1.7 Methods of corrosion monitoring
1.7.4 Scanning Electrochemical Microscopy (SECM)
Como introducción a nuestros siguientes análisis del libro decimotercero del Corpus
Hermeticum, repasemos los versículos cuarto a octavo.
En los seres irracionales [el Animo] actúa de acuerdo con el carácter natural de cada uno; en las almas de los hombres, sin embargo, se opone a éste. Toda alma que ha entrado en un cuerpo es inmediatamente atormentada por el dolor y el deseo, ya que el dolor y el deseo se extienden como un fuego en el cuerpo densificado en el que el alma es sumergida y se ahoga. Cuando el Ánimo puede tomar la dirección de tales almas, emite su luz sobre ellas y se opone así a sus inclinaciones naturales. Al igual que un buen médico cauteriza o extirpa lo que está enfermo en el cuerpo, así el Animo hace sufrir al alma al sacarla del deseo que es la causa de todo su estado mórbido. La gran enfermedad del alma es, sin embargo, su negación de Dios y el pensamiento totalmente erróneo que de ello resulta, el cual da origen a todas las maldades sin suscitar nada bueno. Por eso el Ánimo, al combatir esta enfermedad, proporciona nuevamente el bien al alma, tal como el médico devuelve la salud al cuerpo. Sin embargo, las almas humanas que no se dejan guiar por el Ánimo se encuentran en la misma condición que las almas de los animales irracionales.
A esto, nosotros agregamos que el tercer versículo dice con énfasis: En los seres
desprovistos de razón el Ánimo es la naturaleza. Así pues, la criatura irracional tiene un estado de ánimo que se puede explicar completamente a partir de la naturaleza. En consecuencia, esta criatura animal no puede hacer otra cosa que ser totalmente una con la naturaleza, estar en total armonía con ella. Y de hecho se conforma completamente con ella, pues es su destinación vital. La naturaleza y su forma de ser están totalmente en equilibrio. Hay muchas personas así. Personas que encajan perfectamente en la naturaleza, que se adaptan totalmente a ella, incluso se enorgullecen de ello y que han elegido semejante comportamiento de vida como una especie de religiosidad. Piense simplemente en los múltiples adoradores de la naturaleza. Piense también en los innumerables tipos burdos, multitudes que se atiborran de comida, únicamente orientados a la materia y a la satisfacción de los sentidos.
La naturaleza, tal como se explica en la Enseñanza Universal, es continuamente fugaz. No es ninguna realidad. A cada intento de sujetarla, le sigue el juego de la contraposición. Así pues, la naturaleza tal como la conocemos es irreal, dialéctica. Y todo lo que está unido a la naturaleza y se aferra a ella es, pues, igualmente, en gran medida irreal.
La naturaleza es, o al menos debe ser, un limpio espejo de la imaginación y nos ofrece las representaciones de toda bondad, belleza y amor. Pero la imagen pasa y escapa en sus contrarios según las leyes de la naturaleza. Incontables veces hemos llamado su atención sobre este hecho. No para sacar de su orientación al hombre que es totalmente uno con la naturaleza. Esto sería un esfuerzo sin esperanza, puesto que en los seres irracionales el Ánimo está totalmente en consonancia con la naturaleza. Pero en la esencia verdadera, original y, por tanto, fundamental de las personas, al menos en la de muchas personas, está presente un vigoroso elemento que se aparta absolutamente de la naturaleza. Y para despertar completamente ese elemento y fortalecerlo, la Filosofía Universal habla reiteradamente de lo totalmente efímero, de la dialéctica, y señala lo poco inteligente que es aferrarse a ello. Cuando, por consiguiente, los hombres persiguen la ilusión y descubren que no la pueden asir, entonces la Escuela les habla de
la dialéctica.
Es absolutamente imposible ignorar la naturaleza y su ilusión. Ya que el hombre físico, su personalidad natural, es una parte de la naturaleza de los opuestos. Su personalidad nace de ella, se alimenta de ella y por ella y, a su debido tiempo, es matada por ella. Pero el hombre, o al menos una parte de la humanidad, tiene un alma que no se puede explicar por la naturaleza. El microcosmos de tales entidades tiene un núcleo. Hablamos del corazón central del microcosmos. Este núcleo, este núcleo de la rosa, está unido, en alguna medida, al corazón nacido de la naturaleza y habla en él. Cuando este corazón central del microcosmos habla en usted y le habla a usted, el estado de ánimo se opone a lo totalmente efímero. Es un estado del corazón en el que, eventualmente, la persona se rebela desesperadamente contra la irrealidad, lo cual le incita a todo tipo de cosas y asuntos extraños.
