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En 1982 aparece en España este libro que traduce el título en francés con una gran libertad. Creo sinceramente que la traducción española de la editorial Sígueme no le hace justicia, no sólo al título si no al contenido. La frase está sacada del Evangelio de Mateo (Mt 13,35), y manifiesta su potencia desveladora mejor que el título que toma en

español, porque no hay nada externo o dogmático que viole las reglas del método hermenéutico en el análisis de Girard, como veremos, como para introducir la palabra ‘misterio’.

Este libro tuvo una amplia repercusión en España, en el ámbito de la teología, sobre todo. Tras el éxito editorial de la Violencia y lo sagrado, el libro prometía no dejar indiferente a nadie. Mucho más en tanto en cuanto hubo un error de apreciación en la

recepción de la Violencia y lo sagrado, pues no introducía en ningún momento el factor diferencial del cristianismo en el análisis de la cultura. En este libro ya es explícita su conversión y su percepción de la historia y la de antropología desde el paradigma de la cultura católica, apagando el interés suscitado en los medios no católicos su anterior libro. En éste transforma la relación entre la violencia y la cultura, y los vínculos con lo

religioso. Rehabilita la Biblia, no por razones personales, sino como resultado de un profundo estudio y análisis de los textos.

El misterio de nuestro mundo, es fruto de unas conversaciones con Jean-Michel

Oughourlian (neuropsiquiatra y psicólogo, profesor de psicología clínica en la universidad París Nanterre y jefe de la unidad psiquiátrica del Hospital Americano de París) –que ha continuado en la estela girardiana en todas sus investigaciones y publicaciones

posteriores– y Guy Lefort (también psiquiatra) de trayectoria más clínica que intelectual. Girard vuelve a sus dos primeros libros, Mentira romántica y verdad novelesca y La

violencia y lo sagrado antes de internarse en la lectura de la Biblia (Antiguo y Nuevo

Testamento), el psicoanálisis, la locura y la cuestión del deseo, con ambos interlocutores. Al contrario que los apologistas ‘posmodernos’, no cede al chantaje ni tiene complejo de inferioridad respecto a las ciencias sociales, ni intenta dar una de cal y otra de arena conciliando el pensamiento cristiano con el escepticismo cientificista. No evita en su análisis aquellos temas que resultan más repugnantes y ridículos a los enemigos del cristianismo: los dogmas de la Iglesia, la Inmaculada concepción, incluso se atreve a explicar la implicación en la historia del Dios de los Evangelios. Admite cierta prevención ilustrada respecto a los dogmas, pero solventada por una suspensión del juicio motivada por el amor renovado y una lectura original.

En un principio se trata de un repaso de La Violencia y lo sagrado y sus implicaciones para las ciencias sociales y la exégesis de los textos judeocristianos, para que los lectores que no lo hayan leído se hagan eco de sus novedosas intuiciones. La originalidad que da sentido a este libro en el corpus girardiano es el intento de demostrar, apoyándose en el texto bíblico, que Jesús es un chivo expiatorio –aunque no solo–, que revela las claves de la cultura humana, porque ésta responde a mecanismos de carácter mimético. Las

pruebas textuales que aduce para argumentar sus descubrimientos son de carácter racional y secular, y guardan una coherencia pasmosa. El punto central, por lo que resultó polémico para la teología ortodoxa, es la insistencia en el anti sacrificialismo de la Pasión. La lectura de la Epístola a los Hebreos le corrobora en que la crucifixión fue un accidente no esperado, o no deseado, que no formaba parte del plan de Dios padre. Esta tesis ya discutida por otros como François Varone, (El dios Sádico) o Jacques Duquesne (El Dios de Jesús), es retomada por el afán didáctico de Girard por mostrar que Cristo es la superación del sacrificio arcaico de manera definitiva.

Afirmar que era Dios antes de su crucifixión y resurrección no es contradictorio con defender que no es una fórmula de pago a Dios por los pecados de los hombres. Polémica que viene de lejos en la teología católica.

Pero lo problemático tenía un origen didáctico y un poco determinado por la

efervescencia del descubrimiento personal de la fe y, humildemente lo reconoce, por el arrastre irreflexivo de la corriente del pensamiento único en la que se veía envuelto en los medios intelectuales norteamericanos y europeos. Así lo relata el propio Girard en el libro que coescribe con Vattimo unas decenas de años más tarde, un girardiano reconocido por él mismo:

«Creía, como Vattimo, que el uso del antiguo lenguaje sacrificial y la definición de Jesús como ‘víctima perfecta’ impedían una verdadera comprensión de la Pasión como algo completamente ‘antisacrificial’, pero ahora me doy cuenta de que estaba equivocado. Mi rechazo a la palabra ‘sacrificio’ era, en buena medida, un error cometido de buena fe. No obstante y sin duda, fue instigado también en parte por el antiguo deseo de pisar la cola al león envejecido y disentir clamorosamente de la Iglesia, por el simple gusto de hacerlo. En cierto modo, estaba intentando redimirme a los ojos de mis compañeros

intelectuales»186.

