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Los autores del libro no eluden las distintas críticas que la teoría girardiana ha ido

recibiendo, que se centran, principalmente, en sus fuentes, sus métodos y su relación con el cristianismo: todas ellas comparten, como trasfondo, la sospecha de si se trata de algo verdaderamente científico o no. Una cuestión difícil de resolver, porque siempre se hace desde el paradigma de las ciencias naturales, como si estas fueran las únicas que recogen datos fiables y sus teorías inapelablemente empíricas. Se puede acusar a Girard de proyectar en los textos siempre la misma idea preconcebida. Se le acusa de cometer el mismo error que Freud, de hacer una teoría no falsable, y caer bajo las flechas

popperianas. Se le puede acusar de ver cosas donde no las hay, pero éste es el problema general de la hermenéutica: textos que interpretan textos. Por ello, si se cuestiona el principio general no sólo se pone en la picota la teoría mimética sino muchas teorías de la psicología, antropología y sociología como tales. Girard está convencido de que aunque no todos los textos sean verídicos, hay un elemento común que nos lleva a un

acontecimiento que ocurrió realmente. La interpretación figurativa, alegórica o tipológica es posible. El pensamiento conjetural y los indicios en la Historia pueden ser defendidos

sin complejos frente a lo que las ciencias naturales llaman datos u observaciones

empíricas. ‘Cuando el río suena agua lleva’, podría ser el lema de esta fundamentación antropológica sobre innumerables indicios textuales y de la historia. Hocart es el

antropólogo que sirve de apoyo a Girard en la necesidad de aceptar la abundancia de

indicios en las ciencias sociales, como algo tan digno de ser tomado en serio como los hechos en las ciencias naturales240.

El método seguido en la teoría mimética es parecido a la investigación criminal, hay indicios, se hacen conjeturas y se verifica. Si la teoría mimética trata de los crímenes primordiales de la noche de los tiempos, qué mejor método que la investigación criminal. La medicina forense es capaz de determinar mucha información a partir del cuerpo del delito y de todo tipo de pruebas contextuales. De la misma forma se puede aplicar al crimen victimario. El justificar esto de forma histórica es una tarea ardua e ingente porque la sociedad se envuelve a sí misma en un velo de méconnaissance, para no auto confesarse criminal. No obstante, aunque el mito y la leyenda velan el crimen

fundacional de la sociedad, la realidad que

240 A.M., Hocart, Kings and Councillors, and Essay in the Comparative Anatomy of Human Society, University of Chicago Press, Chicago, 1970. Cf. The Life-Giving Myth, and others Essays. Methuen, Londres 1952.

aportan todos los indicios es que hubo un acontecimiento que fue ocultado y cuyas huellas se borraron. A favor está el hecho de que borrar huellas deja huellas. Este desconocimiento actual se puede considerar como un mecanismo de defensa, no es inocente. La etnología lévi-straussiana, objeto de la crítica girardiana, y otras teorías antropológicas, no quieren ver el crimen en el origen de la cultura y acusan a Girard del influjo de su opción religiosa en su tesis. Según ellos, nuestro autor, introduciría una vinculación entre la universalidad de su tesis y la providencia divina, además de apoyarse en datos antropológicos y etnológicos, basados en la pura evidencia y en la comparación, utilizando indicios extraídos de los mitos, los ritos y la literatura como fuentes. Por todo ello le acusan de fantasioso y reduccionista. Pero esta crítica se desmonta por el aparecer fortuito de lo sagrado en las culturas primitivas, en primer lugar, por su anclaje en la etología, en segundo lugar, y por su capacidad predictiva en los acontecimientos históricos, en tercer lugar.

El crimen no fue perfecto. Dejó huellas en lo religioso, que es universal y cuyas características son reconstruibles empíricamente. El deseo mimético y el mecanismo sacrificial son el núcleo de la teoría de Girard. Esto es aplicable para el autor a la antropología, la filosofía de la cultura y la filosofía de la religión, pero esto, en lugar de ser un obstáculo epistemológico, se constituye en fuerza explicativa y hermenéutica.

