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Signal Processing Methods for the Intracardiac Atrial Electrogram

Los electores tienen en cuenta las características personales de los líderes porque les proporcionan información que consideran relevante políticamente (Campbell 1983; Miller y otros 1986; Popkin y otros 1976; Popkin 1994; Kinder 1986; Kinder y otros 1980). Multitud de estudios han demostrado empíricamente que las cualidades con implicaciones políticas tienen mucha mayor presencia en las imágenes de los líderes y que su influencia en las valoraciones y en la decisión de voto sobrepasa con creces la de los atributos que, a primera vista, carecen de tales implicaciones (Barisione 2006; Bean 1993; Bean y Mughan 1989; Brown y otros 1988; Fiorina 1981; Glass 1985; Jones y Hudson 1996; Miller y Miller 1976; Miller y otros 1986; Ohr y Oscarsson 2003; Shabad y Andersen 1979).7

El problema viene dado a la hora de establecer de antemano qué cualidades son (normativamente) relevantes y cuáles no. La práctica totalidad de los autores coincide en señalar la competencia profesional como un requisito indispensable para cualquier persona que aspire a ocupar un cargo público. Pero el consenso desaparece cuando se trata de determinar la importancia teórica de cualidades como la simpatía, las habilidades comunicativas, el sexo o la apariencia de los candidatos. En algunos casos, la conexión entre consideraciones personales y argumentos políticos es directa y evidente. Normalmente es así cuando la utilización de factores personales se ajusta a los supuestos de los modelos racionales y a las expectativas de las teorías democráticas en las que la responsabilidad se establece en base a la oferta de políticas públicas y sus resultados. En otros casos, la relevancia de las consideraciones personales resulta más difícil de justificar en estos mismos términos, y sólo puede llegar a entenderse desde concepciones menos ortodoxas del comportamiento del votante y de la naturaleza del control democrático (Just y otros 1996; Page 1978).

En su origen, los modelos racionales no prevén la consideración de factores personales en el cálculo electoral (Page 1978). En el marco de la elección racional, las preferencias sobre issues constituyen el principal factor explicativo de la conducta del

7 Los estudios de opinión han examinado la influencia de las características personales de los candidatos sobre tres variables distintas: la simpatía hacia los candidatos, la aprobación de la actuación presidencial y el comportamiento electoral. Aunque mi propio enfoque se limita a la primera de ellas, aquí las manejo indistintamente, al margen del fenómeno concreto al que dirigen su atención, entendiendo que en última instancia todas son relevantes para entender las consecuencias políticas y electorales de la percepción del carácter.

votante. El elector apoya la candidatura que le reporta un mayor beneficio prospectivo en función del posicionamiento de los partidos en las cuestiones de interés (Downs 1957). No obstante, lo que cuenta no es sólo el beneficio hipotético que plantea la aplicación de un programa electoral, sino también la probabilidad de que efectivamente salga adelante. Popkin y sus colegas (1976) han advertido que el enfoque downsiano concibe las candidaturas como “equipos ideales”, igualmente capacitados para llevar a cabo con éxito sus propuestas. Pero el ciudadano no siempre percibe a los líderes con idénticas facultades. El cálculo racional exige ponderar los beneficios potenciales por la probabilidad de que tengan lugar (Riker y Ordeshook 1968). La probabilidad de que el rendimiento de un programa político se haga efectivo depende, entre otros factores, de la capacidad de los líderes para llevarlo a la práctica. Y la forma que tiene el elector de valorar esa capacidad es a través de la percepción de sus características personales, y muy especialmente de la competencia del candidato (Popkin 1994). Es posible que la oferta teóricamente más atractiva para un votante provenga de un candidato sin las habilidades necesarias para sacarla adelante. Y al contrario, el beneficio esperado de un programa más alejado de las propias preferencias puede verse compensado por la presencia de un líder con mejor preparación. La competencia también es importante al margen de las políticas concretas promovidas por el líder. Buena parte de lo que hace el gobierno está relacionado con la gestión general del país y la solución de problemas no anticipados en el momento de las elecciones, cuestiones que el presidente resolverá en la medida en que cuente con las cualidades necesarias (Page 1978; Popkin 1994).