La base de este malentendido se encuentra en este libro en el análisis que hace del juicio de Salomón y el énfasis en la lectura anti sacrificial que le sigue187. La ‘autoinmolación’ de la madre que entrega su propio hijo en brazos de su antagonista por amor al hijo más que a sí misma, es el hilo conductor que continúa en el Nuevo Testamento en la auto entrega de Cristo en los brazos de sus enemigos por amor al hombre que sufre, para mostrarle a éste un camino, una fórmula nueva, en la resolución del conflicto humano. Parecería que no se trata más que de rescatar una ética sublime, pues insiste en esta superioridad moral del cristianismo con ese guiño anti sacrificialista en su visión de Cristo, pero Girard va más lejos.

Su confesión de fe católica no deja lugar a dudas de su ortodoxia, y, ésta no contamina sus interesantes y novedosos argumentos antropológicos, sino que abre las puertas a una renovación del debate teológico. El excesivo énfasis en la limitación teológica del

concepto de sacrificio tiene más que ver con el descubrimiento personal de la gratuidad evangélica, anti moralista, que con un afán de heterodoxia. Abundaremos en esto en el análisis del libro El sacrificio.

6.1.1. ¿De qué cosas ocultas estamos hablando?

¿De qué cosas ocultas desde la fundación del mundo quiere hablar Cristo? Girard cree que esta frase es algo más que un recurso literario del evangelista, que lo recoge como

ipsissima verba Iesu, porque entiende que Cristo lo pretende realmente. Esas cosas son

sobre todo que el ‘orden’ –más ansiado que encontrado– de la cultura humana se basa en un crimen fundador que los hombres repiten una y otra vez dando palos de ciego,

186 René Girard y Gianni Vattimo. Op. cit. p. 134.

187 Cf. CHC., p. 270: « [Cristo]… no presenta nunca la regla del reino bajo el aspecto negativo del auto

sacrificio». Posteriormente en la p. 478 rehabilita el sacrificio como forma de atajar el mal. Más citas en este

sentido en las páginas 237, 246, 481. Para Girard el auto sacrificio no es una propuesta moralista, sino el fruto de un amor superior a la reciprocidad. El paradigma es la mujer del juicio de Salomón que renuncia a disfrutar de su hijo para que viva, aunque sea entregado a la otra.

Lo oculto desde la fundación del mundo es que el orden cultural, jerarquizado y con las diferencias estables, se mantiene mediante el sacrificio de víctimas inocentes. Un orden cultural, decía en La violencia y lo sagrado, es…

«Un sistema organizado de diferencias [cuyas] distancias diferenciales […] proporcionan a los individuos su «identidad», y les permite situarse a unos en relación con los

otros»188.

… y añade en El misterio de nuestro mundo.

«No hay nada en la cultura humana que no pueda reducirse al mecanismo de la víctima expiatoria»189.

En las sociedades primitivas la pérdida de las diferencias culturales y sociales es aquello que sucede con motivo de una crisis cualquiera: epidemias, enfermedades, catástrofes naturales… y que provoca la rivalidad y puede llegar hasta la lucha a muerte entre miembros de un mismo grupo amenazando con la mutua destrucción. La «crisis

sacrificial» es una «crisis de las diferencias», del orden cultural, en relación directa con la descomposición del orden religioso que va ligado inextricablemente a la pérdida de vigor y de control institucional, disolución de la estructura social, crisis de valores. La tesis contradice las suposiciones de los sociólogos y filósofos que cifran siempre el conflicto en las diferencias (de clase, de poder adquisitivo, de cultura), cuando en realidad es la

indiferenciación la principal causa de la violencia. La igualdad y la proximidad, la semejanza y la homogeneidad, son más motivo de conflicto que sus antónimos.

188 V&S., p. 56.

189 CHC., p. 61, 80, 81, 82…

Un ejemplo claro lo constituyen las sociedades de masas y sus anhelos igualitaristas. Los reivindicadores de la igualdad a toda costa ven en las diferencias de nivel económico o social un obstáculo para la armonía en las relaciones humanas, cuando en realidad es la semejanza, la mímesis, la proximidad el origen del conflicto. Sociólogos y antropólogos están escandalizados de que en el origen de lo cultural se encuentre un crimen fundador, que la tumba sea un factor estructurante del orden de los sistemas sociales y de los sistemas de ideas y creencias.

reconciliadora y con la fuerza sagrada, es lo que se ha llamado el culto a los muertos que, en contra de la muerte naturalista, parece que subyace a todas las demás formas de lo religioso […] partiendo del mecanismo victimario los hombres no sólo engendran todas sus instituciones sino que descubren además todas sus ideas»190.

