1.3 Model
1.3.11 Looking through the equations in partial equilibrium
Hablar de los jóvenes implica determinar el rango de edad que en la etapa del desarrollo humano se encuentran y de la construcción social que de esta categoría se ha realizado, en este sentido joven es:
116 Toda persona entre 14 y 28 años cumplidos en proceso de consolidación de su autonomía intelectual, física, moral, económica, social y cultural que hace parte de una comunidad política y en ese sentido ejerce su ciudadanía. (Ley 1622 de 2013, articulo 5, Colombia).
Otro factor a tener en cuenta tiene que ver con el nivel de escolarización, que varía dependiendo de las particularidades de cada contexto, educación media, bachillerato, preparatoria, son algunas de las acepciones que se pueden encontrar en este caso; pero lo más significativo en esta etapa del desarrollo, es la transición que se presenta desde la infancia a la adultez, y es ahí, donde se empiezan a evidenciar elementos importantes a la hora de ubicar a los jóvenes al interior del campo escolar.
La idea de “joven” se empieza a estigmatizar bajo conductas inadaptadas y ruidosas, las cuáles van en contra del orden social tradicional y establecido, los jóvenes representan una diversidad de agentes que se agrupan de acuerdo a sus prácticas y acciones sociales, estas están mediadas por condiciones heterogéneas que caracterizan la juventud, ya que “no comparten los modos de inserción en la estructura social, lo que implica una cuestión de fondo: sus esquemas de representación configuran campos de acción diferenciados y desiguales” (Reguillo, 2000, p.30), tal es el caso de la homogeneización que ha planteado la globalización, la cual ha permitido a los jóvenes diferenciarse e identificarse con ámbitos locales.
“Los jóvenes se guían por las dimensiones simbólicas de su existencia (pelean por la paz mundial, los derechos humanos, la justicia, la defensa del ambiente…” (Rodríguez, 2002, p.97), gracias a esta percepción que poseen de sus problemas, está se orienta por discusiones culturales o políticas, junto con las industrias culturales, en las cuáles han encontrado un espacio de expresión e inclusión, contrario a las instituciones socializadoras tradicionales como la familia y la escuela; este reposicionamiento espacial, se ha dado por la importancia que la juventud le ha dado a las “comunidades de sentido, por ejemplo, el grupo en el barrio, el colectivo cultural o político, etc.; que, entre otras funciones, operan como una especie de “círculo de protección” ante la incertidumbre provocada por un mundo que se mueve mucho más rápido que la capacidad del actor para producir respuestas” (Reguillo, 2000, p.70).
Las particularidades que los jóvenes presentan y que son propias de su edad, socialmente se han tomado como factores que hacen parte de esta etapa del desarrollo o se justifican por su misma condición, por ejemplo las actitudes sociales, las reacciones frente a la normatividad y la autoridad,
117 los problemas propios de su condición, la visión que se tiene del mundo y de la realidad, el uso y manejo de la tecnología, las formas de relacionarse y comunicarse; elementos que han abierto el debate sobre los límites y rangos en los cuáles se encuentra esta etapa del desarrollo, ya que no en todos los contextos sociales los jóvenes se desarrollan de la misma forma.
Los jóvenes hacen parte de dos procesos relacionados entre sí, uno tiene que ver con la edad biológica y el otro con la edad social, estas están ligadas a la construcción social que de ellas se haga, la sociedad ha dado distinto valor a los jóvenes dependiendo de la función que estos ocupen en los diversos lugares, desencadenando rivalidades y luchas de poder con las generaciones anteriores, debido a que “la juventud y la vejez no están dadas, sino que se construyen socialmente en la lucha entre jóvenes y viejos” (Bourdieu, 1990, p.120),
Se hace necesario mirar al joven como un agente social, visto más allá de la norma, es importante revisar lo actuado y lo vivido y cómo esto lo expresa en su práctica cotidiana, la reorganización económica, la oferta y el consumo cultural y el discurso jurídico, según Reguillo (2000) son los procesos que han visibilizado a los jóvenes en el último siglo; la percepción de los jóvenes frente a estos procesos, se evidencian en la crítica y el rechazo del mundo justo, incluyente y posible que se les planteó debido a que las condiciones económicas, sociales y políticas les demuestra fenómenos de marginalización y exclusión, es así, como los jóvenes por medio de sus acciones toman la palabra, sientan su postura y se apropian de los instrumentos para comunicarlo, reconfigurando su posición social y sus prácticas sociales, “lo que interesa de estas “claras trayectorias” es lo relativo a la reproducción social y a la continuidad de la organización social a través de las prácticas … desdibujados los referentes que le dan cohesión y sentido a la vida social, esta no se presenta ya más como una continuidad espacio-temporal” (Reguillo, 2000, p. 60).
