CHAPTER 2: LITERATURE REVIEW: INCLUSIVE EDUCATION
2.6 HOW TO DETERMINE THE LEVELS OF SUPPORT NEEDED BY THE LEARNER
2.6.4 Learners who might fall the Very High Range (Level 5): Scenario D
com o M aclntyre, señalan que él m ism o violó). Es necesario tener una descripción del hombre, o una antropología filosófica, para poder saber qué se le puede ordenar, qué le com pete cumplir, ya que la ética vendrá a ser el cam ino para realizar su propia esen cia y llegar a ser lo que puede ser. N unca se le ha de exigir lo que no puede, y m uchas éticas, por no tener cuidado a la hora de estu diar al hom bre, le dan reglas incum plibles, por ser de una ética inhumana, no para hom bres sino para robots o m áquinas. En Hume tenem os la form ación de virtudes, pero dependiente de los sentim ientos, concretam ente de los de utilidad y de sim patía, con lo cual parece haber colocado a la ética en una equivocidad muy grande.
Kant
La preocupación más fuerte de Emmanuel Kant (1724-1804) fue la ley moral o im perativo categórico.14 El m ism o dijo que dos cosas eran las que más le apasionaban: “El cielo estrellado sobre mí y la ley m oral dentro de m í” .15 Por eso lo que m ás le interesa establecer es la existencia de una ley moral para el hom bre. Los lugares principales en los que desarrolla su ética son la Funda-
mentación de la m etafísica de las costum bres (1785), la Crítica de la razón p rá ctica (1788) y la M etafísica de las costumbres
(1797).
Según la Fundam entación de la m etafísica de las costum bres, la ética se basa en un dato prim itivo: el deber. N uestra concien cia nos proclam a que hay un deber, una ley que ordena lo que debe de ser, independientem ente de lo que ha sido, es o será. Este dato de razón está por encim a de cualquier hecho em pírico. El m andato de esta ley es categórico, es un im perativo categórico.
14 H. J. Patón, T he C a teg o rica l Im peraíive. A S tu d y in K a n t's M o ra l P h ilo so p h y, N ew Y ork - E vanston: H arp er and R ow , 1967 (reim pr.), pp. 129 ss.
15 1. K ant, C ritica d e la razón p rá c tic a , co n clu sió n ; M éxico: U A M - M. A. Porrúa, 2001.
Pero el bien m oral no depende de la conform idad de nuestras ac ciones con un bien suprem o; ésta ha sido la m anera que han seguido los m oralistas antes de Kant; allí la ética depende de un objeto, de su materia. Para Kant, la ética depende de la forma, del im perativo considerado en sí mismo, independientem ente de cualquier bien, de cualquier contenido. De esta m anera, la ética de Kant es formal, sin contenido material (valorativo o id e o ló g i co),'sin ningún apoyo en lo em pírico, sino solam ente en lo racio nal y a priori. Tal es la autonom ía de la m oral, depender sólo del deber; depender de otra cosa sería sujetarla a una heteronom ía. Por ejem plo, hacer que la ética busque la felicidad, el placer o la utilidad es buscar algo que no es ella mism a, con lo cual deja de ser autónom a y se vuelve heterónom a. Así, el deber es un abso luto, no depende de ningún bien que sea su fundam ento; eso sería hacerlo un im perativo hipotético, relativo (“ Haz esto si quieres alcanzar este bien o ideal”), y tiene que ser categórico, absoluto. Una acción no es obligatoria porque es buena, es buena porque es obligatoria. El im perativo es una regla práctica que hace necesa ria una acción que de suyo sería contingente; y, si es categórico, la hace obligatoria de m odo absoluto (apodíctico-práctico): “La representación de un principio objetivo, en tanto que es constric tivo para una voluntad, llám ase m andato (de la razón), y la fór mula del m andato llámase im perativo" ,16
La condición para la m oralidad es la buena voluntad o inten ción recta. Ella es la que hace morales los actos. N os m ueve a cum plir un im perativo categórico no para obtener una ventaja, sino sólo para cum plir la ley. Es una revolución copernicana en moral: no depende de los resultados de la acción, ni siquiera de que se apegue al deber, sino qué lo cum ple tam bién por deber. Esto últim o es actuar con buena voluntad y recta intención. Es obedecer la ley porque se am a la ley. Por eso la m oralidad no de-
16 I. K ant, F u n d a m e n ta c ió n d e la m e ta física d e las co stu m b re s, II; B u en o s A ires - M éxico; F.spasa-C alpe, 1946.