Las prohibiciones y los tabúes, de los que se habla largo y tendido en este libro, son el intento por parte de la clase sacerdotal, o del que ostenta el poder religioso, de regular los desquiciamientos del deseo mimético. El hombre, por ser constitutivamente mimético, busca la eliminación de las diferencias, parecerse al modelo, tener lo que el modelo ostenta, sin advertir que este acercamiento suscita una reacción defensiva contra el imitador que hace que la violencia se dispare. ¿Cómo los regula? Canalizando las tensiones internas dentro de la sociedad hacia algún extraño ajeno a ellas. El sacrificio aparece en el horizonte del orden social.

«No se puede tocar el sacrificio, en suma, sin amenazar los principios fundamentales de que dependen el equilibrio y la armonía de la comunidad. Es exactamente lo que afirma la antigua reflexión china sobre el sacrificio»191.

190 CHC., p. 93.

191 Radcliffe-Brown, In V&R., p. 159.

6.1.2. ¿Quién es ese extraño que sirve de ‘tropiezo’?

Otro de los temas que sirven de hilo conductor al libro es el término ‘escándalo’. A través del análisis de la parábola de los viñadores homicidas se pone en relación un concepto clave de la teoría mimética –el chivo expiatorio– con la piedra angular, y ésta con el escándalo. En este texto aparece explícito el asesinato fundador y Cristo se presenta a sí mismo como la víctima fundadora: revela al ‘verdadero Dios’ que nada tiene que ver con la violencia.

«Cristo representa el papel escandaloso para todos aquellos que se cierran a la

inteligencia del texto y reaccionan escandalizados ante él. Este papel es explicable, pero paradójico, ya que Cristo no ofrece el más pequeño resquicio a la rivalidad y a las interferencias miméticas. No hay en él ningún deseo de apropiación»192.

Cristo no se ofrece como obstáculo a nadie, sin embargo los hombres lo convierten en obstáculo para su realización. El Evangelio no pretende acabar con la mímesis imitativa, sino diferir el deseo hacia el ‘único modelo’ que no corre el riesgo de envolvernos en una rivalidad espuria, nos invitan a imitar a Cristo como solo imitan los niños.

Seguir a Cristo es renunciar al deseo mimético, haciendo así que los obstáculos desaparezcan justo en el momento en que el discípulo cree que va a tropezar.

«¿Qué es lo que está escrito: la piedra que desecharon los constructores / en piedra angular se ha convertido? Todo el que caiga sobre esta piedra se destrozará, y aquel sobre quien ella caiga, le aplastará» (Lc 20, 17-18).

Escándalo es la columna basal de la teoría mimética: obstáculo, piedra de tropiezo, trampa puesta en el camino. La raíz etimológica es skadso, que significa ‘cojear’. El escándalo es el obstáculo de la rivalidad mimética, el modelo en cuanto contrarresta las empresas de su discípulo y se convierte para él en una fuente inagotable de fascinación morbosa.

192 CHC., p. 470. Orig., p. 452.

En los Evangelios el skandalon no es nunca un objeto material, sino que siempre es el otro, o yo mismo en cuanto que estoy alienado (su imitación me absorbe) por el otro.

León-Dufour siempre lo reduce a la tentación, al obstáculo que el otro pone en el camino, las ambiciones o resentimientos que suscita. Girard lo define como ‘el deseo

mismo’, «cada vez más obsesivo por los obstáculos que suscita multiplicándolos a su

alrededor. Por tanto, es preciso que sea lo contrario del amor en el sentido cristiano»193.

« Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza (lit: no hay en él ‘skandalon’). Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las

tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos» (1ª Jn 2, 10-

11).

El concepto de skandalon sirve a Girard para construir en este libro, a partir de los Evangelios, una antropología fundamental. Jesús identifica a Pedro con Satanás, y a éste último con el proceso mimético (Mt 16, 23). Satanás es el escándalo mismo, es el

príncipe cuyo reino está dividido contra sí mismo, el autor, a la vez, del desorden y del aparente orden, piedra de tropiezo en el camino, obstáculo. El escándalo de Pedro es con relación a la Pasión que anuncia Jesús para sí mismo.

Llamar a Pedro ‘Satanás’ es ipsissima verba Iesu, lo cual confirma que el demonio no es otra cosa que el mismo modelo obstáculo mimético y muy poco mitificado,

‘deconstruido’.

Los discípulos son atraídos por Jesús porque ven en él un poder de una violencia

superior a toda otra y a la que quieren asociarse. No entienden cómo puede someterse a una muerte violenta sin rebelarse contra ella. Incluso en el caso en que es personificado – en las tentaciones del desierto (Mt 4, 8-10)– representa al mismo proceso mimético: ‘intenta desviar hacia él la adoración que corresponde sólo a la divinidad’, como buen modelo anti-modelo.