Por esta razón, los temores de la población adulta recaen en los jóvenes, ya que los ven como futuro social y por lo tanto la construcción y categorización de los problemas juveniles son elaborados por los adultos; de esta forma el orden social actual, en su gran parte excluyente hacia los jóvenes, los ha obligado a organizarse e identificarse como generación frente a la incertidumbre de un mundo incierto sin futuro para la gran mayoría de ellos, donde la pertenencia a un grupo o colectivo desarrolla prácticas identitarias y de pertenencia.
Es así como “los jóvenes… no tiene una existencia autónoma, es decir al resto del margen social, se encuentran inmersos en la red de relaciones y de interacciones sociales múltiples y
118 complejas” (Reguillo, 2000, p. 49), estas prácticas sociales enmarcadas dentro de la negociación – tensión, caracterizan esta etapa como cambiante y discontinua, donde la sucesión de poder o el reconocimiento de la autoridad son desencadenantes de conflictos generacionales, “para los que ocupan las posiciones de poder, los que aspiran a ellas son demasiado jóvenes…para los pretendientes a las posiciones de poder los que están en ellas son demasiado viejos… (Martín, 2005, p.89).
Las relaciones emergentes que el joven establece con relación a la interacción que establece con la escuela, demarca posturas y concepciones que este elabora frente a la institución educativa y a los grupos sociales que de ella hacen parte; en esta medida, al ingresar al sistema educativo y hacer parte de él, el joven escolarizado configura lógicas mediante las cuáles genera imaginarios frente al papel de la escuela en su formación académica, pero a la vez también frente a las forma de relación que puede llegar a establecer con los miembros de la comunidad educativa.
Los jóvenes estudiantes de secundaria no son sujetos pasivos. Las relaciones que establecen con sus establecimientos educacionales no están ausentes de su propia subjetividad. Los jóvenes construyen ‘saberes’ y ‘saber hacer’ que les permiten dar un ‘sentido’ y ‘significado’ propio a lo que realizan. Estos ‘saberes’ y ‘saber hacer’ los adquieren en un proceso de apropiación que tiene como característica ser colectivo y situado. (UNESCO, 2017, p. 52)
Es constante encontrar manifestaciones de rechazo frente a la función de la escuela como espacio de formación académica, en la medida que “la escuela se aísla de la historia y del diseño del futuro, quedándose paralizada en un presente inmóvil. Se observa… como fenómeno fundamental la separación entre la escuela y la sociedad y entre la propuesta de la escuela y las expectativas de los adolescentes” (Cajiao, 1996, p. 5), presentándose en el joven reacciones que dentro de la organización escolar están señaladas como nocivas al orden establecido y a la dinámica del espacio educativo.
