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A pesar de que el influjo de las simpatías partidistas es poderoso, el proceso de racionalización de las imágenes de los candidatos tiene sus límites. Por más que lo desee, el elector no puede permanecer totalmente ajeno a la realidad cuando éste se manifiesta de forma clara, persistente y abrumadoramente contraria a sus expectativas. Es cierto que la presencia de información inconsistente no basta para que se produzca un cambio de opinión, ya que, como acabamos de ver, el elector es capaz de ignorar o restar valor a los mensajes que se desvían de sus esquemas mentales (véase Rahn 1993). Sin embargo, el propio Festinger (1957) reconoce que, en circunstancias en las que la evidencia es abrumadora, la presión para evitar la disonancia cognitiva no puede impedir que el individuo acabe aceptando percepciones que no se acomodan con sus creencias y actitudes.

Los mecanismos que distorsionan el procesamiento de la información no siempre logran activarse, porque a menudo no se dan las condiciones que lo justifican o que lo hacen

15 Los datos se pueden consultar en el archivo de la Encuesta Social Europea en Internet (ess.nsd.uib.no). La primera oleada fue administrada entre los años 2002 y 2003, y la segunda entre 2004 y 2005.

16 El alto nivel de accesibilidad de las consideraciones partidistas se confirma al restringir el análisis de la tabla 3.2 a los entrevistados que no se consideran cercanos a ninguno de los cuatro grandes partidos de ámbito nacional (N=2.019). El patrón factorial resultante es similar al que se obtiene del total de la muestra, con un primer factor dominado por las valoraciones de Fraga y Alzaga (cargas de 0,75 y 0,71, respectivamente), el segundo dominado por las de González (0,81) y Guerra (0,75) y el tercero por la de Iglesias (0,80).

posible. Desde un punto de vista racional, la utilización del partido como atajo cognitivo está motivada por el deseo de ahorrar los costes que conlleva la adquisición de información relevante sobre los candidatos. No obstante, cuando se dispone de información clara sin necesidad de incurrir en coste alguno, no resulta necesario recurrir a estereotipos partidistas para realizar inferencias sobre los candidatos (Conover 1980). Los candidatos a la presidencia del gobierno español gozan de un protagonismo político innegable y su actuación y declaraciones tienen asegurada una amplia cobertura en los medios de comunicación de todo el país. Esto, que parece innegable por cuanto se refiere a los líderes del PSOE y el PP, quizá sea más discutible en el caso de los dirigentes de terceros partidos, como IU y las formaciones de ámbito regional.17 Cabe suponer que los estereotipos tienen

más peso en las imágenes de estos últimos, pero tampoco debemos olvidar que su visibilidad aumenta considerablemente en tiempo de campaña electoral y, en el caso de los partidos regionalistas, en sus respectivas áreas de influencia; es decir, en el momento y el lugar más significativos para la configuración del voto. En buena parte de las ocasiones, la exposición espontánea y directa con información individualizada de los líderes políticos no justifica el uso de atajos cognitivos basados en el conocimiento acumulado sobre los partidos.

Por otro lado, ya he apuntado que el éxito del proceso de racionalización motivada requiere la capacidad de mantener una apariencia de imparcialidad. El individuo necesita disponer de argumentos para poder resistir la influencia de la información contraria a sus predisposiciones. Si no cuenta con elementos que avalen la interpretación deseada, la ilusión de objetividad se desvanece. En cierta medida, la disponibilidad de argumentos que permitan sostener opiniones de acuerdo con las predisposiciones del elector depende de la provisión que hacen los actores políticos, y, en especial, los líderes de los partidos.

Esta interpretación encuentra ciertos paralelismos en el modelo de cambio de opinión propuesto por Zaller (1992). Para este autor, toda opinión política es el resultado de la combinación de información y predisposiciones individuales. Las predisposiciones regulan la aceptación de los mensajes recibidos a través de los medios de comunicación. De acuerdo con la lógica de la racionalización, “la gente tiende a aceptar aquello que se ajusta a sus valores partidistas y a rechazar lo que no” (ibíd.: 241). Sin embargo, para poder resistir a los mensajes incompatibles con sus preferencias, el elector debe tener información contextual que le permita identificarlos como tales, o haber interiorizado un volumen

17 También en niveles electorales de segundo orden, como en las elecciones municipales, autonómicas y europeas.

suficiente de argumentos que compensen el impacto de la nueva información. Y, otra vez, son principalmente los líderes quienes suministran este arsenal. Por lo tanto, la influencia de las predisposiciones depende en gran medida de la eficacia del discurso de las elites. A menudo, el flujo de información está descompensado de tal manera que una porción del bando contrario no puede evitar ceder.