193 CHC., p. 456; Orig., p. 439.

«Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: ‘¡Lejos de ti Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!’. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ‘¡Apártate de mí, Satanás! ¡Tropiezo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres’» (Mt 16, 22-23).

«Satanás es el nombre del fenómeno mimético en su conjunto, por eso mismo es la fuente, no sólo de la rivalidad y del desorden sino de todos los órdenes mentirosos en cuyo seno viven los hombres»194.

La diferencia entre los textos griegos y la Biblia es notable: el escándalo afecta tanto al que lo ejecuta como al que lo recibe, ambos encarnan a los dobles. El escandalizado siempre se asocia, en la Biblia, a los débiles, a los que no pueden tomar represalias o defenderse, en definitiva, a las víctimas.

En el Antiguo Testamento se cuestionan y condenan los dos tipos de violencias: la de los que la ejecutan contra aquellos que pueden devolverla, tanto como aquella que se hace contra los indefensos. Esta última clase de violencia busca víctimas sobre las que descargar las tensiones de la comunidad, y también es condenada (chivos expiatorios).

La escritura judeocristiana tiene la intención última de desacralizar a las comunidades humanas cuyo orden se basa en la expiación victimal. Asocia escándalo a idolatría y condena toda idolatría porque ésta es ‘piedra de tropiezo’, por excelencia, para el pueblo que quiere caminar por los trazos que le marca la divinidad.

Yahvé, el Dios hebreo es la paradoja misma: propone liberar a Israel de la idolatría (sinónimo de obstáculo, sacralización y escándalo) y a la vez pone obstáculos en el camino a su propio pueblo. Este escándalo va ligado al culto sacrificial, deconstruye los apoyos en los que se basan las comunidades humanas poniendo en evidencia que su fundamento está dividido contra sí mismo.

«Yahvé ejerce de divisor: por un lado da la ley, el orden, y por otro, en un oscuro intento de hacer progresar moralmente a su pueblo, se convierte en piedra de tropiezo para ellos induciéndoles a la tentación y abandonándolos a su propia violencia recíproca, violencia mimética de la que sólo ellos son los responsables, así como de la escalada exasperada que de ella se deriva»195.

194 CHC., p. 192.

El pensamiento moderno, última versión del griego, fundamenta sus intuiciones sobre la culpa y la violencia, olvidando intencionalmente al Nuevo Testamento:

...«El pensamiento moderno sobre el deseo, desde Hegel a Freud, desde Heidegger a Sartre y todos los neo-freudismos de Reich, Lacan y Marcuse, Deleuze, etc., sin olvidar las psicopatologías más diversas, tienen por completo un carácter propiamente

veterotestamentario, frente a la génesis puramente mimética del orden y del desorden que corresponde a la noción neotestamentaria de skandalon. Siempre quedan restos de

idolatría violenta, unas veces en la concepción de la ley, de la transgresión y del lenguaje, otras veces en la idea que nunca acaba de superarse de que Yahvé ‘se reserva la

venganza’ […].

En su crispado anti teísmo, se aferra obstinadamente a la lectura sacrificial del texto evangélico, lectura siempre veterotestamentaria del Nuevo Testamento. Siempre y en todas partes se observa la misma impotencia para deconstruir hasta el fondo la diferencia sacralizada. Como es lógico, no existe un Dios que ponga obstáculos fascinantes en el camino de sus fieles, pero tampoco hay una ley que sustituya a ese Dios en semejante papel, como se imaginan las sabidurías falsas en que se inspira nuestra cultura»196.

Liberar al deseo es desatar a un monstruo y no ponerle freno. Girard es implacable en la crítica a la filosofía moderna, y también a la teología, que, según él, no hace justicia a la radical novedad del Nuevo Testamento, al seguir anclada en las perspectivas

sacrificialistas del Antiguo197.

195 CHC., p. 436; Orig. p. 423. 196 CHC., p. 436.

197 Cf. al respecto, François Varone. El dios sádico, Sal Terrae, Santander 1982, pp. 26, 122, 142, 149.

«El escandaloso no sería escandaloso sino se constituyera en ejemplo irresistible e imposible ofrecido a la imitación de los hombres, como modelo y antimodelo a la vez.

[...] El skandalon pone el acento en donde hay que ponerlo, en la relación

modelo/discípulo, en la psicología interindividual y no en la psicología individual, como lo exige todavía en Nietzsche la distinción -sacrificial y victimal-, entre un buen deseo que sería la ‘voluntad de poder’ y un mal deseo que sería el ‘resentimiento’.

[...] La indignación escandalizada es siempre el deseo febril de diferenciar al culpable y al

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