Evidentemente, la lista de cualidades políticamente relevantes no se reduce a las habilidades profesionales. El beneficio esperado de la victoria de un candidato también se ve afectado por la credibilidad que transmite, por su imagen de honradez e integridad. Poco importan sus promesas si el público no lo considera digno de confianza. Los electores necesitan creer que el presidente se comportará de forma honrada y responsable, que no utilizará los poderes que se le han concedido en beneficio propio, sino que actuará siempre de acuerdo con el interés general y los compromisos adquiridos durante la campaña electoral.

Así pues, desde un enfoque racional, las cualidades personales entran en el razonamiento del votante porque, y en la medida en que, desempeñan una función instrumental, a saber: incidir en la probabilidad de la realización efectiva de un beneficio en forma de políticas públicas. Fiorina (1981) establece una distinción entre cualidades instrumentales y cualidades “puramente afectivas”. Lo que diferencia a las primeras de las

segundas es la capacidad de “fomentar o mitigar la habilidad de gobernar de un cargo electo” (ibíd.: 150). Son las que cumplen esta condición las que en realidad dominan las imágenes de los candidatos entre los ciudadanos. De acuerdo con esta concepción, las características personales no constituyen “factores a evaluar por sí mismos sino […] ponderaciones o depreciaciones sobre tendencias pasadas y previsiones de futuro” (ibíd.: 149). Son un reflejo de los juicios retrospectivos y un indicio de las expectativas de actuación de los líderes. En la misma línea, Barisione (2006) sostiene que la influencia electoral del líder se articula principalmente a través de los rasgos que conforman su “imagen de actuación” (immagine

performativa). Dichos rasgos se distinguen por ser políticamente relevantes a la vez que

políticamente reversibles – en el sentido que tanto valen para los defensores de una tendencia ideológica como para los de la contraria. Son relevantes porque inciden en la probabilidad de obtener buenos resultados de la acción de gobierno. Y son reversibles porque existe un consenso prácticamente universal sobre su conveniencia, es decir, porque son valorados positivamente por el conjunto de los electores con independencia de su tendencia ideológica y sus preferencias políticas (véase, también, Brady 1990). Ello los convierte en criterios de decisión particularmente atractivos en tiempos de de convergencia, moderación o confusión ideológica.

Ciertamente, el criterio de instrumentalidad justifica la influencia de determinados atributos personales en la evaluación de los líderes. Sin embargo, no es suficiente para explicar el fenómeno en todo su alcance y complejidad, a tenor de las evidencias recogidas en los estudios empíricos. Para empezar, dicho criterio no permite delimitar claramente la frontera entre características relevantes e irrelevantes. El uso ordinario de teorías implícitas de la personalidad revela cierto valor instrumental en cualidades que, de entrada, se considerarían triviales. Por ejemplo, aunque no parece estrictamente necesario que el presidente del gobierno sea una persona afable y cordial, tales atributos denotan la posesión de recursos sociales que, sobre todo en circunstancias en las que se hace imprescindible el diálogo y la negociación, pueden contribuir a la consecución de los objetivos marcados (Funk 1996, 1997). Más claro todavía es el caso de características no verbales, como la apariencia física o las habilidades comunicativas. El aspecto agradable y la destreza retórica proporcionan una ventaja competitiva en los medios audiovisuales, que, guiados por criterios de pantalla, conceden más cobertura a los candidatos más telegénicos (Barisione 2005, 2006). En contextos en los que la información disponible es escasa, el atractivo externo ejerce un impacto significativo en la valoración de los candidatos (Riggle y otros 1992). Algunos trabajos revelan que, incluso cuando los electores tienen conocimiento de aspectos más sustantivos sobre los líderes, como la afiliación partidista y los posicionamientos

