y desaparecen al mismo tiempo los trastornos de la conducta.

Los caminos seguidos por este eminente psiquiatra y por mí no son idénticos, pero sí muy similares. Tal como yo, él insiste en la necesidad de eliminar los errores alimentarios. El empleo de cereales integrales acrecienta en forma automática el aporte de cinc y de manganeso, elementos en apariencia indispensables para nuestro equilibrio nervioso, y eliminados de nuestra alimentación por el cernido de las harinas. Este aporte alimentario parece haber sido suficiente para la curación de mi paciente. Las otras medidas adoptadas contribuyeron, sin duda, al rápido restablecimiento de su equilibrio nervioso; algún día, futuros estudios emprendidos por especialistas aclararán estos puntos.

Los casos de esquizofrenia con déficit de histamina fueron tratados por Pfeiffer con la ayuda de vitaminas C (2 g por día), PP y B,2, ácido fólico y ácido pantoténico. Los de pirroluria fueron tratados con vitamina B6 en altas dosis, hasta de 2.000 miligramos por día, es decir, de 50 a 100 veces más de lo que yo prescribo, y por medio de cinc. En ocasiones utilizaba los tranquilizantes

clásicos, pero durante tiempos muy limitados y en dosis reducidas en más de la mitad y perfectamente bien toleradas.

Esperemos que estos trabajos tan interesantes pongan fin al empleo en psiquiatría de tranquilizantes en grandes dosis, incompatibles con una vida social normal.

De tal modo, y en la actualidad tenemos la prueba de ello, la alimentación correcta, constituida por productos naturales y frescos, es una condición esencial para la conservación del equilibrio nervioso.

Cuando las futuras madres se benefician con esta alimentación, tal como la he descrito, con la crema Budwig todos los días durante el desayuno, etc., no sólo el embarazo y el parto son más fáciles y más normales, sino que además ese régimen es valioso para los recién nacidos, y luego estos niños asombran por su equilibrio físico y mental. Sus madres acuden en forma espontánea a hacerme conocer la alegría que les trasmiten estos pequeños tan vigorosos, siempre sanos, alegres y confiados, activos y vivaces al máximo. Yo los denomino "niños Budwig". Examinado por un pediatra desconocido, un niño "normal", desde la edad de 6 meses y hasta los 3 años, grita de angustia; no es tal el caso de un bebé "Budwig". Este se conserva apacible y sonriente: sabe que nadie desea hacerle daño, es confiado, y esto asombra como un milagro. Más adelante, estos niños llaman la atención de sus maestros por su poder de concentración y sus excelentes resultados escolares, obtenidos sin ayuda de los padres. Al contrario de sus compañeros, alimentados en forma convencional, "moderna", que no pueden concentrarse más de 15 o 20 minutos por hora de enseñanza, siguen la lección de 45 minutos de cabo a rabo. Por lo tanto, no tienen problema alguno en ponerse a la cabeza de la clase. Gozan de una excelente memoria y todavía encuentran tiempo después de la escuela, para estudiar música y practicar deportes; dicho de otra manera, vivir una infancia normal y jubilosa, en modo alguno abrumada por las exigencias escolares. Se sienten bien, están felices de vivir y encuentran con facilidad su lugar en nuestra sociedad.

¡Qué contraste con los jóvenes tristes, fatigados, a menudo enfermos, eternamente descontentos, discutidores, provocadores de desórdenes, tabáquicos y drogadictos, que caracterizan a nuestra sociedad decadente! ¡Cuando se está inundado por la alegría de vivir, no se siente necesidad alguna de drogarse!

Uno de mis discípulos, ginecólogo y obstetra, fue a instruirse a mi consultorio hace dos años y medio, y ha asistido a la desaparición de los nacimientos de niños prematuros entre sus pacientes.

Madres, aliméntense y alimenten a sus hijos en forma correcta, a fin de construir una sociedad normal