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pende de los buenos sentim ientos, que la harían interesada. El único sentim iento que cabe frente a la ley es el de respeto. Es un sentim iento agradable por hacer lo que se debe. La buena volun tad está del lado de la razón, pues para K ant la voluntad no es otra cosa que la m ism a razón práctica; y, si es buena, se hace moral. A sim ism o, la buena voluntad es autónom a, ella es su propio y único fin, es un fin en sí misma. No se im pone la ley m oral desde fuera, ni siquiera por un Dios, ya que se la obedecería por m iedo, am or o interés, y ninguno de esos sentim ientos es una m otivación moral; sería una ética heterónom a y no autónoma. La buena voluntad es razonable y libre; no depende ni de sus resultados; aunque sus esfuerzos no llegaran a nada, “sería esa buena volun tad como una jo y a brillante por sí m ism a, como algo que en sí m ism o posee su pleno valor. La utilidad o esterilidad no pueden ni añadir ni quitar nada a ese valor” .17
La ley m oral adquiere diversas form ulaciones. K ant le da cua tro principales:18, 1 - “Obra sólo según una m áxim a tal que pue das querer al m ism o tiem po que se tom e ley universal” . Es la fór m ula de la ley universal. A lude a la universalización de una acción, la cual es el criterio para identificar una acción como con form e al ideal de la ley. 2 .- “Obra com o si la m áxim a de tu acción debiera tom arse, por tu voluntad, ley universal de la naturaleza” . Es la fórm ula de la ley natural, derivada de la anterior. 3 .- “Obra de tal modo que uses la hum anidad, tanto en tu persona com o en la persona de cualquier otro, siem pre com o un fin al m ism o tiem po y nunca solam ente como un m edio” . Es decir, la persona hu mana, razonable y libre, es el fin de la ley, nunca un medio. Cuando se usa com o un m edio, el hom bre que lo hace se degra da. Es el respeto absoluto por la persona, que es el fundam ento del deber y del derecho, y se deriva de las dos fórm ulas anterio res. 4 - “O bra com o si fueras legislador al m ism o tiem po que
17 I b i d , I.
Ibid., II. *
súbdito en la república de las voluntades libres y razonables” . Se sigue de la anterior, porque si las voluntades se tom aran a sí m is mas com o fines, form arían un “reino de los fines”, en el que todos actuarían responsablem ente. 5 - “O bra exteriorm ente de tal manera que tu libertad pueda ser acorde con la libertad de cada uno, siguiendo una ley general de libertad para todos” . Se sigue de las anteriores reglas y constituye el principio m oral que funda y regula el derecho.
C om o se puede apreciar, K ant centra su ética en el deber m oral.19 De todos m odos, K ant postula la existencia, en el hom bre, de la libertad, que es la que posibilita el sentido al im perati vo categórico y que se pueda cumplir. A sim ism o, dice que hay un progreso moral, según el cual el hom bre avanza en perfección ética.
En la Crítica de la razón práctica, K ant señala las condiciones de la vida m oral, a saber: la libertad, la inm ortalidad y Dios. En efecto, sólo si el hom bre es libre, puede haber acción m oral; sólo se com portará m oralm ente si es prem iado o castigado en otra vida, y eso exige la existencia de un alm a inm ortal y la existen cia de un Dios que, com o juez, juzgará las acciones hum anas como buenas o m alas m oralm ente, prem iándolo o castigándolo. Todo eso es postulado por la razón práctica, y no por la razón teó rica o m etafísica.20 A la parte analítica de la razón práctica perte nece buscar esos presupuestos del actuar, que señala com o causa libre y obligación; a la dialéctica corresponde ponderar el valor objetivo de los m ism os, y les atribuye un valor solam ente subje tivo.
La M etafísica de las costum bres está dividida en dos partes: unos Elem entos nretafísicos de la justicia y unos Elem entos me- tafísicos de la virtud. La prim era parte es una filosofía del dere cho, ocupada con la autoridad del legislador, las leyes justas e
19 Ibid., III.
injustas, y el deber con respecto a ellas. La segunda parte habla de los deberes relacionados con la virtud, esto es, con la moral propiam ente dicha. En la moral no se necesita una ley exterior, como en el derecho, sino una ley interior. Com o se ve, es la ley, el deber y la obligación las que m andan al hom bre, que es libre. Esto es, la carga recae en la ley, y no en las virtudes. Éstas ad quieren un papel secundario, para apoyar el deber y la ley; por eso la libertad pertenece al hom bre fenom énico o aparente, pero no sabemos si al hom bre noum énico, o en su esencia m ism a, pues su esencia nos es incognoscible.
