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Studying the effect of protein on the corrosion of AZ31 using EIS and SECM in simulated biological

4.3.4 Local electrochemical activity using SECM

La palabra nadir significa, como usted sabe, el punto más bajo. Así pues, el paso por un nadir en el transcurso de los ciclos astronómicos, en esencia, jamás debe ser entendido como una especie de caída, en el sentido de un ensombrecimiento. Ya que, en el nadir, en el criterio de los ciclos astronómicos, es donde debe conseguirse la calidad, donde debe alcanzarse la gran meta que se ha fijado el Logos; donde debe hacerse realidad el plan de Dios para el mundo y la humanidad.

¿Qué es, pues, lo esencial de un paso por el nadir? ¿Cuál es la finalidad de la experiencia en las tinieblas? La finalidad es encontrar la luz durante semejante viaje errático, vencer al mal con ayuda de esta luz auto-adquirida y restablecer el estado ori- ginal. Todos los misterios se reducen a eso; tan pronto como el hombre los ha sondeado, la línea de su evolución cambia de nuevo hacia arriba, regresa a sus orígenes. Mas, ¡con qué inconmensurable diferencia! El hombre partió como un ignorante, vuelve como uno que sabe. Salió como un hijo pródigo; ahora es el hijo reencontrado que regresa a la Casa del Padre.

Por eso se desarrolla en todo el universo, a lo largo de todos los ciclos astronómicos, una manifestación de salvación monádica que otorga conciencia, purificación y plenitud de experiencias a la humanidad, a través del punto más bajo de un camino descendente; y ello a través de un período que va desde el Antiguo Testamento, lleno de amenazas, calamidades y pesar, hasta un cambio de rumbo en Cristo, un ascenso en el Nuevo Testamento.

Si entendiese esto, entonces comprendería asimismo la idea de los rosacruces clásicos que, como sabe, formulaban: «Inflamados por el espíritu de Dios, perecemos en Jesús el Señor, renacemos por el fuego del Espíritu Santo».

Entienda este proceso así: la mónada, aportada por Dios; el Ánimo o la radiación nuclear desarrollada; la personalidad cuádruple hecha realidad como imagen de la idea y, a continuación, animada por la mónada.

Éste es el hombre total séptuple inflamado por el espíritu de Dios. Ése es el comienzo de la poderosa manifestación de Dios en y a través de su criatura. Y cuando la criatura ha devenido completa, 'la forma esculpida' debe obtener valores, adquirir experiencias, volverse completamente auto-realizadora, a partir de la plenitud de experiencias, en la gran escuela de prácticas de Dios. De ahí el proceso, a lo largo de ciclos astronómicos, por las siete revoluciones, por los siete globos, a través de los siete períodos.

Los rosacruces designaron a esta totalidad «perecer en Jesús el Señor». Éste es el camino de cruz de las rosas, desde el principio hasta el final, que nos ha sido presentado en multitud de mitos y leyendas como una historia que se desarrolla en algunos años. A esta fase le sigue, luego, la resurrección, el gran restablecimiento, colmado con el tesoro de la plenitud: el renacimiento inmortal de, por y en el Espíritu Santo.

En todo este viaje evolutivo, la muerte es una ficción; el mal, un incidente. Y sólo queda la única y absoluta vida.

Por consiguiente, lo que en el camino del nadir llamamos el nacimiento natural, el nacimiento del cuerpo del orden de emergencia, es la posibilidad, que se repite constantemente, para el total restablecimiento, para la adquisición de una experiencia plena. El único peligro que amenaza a este proceso es el mal, la malignidad, la ilusión. La ilusión de la que cada entidad, tarde o temprano, deberá deshacerse cuando descubra que toda malignidad es una ficción originada por el juego de las contraposiciones, por

tanto, por la dialéctica.

Así, comprendemos a Hermes cuando demuestra que no existe la muerte. Que jamás ha existido una sola cosa muerta, porque cada átomo es un principio vivo y sigue siendo un principio vivo. Sí, la fuerza de un átomo puede disminuir, pero éste es siempre vivificado de nuevo, cargado con la energía fundamental de la divinidad. La muerte es corrupción, y la corrupción es perecimiento. Pero tal proceso de corrupción está excluido en la manifestación universal, dice Hermes con énfasis.

El proceso que interviene constantemente y que le engaña muchas veces, el proceso al que llama muerte, es la disolución de los cuerpos compuestos. Éstos son disueltos para que puedan vivir de nuevo, para devenir nuevos otra vez. Pues existe un incesante

movimiento en todo el universo, un eterno avanzar de todas las cosas. El movimiento es, asimismo, la acción fundamental del universo. Todo es movido, exulta Hermes.

