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La primera cuestión que es necesario abordar supone analizar qué factores condicionaron la organización de los metalla publica según un sistema de gestión directa o indirecta. Sin duda la respuesta a esta pregunta no es sencilla. El régimen de las explotaciones fue posiblemente el resultado de la combinación de distintos factores, los cuales, además, deben de ser entendidos diacrónicamente, pues se vieron alterados y modificados con el paso del tiempo en la época republicana y en el Imperio.

Desde mi punto de vista, dos son los problemas fundamentales que han dificultado el estudio de los sistemas de gestión de los metalla imperiales:

- En primer lugar, el desigual volumen de información disponible para analizar las distintas zonas mineras, ha ocasionado que se extrapolen los datos conocidos para algunas explotaciones concretas al resto de labores, aunque los contextos geomineros sean totalmente diferentes. Así, por ejemplo, las conclusiones extraídas de las tablas de Vipasca para las minas portuguesas de Aljustrel, han servido para explicar directamente cuestiones relacionadas con la organización y la gestión de otros metalla imperiales que no tuvieron por qué responder a patrones idénticos, lo que ha hecho que se produzcan ciertas distorsiones.

- En segundo lugar, muchas de las aproximaciones se han hecho partiendo de la base de que la elección de un régimen de gestión u otro estuvo motivada, exclusivamente, por el deseo de rentabilizar la explotación del mineral, obteniendo los resultados óptimos de acuerdo a una relación inversión/beneficio. Como ya se ha adelantado (vid. Cap. 2.1.2), esta idea es discutible. Evidentemente esto no equivale a decir que el Estado no obtuvo beneficio alguno de la actividad minera, sino que el afán de lucro o la maximización de beneficio como parte de un contexto económico diferenciado, no fueron objetivos en sí mismos como en la actualidad. Los intereses que orientaron las distintas estrategias productivas no pueden ser comparados con los que han motivado las actividades económicas industriales.

Al hablar del régimen de gestión de los metalla imperiales son otros los factores que hay que tener en cuenta. El primero de ellos es la evolución por parte del poder

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público del concepto de patrimonio imperial. Como se vio, la patrimonialización definitiva del fisco en época flavia, que influyó en la política económica y las medidas que tomaron los emperadores de esta dinastía, debieron de afectar de forma destacada a las minas como posesiones del Estado (vid. Cap. 4.2.2). La reforma en el sistema monetario flavio es además coherente con el programa ideológico desarrollado especialmente bajo Vespasiano y orientado a generar una imagen de orden y estabilidad con la regulación de las acuñaciones. Y lo mismo puede decirse del período abierto a finales del siglo II d.C., cuando ciertos cambios en el papel del Estado y su relación con las provincias se reflejaron en los sistemas de administración y gestión de las zonas mineras. El sistema de gestión de los metalla publica sólo se entiende en relación con estos procesos de definición del poder imperial, de control territorial por el emperador y de su desarrollo y evolución.

En segundo lugar, la influencia de la intervención pública sobre las minas vino condicionada por el mayor o menor control de los emperadores sobre la incorporación de los metales al tráfico monetario y mercantil. Es decir, el tipo de materia prima y el interés estratégico que existió sobre la misma fue determinante a la hora de elegir el sistema jurídico de explotación. Como se ha intentado justificar, el oro tuvo un valor estratégico fundamental para Roma (vid. Cap. 5.1). Este hecho, precisamente, fue el responsable de que se estableciera un sistema de gestión directa por parte del Estado en el Noroeste distinto al de Vipasca. Sin embargo, no hay que entender este argumento de una forma determinista, pues se sabe que en el siglo II d.C. se pusieron en explotación las minas de oro dacias de Roşia Montană con un sistema de explotación indirecta. El interés estratégico de Roma sobre el oro es coherente con la organización de estas minas como metalla publica (bienes controlados por el emperador a través del fisco imperial), pero no explica, por sí solo, que las del Noroeste fueran organizadas según un sistema de gestión directa.

Podría pensarse entonces que más allá del interés por el tipo de materia prima explotada, la clave residió en las propias condiciones geológicas de los yacimientos mineros, un tercer aspecto a considerar. Sin embargo, las condiciones geológicas determinaron los distintos tipos de técnicas mineras que se emplearon dando como resultado explotaciones a cielo abierto y otras subterráneas de distinto tamaño (Domergue, 1990: 25ss; Andreau, 1990), pero no son la causa exclusiva para establecer un tipo de gestión determinado. Ni siquiera se puede argumentar que las labores de mayor envergadura, difícilmente divisibles a priori en concesiones particulares, fueran

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objeto de una organización jurídica concreta. Esto es conocido gracias a los estudios que se han realizado en los últimos años en los yacimientos de origen fluvioglaciar de La Bessa (Biella, Italia) (Sánchez-Palencia et al. 2011), y que fueron explotados entre el siglo II a.C. y mediados del siglo I a.C. (Brecciaroli, 1988: 134; Gambari, 1999: 89; vid.

Img. 30).

Imagen 30.- Panorámica de la zona de Roc di Pé en La Bessa (Biella). Se observan cantos rodados o

ciottoli, acumulados por las labores de explotación. Fuente. EST-AP (IH. CSIC).

A pesar de la envergadura de las labores y de haber sido explotadas por medio de energía hidráulica, en La Bessa se organizó un sistema de gestión a través de locationes muy distinto al que se encuentra en las minas de gestión directa como Las Médulas. Así parece

confirmarlo la cita pliniana que menciona la prohibición de que los publicanos que explotaban estas minas tuviesen trabajando a más de 5.000 hombres (Plin. NH. 33, 78). El sistema de gestión indirecta también se documenta a través del estudio de la morfología de las labores, pues el sistema de concesiones ocasionó una ordenación irregular, lo

que señala la existencia de un sistema de explotación fraccionado (Sánchez-Palencia et Figura 7.- Fotointerpretación de un sector explotado en la zona de Roc di

Pé en La Bessa (Biella). En azul el canal de abastecimiento y depósito. En marrón, canales de evacuación de estériles. Fuente. Sánchez-Palencia

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al. 2006 y 2011) que también se encuentra en otras minas como las republicanas de Cartagena (Orejas y Ramallo, 2004; Antolinos y Soler, 2008; Antolinos et al. 2010; Rico, 2010; Orejas y Rico, 2015) y las minas de época imperial de Vipasca (Lazzarini, 2001; Mateo, 2001 y 2012; Orejas, 2002c; Pérez Macías y Delgado Domínguez eds. 2007). Esta morfología (vid. Fig. 7) difiere claramente con la documentada en los frentes de explotación de las minas de oro de Las Médulas, en las que también se empleó la fuerza hidráulica, pero en las que no se observa un espacio productivo fragmentado dependiendo de la distribución de las labores, sino distintas etapas de explotación (Pérez García y Sánchez-Palencia, 2000).

En definitiva, todo apunta a que fueron en realidad varios factores los que determinaron que las minas de oro en el Noroeste fueran explotadas por el fisco imperial de forma directa, a través de su personal administrativo y el ejército. De hecho, es probable que no se pueda definir un único motivo, sino que detrás de la definición del sistema de gestión se encontrase una variedad de razones. Entre ellas, una de las claves fundamentales fue la necesidad de establecer en el Noroeste un control territorial efectivo de amplia escala que permitiera gestionar directamente unas explotaciones de enorme envergadura, donde los trabajos fueron definidos por Plinio como opera vicerit Gigantium (Plin. NH. 3, 21, 70). La infraestructura implicaba un control regional que sólo era posible por parte del Estado. Sin embargo, tampoco este argumento puede entenderse como explicación totalizadora. El mapa de las labores mineras del Imperio se fue construyendo a lo largo de los siglos de explotación, a medida que Roma fue conquistando nuevos territorios y fue enfrentándose a la gestión de distintos yacimientos, pasando por la explotación de los occupatores, de los publicanos y del vectigal incertum (Ñaco, 2003: 118-123), a los metalla publica de gestión directa o indirecta que recogía Domergue (1990: 302-307).

Que fuera a inicios del Principado cuando Roma optó por organizar un sistema de gestión directa en el Noroeste no es una cuestión baladí. En su decisión se conjugaron varios factores. En primer lugar, en este momento Roma contaba con los recursos necesarios: un amplio y eficaz control sobre los amplios territorios en los que se desarrollaron las labores mineras y la red hidráulica. En segundo lugar, disponía de los conocimientos técnicos requeridos, los cuales había adquirido en sus experiencias republicanas previas. Por último, poseía interés por reformar el sistema monetario y controlar directamente el oro necesario para su mantenimiento. A todo ello habría que sumar la propia articulación territorial de esta región a través del sistema de civitates

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tributarias que pudo resolver la cuestión de la mano de obra sin necesidad de pasar por un sistema de concesiones mineras. Todos estos elementos contribuyeron a que Roma optase por el sistema de gestión directo documentado en el Noroeste. Pero ésta no fue ni una solución exclusivamente adoptada en esta región ni la única que aplicó Roma en todo el Imperio. De hecho, como se está comprobando, la definición de los regímenes de gestión formó parte de un proceso y las distintas soluciones adoptadas, se fueron adaptando a los intereses estratégicos concretos que tuvo Roma en cada momento. Después de completar la conquista de Hispania en época de Augusto, Roma se hizo con el control de nuevos territorios que poseyeron zonas mineras y se tuvo que enfrentar a nuevos retos en otras provincias.

Gracias a los estudios que se han desarrollado en las últimas décadas, se dispone de un mapa cada vez más preciso sobre la ubicación de las principales labores mineras del Imperio. En los últimos años, a los estudios de regiones concretas, se han sumado los intentos por compendiar la información disponible (Orejas, dir. 2003; Domergue, 2008; Hirt, 2010, ésta última más centrada en aspectos organizativos y de gestión de las minas; Sánchez-Palencia y Orejas, 2012; Orejas y Rico, eds. 2012). Pero estos intentos de sistematización se han visto limitados por diversos problemas.

En ocasiones, las labores antiguas apenas son identificables sobre el terreno. No siempre se cuenta con restos de envergadura y muchas veces las labores sólo se detectan por el hallazgo de escorias o estructuras como depósitos, canales o cortas mineras poco visibles. Por otra parte, muchas de estas labores continuaron tanto en fase preindustrial como industrial, por lo que no es fácil identificar las explotaciones de época antigua. A estos problemas se suma la escasez de estudios en muchas regiones, pues son muy pocos los casos que han sido objeto de investigaciones profundas, con sólo algunas excepciones. Esto genera un desequilibrio en las informaciones, pues áreas mineras muy importantes como la ilírico-balcánica o la greco-macedónica, son muy mal conocidas. Futuros proyectos de investigación en estas regiones podrían cambiar la visión parcial con la que ahora se cuenta.

A pesar de ello, con los datos disponibles es posible profundizar algo más en dos nuevas áreas mineras de oro que fueron puestas en explotación por Roma a mediados del siglo I d.C. y el siglo II d.C. y que se sumaron a las ya existentes. Se trata, concretamente, de las minas de Dolaucothi (Gales) y las de Roşia Montană (Rumanía). En estas zonas, el Estado se sirvió de la experiencia acumulada a la hora de poner en marcha zonas mineras previas, pero a la vez adaptó su gestión a los intereses de cada

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caso concreto. Su interés reside en que han sido objeto de investigaciones de entidad que han aportado datos para su mejor conocimiento. Por otro lado, se trata de minas de oro, por lo que tuvieron un interés estratégico similar al de las del noroeste hispano. Además, su puesta en marcha es coetánea a la explotación de las minas del Noroeste. Por estos motivos, en las páginas siguientes se verá el desarrollo de estas zonas, con el fin de profundizar en cómo Roma fue variando los sistemas de gestión a lo largo de la historia de la minería.

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