CHAPTER THREE: RESEARCH METHODOLOGY
3.2 The Mail Survey and Sampling Frame
A partir de 1870 se produjeron cambios que afectaron a todo el complejo industrial, pues las empresas cambiaron de tamaño y de carácter. Las empresas clásicas, promovidas por emprendedores capitalistas imbuidos del liberalismo predicado por Adam Smith vieron cómo disminuía su importancia y, al contrario, el gran volumen de las inversiones que se precisaban para la creación de otras nuevas impulsó su participación en las entidades bancarias.
A partir de entonces se produciría la creación de grandes corporaciones financiero-industriales, en su mayoría con una vocación de monopolio, lo cual colisionaba frontalmente con las tesis de Smith referidas a la libre competencia, pues los competidores tratarían de acabar con la competencia; lo cual, visto su enorme poder económico y alcance, provocó que algunos gobiernos tuvieran que legislar contra su expansión.
Llegó el momento en el que la hegemonía británica paso a una dura competencia en la que fueron líderes países como Francia y Alemania, Estados Unidos y Japón, convertidos en potencias industriales de primer orden, capaces de socavar, con éxito en muchos casos, la superioridad que hasta entonces habían tenido los británicos.20 En la espectacular expansión de esta etapa y la necesidad tanto de obtener
materias primas como de exportar los bienes manufacturados radica la principal motivación del imperialismo colonialista.
Así como el papel de la ciencia en la Primera Revolución Industrial había sido secundario y las innovaciones eran consecuencia del ingenio de las personalidades del momento, en el último cuarto del siglo XIX la tecnología resaltaría su carácter innovador, hasta el punto de que los avances producidos figuran entre los rasgos más relevantes de la Segunda Revolución Industrial. Predominaría el uso de las fuentes energéticas ya conocidas (carbón y vapor) y las materias primas esenciales, si bien a partir de 1870 se produjeron grandes avances en la tecnología científica, con la introducción de otras materias
20 La difusión de la industrialización fuera de Gran Bretaña se produjo pese a los intentos del gobierno británico de monopolizar las innovaciones. Sendas leyes de 1781 y 1786 prohibían las exportaciones y la emigración de los artesanos conocedores de las nuevas técnicas. Esta segunda ley se suprimió en 1824, pero la libre exportación de maquinaria no se autorizó hasta 1846. La visita frecuente de empresarios extranjeros, que podía calificarse de espionaje industrial, contrabando de máquinas y la salida ilegal de artesanos, hizo que las nuevas técnicas fueran pronto conocidas en otros países, aunque su arraigo no fue fácil debido a problemas de experiencia, diferencias en las materias primas, falta de capital o insuficiencia del mercado.
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primas que requerían un proceso previo de transformación, caso del petróleo o el caucho. Surgieron industrias mucho más tecnificadas apoyadas por los laboratorios de investigación y se aplicaron nuevos materiales, nuevas materias primas y nuevas fuentes de energía, que reemplazarían a las ya conocidas. Sin embargo, en las décadas finales del siglo XIX destaca la sustitución progresiva del hierro por el acero, obtenido mediante una aleación de hierro y carbono dotado de mayor dureza y plasticidad.21
Aunque era conocido y producido desde hacía siglos, el acero sólo pudo ser obtenido a bajo coste a partir de las sucesivas invenciones y mejoras del convertidor Bessemer, Siemens-Martin y Thomas- Gilchrist, introducidas entre 1856 y 1879. A partir de entonces el aumento de la producción resultó extraordinario, pues hacia 1890 la producción de acero superaba ya a la de hierro, y las 125.000 toneladas fabricadas en 1861 se habían multiplicado por ochenta en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Las inversiones requeridas para el montaje de plantas derivaron hacia grandes concentraciones industriales, caso de United Steel en Estados Unidos y Krupp y Thyssen en Alemania. Los altos hornos construidos hacia 1870 duplicaban la capacidad de los existentes veinte años antes y ello había sido posible gracias a pequeñas pero importantes mejoras fruto de la experiencia.22 El otro gran metal de la
Segunda Revolución Industrial es el aluminio, dúctil, ligero y resistente a la corrosión, con numerosas aplicaciones, desde platos hasta motores de aviación. Su gran cliente sería la industria aeronáutica, en la que el aluminio era considerado casi como un metal precioso hasta que no se descubrió un procedimiento para su obtención más barata mediante la electrolisis (1886).
