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CHAPTER 3: INSTRUMENT DEVELOPMENT (1): ITEM GENERATION,

3.6 The Large-Scale Data Collection

Uno de los artículos más emblemáticos de esta etapa de Lacan en que el orden simbólico ocupa el lugar protagónico, “La instancia de la letra en el inconsciente” (1957), tiene como subtítulo la siguiente aclaración: “o la razón desde Freud”. Como una declaración de intenciones, Lacan localiza en el inconsciente la nueva sede de lo racional, entendido esto como lo que legisla –legisla el conocimiento, la ordenación del mundo, la identidad del sujeto pero también su acción y su moral–. Y lo que legisla tiene forma lingüística, porque como Lacan repite hasta la saciedad, «el inconsciente está estructurado como un lenguaje». Las leyes que acabamos de abordar son, ciertamente, la condición de toda función significante en la cadena discursiva, pero también, por el carácter trascendental de lo simbólico, la condición de todo pensamiento posible, empezando por lo más constituyente, a saber: el inconsciente. Es preciso indicar, como ya lo hiciera Lacan en los años setenta –probablemente motivado por la necesidad de aclarar malentendidos–, una jerarquía lógica y cronológica entre lenguaje e

68 «Es pues entre el significante del nombre propio de un hombre y el que lo cancela metafóricamente

donde se produce la chispa poética». “L’instance de la lettre dans l’inconscient ou la raison depuis Freud”, en E, p. 508.

inconsciente: «me veo forzado a marcar bien [...] que no es lo mismo decir que “el inconsciente es la condición del lenguaje” que decir que “el lenguaje es la condición del inconsciente”. Lo que yo digo es que el lenguaje es la condición del inconsciente» (SXVII 14/01/1970)69. De ello se deriva que, tal como el lenguaje cesaba de concebirse como una destreza o un recurso del ser humano para pasar a ser lo que desde afuera lo condiciona y compone, el inconsciente ha de sufrir una transformación similar bajo el prisma de Lacan.

Psicoanálisis y lingüística se hermanan en este dictum presente en el discurso de Lacan al menos desde el seminario de 1955-195670. La preeminencia del lenguaje en el territorio de lo humano va a resultar correlativa e indisociable de la preeminencia de lo inconsciente que puso de relieve el descubrimiento de Freud y que posteriormente recalcó, entre otros, Lévi-Strauss71. El estudio del orden simbólico requiere necesariamente una teoría del inconsciente, pues el hallazgo de éste «es el del campo de las incidencias, en la naturaleza del hombre, de sus relaciones con el orden simbólico» (E 275)72. El interés de Lacan por la lingüística se explica, además, por el hecho de que ésta proporciona una herramienta para tejer una comprensión rigurosa del inconsciente, más allá de los datos contingentes de la experiencia analítica –a pesar de que esos mismos datos empíricos sirven, como ya vimos, para confirmar que la estructura del lenguaje se encuentra también en el inconsciente73–: «un buen día me di cuenta de que era difícil no entrar en la lingüística a partir del momento en que se había descubierto el inconsciente» (SXX 19/12/1972)74. Este abordaje lingüístico promueve que el inconsciente se dibuje en la argumentación de Lacan como un «ello habla» –ça parle– destilado de su teoría del significante.

Sin embargo, aunque el inconsciente sea para Lacan lo que determina y constituye a los sujetos desde su estructura lingüística, esto no implica, como ya permite intuir la idea de que el lenguaje es la condición del inconsciente y no a la inversa, una reubicación de la esfera trascendental de las condiciones en el ámbito de la subjetividad; por el contrario, el inconsciente es entendido de un modo particular, como algo completamente ajeno a un presunto interior recóndito del individuo. De hecho, en el seminario de 1964 –Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis–, Lacan explica que el funcionamiento del inconsciente encuentra su modelo en el juego combinatorio del lenguaje que opera por su propia espontaneidad, sin depender de la intención de sujeto alguno, es decir, de manera presubjetiva75. Desde estas premisas

69 Ciertamente, en esta época el pensamiento de Lacan ha experimentado un viraje importante, pero para

la cuestión que nos ocupa, la adscripción temporal carece de relevancia.

70 «En su fondo, el inconsciente está estructurado, tramado, encadenado, tejido de lenguaje»; SIII,

01/02/1956.