Esta base tan fuerte que tiene en la ley rigidiza m ucho la doc trina moral de Kant. Frente a la tendencia al equivocism o ético de Hume, que se basaba en el sentim iento, K ant se atrinchera en una tendencia m uy m arcada al univocism o ético, basado en la razón (la buena voluntad libre) y en el sentim iento de respeto por la ley. N o hay propiam ente un estatuto analógico en su ética, que haga oscilar las fuerzas polarizadas, sino que se da una clara inclina ción hacia una de ellas, la de la ley moral, de un m odo unívoco.
Después de Kant, esa idea del progreso moral fue retom ada por G. W. F. H egel (1770-1831), que debilita m ucho la libertad hum ana, subsum ida en la m archa del espíritu como espíritu sub jetivo, espíritu objetivo y espíritu absoluto. Ese progreso m oral es visto como avance cultural por F. Schleierm acher, de m odo que lo que conduce a él es m oralm ente bueno y lo que aparta de él o lo retrasa es malo. S. Kierkegaard (1813-1855) recalca al indivi duo, y más bien plantea un progreso interior, que va del estadio estético, pasando por el estadio ético, hasta el estadio religioso. A. Schopenhauer (1788-1860) más bien se hunde en el pesim is mo, pues para él el m undo es sólo representación de la voluntad, es apariencia sin consistencia, y carece de estím ulos para el ser humano. John Stuart M ili (1806-1873) eleva el ánim o m ediante el utilitarism o, según el cual se busca el bienestar del hombre, pero no sólo individual, sino procurando que sea el de la m ayo ría. Karl M arx (1818-1883) centra el bien moral en esa mayoría
que es la sociedad, y todo lo que se haga para llegar a ese bien de la sociedad será m oralm ente bueno. Y, después, F. N ietzsche plantea la transvaloración de todos los valores tradicionales. A lgo tam bién m uy im portante, que pondrá a m editar a los m oralistas, al igual que la teoría de la evolución biológica (Darwin, Spen- cer), será la teoría psicoanalítica de Freud. Pero eso nos coloca ya en la época contem poránea. M ención especial nos merece N ietz sche, por su im portancia para nuestro tiempo. A él dedicarem os un inciso, antes de pasar a las escuelas del siglo XX.
N ietzsche
Federico N ietzsche (1844-1900) realizó una crítica m uy fuerte de la ética de su tiem po, sobre todo en su base, que es la axiología o teoría de los valores.21 En efecto, señala el nihilism o en el que se ha sum ido la filosofía y la cultura europeas, en form a de deca dentism o, entregado a un placer de los débiles, a saber, la com o didad y el aposentam iento. Por eso él proclam a la transvaloración de todos los valores vigentes hasta el m om ento.22 Hay un nihilis mo pasivo, que es el que vem os más extendido, en el que sólo se contem pla la caída de los valores acostum brados, y se regocijan en ello, pero sin hacer nada. Otros han pasado al nihilism o acti vo, y se dedican a socavar los valores al uso, pero sin idea de lo que ha de pasar, a saber, el surgim iento del superhom bre. Por eso él predica un nihilism o activo y consum ado, que a veces deno m ina “clásico”, porque contiene una cierta vuelta a los valores de la época clásica griega, donde la em oción y la pasión tenían su dominio: el espíritu dionisiaco.
Esa actitud que pide es un derrum bam iento de los valores y las certezas tradicionales, que se han perdido. A esto llama la m uer te de Dios. Hay que dejar lugar al superhom bre, que creará sus
21 F. N ietzsch e, L a g e n ea lo g ía d e la m o r a l, 1, 7-11; M éxico: A lian za, 1991. 22 F. N ietzsch e, L a vo lu n ta d de p o d e río , 1041; M adrid: E daf, 1998.
valores, invirtiendo los anteriores.23 Con ello se llega a una m oral de los fuertes y libres, del lado de la vida, y se aniquila la m oral de los débiles o esclavos, como la del judeocristianism o. Es el reinado de la voluntad de poder. Todo lo que lleve a esta nueva aurora es bueno m oralm ente, lo que no, es malo. La exigencia de triunfar prohíbe al superhom bre la piedad y la m isericordia. El superhom bre es com pendio de toda la hum anidad nueva, cuya felicidad será el triunfo, volviendo a una edad arcaica, esto es, h e roica, para avanzar y otra vez regresar, en un m ovim iento de eter no retom o; y es que la voluntad de vivir del superhom bre es tan grande, que sólo el eterno retorno puede colm ar su ansia de vida.