Muchas personas, en el transcurso de los siglos, se han maravillado que, por un lado, pueda existir un alma libre respecto a la naturaleza, el alma que conocemos como el núcleo de la rosa o el átomo primordial, mientras que, por otro lado, esa misma persona pueda mostrarse, no obstante, tan fuertemente ligada a la naturaleza. La causa de esto nos es explicada por Hermes:
Toda alma que ha entrado en un cuerpo [y que, por lo tanto, es encerrada dentro de la personalidad nacida de la naturaleza] es inmediatamente atormentada por el dolor y el
deseo, ya que el dolor y el deseo se extienden como un fuego en el cuerpo densificado en el que el alma es sumergida y se ahoga.
Con todo esto, van anexos algunos misterios. A la forma física del hombre le corresponde, desde el punto de vista ideal, ser el instrumento absoluto del alma viva que lo habita. Pero la figura física en su forma cristalizada, tal y como la conocemos, no es apta para ello. Considerado desde el punto de vista del alma, el hombre recibió esta forma de la naturaleza, de su padre y de su madre. Por eso, esta forma física tiene fuertes propiedades destructoras para el alma. Al menos, el alma es tomada prisionera por ellas. Estas propiedades destructoras para el alma las descubrimos sobre todo en los flujos vitales que van anexos con la forma física, el éter nervioso, el archeus, o, tal como lo llama Jakob Boehme, el salniter corrompido. En esta esencia vital, en estos flujos vitales, el alma es ahogada. Las influencias de este archeus no se pueden neutralizar con la ayuda de medicinas. ¡Ojalá fuese cierto! Estos humores vitales tampoco se pueden retirar por medio de una operación o de otro modo. No, el archeus o
salniter corrompido tiene que ser neutralizado desde dentro. A tal efecto, tiene usted que asumir una lucha vital.
Naturalmente, para llevar a cabo este proceso, primero es necesario poseer un alma, un alma que se rebele contra sus tormentos, contra sus experiencias. Pero no debe rebelarse de forma negativa contra el mundo, la humanidad y la sociedad, o contra el prójimo, sino que debe hacerlo contra la malignidad en su propio sistema, es decir, contra el dolor y el deseo que son existencialmente uno con el salniter en usted.
Conoce las aflicciones. Todo el mundo las experimenta en sus variados aspectos. En cuanto al deseo se refiere, debe tener en cuenta que esta palabra antiguamente no era utilizada en un sentido tan peyorativo como ahora. Según el hermetismo, puede ser descrito como un estado en el que la actividad de todos los sentidos está orientada a la naturaleza y a todas sus consecuencias.
Cuando el alma se rebela contra todo esto, porque la medida de la vivencia experimental se ha colmado, entonces el átomo primordial, el corazón central del microcosmos, comienza a ejercer una influencia muy fuerte sobre la conciencia central situada en el santuario del corazón. Esto ocurre especialmente cuando se sufre una experiencia muy amarga. Entonces, el estado de ánimo reaccionará con virulencia a la situación. Por tal
ardor del alma surge, dice Hermes, un resplandor, una luz, una radiación. Esta radiación del alma es, por supuesto, completamente antinatural: desde luego no se puede explicar por el estado natural ordinario. De hecho, viene del corazón central del microcosmos. Pues bien, este resplandor, esta radiación, esta influencia, como dice Hermes, se coloca frente a la malignidad que hay en usted. Nosotros decimos que de esta forma el alma avanza, al menos puede avanzar, hacia un nuevo estado de ser, un estado que puede conducir a un cambio total, a un renacimiento total del alma. El resplandor del alma ataca de inmediato, sin rodeos, al salniter corrompido, al éter nervioso. Actúa como un cirujano muy enérgico que cauteriza o extirpa del cuerpo lo que está enfermo. ¿Por qué? Por la salud del alma y a la vez del cuerpo. No la salud dialéctica, sino la verdadera salud, en el sentido de la Gnosis universal. La salud que es un avanzar en el camino de la realización del objetivo de la vida.
¿Por qué tiene usted una forma física? ¿Para ir por aquí unos años, de un lado a otro, con toda clase de miserias y ejercer una u otra profesión burguesa que le mantenga a flote y, finalmente, morir? ¿Y para, a lo largo de todos esos años, ahogarse en el éter nervioso, en la malignidad, luchando y peleando sin cesar? ¿Es ése el objetivo de su vida?
¿Por qué tiene usted una forma física? La forma física, dice Hermes, es un instrumento, una propiedad del alma, para poder actuar como servidora del alma.
Existe, pues, un estado de ánimo que se encuentra totalmente cautivo de la naturaleza y que funciona en completa interrelación con el éter nervioso. Pero también existe un estado de ánimo en el que, y por medio del cual, el alma humana pura, original, se rebela contra la dictadura y el dominio que ejerce el cuerpo sobre el alma.
Imagine que nace un niño, un niño equipado con un alma original. Cuando esta alma es unida al cuerpo, encuentra la malignidad anexa a la naturaleza dialéctica. Ahora de lo que se trata es de saber si, cuando este niño se desarrolle, se haga mayor, y tenga que asumir la vida, luchará contra la malignidad del interior o aceptará, sin más, esta malignidad y se dejará llevar por las líneas de menor resistencia.