71 «Los fenómenos fundamentales de la vida del espíritu, aquellos que la condicionan determinando sus

formas más generales, se sitúan dentro del pensamiento inconsciente. El inconsciente sería, pues, el elemento mediador entre yo y los demás». C. Lévi-Strauss, “Introducción a la obra de Marcel Mauss”, en Marcel Mauss, Sociología y antropología, Madrid, Tecnos, 1971, p. 28.

72 Cfr. “D’une question préliminaire à tout traitement possible de la psychose”, en E, p. 546: «[...] la

articulación simbólica que Freud descubrió al mismo tiempo que el inconsciente, y que le es efectivamente consustancial».

73 «Es toda la estructura del lenguaje lo que la experiencia analítica descubre en el inconsciente».

“L’instance de la lettre”, en E, p. 495.

74 Cfr. SXI, 22/01/1964: «En nuestros días, en el tiempo histórico de formación de una ciencia, que

podemos calificar de humana pero que hay que distinguir claramente de toda psicosociología, a saber, la lingüística, cuyo modelo es el juego combinatorio que opera en la espontaneidad, por completo solo, de una manera presubjetiva, es esta estructura la que confiere su estatuto al inconsciente. Es ella, en cualquier caso, la que nos asegura que bajo el término de inconsciente hay algo cualificable, accesible de una manera enteramente objetivable».

cabe observar que la otra sentencia célebre de Lacan sobre el inconsciente, «el inconsciente es el discurso del Otro» –presente en sus enseñanzas desde el seminario de 1953–, insiste en que esta instancia no tiene que ver con un discurso propio aunque velado, sino con algo que procede de una alteridad radical.

El inconsciente deja de ser lo que se oculta en las entrañas o las profundidades del yo para convertirse en lo que desde afuera –como el lenguaje– incide en el sujeto, es decir, el inconsciente es el efecto de la circulación del significante sobre el sujeto, y ese efecto es lo que hace posible toda experiencia: la «exterioridad de lo simbólico con relación al hombre es la noción misma del inconsciente» (E 469); «para nosotros, el sujeto tiene que surgir del dato de los significantes que lo recubren en un Otro que es su lugar trascendental» (E 656). Esta nueva concepción, que se mueve en el ámbito de la eficacia del símbolo en el universo humano, deja atrás la idea, teñida de biologismo, de que el inconsciente sería la sede de los instintos y un campo de batalla entre tendencias cuasi-animales. Así, pues, frente al inconsciente conflictual e instintivo que esbozaba Freud, Lacan apela a un inconsciente diferencial y lingüístico: del sistema nervioso se pasa al sistema del lenguaje. Su crítica de la conciencia no reintroduce de este modo una instancia misteriosa, profunda y blindada empíricamente –una instancia = X– en el seno del sujeto, una entidad que serviría de término explicativo para todo76, sino que se atiene a un inconsciente estructural y trascendental que opera en la superficie como fruto de los juegos del lenguaje.

A partir de estas coordenadas, el inconsciente aparece como el lugar por excelencia de la palabra, menos como lo que subyace a la conciencia y más como lo que rebasa al individuo y a la vez lo hace posible; de ahí que Lacan rechace el epígrafe de “psicología de las profundidades”. «El inconsciente es aquella parte del discurso concreto en cuanto transindividual que falta a la disposición del sujeto para restablecer la continuidad de su discurso consciente» (E 258). La pura exterioridad de un discurso transindividual y pre-subjetivo hace desaparecer la paradoja que adviene si se refiere el inconsciente a una realidad individual77. En el artículo que encabeza sus Escritos, “El seminario sobre La carta robada”, el cuento de Poe es empleado como ilustración de la determinación que el sujeto recibe de la cadena significante: el inconsciente de los personajes del relato no se sitúa en absoluto en oscuros escondites de su intimidad, sino en la superficie misma de las cosas, en concreto en la carta que circula y que define a los sujetos en sus actos según cómo se relacionen con ella78.

Como consecuencia de la primacía del lenguaje, el sujeto queda descentrado, reducido a efecto en lugar de principio, descubierto en su condición de gobernado y no de gobernante. Las trazas de esta idea están ya en la obra de Freud y en el estatuto

76 «La fuerza sirve en general para designar un lugar de opacidad». SXI, 22/01/1964.

