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Chapter 2: Setting the scene

2.4 The Welsh perspective

He aquí algunos ejemplos de la influencia que puede ejercer la forma de alimentarnos sobre las alteraciones existentes, aunque menores, de nuestra salud:

CASO 4. M. (1926) 42 AÑOS. Hemicrania

Este hombre tiene problemas hepáticos desde los 30 años de edad. Muy nervioso y angustiado, sufre de catarro en forma casi constante. Si come después de las 19 horas, se despierta al día siguiente con dolor de cabeza y vomita bilis. La fatiga le provoca hemicranias insoportables, con vómitos, que se reiteran hasta dos veces por semana. Ha sido atendido por medio de analgésicos, que atenúan los dolores de cabeza, pero que no impiden su repetición.

Su alimentación es la siguiente: por la mañana, café negro sin cafeína, pan, mantequilla; al mediodía: potaje, asado, legumbres, ensaladas, arroz blanco, pastas; a la noche: café completo o restos del mediodía. Su consumo de grasas es de 15 gramos de mantequilla, 8 gramos de margarina, 36 gramos de aceite de girasol barato, o sea, en total, 59 gramos por día.

Lo recibo por primera vez el 29 de septiembre de 1967. La concentración de bilirrubina en la sangre es de 1,4 miligramos por ciento, es decir, más del doble de la normal (nivel normal = 0,25 - 0,6 miligramos por ciento). La tasa de hierro sérico es de 67 gammas por ciento (tasa normal = 120). Es un hombre de constitución atlética, pero que parece 10 años mayor. Su lengua está saburral y tiene mal aliento.

Lo que caracteriza su alimentación es, en esencia, la falta de vitamina F. Se la corrige. Seis semanas después su digestión ya ha mejorado y su lengua está casi limpia. El mal aliento ha desaparecido. Ya no está angustiado y prescinde de los analgésicos. Al cabo de cuatro meses se muestra muy contento: no ha tenido más hemicranias. La tasa de bilirrubina en su sangre es de 0,4 miligramos por ciento, o sea que ha vuelto a la normal, tal como la del hierro (157 gammas por ciento).

Este caso ejemplifica la estrecha relación que existe entre la alimentación y el psiquismo. Este ejerce una influencia sobre las funciones fisiológicas y puede trastornarlas. De tal modo, puede llegar a establecer un círculo vicioso, que sólo será quebrado por el retorno a una alimentación equilibrada y sana, ya que la simple ingestión de calmantes no resuelve en modo alguno el problema.

CASO 5. F. (1963) 7 AÑOS. Eccema

Esta niña, que no ha recibido leche materna, padeció desde el primer año de vida, de un eccema seco, rebelde, llamado atópico, en las mejillas y el pliegue de los antebrazos. Tiene 7 años cuando la veo por primera vez. La piel es en todas partes anormalmente seca, rugosa.

Corrijo su alimentación y todo se normaliza. El eccema desaparece, la piel se vuelve suave. Sin embargo, en enero de 1973, a los 10 años, participa en un campamento de esquí durante dos semanas. Allí recibe una alimentación moderna típica: leche, pastas, pan blanco, conservas diversas, entrañas, embutidos, todo ello preparado con las grasas corrientes. No recibe cereales integrales, ni aceites prensados en frío, ni alimentos crudos. Vuelve a su casa con una intensa erupción, especialmente en el cuero cabelludo, que está agrietado y cubierto de escamas. Con la reanudación de la alimentación normal de su familia y un ligero tratamiento local, todo vuelve al orden en doce días.

CASO 6. M. (1971). Eccema atópico desde el primer año y luego asma

Caso análogo, el de un joven de 13 años afectado de asma desde los 2 años y medio, que desaparece en cuanto la familia adopta la alimentación sana que le recomiendo. Durante su concurrencia a un campamento de esquí, el asma se repite, para desaparecer después de reanudar la alimentación sana. El padre, que tenía la posibilidad de hacerlo, se interesó por la alimentación de los escolares en los campamentos de esquí y por su estado de salud. Comprobó

que los niños eran incapaces de esquiar toda una mañana porque se encontraban fatigados y tenían hambre y que la mitad de ellos estaban estreñidos. ¡Todos estos trastornos desaparecieron con la introducción de la crema Budwig en el desayuno!

Este caso, lo mismo que el precedente, constituye un ejemplo del grado en que la alimentación suministrada a nuestros escolares es poco normal y hasta qué punto sería necesario corregirla. Hemos abandonado las costumbres alimenticias sanas de antaño. Y sin embargo es importante para la salud ingerir productos frescos y, muy en especial, harinas recién molidas. No lo hacemos ya por comodidad y no conocemos la edad de las harinas que comemos.

¡Con desconocimiento total del efecto beneficioso del consumo de harinas recién molidas, desde la década de 1960, prescripciones federales, con otorgamiento de primas, han llegado a estimular las moliendas hechas con meses de anticipación!