Por este camino los adolescentes generan una cultura separada de los adultos que se basa en la importancia que le asignan al aprendizaje de conductas sociales centrados en las relaciones afectivas con los pares y no en la parte académica del mundo escolar. Por tanto, la escuela tiene atractivo para los adolescentes en la medida en que es el lugar institucional para reunirse con sus pares. (Cajiao, 1996, p. 6)
119 El joven encuentra otro sentido para asistir a la institución educativa, que precisamente no se centra en el propósito académico e investigativo, encuentra que el espacio escolar al que asiste diariamente le ofrece formas de interacción con jóvenes que bajo su misma condición presenta intereses, gustos o manifestaciones similares, y con los cuáles puede establecer a lo largo de la jornada académica lazos de compañerismo que puedan generar procesos de identificación con determinados grupos de pares; “esta cultura de los adolescentes se caracteriza por la multiplicidad de grupos con naturalezas culturales variables en los que el joven tiene que interactuar, lo que genera una fragmentación del mundo que ellos viven, y les exige moverse en culturas diferentes y, consecuentemente, construir discursos diversos para cada grupo, así como también relaciones rápidas y efímeras” (Cajiao, 1996, p. 6).
Este proceso se desarrolla en tensión con las prácticas institucionales de las escuelas secundarias, que ven a las y los jóvenes como sujetos pasivos, moldeables (por lo que la escuela se sitúa en una posición de dictaminadora), y donde la homogeneización (se ve al joven restrictivamente solo como estudiante), la etiquetación (se hacen distinciones entre alumnos a partir de estereotipos), la desconfianza (se concibe que el joven actuará correctamente si es vigilado) y la meritocracia individual (todo logro se atribuye a méritos individuales, desestimándose las condicionantes socioeconómicas y culturales de los sujetos) constituyen los modos preferentes mediante los cuáles los adultos de la escuela procesan la variabilidad individual de los estudiantes. (UNESCO, 2017, p. 53)
Y es en este proceso donde el joven pierde la referencia de la escuela como centro de adquisición de conocimientos académicos, y sus intereses se transforman con relación a expresar manifestaciones tendientes a interactuar más en el mundo social que la cotidianidad escolar le ofrece, “la actividad académica escolar es vista por los adolescentes como formalismo vacío que nada tiene que ver con las cosas importantes que ocurren en el mundo. La escuela valora muy poco el conocimiento que los alumnos han adquirido fuera de las aulas escolares y no le da la suficiente importancia a la socialización de esos conocimientos que se produce entre iguales” (Cajiao, 1996, p. 7); en este sentido las dinámicas e intereses de la escuela se apartan de las motivaciones que el joven escolarizado demanda en esta etapa de su vida, ya que “una escuela rígida, altamente normalizadora y organizada autoritariamente alrededor de la disciplina formal no puede responder a ninguna de estas características juveniles, ni tampoco a las expectativas de desarrollo del país” (p. 8).
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2.6.1. Adolescentes escolarizados.
A la hora de remitirse a la categoría “adolescente”, es pertinente tener presente que esta tiende a estar delimitada por una edad biológica, la cual varía de acuerdo a los discursos que socialmente se establezcan, por ejemplo para la Organización Mundial de la salud (OMS):
Define la adolescencia como el periodo de crecimiento y desarrollo humano que se produce después de la niñez y antes de la edad adulta, entre los 10 y los 19 años. Se trata de una de las etapas de transición más importantes en la vida del ser humano, que se caracteriza por un ritmo acelerado de crecimiento y de cambios, superado únicamente por el que experimentan los lactantes. (OMS, 2018)
Donde los cambios físicos y puberales van a ser característicos de esta etapa, junto con las decisiones que el adolescente va a tener que tomar con relación a su proceso educativo y vocacional, aspectos que entran a determinar la manera como se relaciona con el contexto social y la postura que frente al mismo empieza a adoptar; en este sentido el Código de Infancia y Adolescencia en Colombia (2006) con relación a las dinámicas y acciones que el adolescente empieza a generar con respecto a la comunidad en la que convive, establece que por adolescente se encuentran las personas entre 12 y 18 años de edad, teniendo en cuenta que la mayoría de edad según la Constitución política de Colombia se obtiene a los 18 años.