Sólo teniendo en cuenta las limitaciones inherentes a los mecanismos de racionalización se puede llegar a explicar por qué sectores bien diferenciados políticamente con frecuencia responden de forma parecida a informaciones con marcadas implicaciones partidistas. En efecto, Gerber y Green (1999) advierten que, si la gente distorsionase la información sin impedimentos, la evolución de la opinión pública experimentaría un incesante proceso de polarización. De hecho, numerosos estudios han registrado fenómenos de polarización de las actitudes políticas, sobre todo (pero no exclusivamente) en circunstancias de alta intensidad de información como las campañas de las elecciones de primer orden (Markus 1982; McCann 1990; Redlawsk 2002; Taber y Lodge 2006; Schoen 2007; Zaller 1992). Sin embargo, Gerber y Green demuestran que los niveles de aprobación presidencial, por ejemplo, tienden a evolucionar en el mismo sentido y aproximadamente la misma extensión entre individuos con orientaciones políticas opuestas, lo cual refleja que son perfectamente capaces de asumir percepciones que contradicen sus preferencias políticas.18 Pero esta tendencia no es incompatible con la distorsión perceptiva. Al contrario,

tal y como ha remarcado Bartels (2002a), el hecho de que las opiniones de grupos políticamente diferenciados muestren evoluciones paralelas y no acaben convergiendo en una misma posición es, precisamente, una prueba de la existencia de sesgos en el procesamiento de la información.

El debate sobre la extensión y límites de la racionalización tiene evidentes resonancias en la discusión acerca del concepto de imagen desarrollada en el ámbito de la comunicación política. Esta discusión se plantea en torno a la influencia relativa del estímulo

18 En realidad, los autores rechazan de plano la existencia de sesgos en el procesamiento de la información, mientras sugieren que las diferencias de opinión en razón de las simpatías partidistas deben interpretarse como el resultado de la aplicación de criterios distintos en la evaluación de los acontecimientos políticos. Desde este punto de vista, individuos con diferentes orientaciones políticas no perciben los mensajes de manera sustancialmente distinta, sino que los valoran a la luz de creencias y valores divergentes. Sin embargo, esta visión no explicaría por qué se producen variaciones partidistas en la percepción de la evolución de condiciones objetivas (véase la nota 1, p. 91).

frente a la importancia de las características del perceptor en la formación de la imagen de los objetos políticos (Hellweg y otros 1989; Hellweg 2004). Según los defensores de la tesis

de la imagen, es la información disponible acerca del candidato la que determina la

representación mental de los electores y, en consecuencia, sus valoraciones (McGrath & McGrath 1962). El principal inconveniente que plantea esta aproximación es su silencio acerca de las variaciones observadas entre individuos ante la percepción de un mismo estímulo. Otros autores defienden la preponderancia del perceptor y, en especial, de sus inclinaciones partidistas, en la configuración de las imágenes de los personajes políticos, presionada por el deseo de evitar la disonancia cognitiva (Sigel 1964). Finalmente, se ha acabado imponiendo la idea de que la contraposición de estos factores es engañosa, llegando a la conclusión de que las imágenes de los candidatos se originan a partir de la confluencia de las predisposiciones políticas de los ciudadanos y los estímulos recibidos (Nimmo 1995; Nimmo y Savage 1976; Savage 1995). Las imágenes de los políticos son el resultado de una continuada transacción entre los mensajes de los líderes y las predisposiciones de los electores. La imagen es el elemento que media entre la experiencia pasada del perceptor y el estímulo recibido, en un proceso de influencia recíproca en el que la experiencia condiciona la interpretación del estímulo a la vez que el estímulo es susceptible de producir un cambio en la imagen.

En suma, la influencia de las predisposiciones políticas en las valoraciones de los líderes políticos no puede llegar a entenderse al margen de la intervención de los propios líderes en la arena pública. Esta apreciación coincide con la idea, extensamente contrastada en los trabajos de la escuela revisionista, de que las actitudes hacia los partidos tienen un carácter “profundamente político” (Popkin 1994: 56). Estos trabajos ponen de manifiesto, en primer lugar, que la identificación partidista no es un sentimiento inamovible, y que puede variar no sólo de forma gradual y dilatada en el tiempo sino también en el breve lapso de una campaña electoral (Brody y Rothenberg 1988).19 En segundo lugar, señalan que dicha

variación puede ser inducida tanto por la evaluación de las posiciones programáticas de los partidos (Franklin y Jackson 1983) como por efecto de la valoración retrospectiva de los resultados de su actuación (Clarke y otros 2004; Fiorina 1981).20

19 Sin embargo, en los últimos años diversos autores han reivindicado el carácter esencialmente estable de la identificación partidista. Véanse, por ejemplo, los trabajos de Green y sus colegas (Green y Palmquist 1990; Green y otros 2002).

20 Aunque Bartels (2002a) demuestra que la influencia de estos factores es menor que la que ejercen sobre ellos las propias actitudes hacia los partidos.

En buena medida, la influencia de estos factores en la percepción de los partidos se transmite a través de las valoraciones de los líderes. Así lo prueban los numerosos estudios que demuestran que las actitudes hacia los partidos se ven afectadas, tanto a corto como a largo plazo, por los juicios de los electores sobre los candidatos (Clarke y otros 2004; Markus 1982; Markus y Converse 1979; Page y Jones 1979; Rapoport 1997). Por un lado, los líderes tienen la capacidad de marcar la agenda política, activando y desactivando los principios que simboliza el partido e incorporando nuevos elementos a su programa político. Por otro, el electorado hace responsable al líder de los logros y fracasos de su actuación, y la propia imagen del líder refleja (y al mismo tiempo puede incidir sobre) la confianza que le merece el partido. Ambos aspectos serán abordados con detalle más adelante. En el siguiente apartado, me limito a constatar la naturaleza interactiva de la relación entre la evaluación de los candidatos y los sentimientos partidistas en España.

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La influencia recíproca entre las valoraciones de líderes y