Puede apreciarse en el planteam iento de N ietzsche una lucha contra el estado deplorable de la m oral hasta su tiem po, sobre todo en su época, a la que califica de una decadencia y nihilism o. Para oponerse a ella, hay que subvertir los valores tradicionales y dar paso al superhom bre. Aquí N ietzsche parecería aprobar a los rom ánticos, que siem pre hablaban de un hom bre nuevo, en con tra de los positivistas, que se habían adueñado de la situación m oral; pero debe decirse que tam bién critica a los rom ánticos, sobre todo a Wagner, para postular una superación. N ietzsche contrapone a A polo y a Dioniso. El prim ero es el espíritu de la m edida, el orden, lo claro y distinto; en cam bio, el segundo es el espíritu de lo desm edido, de lo que extático u orgiástico, a la vez que de lo trágico y m onstruoso. Por eso el espíritu apolíneo es el de la m esura y del equilibrio, m ientras que el espíritu dionisiaco es el del exceso y el im pulso vital. Pero en la oposición que hace de A polo y D ioniso, Nietzsche resalta dem asiado a este últim o, pidiendo un retom o a la G recia antigua, con su filosofía trágica, que no presenta ya el equilibrio de lo clásico, sino que tiende al exceso rom ántico, en lo cual se ve una concesión al equivocism o del rom anticism o.
C oro la rio
Así pues, en la m odernidad volvem os a ver el univocism o de la moral ya en su vertiente em pirista, en H obbes, puesto que conti núa el voluntarism o de Ockham y lo lleva a la eclosión en su ab solutism o m onárquico; pero, sobre todo, en el lado racionalista, ese univocism o se ve en Spinoza, que desea dar a la ética un m é todo axiom ático-deductivo como el de la geom etría. Por otra p ar te, el equivocism o está representado por M ontaigne, el escéptico. Y encuentra una cierta síntesis analógica en Pascal, que intenta equilibrar la participación de la ley y las virtudes en la moral.
Sin em bargo, se rompe ese equilibrio, del lado del em pirism o, con Hume, que vuelve al equivocism o, dado que supedita el ju i cio m oral al sentim iento, y no a la razón. Y el equilibrio parece recuperarse de alguna m anera en Kant, que divide su M etafísica
de las costum bres en dos partes: una teoría del derecho (y, corre
lativam ente, de la ley) y una teoría de la virtud, con lo cual había la apariencia de dar un estatuto suficiente a cada uno de los dos extrem os de la ley y la virtud; pero no llega a ser un verdadero equilibrio, porque, al ser el im perativo lo principal y las virtudes algo dem asiado secundario y accidental, se trata en definitiva de una ética de la ley, y casi no de virtudes, con lo cual se inclina dem asiado al univocism o. Así, Kant, aunque por su crítica al un i vocism o racionalista y al equivocism o em pirista del sentim iento, se aproxim a a una postura analógica, por su endiosam iento de la ley y la obligación pierde el equilibrio, y se acerca más a una p os tura univocista. También N ietzsche, aunque parecía acercarse, con su crítica tanto del univocism o positivista com o del equivo cismo rom ántico a la analogicidad, pierde esa oportunidad y se sesga más hacia la equivocidad; con todo, puede considerarse analógico. La ética de la virtud, iniciada por los griegos, decae en la m odernidad, pero en la época contem poránea encuentra un cierto repunte y hasta puede hablarse de una franca recuperación.
E N LA ED A D C O N T E M PO R Á N E A
Preám bulo
En este capítulo abordaremos tres corrientes principales de la épo ca contemporánea, que la han moldeado en su aspecto más recien te, el siglo XX. Son la filosofía analítica, la filosofía neomarxista de Francfort (en su vertiente de la ética del discurso) y la filosofía pos- modema. De los analíticos veremos el jntuicionism o original, de G. E. Moore; el emotivismo de L. Wittgenstein, A. J. Ayer, Ch. L. Ste- venson, y el descriptivismo de R. H aré.1 Ciertamente Stevenson puede ser considerado como pragmatista, más que analítico, pero lo ponemos aquí, porque también tiene un lado analítico muy fuerte.
Tam bién se podría decir que son pragm atistas Apel y H aber- mas, pero tienen un origen claro en la escuela francfortiana, que tiene la ventaja de hacernos ver cóm o se recoge la herencia m ar- xista ju n to con la pragm atista (por ejemplo, de Peirce). A dem ás, de los posm odem os tratarem os a un com unitarista: A lasdair M acintyre, en relación con un liberal o neoliberal: John Rawls.
Intuicionism o
G eorge Edw ard M oore (1873-1958) es uno de los iniciadores de la filosofía analítica, y aplica el análisis filosófico a la ética, con
1 R. M . H aré, O rdenando la ética. U na cla sifica ció n d e la s teo ría s é tic a s, B arcelona: