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El conflicto es un problema o inconveniente que enfrenta a individuos, colectivos o sociedades, vinculado a situaciones complejas que se desarrollan en contextos sociales, económicos, culturales, religiosos o profesionales.

Conflicto, del latín conflictus, significa combate, lucha, pelea o apuro; es una situación desgraciada y de difícil solución; es la coexistencia de tendencias contradictorias en el individuo capaces de generar angustia y trastornos neuróticos; representa el momento de la batalla más dura y violenta12. El conflicto constituye un obstáculo para tomar decisiones

siendo, por tanto, una dificultad para llevar a cabo acciones o determinadas empresas. Esta problemática exige el desarrollo de estrategias específicas para poder abordarlo.

Según Robbins (2004), el conflicto es un proceso que comienza cuando un individuo percibe que otro ha afectado o tiene intención de afectar aquello que es objeto de su interés. El autor describe tres perspectivas según las cuales el conflicto ha sido históricamente concebido: en primer lugar, el enfoque tradicional concibe el conflicto como perjudicial, por lo que aconseja evitarlo. En segundo lugar, la perspectiva de las relaciones humanas parte de la idea que el conflicto es el resultado natural e inevitable en el hombre como ser social. Y en tercer lugar, la perspectiva interaccionista apunta que los conflictos son, además de inevitables, necesarios para generar fuerzas positivas en un grupo, especialmente si son conflictos de baja intensidad, puesto que permiten potenciar la creatividad y la autocrítica, aumentando así las capacidades y posibilidades de éste.

Si bien el conflicto se genera a partir de la intuición que algo o alguien ataca los intereses propios, ésta percepción es condición necesaria pero no suficiente para generar conflicto, puesto que parecen estar presentes, también, grados de emoción y de agresividad a partir de los cuales el conflicto se manifiesta y trasciende más allá de la percepción del individuo.

Pero, ¿qué caracteriza el conflicto ético o moral? Parece ser que en su génesis estarían presentes otros conceptos como son correcto/incorrecto, bueno/malo, mayor/menor

interés para uno mismo, legal/ilegal. La conflictividad ética o moral se presenta cuando se enfrentan entre sí actitudes o tendencias que derivan de valores o principios éticos. Beauchamp & Childress (1999) y Johnstone (2009) coinciden al afirmar que un problema concierne a lo ético o moral cuando repercute, en primer lugar, en la promoción y la protección del bienestar y la atención de las personas, incluidos los intereses personales de no sufrir innecesariamente; en segundo lugar, en la respuesta a las necesidades básicas e intereses primordiales de las personas; y, en tercer lugar, en la determinación y justificación de aquello que constituye una conducta correcta o incorrecta en cada situación.

Siguiendo estas premisas, una persona podría entrar en conflicto ético si se encontrara en alguna de las siguientes circunstancias:

- Intuye que alguien o algo vulnera o puede vulnerar el bienestar de las personas de las que uno es responsable.

- Necesita escoger entre dos o más opciones que enfrentan entre sí valores y principios éticos para poder decidir y actuar en consecuencia.

- Debe actuar y no reconoce qué es lo mejor, lo correcto, lo bueno.

- Observa que aquello que considera correcto o bueno no es respectado por

otros.

- Sabe qué es lo correcto, lo bueno, lo mejor, pero no puede actuar en consecuencia debido a elementos externos a su voluntad.

Por otra parte, en el análisis de lo referente al conflicto y la conflictividad ética, deviene necesario clarificar los términos de “ética” y “moral”. En este sentido, parece haber un acuerdo general a la hora de afirmar que tanto en el ámbito social como en el profesional los términos ética y moral se utilizan de forma casi sinónima (Anton, 2003; Cortina, 1996; Davis & Aroskar, 1991; Kelly & Joel, 1999; Thompson et al., 2006), puesto que no hay diferencias significativas entre ellos cuando se utilizan en estos contextos y, según afirma Johnstone (2009), entrar a analizarlos en el debate profesional de las ciencias de la salud puede generar más confusión que claridad.