políticos, las características no verbales pueden llegar a influir en su percepción (Rosenberg y otros 1986; Sullivan y Masters 1988; pero véanse Ohr y Oscarsson 2003; Riggle y otros 1992). Entiendo que estos resultados no deben interpretarse como indicio de comportamientos irracionales y superficiales, sino como un ejemplo extremo de la aplicación del criterio de instrumentalidad. Rosenberg y sus colegas (1986) han demostrado que la apariencia física es capaz de condicionar la percepción de cualidades como la competencia y la integridad (Rosenberg y otros 1986). Ligeras alteraciones en la fisonomía facial de personajes políticos bien conocidos tienen efectos parecidos (Keating y otros 1999). Un simple retrato de los candidatos basta para que los individuos empiecen a realizar inferencias sobre su competencia que predicen con considerable precisión el comportamiento real de los votantes (Todorov y otros 2005). Así mismo, Graber (1988: 200-201) enumera un abundante catálogo de estrategias a las que recurre la gente para inferir la honestidad de los candidatos a partir de pequeños detalles de su aspecto y su comportamiento no verbal, desde el tipo de voz, la postura del cuerpo y la manera de vestir hasta la tendencia a evitar la mirada directa en los programas de televisión Así pues, es la asociación inconsciente entre la presencia externa y ciertas características instrumentales lo que explica la incidencia de cualidades aparentemente triviales en las opiniones sobre los líderes.

También las características sociodemográficas alimentan estereotipos con repercusiones políticas. El sexo, la edad, la raza o el origen territorial de los candidatos a menudo sirven como atajos para obtener información acerca de la actuación de los candidatos en el futuro. En países caracterizados por un alto grado de diversidad cultural, la utilización de las características demográficas como atajos informativos es previsiblemente mayor que en sociedades más homogéneas (Popkin 1994). El catolicismo de John F. Kennedy hizo perder apoyo a su candidatura entre un electorado mayoritariamente protestante, a pesar de los esfuerzos por desvincular su proyecto político de sus creencias religiosas (Converse 1966; Stokes 1966).8 La raza es también un importante factor de

evaluación en Estados Unidos, especialmente para los integrantes de las minorías. Los negros, por ejemplo, tienden a confiar más en los candidatos de su propio color y utilizan la raza como criterio de interpretación de los mensajes políticos, incluso por delante de la actuación específica de los líderes (Kuklinski y Hurley 1996). Otras señales tienen un alcance prácticamente universal. (Popkin 1994). Los estereotipos de género tienden a asociar

8 Converse (1966: 124) mantiene que Kennedy logró evitar una pérdida mayor gracias, entre otros factores, a su capacidad para proyectar una imagen personal de agilidad mental, energía y descaro que desarmaba los estereotipos anticatólicos.

lo masculino con cualidades instrumentales (fuerza, decisión, estabilidad, control) y lo femenino con cualidades expresivas (empatía, compasión, dedicación). Al mismo tiempo, ciertos atributos se consideran más adecuados para determinados ámbitos de actuación. La educación, la sanidad y los asuntos sociales en general requieren un tratamiento típicamente femenino, mientras las finanzas y la defensa se ajustan mejor a los atributos masculinos (Huddy y Terkildsen 1993). Nótese que el reparto de las carteras ministeriales en España suele respetar esta división sexual del trabajo, como de hecho viene sucediendo en la mayor parte de los gobiernos democráticos del mundo (Inter-Parliamentary Union 2000). Los estereotipos de género son muy persistentes, y no sólo en ausencia de otros elementos de juicio (Alexander y Andersen 1993) sino también cuando existe un volumen suficiente de información sustantiva (Huddy y Capelos 2002). El sexo, por lo tanto, constituye una importante fuente de indicios sobre las características personales del candidato y, por esta vía, puede llegar a incidir en su valoración. Aunque la investigación al respecto es abundante, no se ha alcanzado un acuerdo en torno al impacto del sexo en el apoyo de los candidatos (véanse, por ejemplo, Banducci y Karp 2000; Cutler 2002; Hayes y McAllister 1997; Norris y otros 1992; Plutzer y Zipp 1996; Rico 2002). Como apuntan Huddy y Capelos (2002), probablemente la naturaleza de dicha influencia (si existe o no, y en qué sentido) depende de factores contextuales. Influyendo en la percepción de los problemas que está en juego resolver, variables como el clima político o el nivel de gobierno evocan la necesidad de un tipo u otro de cualidades personales.9

