La arquitectura es, por su propia naturaleza, una actividad y un producto destinado a sa-
tisfacer necesidades humanas en las escalas individual, grupal y social - El entorno urbano es también un continente y un condicionante de esta arquitectura y entre ambos y la interac-
ECOLOGÍA Y AMBIENTE | LEONARDO MALACALZA
ción humana se produce un proceso simbiótico en permanente evolución, con estados tran-
sitorios de equilibrio y tendencias a más largo plazo de desequilibrios y reacomodamiento.
En relación con nuestras necesidades, los ediicios nos brindan o deberían brindar en pri-
mer lugar protección (de la intemperie, de nuestra intimidad, de nuestros bienes materiales,
de agresiones o ataques externos, de siniestros naturales o generados por la acción humana, etc.). Pero también deben cubrir nuestra necesidad de identidad ya que maniiestan lo que
somos como personas, grupo o comunidad, en relación al ámbito cultural al que pertenece-
mos y en que clima y paisaje vivimos.
Son mensajeros de un tiempo histórico, ya que todo ediicio se incorpora al pasado en el mismo momento en que es construido. Aquellos que sobreviven al tiempo dan testimonio de su época de origen, en cambio, los que se pierden por diferentes motivos constituyen la parte muda, y por lo tanto ignorada, de la historia de una comunidad en un lugar determinado.
Es entonces la historia la que nos enseña que allí donde lo urbano fue el resultado de una comunidad con tiempo, recursos y vocación como para resolver éstas y otras necesidades básicas, aparecen los espacios a escala humana, la valorización de los recorridos peatonales, la creación y la libertad puesta en juego en los encuentros de las calles y callejones o plazo-
letas, en los juegos volumétricos, en el empleo consciente de la luz, el sol y las sombras, en el juego de los materiales, sus colores y texturas.
Son numerosos los ejemplos de pequeños pueblos y ciudades o sectores de ciudades en los cuales podemos interpretar, por lo que expresan sus calles y ediicios, que la mayoría de estas necesidades aparecían como satisfechas para sus habitantes. Muchos de estos pueblos o ciudades son medievales por el momento histórico de su consolidación, y están localiza-
das en regiones de la vieja Europa, aunque esto no es excluyente, ya que poblados a escala humana comunitaria también existen y han existido en América, u otros continentes.
Básicamente en el lugar y en el tiempo donde una comunidad encontró condiciones de subsistencia, se pudo auto-regular y generó manifestaciones auténticas de participación, el resultado no es otro que el de espacios urbanos a escala humana y ediicios integrados con ese entorno, cargados muchas veces de un simbolismo que apela al entendimientode sus
habitantes y en el que queda implícita una profunda necesidad de trascendencia.
Son estas circunstancias las que generan una fuerte relación de afecto entre cada habitan-
te y su ciudad o su sitio. Es ese lugar tan particular donde se ha nacido, se ha criado, se ha interactuado oyendo desde pequeño historias propias de su entorno, historias de su familia o contadas por su familia; donde compartirá trabajos, penas y alegrías, haciendo del ocio una continuidad de su actividad cotidiana, donde seguramente se casará con alguien del lugar, donde tendrá hijos y nietos, será aquel que nunca emigrará a no ser por condiciones de necesidad extrema. Se trata, ni más ni menos, de un ser humano viviendo en un espacio a su escala, dentro de una sociedad a su escala con un economía a su escala
Como apoyo para la determinación de las necesidades humanas podemos acudir, en este caso, a la clasiicación realizada por M. Max-Neef; A. Elizalde y M. Hopenhayn según la publicación “DESARROLLO A ESCALA HUMANA – Una opción para el futuro” – Cepaur – Fundación Dag Hammarsjold – 1986 – En el texto que sigue a continuación el listado de necesidades humanas según estos autores aparece destacado en letra cursiva.
Figura 1. San Gimigniano, ciudad medieval en la región Toscana, Italia. Uno de los tantos ejemplos de ciudades a
escala humana.
Todavía superviven muchos espacios urbanos con estas características, a quienes la Socie-
dad Industrial no logró contaminar del todo. Espacios que admiten la energía eléctrica, el agua corriente, los desagües, los teléfonos, los cajeros automáticos y las redes de comunicación sin perder su esencia, pero que tienen en el automóvil a su gran enemigo. Espacios que necesitan ser conservados y protegidos, porque la comunidad que los habita ya no está en condiciones espirituales de cuidarlos por sí misma, tan absorbidos y fragmentados como suelen estar sus habitantes por el individualismo, el consumismo y la lucha por el status.
Son espacios donde queda la cáscara construida, pero aún así sus efectos reconfortantes todavía pueden percibirse.- Es que mientras se mantenga la escala, se mantiene la esencia.
Mucho de lo urbano que el hombre construyó, incluso en etapas avanzadas de desarrollo industrial como los inales del siglo XVIII y en algunos casos, aún hasta inales incluso del siglo XIX, conservan esta esencia y su presencia actual así lo corrobora.
En una época, como la actual, donde es difícil encontrar puntos de apoyo para nuestras inquietudes y necesidades intelectuales y espirituales, o rumbos a los cuales dirigirse y en tiempos donde la construcción de nuevos paradigmas es más lenta que la destrucción de los existentes, no parece tarea inútil buscar en ciertos ejemplos del pasado inspiraciones para nuestros problemas actuales, no tanto para restaurar lo que ya no se puede, sino para com-
prender bajo qué circunstancias estos ejemplos signiicativos tuvieron lugar.
Es por esto útil analizar cómo algunas de las llamadas arquitecturas espontáneas pudieron ir sedimentando lentamente respuestas constructivas, funcionales y formales adaptadas al entorno propio de su lugar de implantación y también es útil veriicar aquellos ejemplos y aquellos tiempos en donde lo urbano fue o es el resultado del esfuerzo participativo de una comunidad integrada por ideales y objetivos comunes.