Sin embargo, desde otras perspectivas hay diferencias entre ética y moral que deben considerarse. Desde un punto de vista etimológico, el término ética proviene del griego

ethos/ethikos y la palabra moral proviene del latín mores/moralitas y significan, ambas, “perteneciente a la costumbre” o “hábito”. Aunque son conceptos de significado similar, motivo por el cual estaría justificada su sinonimia en el lenguaje común, debe tenerse en cuenta que el nacimiento de la filosofía ha aportado un nivel de análisis reflexivo que justifica que, desde esta perspectiva, ética y moral deban diferenciarse por ser conceptos distintos. La ética es la parte de la filosofía que reflexiona sobre la Moral (Beauchamp & Childress 1999; Burkhardt et al., 2010; Cortina, 1996).

Para Cortina (2000) las diferencias entre moral y ética no se deben a razones etimológicas sino que se deben a imperativos lógicos ya que ética y moral configuran dos niveles distintos de pensamiento y lenguaje. “Ética y moral se distinguen simplemente en que mientras la moral forma parte de la vida cotidiana de las sociedades y de los individuos, no inventada por los filósofos; la ética es un saber filosófico. Precisamente porque la etimología de ambos términos es similar, está sobradamente justificado que en el lenguaje cotidiano se tomen como sinónimos, pero en el ámbito filosófico, donde es necesario distinguir entre estos dos niveles de reflexión, se emplea la palabra moral para designar lo que forja un buen carácter en la vida cotidiana y ética para lo que la filosofía reflexiona sobre la forja del carácter” (Cortina, 1996, p. 15). En la misma línea se sitúa Román (2011) cuando afirma, en torno a la ética de las prácticas del cuidado, que la moral se ocupa de aquello que debemos hacer, de la acción; y la ética se ocupa del motivo por el que hemos de actuar así y no de otra forma.

La moral implica la conducta humana correcta o incorrecta que ha alcanzado un consenso entre la sociedad, según la costumbre y la tradición; por ello integra las normas de conducta humana socialmente aprobadas (Beauchamp & Childress, 1999). Las reglas y los valores morales se aprenden a partir de muchas fuentes, como son el ámbito familiar, la pertenencia a un grupo étnico y social; y la influencia de la religión y las estructuras legales (Beauchamp & McCullough, 1987; Kelly & Joel, 1999). En relación a éstas últimas, Cortina (1996) considera que la religión y el derecho son los vecinos de la moral, por ser necesarios para la vida humana y ser complementarios; y constata que la palabra “moral” ha sufrido en las últimas décadas otras connotaciones por parte de determinados sectores de la

sociedad, connotaciones no del todo positivas asociadas a la autoridad y a la imposición de los preceptos religiosos.

Desde un nivel de análisis reflexivo, la ética es el estudio objetivo de los sistemas morales (Thompson et al., 2006) y la reflexión filosófica sobre las normas y prácticas de la moral (Burkhardt et al., 2010). Para Valls (1998), la categoría fundamental de la ética es el deber, concepto que la diferencia de otras disciplinas científicas y que se ocupa de la praxis

humana en relación a la naturaleza. En este mismo sentido, Kelly & Joel (1999) afirman que para ser una persona ética ésta debe añadir a sus acciones diversos grados de crítica y de juicios racionales y reflexivos en sus decisiones.

Por todo ello, podría afirmarse que la ética va ligada al pensamiento y la reflexión; y la moral va ligada a la acción. Así lo expresa José Luis López Aranguren (1994) al definir la moral como la “moral vivida” y la ética como la “moral pensada”; y en la misma dirección, en relación a la ética del cuidado, Román (2011) enfatiza que “es necesaria más ética, reflexión crítico racional, que mero hacer, que mera moral” (p. 311).

Finalmente, si bien desde la filosofía “ética” y “moral” constituyen niveles distintos de análisis, se observa que desde otras disciplinas esta distinción no está tan clara, como sucede en enfermería, medicina o otras ciencias de la salud, donde según la bibliografía, los foros y los expertos consultados, se utilizan frecuentemente como términos sinónimos al descartar la voluntad de entrar en el análisis reflexivo, que corresponde a los filósofos. En la misma línea, en esta investigación, después de un proceso reflexivo y consultivo, se ha considerado conveniente utilizar el término conflictividad ética mejor que conflictividad moral cuando se nombra el fenómeno en conjunto y desde una perspectiva externa, puesto que se analiza éste más allá de la vivencia particular del conflicto por parte del profesional de enfermería. Del mismo modo, se ha optado por utilizar el término moral para cada tipo de conflicto, con el fin de acentuar el carácter experiencial o vivencial del problema, más que reflexivo.

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