CASO 7. M. (1912) 60 AÑOS

He aquí lo que me ha relatado este paciente: su padre era campesino y molinero en un valle de montaña (Ementhal en el cantón de Berna). Ya decía a los suyos que él les daba lo mejor de los granos (es decir, el orujo y el afrecho) a los cerdos. Para su familia, se tomaba el trabajo de moler el trigo cada tres o cuatro semanas como máximo, y el pan de la familia se hacía con harina integral y fresca. Se mantuvo fiel a esta manera de proceder hasta los 73 años, edad en la cual se jubiló. En la actualidad vive, es sabido, con buena salud, a los 89 años. Su hijo sólo se benefició de ese régimen hasta los 18 años; luego dejó a su familia y el campo para ir a la ciudad, y comenzó a fumar, desde los 23 años, 20 cigarrillos por día. A los 58 años desarrolló un cáncer pulmonar y falleció dos años después.

CASO 8. M. (1911) 54 AÑOS. Trastornos digestivos e infección urinaria crónica.

Este hombre nació en una familia de campesinos de buena salud, que habitaba al pie del Jura. La molienda de la harina se hacía por tradición cada dos semanas, y el pan se confeccionaba con harina integral, recién molida, y ello hasta 1934. Mi paciente tenía entonces 23 años. A los 46 años sufre de inapetencia y de dolores en la región hepática. A los 50 años comienza una infección urinaria, con fiebre elevada (pielitis), que se vuelve crónica. La infección ha sido tratada sin éxito con antibióticos. Este tratamiento fue seguido de forúnculos y eccema, que persistió durante tres años. Una radiografía del tubo digestivo demostró una secuela de úlcera duodenal.

Lo recibo por primera vez el 15 de noviembre de 1965. Tiene 54 años. Su peso es de 86 kilos y su talla de 1,87 metros. La piel de la espalda está "sucia”, con manchas de color rubí y pústulas seniles. La orina está infectada. Su alimentación, moderna, es demasiado rica en grasas. Cinco meses antes de consultarme por primera vez había agregado la crema Budwig a su desayuno habitual, sin obtener mejoría alguna de su salud.

Corrijo su régimen alimenticio mediante la reintroducción de los cereales integrales, tales como los consumían sus padres. Reduzco su ración cotidiana de grasas a 30 gramos y reemplazo el

aceite de colza extraído en caliente por el aceite de girasol prensado en frío. La infección desaparece de la orina durante cinco días.

Dos meses después el apetito, ausente desde hacía años, ha vuelto. Los dolores abdominales ya no se manifiestan. En diciembre de 1965 la orina está limpia y la infección ha quedado vencida. La piel, menos seca, recupera un aspecto más saludable.

CASO 9. F. (1945) 21 AÑOS. Cálculos renales e infección urinaria

Esta joven, quien ha viajado a Norteamérica a los 17 años, permanece allí durante dos años. En ese tiempo, elimina en dos ocasiones, de manera espontánea, cálculos renales. Una radiografía muestra que no hay otros, pero a partir de entonces es víctima de infecciones urinarias, que se producen en ocasión de un parto tardío, de un abandono de régimen, de un esfuerzo físico, de la aparición de los períodos menstruales, etc. Es interna en una universidad norteamericana, y he aquí su régimen alimenticio: por la mañana, una taza de té y una tostada con mantequilla, a veces un huevo con tocino, o una naranja; al mediodía, emparedados de margarina con carne o salchicha, o queso incorporado a un panecillo blanco; por la noche: legumbres en caja (guisadas, por ejemplo), fideos, carne, un vaso de té frío o una bebida gaseosa.

¡Un médico había afirmado a la joven que la cuarta parte de los norteamericanos padecen de cálculos urinarios! Los cálculos renales sólo se forman cuando la proporción de agua es insuficiente para mantener las sales urinarias en solución. Al parecer, en Norteamérica la carencia de vitamina F biológicamente activa está más difundida que entre nosotros. Ello produce una pérdida exagerada de agua con la transpiración y por la piel y los pulmones. En esas condiciones, hay menos agua disponible para los riñones, y de ahí la orina demasiado concentrada y la formación de cálculos.

Al regresar al país, la joven ha vuelto a nuestra alimentación "normal" actual, con 30 a 50 gramos de mantequilla y 15 gramos de aceite de maní refinado por día. Los accesos de colibacilosis continúan, acompañados primero con una fiebre de 40 grados, y luego afebriles, pero siguen siendo muy frecuentes. Casi continuamente es medicada con antibióticos.

La recibo el 16 de septiembre de 1966', tiene 21 años. Su piel es ajada, veteada, cubierta de manchas y de pequeños abscesos, muy seca, sobre todo en las piernas. Las uñas tienen manchas blancas y las piernas presentan manchas violáceas. En las mamas se palpan nódulos de la dimensión de lentejas grandes y de almendras. Los dientes tienen una implantación irregular y se superponen; ¡un canino es todavía un diente de leche , que no ha caído nunca! Uno de los incisivos tiene la mitad del largo normal.

Dos meses después de la corrección del régimen alimentario, se siente mucho mejor. La piel ha quedado limpia, las mamas se han normalizado. Ya no necesita antibióticos. En cinco meses tiene apenas dos accesos de cistitis, durante sendos viajes, cuando abandona la alimentación sana, que desaparecen en dos días, sin medicamentos.

No cabe duda de que si se recrean las condiciones de la instalación de una enfermedad, ésta reaparecerá.