La procedencia del candidato a menudo se convierte en factor de popularidad. El origen territorial es utilizado como indicio de los posicionamientos del líder, sobre todo en relación a cuestiones de reparto presupuestario. Los candidatos suelen conseguir mejores resultados en sus regiones de procedencia (Cutler 2002; Lewis-Beck y Rice 1983; Popkin 1994). También en nuestro país se han registrado indicios de lo que los americanos llaman

home state advantage. En las elecciones de 2004, el voto socialista aumentó por encima de la

media en la provincia de León, donde Zapatero desempeñó su carrera política antes de ser elegido secretario general del partido (Torcal y Rico 2004). Es posible que el protagonismo del sector sevillano en la cúpula del PSOE durante la transición y primeros años de la democracia contribuyese a consolidar su apoyo en Andalucía. Conscientes de la importancia de los factores regionales, los liberales canadienses acostumbran a alternar candidatos

9 El tema de la influencia de la agenda política en los efectos de las características personales se aborda en el apartado 2.3.

anglófonos y candidatos francófonos para el puesto de primer ministro (Cutler 2002; Johnston 2002).

Cualquier elemento de identidad grupal es, en definitiva, susceptible de condicionar la valoración de los líderes. A partir de las características demográficas se infieren posiciones políticas y líneas de actuación futura, así como otros atributos personales. Al mismo tiempo, el elector tiende a considerar que quien comparte sus señas de identidad se mostrará más sensible con su situación y actuará en beneficio de sus intereses. Ese beneficio no necesariamente adopta la forma de política pública. También puede ser de tipo simbólico:

“Un presidente negro, o una presidenta, proporcionará muchos beneficios a los negros, o a las mujeres, por el simple hecho de ocupar el cargo. Un presidente que come espinacas proporciona beneficios inmediatos a muchos padres; un presidente que se niega a comer brécol favorece la causa de muchos niños” (Popkin 1994: 272n).

La identificación con los gobernantes también proporciona una satisfacción psicológica, cuando constituye un motivo de orgullo grupal. Al mismo tiempo, puede servir como indicio de empatía. La semejanza tiene efectos positivos en la valoración de los líderes porque los acerca afectivamente a los electores, transmitiendo la sensación de que comprenden, o incluso comparten, sus mismos anhelos y preocupaciones.

Así pues, la relevancia de las características personales no se sustenta únicamente en una racionalidad de tipo instrumental, esto es, como un medio para el logro de otros objetivos. Ciertas cualidades tienen un valor por sí mismas. La preocupación por la integridad del líder puede reflejar un interés por el mantenimiento de unos determinados principios en la vida pública (Kinder 1986). Franklin D. Roosvelt concebía la presidencia americana como “un espacio de liderazgo moral”. La visibilidad y reputación de la institución del gobierno convierten al presidente en un modelo de referencia más allá del terreno político, por lo que todos sus gestos, incluidos los que pertenecen al ámbito más personal, están potencialmente sometidos al escrutinio público (Denton 2005). No hace falta insistir en la importancia que los americanos conceden a algunos aspectos de la vida íntima de los candidatos, especialmente los que atañen a la familia, las relaciones sentimentales y las preferencias sexuales. En las democracias europeas, el interés por este tipo de detalles es menos acusado, pero parece haber crecido en los últimos tiempos (Barisione 2006). Líderes como Nicolas Sarkozy, Gerhard Schröeder y Angela Merkel han sido objeto de noticia y

debate público en relación a circunstancias ajenas a su quehacer político. Muy comentada fue la decisión del primer ministro británico, Tony Blair, de acogerse a un (simbólico) permiso de paternidad con motivo del nacimiento de su cuarto hijo.10