La última de las críticas, que es atacar la teoría de Girard por sus convicciones religiosas, es no conocer el origen de la teoría, anterior a su conversión, y cerrarse prejuiciadamente a lo que de claramente revelador tiene su pensamiento para la compresión de la génesis

de la cultura. Hay una incontestable presencia de la religión en las instituciones culturales y en la construcción de las primeras formas conocidas de la civilización, atestiguada de forma general en la historia de las culturas de todo el mundo. Para Girard la conversión no es más que un simple acontecimiento existencial, en principio privado, de carácter religioso, no es el presupuesto precientífico que contamina toda su teoría241. Convertirse significa ser plenamente consciente de que siempre se experimenta el deseo mimético y de que las elecciones propias que creemos autónomas no lo son tanto como

241 OC., Cf. Capt. V. p. 141s.

creemos. Significa también reconocer que gran parte de nuestras acciones y decisiones en nuestras relaciones interindividuales son un acto por el que sacrificamos a otro en favor nuestro, por el que expiamos sobre las espaldas de otro el malestar propio. Con esto la teoría mimética adquiere una dimensión epistemológica digna de respeto y una ética que reclama una reflexión que vaya más allá de las etiquetas o descalificaciones.

Las tragedias griegas, así como la novela moderna, desempeñaron un papel fundamental en el descubrimiento del conflicto mimético. Pero reconoce Girard que la fuente principal son los Evangelios, en los que se manifiesta el papel que cumple el asesinato colectivo.

Frazer ha sido otro de los inspiradores de la teoría mimética, pero sólo hace descripciones de chivos expiatorios por sus efectos, sin detenerse en la figura. Le

obstaculiza su posicionamiento en contra de la religión. No ve que el chivo expiatorio es al mismo tiempo víctima considerada culpable y elemento de reconciliación. Gabriel Tarde reflexiona sobre la imitación y explica a través de ella las relaciones culturales, pero no llega a descubrir la rivalidad mimética y sus consecuencias.

Girard considera que su formación como antropólogo es de ascendencia anglosajona, en especial Radcliffe-Brown y Malinowski. Girard toma la noción de diferenciación binaria de Lévi-Strauss, pero le reprocha que no perciba la crisis mimética y la rivalidad, y expulsa al sacrificio de la cultura, privándole de toda función y significado. Tampoco percibe que el ritual y el mito son dos modos de transición de la indiferenciación a la diferenciación, como en el caso de los hermanos gemelos. En el libro se deja entrever la agria polémica de la teoría mimética con el estructuralismo, pero por parte de Lévi- Strauss sólo se intuye un desdén despreciativo.

Algunos antropólogos actuales consideran que Girard no trabaja sobre el terreno y así no se puede justificar su teoría empíricamente (Elisabeth Traube, Valerio Valeri). Girard responde a esto diciendo que no se considera antropólogo de campo, sólo pretende

establecer una teoría general de la cultura y su evolución a partir de mitos y ritos. Plantea su teoría con los elementos comunes de éstos a lo largo de toda la historia: en toda

cultura hay víctimas y chivos expiatorios, no exclusivamente en la occidental; hay que analizarlos para comprender la singularidad de la aportación judeocristiana. La teoría

pasa de la literatura a la antropología y, de ésta, a la filosofía, pero nuestro autor deja claro que su propósito es científico y que cabe defender como ciencia su análisis textual y su método exegético-hermenéutico. En este sentido resalta la importancia de su visión epistemológica: la ciencia no lo es todo, hay campos del desarrollo simbólico que van más allá de las relaciones universales de la ciencia, que se focalizan en las esencias y en los orígenes.

Por último, acomete la defensa de su teoría frente a los ataques de la teología. Los teólogos consideran el origen de la cultura y la religión propuesto por Girard como demasiado cientifista. Ante esto la postura de Girard es la de aprovechar el método científico en lo posible, haciendo caso omiso a los prejuicios religiosos o de otra consideración y, una vez construida la teoría, utilizarla con intención predictiva para fenómenos sociales; deja la apologética, en el caso concreto del cristianismo, para los que vengan después.

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