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Nos interesa, antes de fi nalizar, recuperar la importancia de las buenas prácticas,5 experiencias que de manera creativa e innovadora buscan revertir los efectos de un sistema socioeconómico y cultural neoliberal que, durante décadas, ha empobrecido y/o agudizado las condiciones de vida de los paí- ses menos desarrollados. Se trata de experiencias participativas e iniciativas creativas, surgidas del contacto directo con demandas y necesidades del ámbito local e implementadas por diversos actores.

4 Véase comentarios de José Olavarría a esta ponencia, incluidos a continuación. 5 Véase base de datos de UN-Habitat, Programa de Mejores Prácticas (http://www.bes-

Ciudades para convivir: sin violencias hacia las mujeres

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Cada buena práctica brinda un ejemplo de empoderamiento, tanto de los sujetos individuales como de los colectivos sociales, ya que articula conocimientos, experiencia y recursos y resuelve de modo singular el tra- tamiento de uno o varios ejes que, al accionarse, proyectan condiciones de mayor seguridad en algún aspecto de la vida ciudadana.

Un rasgo que caracteriza las buenas prácticas es el notable protagonismo de las mujeres, que suelen aparecer como actoras y garantes de la subsis- tencia familiar y/o comunitaria. En muchos casos, los proyectos refi eren a tareas ligadas a los estereotipos de género, ya que las mujeres reproducen en lo público los roles que desempeñan en el ámbito privado del hogar. Es el caso de comedores, microemprendimientos, tejedoras, etc.

Para que una práctica colectiva contemple las necesidades y derechos de las mujeres, se hace imprescindible su participación activa y voluntaria en espacios de confi anza e intimidad. Esto signifi ca que una práctica tiene una «perspectiva de género» cuando supone un posicionamiento crítico por parte de sus participantes con respecto a los roles tradicionalmente atribuidos a varones y mujeres. Cuando las preocupaciones y prácticas de los grupos abordan intereses que remiten a su condición de mujer, están asumiendo intereses estratégicos de género.

Si bien muchas se enuncian como prácticas con visión de género, pode- mos preguntarnos de quiénes son las necesidades que satisfacen las prácticas de mujeres. ¿Existen necesidades propias de las mujeres que vayan más allá de las de los demás: los hijos e hijas, parejas, otros y otras?

En el relato de muchas experiencias, se da por supuesto que el hecho de tratarse de prácticas llevadas a cabo principalmente por mujeres, garantiza una visión de género. En menor medida, podemos observar una visión crítica que cuestiona la discriminación hacia las mujeres, así como los modos de relación patriarcales. Es el caso de las siguientes prácticas:

Trabajadoras sexuales de AMMAR (Sindicato de Trabajadoras Sexuales Ar- gentinas). En esta práctica, las trabajadoras sexuales hacen una clara referencia al ejercicio ciudadano en la formación y capacitación en torno principalmente a su derecho a tener derechos, como mujeres y como trabajadoras. En su experiencia están presentes la refl exión crítica, la educación, el ejercicio ciudadano, la ampliación y acceso a los servicios de salud y la lucha cotidiana contra la discriminación y la violencia policial.

Mujeres coordinadoras de obra. Aquí se destaca la resignifi cación de un trabajo considerado históricamente de hombres (el de la construc- ción) y la posibilidad de consolidar un enfoque cooperativo con otras mujeres; se estimulan relaciones de solidaridad y fortalecimiento comunitario, que agregan un «plus» al benefi cio y gratifi cación de construir la propia casa y ser propietarias de esta, un hecho poco frecuente, al menos en Argentina, donde los títulos de propiedad generalmente están en manos de los varones.

Las abuelas cuentacuentos es un ejemplo de la necesidad de contacto social e inclusión, que aparece como un eje importante en el bienestar de las adultas mayores, que a través de esta experiencia consolidan

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una relación intergeneracional con niños y niñas. En otros casos se trata de experiencias autogestivas que empoderan a las mujeres y, a la vez, enriquecen redes socioafectivas, ya que las adultas mayores muchas veces van perdiendo la posibilidad de acceder a diversas redes sociales a medida que avanzan en edad. En esta práctica se hace hinca- pié en la educación y en la transmisión cultural a través de la lectura, con los niños y niñas como principales benefi ciarios. Este aspecto nos permite refl exionar nuevamente sobre el grado de reciprocidad que se juega en la mayoría de prácticas en las que se involucran las mujeres, sean éstas jóvenes, adultas o adultas mayores.

Prácticas que apuntan a la educación sexual, a la prevención de embarazos y de enfermedades de transmisión sexual. En ellas puede visualizarse una tensión permanente entre el mejoramiento de las condiciones de vida y salud de las mujeres y la reproducción de tareas, roles y relaciones patriarcales entre los géneros. Esta tensión también se pone de manifi esto en el caso de microemprendimientos que implican una alternativa frente al desempleo y a la exclusión del mercado laboral.

Otros aportes de las buenas prácticas tienen que ver con el fortalecimiento de las comunidades y sus redes, como en el caso de las cooperativas que brindan distintos servicios ligados al cuidado de la salud y a la educación y promueven la asociatividad y la participación ciudadana.

Toda práctica social es perfectible, y entre lo ideal y lo posible hay un largo trecho por andar, trecho que se acorta considerablemente cada vez que las personas se autoconvocan, se agrupan, se aglutinan para la consecución y satisfacción de sus propias necesidades. Es cierto que las prácticas sociales disminuyen los niveles de desafi liación social, en tanto que promueven la inclusión de los sujetos y los grupos, el bienestar psicosocial, la concreción de experiencias alternativas frente a la marginalidad y a la difi cultad para acceder a los servicios de salud, educación y demás bienes materiales y simbólicos. No obstante, consideramos que la participación ciudadana y la autonomía de los sujetos no deben ocupar el lugar del Estado en la defi ni- ción y distribución de presupuesto para políticas públicas. En este punto, la equidad de género debiera ser priorizada como uno de los aspectos relevantes para el logro de una sociedad más justa.