La industria química, que entonces ya había adquirido un carácter básico, también se desarrolló de forma muy importante. Los conocimientos de química orgánica permitieron la elaboración de tintes, colorantes, fibras artificiales e incluso de las primeras sustancias plásticas, como el celuloide y la baquelita. Con la introducción del método Solvay23, la fabricación de sosa cáustica a partir del amoníaco
redujo su coste y permitió su aplicación a la industria del jabón, textil, papelera y cristal. En Alemania tuvo particular realce la producción de abonos minerales como fosfatos, ácido fosfórico y potasa, con amplias repercusiones sobre la agricultura, al mejorar el rendimiento de las cosechas. A partir de 1870 surgieron productos nuevos o se añadieron otros con un fuerte crecimiento, como la pasta de papel, el cemento y la aspirina (1893) en el campo farmacéutico.
En la producción de energía, la Segunda Revolución Industrial estuvo marcada por dos aportaciones que se revelarían esenciales en el siglo XX: el motor de combustión interna, cuyo invento básico fue del alemán N.A. Otto (1876) y la producción industrial de energía eléctrica. La irrupción del motor de explosión, a partir de 1860, facilitó la explotación completa de todos los derivados del petróleo, al tiempo que permitió el desarrollo de un sector nuevo, el petroquímico, que aprovechaba para calefacción doméstica e industrial lo que hasta el momento se consideraban desechos o residuos inutilizables. Los primeros motores de gasolina fueron fabricados en 1885 por Rudolf Daimler en Gran Bretaña y Karl
21 Desde mediados del siglo XVIII, la fusión de una mezcla de hierro dulce y carbón en polvo en un crisol, permitía la obtención de un acero de gran calidad, pero en poca cantidad y muy caro. El procedimiento no fue importante hasta que a mediados del siglo XIX se trabajó con crisoles en serie, que permitía obtener piezas cada vez más grandes. Krupp presentó en la Exposición de Londres de 1851 un cilindro de acero de 2,25 toneladas, pero su precio sólo podía pagarlo la industria armamentística. El proceso de pudelación permitía obtener acero interrumpiendo el proceso cuando se consideraba que el grado de carbono era el adecuado y para ello era fundamental la experiencia del pudelador. Aunque su precio había bajado mucho, continuaba siendo caro e inseguro.
22 FELIU y SUDRIÁ, op. cit., p. 154.
23 Debido al químico industrial belga Ernest Solvay (1938-1922). Ideó varios métodos de purificación de gases, pero se le conoce principalmente por el desarrollo de un método para la producción de carbonato sódico que mejoraba el método Leblanc y por la invención de la torre Solvay de carbonatado, en la que una solución de sal de amoniaco podía ser mezclada con dióxido de carbono. En 1861 adquirió su primera patente para la producción de sosa y en 1863 construyó su primera fábrica en Couillet, donde terminó de perfeccionar su método en 1872. En 1890 había fundado empresas en diversos países extranjeros y en 1900, el 95% de la crecida producción mundial de sosa provenía del proceso Solvay. La sosa es un componente esencial en numerosas aplicaciones industriales, como la fabricación del vidrio, la metalurgia o la fabricación de detergentes.
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Benz en Alemania. Después de diez años de pruebas apareció el motor Diesel (1895) y el primer automóvil Ford (1896).24 El automóvil representa la culminación de la Segunda Revolución Industrial
como el ferrocarril lo fue para la Primera Revolución Industrial. El empleo del petróleo como combustible en los buques mercantes y militares, con un destacado rendimiento, supuso su introducción en un mercado que hasta el momento utilizaba el carbón como única fuente de energía, si bien su apogeo llegaría en el siglo XX con la popularización del automóvil.