Del incesante movimiento, del incesante cambio de todas las cosas y de los contrastes que a ello van unidos, surge el mal, que debe ser neutralizado por cada entidad. Por ello, debe examinar bien la esencia del mal.

Ya le hablamos antes de la naturaleza y complejidad de la mónada, el estado inicial y original del hombre, y sobre el largo proceso en el que debe ser completado ese estado, a través del nacimiento natural y el camino del nadir.

El camino del nadir es el viaje hacia el punto más bajo, el viaje hacia la base. Es el estado de ser de la certeza interior, de la absolutidad interior. Si está equipado con grandes posibilidades, si esta llamado a realizar un gran trabajo, entonces, previamente, deberá ser aleccionado para que adquiera una sólida experiencia a fin de que sepa cómo no se debe hacer, cómo no se puede hacer.

Así pues, de ninguna manera el camino del nadir tiene como objetivo zarandear al hombre a través de las tinieblas, a través de profundidades y miserias para, así, conducirle a la experiencia. No, el camino del nadir es, finalmente, la confirmación de la inconmovible certeza de la manifestación de la salvación. Los pasos dados por la humanidad en los diferentes ciclos astronómicos forman, en conjunto, la manifestación divina de la salvación para la criatura. Todo el sistema monádico debe fundirse, hasta en cada fibra, en esa única e inamovible certeza, para que, a partir de ahí, se manifieste realmente Dios-en-Dios, y no algo así como una entidad totalmente automática, que opera con la exactitud de un mecanismo de relojería y que poblaría el universo miríadas de veces. Comprenda que el Logos se manifiesta por medio de su criatura, para manifestarse a Sí mismo. Por eso, cada mónada es conducida hasta su nadir, para que, lo mismo que un árbol, pueda encontrar verdaderamente 'la suficiente profundidad en la tierra' para sus raíces.

Si ahora tiene clara esta meta ante sus ojos, todo se vuelve totalmente distinto. ¿Cómo llega a la certeza interior de la vida? No sólo por la experiencia, sino también por el conflicto. ¿Por qué llega el conflicto a su vida? Debido a que está hundido en la dialéctica; porque es confrontado con la realidad de las contraposiciones: luz y tinieblas, bien y mal. Todo se transforma en su contrario. Por la realidad de las contraposiciones, a través de la gran situación conflictiva de la dialéctica, entra en la vida auto- descubridora: por la experiencia y el conflicto. Intenta asir algo que se le escurre de las manos. Intenta realizar algo que, a continuación, llegado a un momento culminante, lo pierde. Construye algo que, a continuación, se desploma.

Piense en la conocida historia de Perceval, en búsqueda del Santo Grial. El candidato ve en la lejanía la Ciudad Dorada. Corre hacia allí; pero cuando llega al lugar donde estaba la ciudad, ésta ha desaparecido. Ve una figura de una hermosura maravillosa. Corre hacia ella, la imagen se desmorona convertida en polvo. Ésa es la dialéctica. Todo, absolutamente todo, se le desmorona en las manos.

Cuando es joven espera muchísimo de la vida. Conforme se hace mayor, constata que, de lo que había esperado tan ardientemente, poco o nada llega. ¿Qué es lo que le queda? Experiencia. ¿Qué es lo que subsiste? La realidad del conflicto. Muchas personas están totalmente enredadas en el conflicto. Eso es el mal. Por eso le dice Hermes a su hijo Tat: libérate del conflicto. Así pues, distánciate de la dialéctica. De una vez por todas, libérate de ella.

Siempre tiene dos caminos. Sobre esto ya ha experimentado infinitamente. Y todavía sigue haciéndolo con su yo, con su yo nacido de la naturaleza. Porque su yo debe aprender la lección. La radiación nuclear, el Ánimo, y el alma original, esperan hasta que empiece a descubrir y comprender su estado, y, reconociendo su destinación, abra la puerta de su corazón de par en par.

Su yo debe penetrar hasta el saber y la comprensión. Su yo debe derribar los muros de metros de grosor de la auto-conservación que le rodean. De vez en cuando, algunos alumnos vienen como blindados al templo, como si quisieran decir: «No se piense que va a poder penetrar hasta mí». ¿Por qué hacen eso? Por auto-protección. En la vida, han sido durante tanto tiempo apaleados, humillados y hostigados, que viven constan- temente en una actitud emocional defensiva. En todo el mundo ven un enemigo. Esos muros deben caer. Todo ese auto-armamento debe desaparecer. Su yo debe penetrar hasta el saber y la comprensión. Con otras palabras, el descubrimiento del único bien yace encerrado en la esencia del nadir de la naturaleza. En esa naturaleza primordial debe encontrar «suficiente profundidad de tierra».