77 Las paradojas surgen desde el momento en que se defiende la existencia de una instancia inconsciente a

la que nos está vedado el acceso y cuyos contenidos nos son, por tanto, constitutivamente incognoscibles. Sartre, entre otros, señala esta paradoja en L’être et le néant. Para que la censura pueda decidir qué contenidos mentales pasan a la consciencia y cuáles no, debe conocer lo que va o no a reprimir, es decir, debe ser consciente de ellos. Pero inmediatamente después, el sujeto no puede tener consciencia de tales contenidos, en la medida en que son reprimidos. Esta crítica de Sartre al psicoanálisis se conoce como la

falacia homuncular: al tratar de solucionar un problema, lo reproduce recursivamente en el interior del

sujeto. «Por haber rechazado la unidad consciente de lo psíquico, Freud se ve obligado a sobrentender por doquiera una unidad mágica que vincula los fenómenos a distancia y por encima de los obstáculos […]. La explicación por la magia no suprime la coexistencia –al nivel inconsciente, al nivel de la censura y al de la conciencia– de dos estructuras contradictorias y complementarias, que se implican y se destruyen recíprocamente. Se ha hipostasiado y “cosificado”, pero no evitado, la mala fe». En J. P. Sartre, El ser y

la nada, Buenos Aires, Losada, 2005, p. 103.

78 «El inconsciente es que el hombre esté habitado por el significante». “Le Séminaire sur La Lettre volée”, en E, p. 35. Cfr. también SII, 24/04/1955: «para cada uno, la carta es su inconsciente».

epistemológico de su descubrimiento del inconsciente. Lacan considera el hallazgo freudiano, al hilo de la presentación que hace el propio Freud79, como una genuina revolución copernicana80 que socava los cimientos de la ontoepistemología tradicional: El paso de Freud no se explica por la simple experiencia caduca del hecho de tener que cuidar a tal o cual; este paso es realmente correlativo a una revolución que se instaura en todo el campo de lo que el hombre puede pensar de sí y de su experiencia; en todo el campo de la filosofía, pues hay que llamarlo por su nombre (SII 19/05/1955).

Pero esta revolución copernicana no se limita a permutar un centro por otro, a retirar a la conciencia sus prerrogativas para entregárselas a un inconsciente subjetivo, individual y substancial. No se trata de colocar la Tierra allí donde se creía que estaba el Sol, no se trata meramente de hacer de la conciencia un satélite girando en torno al núcleo profundo del inconsciente. Antes bien, con el descubrimiento del inconsciente se pone en tela de juicio la misma idea de centro. Por otro lado, el paso del geocentrismo al heliocentrismo viene acompañado, en la cosmología de Copérnico, por el dato de un movimiento añadido: la Tierra, además de orbitar en torno al Sol, gira sobre su propio eje. Siguiendo con la analogía, el punto de vista de un sujeto que gira sobre sí mismo es una perspectiva que pierde todo sistema de referencia, un puesto de observación vertiginoso que no cuenta más con un centro que asegure la constancia de su posición. El centro está vacío, pues el inconsciente se revela como un afuera lingüístico que condiciona y determina desde otro lugar. En este sentido, Lacan terminará por reivindicar la figura de Kepler más que la de Copérnico:

79 «En el curso de los tiempos, la humanidad ha debido soportar de parte de la ciencia dos graves afrentas

a su ingenuo amor propio. La primera, cuando se enteró de que nuestra Tierra no era el centro del universo, sino una ínfima partícula dentro de un sistema cósmico apenas imaginable en su grandeza. Para nosotros, esa afrenta se asocia al nombre de Copérnico, aunque ya la ciencia alejandrina había proclamado algo semejante. La segunda, cuando la investigación biológica redujo a la nada el supuesto privilegio que se había conferido al hombre en la Creación, demostrando que provenía del reino animal y poseía una inderogable naturaleza animal. Esta subversión se ha consumado en nuestros días bajo la influencia de Darwin, Wallace y sus predecesores, no sin la más encarnizada renuencia de los contemporáneos. Una tercera y más sensible afrenta, empero, está destinada a experimentar hoy la manía humana de grandeza por obra de la investigación psicológica; esta pretende demostrarle al yo que ni siquiera es el amo en su propia casa, sino que depende de unas mezquinas noticias sobre lo que ocurre inconcientemente en su alma. Tampoco fuimos nosotros, los psicoanalistas, los primeros ni los únicos en hacer este llamado a mirar dentro de la propia casa; pero parece estarnos deparado sustentarlo con gran insistencia y corroborarlo con un material empírico al alcance de cualquiera. De ahí el rechazo general a nuestra ciencia, el descuido por todos los miramientos de la urbanidad académica y el hecho de que la oposición se haya sacudido todos los frenos que impone la lógica imparcial; y a esto se suma, como pronto escucharán ustedes, que estamos destinados a turbar la paz de este mundo todavía de otras maneras». S. Freud, Conferencias de introducción al psicoanálisis, en Obras Completas, volumen XVI, pp. 260-261.