Aunque la producción de electricidad tenía como objetivo inicial la iluminación, pronto se evidenciaron sus múltiples ventajas. El motor eléctrico era ideal por su flexibilidad y sencillez de uso, y la electricidad, además de económica, podía transportarse con facilidad. Este último aspecto tuvo importantes consecuencias, pues, con la electricidad, las fábricas pudieron alejarse de las fuentes de energía. Mientras la rueda hidráulica estaba sujeta a los ríos, y la eficacia de la máquina de vapor dependía en buena medida de su proximidad a los yacimientos de carbón, la energía eléctrica hizo posible que la localización industrial obviara estas condiciones.
Las aplicaciones de la energía eléctrica fueron múltiples: la iluminación, desde que Thomas Edison (1847-1931) patentó en 1879 la lámpara de filamento incandescente. Aunque con una importancia económica inicial mucho menor frente al desarrollo del telégrafo, el teléfono de Bell (1876) fue otro invento destacado. Mucho más importante es la radiotelegrafía (telegrafía sin hilos, TSH), obra de Marconi (1895), que permitió en un primer momento una comunicación directa con los buques en alta mar y a partir de la década de los años veinte del siglo XX, la emisión radiofónica abierta a través de la radio.
Los transportes (ferrocarriles y tranvías) o los procesos químicos de la industria, a los que ya nos hemos referido. Para su difusión surgieron grandes compañías de material eléctrico (Philips en Holanda, AEG en Alemania, General Electric y Westinghouse en Estados Unidos) y se concedió gran relevancia al cobre como elemento conductor, siendo Estados Unidos, Chile y México los principales productores. La electricidad se convirtió en la energía alternativa para el desarrollo industrial de aquellos países que no poseían importantes yacimientos de carbón y, en cambio, disponían de condiciones naturales para instalaciones hidroeléctricas, caso de Canadá, Italia, Suiza.
Hasta la segunda mitad del siglo XIX la Revolución Industrial no tuvo potencia suficiente para ser determinante en la evolución del nivel de vida de Gran Bretaña, de ahí que, como señala Feliu y Sudriá, el proceso de industrialización no puede considerarse el principal responsable de los cambios en los niveles de vida. La Revolución Industrial dio oportunidades de trabajo y de especialización a muchos obreros, aunque hacia 1850 los niveles de vida eran extremadamente bajos, aun siendo superiores a los del resto de Europa. A finales del siglo XIX, una tercera parte de las familias obreras inglesas rozaba el nivel mínimo de vida, la miseria era un hecho temporal y la mitad de sus miembros moría en el asilo. El bienestar de la clase obrera no formaba parte de las preocupaciones de los empresarios ni del gobierno.25
Por último y de interés especial para esta tesis, en la navegación la sustitución de la máquina de vapor por el motor de explosión interna presenta una serie de ventajas. Comparativamente tiene unas dimensiones menores, una mayor seguridad y limpieza y una gran adaptabilidad, ya que puede ser usado con la potencia que se precise y de forma intermitente. La potencia calorífica del petróleo casi duplica
24 Aunque desde el punto de vista económico es una innovación del siglo XX, en el que confluyen una serie de mejoras en el carburador y las bujías, el diferencial, los rodamientos a bolas (cojinetes) y ruedas de caucho, nació como medio de transporte personal que aportaba comodidad. Después se le añadió la rapidez, la disminución del coste del transporte y después de la Primera Guerra Mundial, un aumento importante de la capacidad que se tradujo en la aparición del autobús y cargas pesadas (camiones).
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la del carbón y por su condición líquida puede ocupar espacios no aptos para el almacenamiento de carbón, de modo que los tanques de combustible necesitan menos espacio y permite una mayor autonomía. Además, la manipulación es más segura y barata, pues no obliga a tener el horno abierto y evita las duras faenas de fogoneros y paleros. Hasta los primeros años del siglo XX, el precio del petróleo no bajó lo suficiente como para que las compañías privadas y los ministerios de Marina se decidieran a equipar sus buques con turbinas de vapor.