Entonces, ¿quiénes recorren su camino del nadir, deben vaciar, hasta la última gota, el cáliz lleno de amarguras? No, de ningún modo. Eso depende totalmente de usted: experimentará la amargura, la desdicha y el pesar hasta que posea el discernimiento y la certeza interior adquiridos por la experiencia, por la necesidad y la muerte, en el juego de los opuestos.

Nunca se termina con el juego de las contraposiciones. No tiene ni principio ni fin. La dialéctica es, de hecho, la frontera legitimo-natural de las profundidades. Y en ese país fronterizo se encuentra usted. Pero no debe atravesar ese país, sino que debe elevarse fuera de él. Quizá, ahí radica su equivocación: quiere atravesar la frontera de las profundidades, cuando debe elevarse por encima de ésta. En todo momento, el hombre puede abandonar esa frontera y elevarse hacia arriba. De hecho, a cada instante, se elevan muchos desde las profundidades, para, sin embargo, volver de nuevo a hundirse en ellas de un batacazo. Hasta que, finalmente, exista la suficiente comprensión, nacida de la experiencia y a través del conflicto. Y si existe comprensión, verdadera comprensión, entonces también está presente la suficiente fuerza para la elevación. Por eso, primero debe nacer el profundo discernimiento. Por eso, también se dice en la Biblia: «Mi pueblo se pierde por falta de conocimiento». Aquí no se refiere a ningún conocimiento intelectual. No, se trata del conocimiento de la experiencia, purificado por el conflicto. Tan pronto una persona ha alcanzado este punto, tras su marcha a lo largo del sendero de la amargura, empieza a entender las palabras de Hermes:

Adora esta palabra, hijo mío, y venérala: sólo hay una religión, una manera de servir a Dios y de venerarle, a saber, no ser malvado.

Esto significa que debe despedirse de la dialéctica. Que rompe, dentro de sí mismo, con este mundo y abandona el país fronterizo. Que se eleva a sí mismo y se libera del conflicto con el mal, en sentido absoluto.

Éste es también el sentido de la tentación en el desierto. Las fuerzas del país fronterizo le ofrecen todo al candidato. Si él no puede resistir al tentador, entonces es enredado en la tela de araña. Quien de verdad ha despertado al discernimiento, se distancia de ello. Puede hacerlo si posee suficiente comprensión desde el interior, si sabe hacia dónde

debe ir y se libera del movimiento de los opuestos. Cuando sepa todo esto, no debe detenerse ni un instante, sino que debe actuar inmediatamente y soltarse con decisión, de forma científico-gnóstica, directa y absolutamente: «Si oye hoy su voz, la voz del saber interior, no endurezca su corazón, sino déjese introducir en el Nuevo País».

Así pues, entonces, no sólo tendrá que rogar: «Señor, perdónanos nuestras deudas», como un grito del hombre afligido, sino al mismo tiempo: «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Ya que cuando recorre el camino del alma está unido a todos los demás. (¡Individualistas, entiendan esto!). Está totalmente excluido que, en tanto que yo, pueda recorrer el camino completamente solo. El yo no existe en la vida del alma: sólo existe el alma; y ella se sabe unida con todos. Así pues, si libera la fuerza para la vida, dicha fuerza deberá ser aplicada a la cohesión del grupo. Por ello se soltará decididamente de todo, comprendido según la naturaleza, y ya no se volverá a adentrar en el mal, ya no querrá formar parte de él, ya no se dejará arrastrar hacia él.

¿Puede ser suficiente con eso? Sí, porque el saber, nacido de la experiencia, de la purificación, pone a su disposición dos poderes inmortales: el Ánimo y la palabra. Cuando el hombre físico, la imagen de la idea, celebra este gran descubrimiento, cuando entra en la única religión, a saber, «no ser malvado», entonces dispone de los poderes monádicos del principio que el propio Dios ha manifestado en la mónada, ya que Él se refleja en perfección en ella.

Si sigue estando pendiente de la amargura diaria, nunca podrá percibir la voz de la mónada. No podrá entrar en el gran reposo de la elevación del que, por ejemplo, se habla en los capítulos 3 y 4 de la Epístola a los Hebreos. Si puede oír hoy «la voz» interior, no endurezca entonces su corazón, como ya ha hecho tantas veces. Si oye la voz de la palabra y el Ánimo, abra entonces su corazón en perfección. Y cuando haya abierto su corazón, al comienzo no vaya a pensar que va a entrar de inmediato en el mágico país celeste. No, entonces es alcanzado por la espada del Santo Grial. Pablo dice de ello: «La palabra del espíritu es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos: penetra hasta partir alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; y es entonces, en usted, un juez de los pensamientos y las intenciones del corazón».

Quien es alcanzado por la espada del espíritu, entra en el proceso de santificación, esto es, de curación, entra en el proceso de transmutación y transfiguración.

XVI