En los años adolescentes, se estrechan vínculos y se seleccionan más y más las elecciones afectivas entre el grupo de iguales. Los compañeros son una cosa y los amigos, novias y novios, otra bastante distinta. Las relaciones amorosas comienzan a adquirir una gran relevancia, pero se originan en el marco de un grupo especial de iguales que previamente ha intimado. De esta forma, el proceso de reintegración de la identidad del adolescente pasa por una focalización muy particular de las relaciones con sus iguales, en términos de filias y fobias. (Ortega, Del rey y Eipe, 2012, p. 205)
Es así como la identidad entra a jugar un papel determinante en esta etapa de la vida, convirtiéndose en un elemento fundamental a la hora de comprender y analizar las dinámicas que los adolescentes entretejen a la hora de relacionarse o comprender el mundo que los rodea; factor que a pesar de la homogeneidad que determina el uso de la categoría “adolescente”, se expresa en la
121 multiplicidad de formas y matices que pueden evidenciarse del concepto en sí, por ejemplo cuando nos referimos a las condiciones de género y de igualdad del mismo. En este sentido la Fundación Plan (2012), expresa la siguiente preocupación:
La adolescencia es un periodo particularmente vulnerable para las niñas en los países en desarrollo. Durante la adolescencia, el mundo se expande para los niños y se contrae para las niñas. Los niños ganan autonomía, movilidad, prospectos de trabajo, a las niñas se les priva sistemáticamente de estas oportunidades. Ellas tienen movilidad restringida y son susceptibles al matrimonio precoz o forzado y al embarazo precoz. (p. 20)
De esa forma, al hablar de la adolescencia hay que comprender las dinámicas y particularidades que esta etapa representa, así como los intereses que como grupo entran a manifestar, específicamente a los adultos y a instituciones sociales como la escuela; puesto que cuando estos adolescentes entran a ser parte del sistema educativo, se encuentran con dinámicas y realidades que muchas veces coartan su espontaneidad, expresividad e identidad.
En otras palabras, solo con un abuso tremendo del lenguaje se puede colocar bajo el mismo concepto universos sociales que no tienen casi nada en común. En un caso tenemos un universo de adolescencia, en el verdadero sentido, es decir, de irresponsabilidad provisional: estos “jóvenes” se encuentran en una especie de tierra de nadie social, pues son adultos para ciertas cosas y niños para otras, aparecen en los dos cuadros. Por esto muchos adolescentes burgueses sueñan con prolongar su adolescencia: es el complejo de Frédéric, en La educación sentimental, que eterniza la adolescencia. (Bourdieu, 1984, p. 122)
Y es en el escenario educativo, donde se hacen presentes manifestaciones que expresas por los adolescentes con relación a los adultos o la autoridad que ellos detentan, se visualiza la escuela como un requisito social o una obligatoriedad para poder cumplir con un exigencia en aras de proyectarse académicamente y buscar un futuro profesional; “los estudiantes se encuentran, durante un periodo relativamente largo y a una edad en la que antes hubieran estado trabajando... Parece que uno de los efectos más fuertes que tiene la situación del adolescente proviene de esta especie de existencia separada, que le deja socialmente fuera de juego” (Bourdieu, 1984, p. 121).
Un juego en el que los adultos plantean las reglas y las condiciones, bajo las cuales el adolescente tiene que adaptarse y cumplir determinados requisitos y convenciones sociales, siendo
122 el más importante terminar el ciclo escolar, a pesar de las condiciones desfavorables que al interior de este se pueda encontrar; deseo que muchas veces queda inconcluso por el retiro voluntario o forzoso del cual el adolescente hace parte, ya sea por condiciones que la misma escuela le plantea o por dinámicas sociales que ejercen una presión desde otros intereses.
… hoy en día, una de las razones por las cuales los adolescentes de las clases populares quieren dejar la escuela y entrar a trabajar desde muy jóvenes, es el deseo de alcanzar cuanto antes el estatus de adulto y las posibilidades económicas que éste entraña: tener dinero es muy importante para dame seguridad ante los amigos, ante las chicas, para poder salir con los amigos y con las chicas, es decir, para ser reconocido y reconocerse como “hombre”. Este es uno de los factores del malestar que suscita en los niños de las clases populares una escolaridad prolongada. (Bourdieu, 1984, p. 122)