Tal y como sostiene Fenno (1978), la relación entre electores y representantes no siempre adquiere el carácter de una transacción: “la pregunta típica que se hace el elector no es “¿Qué has hecho por mí últimamente?” sino “¿Cómo te he visto últimamente?”” (ibíd.: 56).11 El apoyo político, sostiene, se gana a través de la confianza. El ciudadano necesita

confiar en el candidato como persona, y para ello se deja guiar, sobre todo, por las sensaciones que éste transmite. Por su parte, el líder trata de cultivar la confianza del elector desarrollando un estilo personal capaz de irradiar competencia y honestidad, pero también identificación y empatía. El autor de Home Style comprueba que los estilos de presentación de los candidatos combinan componentes personales y cuestiones políticas en distintas medidas. Pero, al margen de sus ingredientes, todas las estrategias tienen como objetivo que el líder aparezca ante el electorado como una persona digna de confianza.

En la práctica, la distinción entre la valoración de las características personales y las preferencias sobre issues resulta engañosa. Ambos elementos se encuentran interrelacionados en las imágenes de los líderes (Hacker y otros 2000; Just y otros 1996; Kaid y Chanslor 1995; Peterson 2005). Los electores, como hemos visto, extraen consecuencias políticas a partir de los atributos personales de los líderes. Pero lo contrario es igualmente cierto. De las posiciones políticas se pueden inferir cualidades que los ciudadanos consideran deseables por sí mismas. La percepción de los atributos de un candidato está ligada a sus posiciones políticas, en interacción con los valores del elector (Kinder 1986; Peterson 2005; Rapoport y otros 1989). Una decisión como la de tirar adelante una reforma laboral sin el visto bueno de los sindicatos puede ser interpretada como una prueba de determinación y responsabilidad desde el punto de vista del empresario, o, desde

10 La difusión de la vida privada de los políticos no siempre responde a una intromisión por parte de los medios o la curiosidad de la opinión pública. En ocasiones, son ellos mismos los que, conscientes de sus repercusiones, dan a conocer públicamente sus intimidades con el objetivo de atraer el apoyo de determinados colectivos. Así, el socialista catalán Miquel Iceta y el eurodiputado José María Mendiluce aprovecharon la proximidad de una consulta electoral para proclamar su condición homosexual.

11 Esta última expresión (“How have you looked to me lately?”) no tiene fácil traducción al español. Aquí “look” denota la impresión acerca de una persona que se desprende, sobre todo, a partir de su apariencia externa.

la perspectiva del trabajador, como una muestra de arrogancia y falta de empatía. Para el católico más ferviente, el presidente que restringe los supuestos de aborto es un líder compasivo; pero a la feminista convencida sólo le merece el calificativo contrario. Más todavía. Hayes (2005) ha demostrado que, como consecuencia de la percepción de conexiones “naturales” entre partidos y políticas públicas, los electores desarrollan estereotipos sobre las cualidades personales de los líderes (véanse, también, Goren 2002, 2007; Nimmo y Savage 1976). La reputación que el Partido Republicano se ha labrado en la gestión de los problemas relacionados con la familia, la contención del gasto y la defensa favorece la atribución automática de determinados atributos a sus candidatos, como el liderazgo y la rectitud moral. El recurrente énfasis del Partido Demócrata en las cuestiones sociales hace que la compasión y la empatía parezcan cualidades que sus candidatos detentan en propiedad. El grado en que los candidatos satisfacen las expectativas derivadas de estos estereotipos partidistas condiciona su impacto electoral. Según Barker y sus colegas (2006), los propios simpatizantes otorgan más peso a los atributos que típicamente definen a las elites de sus partidos, lo cual es una prueba más de la interrelación entre preferencias políticas y personales.12

La misma conclusión se extrae del análisis de las estrategias de comunicación