80 Expresión que coincide con la que emplea Kant en su Crítica de la razón pura, cuya revolución

consiste en el descubrimiento de que «no conocemos a priori de los objetos sino lo que nosotros mismos hemos puesto en ellos» (KrV B XVIII) –descubrimiento que está estrechamente emparentado con las tesis de Lacan–. Vid. “La chose freudienne ou sens du retour à Freud en psychanalyse”, en E, p. 401: «no está fuera de lugar evocar la elección por la cual permanecerá ligada [la misión de Freud], esta vez para siempre, a una revolución del conocimiento a la medida del nombre de Copérnico: entiéndase el lugar eterno del descubrimiento de Freud, si se puede decir que gracias a él el centro verdadero del ser humano no está ya en el mismo lugar que le asignaba toda una tradición humanista». Cfr. SII, 17/11/1954: «podríamos sorprendernos de una tal atracción, es decir, subducción o subversión, si la noción freudiana de yo no fuese aquí subvertida hasta tal punto que merece que se introduzca a propósito de ella la expresión de revolución copernicana».

El punto álgido, como se les ocurrió percibir a algunos, no es Copérnico, sino más bien Kepler, debido a que en él la cosa no gira de la misma manera: gira en elipse, y eso ya cuestiona la función del centro. En Kepler las cosas caen hacia algo que está en un punto de la elipse llamado foco, y, en el punto simétrico, no hay nada. Esto ciertamente es un correctivo respecto a esa imagen de centro (SXX 16/01/1973).

El descentramiento que hace de la noción de revolución –copernicana o kepleriana– algo pertinente se inserta con el psicoanálisis en el seno de la propia contextura identitaria del sujeto. De Kant a Freud y Lacan, la revolución pasa del objeto al sujeto: si el primero terminaba con la equivalencia entre objeto de conocimiento y cosa en sí, con la distinción entre esencias y apariencias y con la dicotomía tajante entre lo objetivo y lo subjetivo a través de la introducción de una esfera con el dorsal número tres –la esfera de las condiciones de posibilidad de la experiencia–, Freud propició la quiebra de la identidad entre sujeto y ego, entre pensamiento y consciencia81, con la irrupción del inconsciente.

Si el yo se ve desposeído de sus privilegios tradicionales y de su índole originaria es justamente a causa del hallazgo de la esfera autónoma del lenguaje, que hasta entonces había sido supeditada a las categorías de objeto y sujeto. El lenguaje ya no es la manifestación de un sujeto que piensa, conoce y expresa lingüísticamente sus experiencias y reflexiones; tampoco es el medio de transmisión de un contenido objetivo preexistente. Por el contrario, los hechos del lenguaje se vuelven autónomos y constituyentes en sí mismos. Y este lenguaje es el que provoca una escisión insalvable en la subjetividad: Lacan alega que el sujeto del inconsciente –en francés “je”– ocupa una posición de excentricidad con respecto al yo –en francés “moi”–, instancia imaginaria en la que el individuo tiende a alienarse y de la que proceden todas las ilusiones acerca de una presunta identidad substancial y estable: «El yo (je) es precisamente lo más desconocido por el campo del yo (moi)» (SII 17/11/1954); de ahí que el inconsciente sea el discurso del Otro (E 16).

Pero más que de un dualismo subjetivo, quizás sería más pertinente hablar de la figura de un sujeto que deviene acéfalo o dislocado, sin centro:

Si existe una imagen que podría representarnos la noción freudiana del inconsciente ella es, sin duda, la de un sujeto acéfalo, un sujeto que ya no tiene ego, que desborda al ego, que está descentrado con relación al ego, que no es del ego. Y sin embargo es el sujeto que habla (SII 16/03/1955).

Así, pues, el juego soberano y unificado de la conciencia que está cierta de su identidad es rechazado como elemento explicativo, para confesarse una construcción ideológica que preside las creencias del sentido común.