Usted, como entidad-alma, padece la dictadura del hombre físico y, por ello, el alma corre peligro de ser matada, de ahogarse. Ya que, así lo dice la Biblia, «El alma que peca, morirá». Hermes llama a este estado de ánimo especial, que se atreve a entablar la lucha contra la naturaleza, el Ánimo. Hablamos de un nuevo estado del alma, del que sale la luz, el resplandor, la radiación que actúa en el fluido nervioso como una medicina y que, a causa de su fuego purifícador, provoca un grandísimo dolor. El hombre ha recibido este Ánimo, este estado del Ánimo, para su ayuda. Y si usted, lector, conoce ese estado de ánimo, es mantenido en constante conmoción por el dolor de esta medicina. Cada día hay, de nuevo, algo distinto en la gran lucha del alma. No se le deja tranquilo ni un segundo. A cada momento, vuelve a haber un motivo para experimentar el purificador cortar y quemar, hasta que el alma descubre que su gran enfermedad es la negación de Dios.
En esa lucha, el hombre suele moverse a un nivel mucho más bajo y entabla la lucha contra el dolor y la aflicción que experimenta en su forma física. Hasta que, como se ha dicho, el alma descubre que el gran pecado, la gran enfermedad del alma, es la negación de Dios y el pensamiento absolutamente erróneo que resulta de ello.
Si el alma, en su lucha diaria contra el salniter corrompido, permanece exclusivamente orientada a esto, en un momento dado acabará exhausta. No, usted tiene que estar a la espera del espíritu en anhelo de salvación, como tan frecuentemente se dice en la Biblia. Piense, por ejemplo, en el poeta de los Salmos: «Como el ciervo ansia las corrientes de las aguas, así suspira por ti, Dios, el alma mía».
herramienta o propiedad del alma-espíritu, tal como Hermes llama al cuerpo, permanecerá prisionera de la naturaleza, por muy enérgicamente que apele el alma. En nuestras anteriores exposiciones, le hemos preparado para este importante tema al mencionar, una y otra vez, el centro de la pineal. El hombre físico, el hombre atado a la naturaleza, permanece en su estado prisionero de la naturaleza si el espíritu no desciende en ese centro.
Ahora podría usted preguntar: « ¿Qué utilidad tiene entonces el resplandor del alma? Si la fuerza del alma, la luz del alma, apela intensamente debido a su cautividad, ¿de qué sirve eso entonces, sin el espíritu?»
El resplandor del alma, tiene un beneficio doble. En primer lugar, por el resplandor del alma, que actúa en el salniter corrompido (aunque, sin la unión con el espíritu, el alma moriría, al igual que el cuerpo), el conjunto del sistema no podrá seguir hundiéndose, ni ahogarse en la noche del desarrollo descendente. Ciertamente, no existe algo así como el reposo, sólo existe una elevación o un hundimiento cada vez mayor. Aún así, el resplandor del alma es capaz de detener durante cierto tiempo, a veces durante mucho tiempo, un hundimiento aún mayor del hombre físico. En este sentido, el resplandor del alma es como un corcho sobre el que el hombre puede mantenerse a flote, durante algún tiempo, en el mar de la vida. De esta manera, por el renacimiento del alma se impide una mayor caída.
Éste es un punto extremadamente importante que, de hecho, tenemos muy en cuenta en el Cuerpo Séptuple de la Escuela Espiritual. En muchos casos, tras su fallecimiento, es posible retener en el campo de respiración que llamamos la Cabeza de Oro a quienes están «detenidos» en el resplandor del alma y, desde allí, intentar conducirles a la vida liberadora.
Pero la interrupción de la caída por la fuerza del alma aún es, de hecho, algo distinto a ser rescatado, al verdadero elevarse; a ser liberado realmente y a fundirse en la verdadera destinación. El renacimiento del alma aún no es la transfiguración. Y la transfiguración es el objetivo de la Escuela Espiritual moderna. La Escuela Espiritual de la Triple Alianza de la Luz se orienta hacia la transfiguración, hacia el devenir humano absolutamente nuevo.
Así, ahora, quizá le resulte claro que usted, como alumno de esta Escuela, no debe detenerse en el primer beneficio, en el nuevo estado del alma, en el corcho sobre el que puede mantenerse a flote durante algún tiempo. El alma nueva aún posee un segundo poder. Cuando ha entrado en la fase del renacimiento, del nuevo estado de ánimo, es capaz de invocar el descenso del espíritu en el centro de la pineal y de hacerlo realidad: «Como el ciervo suspira por las corrientes de las aguas, así clama por ti, Dios, por el Dios vivo, el alma mía».
Si el alma se eleva de esta forma, el espíritu desciende en la sección cerebral de la pineal preparada. Entonces el propio Espíritu Séptuple, totalmente liberador, atacará al éter nervioso con su fuerza santificadora. A este espíritu aguardamos en nuestra Escuela. ¡Qué este espíritu le toque a usted en perfección!