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La puesta en marcha de mecanismos defensivos queda patente en el marco de las teorías del

razonamiento motivado, que pueden ser definidas como una extensión de las viejas tesis de

la disonancia cognitiva.4 Inspirándose en el trabajo de Kunda (1990), Taber y sus colegas

(2001; Lodge y Taber 2000) han propuesto recientemente una explicación del funcionamiento del razonamiento motivado aplicado al ámbito político. Su argumentación parte del supuesto de que la representación mental de todo objeto político lleva asociada una valoración junto al contenido cognitivo. Desde el punto de vista psicológico, la política es un terreno de conceptos “calientes”. Los electores toman posición frente a los objetos políticos antes incluso de adquirir un desarrollo cognitivo sustancial. Esta vertiente afectiva es activada de forma prácticamente automática ante la llegada de información relevante, de manera que el individuo puede comprobar al instante si la nueva información es afectivamente congruente con la valoración almacenada en la memoria, condicionando así la forma en que es interpretada y evaluada. Puede decirse, por lo tanto, que el afecto no sólo es una fuente de información sino que además influye en el procesamiento de la información subsiguiente.

No obstante, dicha influencia tiene ciertos límites. Y es en este punto donde las teorías del razonamiento motivado realizan su principal contribución. Todo razonamiento tiene una motivación, en el sentido de que persigue un objetivo. Dicho objetivo se sitúa en algún punto de una dimensión definida en términos de precisión, en uno de sus polos, y dirección, en el otro. Cuando el objetivo es la precisión, el razonamiento está guiado por el propósito de llegar a la conclusión exacta, es decir, de acercarse lo máximo posible a la verdad. Cuando el objetivo es direccional, el razonamiento está regido por el deseo de mantener una conclusión previamente fijada, de defender una predisposición. Entre ambos tipos de objetivos se produce una tensión constante. Puesto que la política es una preocupación secundaria para la mayoría de la gente, la motivación para hacer el esfuerzo que requiere ser preciso y no dejarse llevar por ideas preconcebidas es escasa, y más aún si, como suele ocurrir, no se percibe que las decisiones tomadas en este terreno vayan a tener consecuencias inmediatas y tangibles en el bienestar personal. Así pues, el elector está

4 Sears (2001: 17n) afirma que, a pesar de su nombre, la disonancia cognitiva tiene que ver sobre todo con la “reconciliación de afectos inconsistentes más que con los procesos cognitivos que los mantienen unidos” (la cursiva es mía). Sobre el papel del afecto en la organización de los sistemas de creencias pueden verse también las distintas aportaciones de Sniderman (Sniderman y Tetlock 1986; Sniderman y otros 1991).

predispuesto a mantener sus preferencias. Pero no puede creer sin más aquello que desea creer. Aunque sólo sea de forma íntima, debe mantener una apariencia de racionalidad. Como ha señalado Kunda (1990: 482-483),

“las personas motivadas para alcanzar una conclusión determinada intentan ser racionales y construir una justificación de la conclusión deseada capaz de persuadir a un observador imparcial. Solamente llegan a la conclusión deseada si pueden reunir las evidencias necesarias en su apoyo […]. En otras palabras, mantienen una “ilusión de objetividad” […].”

El individuo se debate entre sus creencias y sus sentimientos, pero en la mayoría de las ocasiones no puede permanecer totalmente ajeno a ninguno de los dos.

De esta manera, la motivación direccional, o “partidista” (Goren 2002; Taber y Lodge 2006), provoca el despliegue de mecanismos cognitivos que permiten al individuo construir justificaciones plausibles a la vez que coherentes con sus anteriores sentimientos y creencias. La investigación empírica ya ha sacado a la luz algunos de estos procesos (Fischle 2000; Goren 2002, 2007; Lodge y Taber 2000; Redlawsk 2002; Taber y otros 2001; Taber y Lodge 2006), que en buena medida coinciden con los efectos asociados a la utilización de estereotipos partidistas (Lodge y Hamill 1986; Rahn 1993). Así, se ha podido comprobar que el elector presta más atención a la información que se ajusta a sus preferencias. Las consideraciones que apoyan las propias conclusiones son interiorizadas sin esfuerzo y permanecen accesibles en la memoria, de tal modo que pueden ser activadas fácilmente en el momento de realizar una valoración. En cambio, el individuo dedica más tiempo a rebatir la información que contradice sus posiciones. El razonador motivado devalúa o directamente ignora la importancia de los mensajes contradictorios, cuestiona la credibilidad de sus fuentes y rastrea su memoria en busca de argumentos que los contrarresten. Todos estos mecanismos aseguran un mayor acopio de consideraciones congruentes que incongruentes, por más que la exposición a la información haya sido equilibrada. Si tiene éxito, al final del proceso el individuo habrá logrado vestir sus conclusiones de una apariencia de racionalidad.

Fischle (2000) proporciona un buen ejemplo del funcionamiento del razonamiento motivado a partir del análisis de un caso real. El autor observa cómo los sentimientos de simpatía hacia el presidente Clinton afectaron la posterior interpretación de las informaciones sobre el caso Lewinski y la postura frente a las demandas de dimisión. Para empezar, aquellos que expresaban una buena opinión sobre el presidente antes de que

estallara el escándalo eran más propensos a pensar que las acusaciones obedecían a una estrategia de conspiración tramada por la derecha, tal y como había denunciado la primera dama en una de sus primeras reacciones públicas tras conocerse la noticia. Así mismo, expresaban muchas más dudas sobre la veracidad de las alegaciones y daban menos importancia a los hechos en el supuesto de que llegasen a confirmarse. Por lo demás, la influencia de todas estas consideraciones sobre la posición ante las demandas de dimisión era menor entre los partidarios de Clinton que entre sus detractores. Así, la popularidad del presidente antes del caso Lewinski evitó, por medio de una compleja elaboración cognitiva, que una mayoría de la opinión pública americana apoyara su dimisión.

La existencia de estrategias defensivas pone de relieve la importancia que para la formación de valoraciones tiene la secuencia en la que se presenta la información (Redlawsk 2002; Taber y otros 2001; véase también Lodge y otros 1989; Peffley 1989). De acuerdo con la lógica del razonamiento motivado, las impresiones iniciales afectan la recepción de la información encontrada posteriormente, por lo que acaban teniendo más peso en las valoraciones. La adscripción partidista es, casi siempre, la primera característica conocida de un candidato. Teniendo en cuenta, además, que el razonamiento político está motivado principalmente por la decisión de apoyar unas siglas determinadas, cabe esperar que la preferencia partidista ejerza un influjo significativo en la evaluación de la información relacionada con los líderes.

Recapitulando, tanto si se adopta una perspectiva “fría” como si se adopta una perspectiva “caliente”, la psicología del votante tiende a ajustar la valoración del líder de acuerdo con la actitud hacia el partido. En los modelos de tipo cold cognition, la economía de recursos cognitivos favorece el uso de los sentimientos partidistas como heurística para la evaluación de los candidatos. Desde una aproximación hot cognition, la motivación direccional empuja al individuo a interpretar la información relacionada con los líderes de forma coherente con sus preferencias partidistas. Ambos enfoques reconocen que los electores procesan la información política de manera selectiva, pero lo atribuyen a necesidades de naturaleza diferente. En el primer caso, el sesgo partidista cumple una función instrumental, ya que facilita la formación de opiniones y la toma de decisiones reduciendo los costes de informarse. En el segundo, estimula la búsqueda de argumentos que contribuyan a justificar las propias preferencias, y desempeña, por lo tanto, un papel defensivo.

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La influencia de los sentimientos partidistas en la valoración de