Lo que convirtió a la electricidad en la principal innovación energética del siglo XX fue su aplicación a la iluminación, al motor eléctrico (fijo o para el transporte) y la electroquímica. Mientras que la aplicación de la electricidad necesitaba cantidades muy bajas de energía en el sector de la comunicación, proporcionada normalmente mediante pilas, las aplicaciones posteriores dependían de la capacidad de obtener grandes cantidades de electricidad y potencias muy superiores. La electricidad para tales fines se tenía que obtener de un motor primario, al principio la máquina de vapor o la turbina hidráulica, mediante la aplicación de un generador eléctrico, de los cuales el primero eficiente fue la dinamo en Gramme, en 1872.
La turbina de vapor de Parsons (1884) mejoró el aprovechamiento de los procesos térmicos para la producción de electricidad. Para la obtención de vapor se continuó utilizando el carbón, aunque después se utilizarían derivados del petróleo y a partir de 1960 el gas natural y la energía nuclear. La transmisión de electricidad a larga distancia fue posible cuando se comprobó que las pérdidas de transporte eran inversamente proporcionales a la tensión a la que era transmitido el fluido eléctrico y, por tanto, que estas disminuían si el transporte se realizaba en líneas de alta tensión, cuyas primeras se experimentaron con éxito en 1891 en Alemania. En la iluminación, el arco voltaico (1857), útil para grandes potencias lumínicas, pronto se vio complementado por la bombilla eléctrica, más pequeña y manejable, inventada en 1879 por Edison. Sin embargo, la aplicación de la electricidad más trascendente fue el motor eléctrico, que no es más que un generador que funciona al revés, es decir, la misma máquina que recibe energía y la transforma en electricidad puede recibir electricidad y transformarla en energía. De ahí la gran versatilidad de los motores eléctricos y se pueden construir con potencia lo suficientemente baja para que funciones con una pila eléctrica (un juguete, por ejemplo) o gran potencia para mover máquinas de cualquier tipo.
La primera aplicación del motor eléctrico fue el transporte. En 1879 Siemens presentó en Berlín el primer tranvía, cuyo éxito fue inmediato. Las grandes ciudades lo adoptaron rápidamente y a partir de los últimos años del siglo XIX apareció también el tren subterráneo (el Metro de Londres se inauguró en 1890 y el de París en 1898), mientras que la electrificación de las grandes líneas de ferrocarril no se produciría hasta después de 1945. El motor eléctrico permitió la aparición de un sector industrial nuevo y de gran futuro, el de los electrodomésticos (plancha, ventilador, radio, gramófono, lavadora, nevera) que empezó a difundirse en el periodo de entreguerras, estando EE.UU. con unos años de adelanto respecto de Europa. La electricidad encontró aplicación asimismo en los hornos eléctricos. Los primeros inventos importantes fueron el horno Siemens (1878), que permite aleaciones y tratamiento de metales hasta entonces impensables y el horno Moissan (1892) para procesos electroquímicos destinados a la obtención, entre otros productos, de carburo de calcio utilizado en muchos procesos químicos. El segundo gran campo es la electrolisis, que se basa en la capacidad de los polos eléctricos (ánodo y cátodo) de descomponer sustancias o de obtener reacciones químicas nuevas. La electrolisis permitió el abaratamiento de la producción de aluminio según el método Hall-Heroult, en 1886.26
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La electricidad generó un sector industrial propio, con una demanda creciente de conductores, aislantes, interruptores, bombillas para motores, dinamos para centrales eléctricas y aparatos de control (contadores, reóstatos, etc.) que motivaron el nacimiento de grandes empresas internacionales que aún existen en la actualidad, caso de Philips (Holanda), Brown-Boveri y Oerlikon (Suiza), Ganz (Hungría), Siemens y AEG (Alemania) y General Electric y Westinghouse (EE.UU.).