Así pues, toda una serie de imágenes serán las instancias que se deben ocupar de expresar esa realidad dinámica. Asimismo, para Bergson, la disciplina que se encargará de estudiar la duración será la metafísica. Ahora bien, la concepción metafísica que defiende Bergson dista ingentemente de la tradicional. La metafísica, desde siempre, presupone de antemano la unidad de lo real, pero también afirma la capacidad de la inteligencia para captarla. Así pues, en el fondo, toda la historia de la metafísica ha sucumbido al poder soberano de la actividad intelectual del sujeto150.
Sin embargo, lejos de ser de esta manera, no existe una unidad de la realidad. Como se ha podido observar a lo largo de lo que se viene exponiendo, la totalidad de lo real se encuentra inmersa en un perpetuo devenir. Hay un movimiento continuo en la realidad. De modo que nada subyace, de forma inmutable, bajo ella, puesto que todo es un fluir continuo. Por consiguiente, al ocuparse de una realidad esencialmente cambiante, la metafísica pasará a ser una
“tarea progresiva e indefinidamente perfectible, construida en colaboración y comunicación recíproca. Lógicamente a una
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Ibid, p. 30.
149
Sánchez Rey, M.C. La filosofía bergsoniana de la inteligencia, op. cit., p. 117.
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Debe recordarse que ya desde el pensamiento de Platón se defiende sin ambages que la capacidad racional del individuo podrá alcanzar aquello que se erige en el ser de la realidad.
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metafísica “siempre progresiva” no pueden exigírsele soluciones
radicales y definitivas”151.
La metafísica no puede formular principios, leyes, que tengan una vigencia universal y necesaria. Si la realidad de la que se ocupa, fluye constantemente, las tesis que se afirmen acerca de ella, también deberán hacerlo. Por esta razón, la metafísica consistirá en ser una tarea inacabada, una disciplina que constantemente está sujeta a las múltiples variaciones que pueden establecerse.
Consideraciones finales
Si sometemos a un profundo análisis todo lo que se ha vista hasta ahora del planteamiento de Bergson, puede afirmarse sin ambages que todo el trayecto meditativo de la filosofía bergsoniana, puede considerarse como una diatriba constante a la hegemonía del pensamiento conceptual. Todo su programa filosófico estriba en ser un intento de derribar la visión intelectualista del conocimiento, en beneficio de un método que se dirige directamente al objeto del que se ocupa.
En el instante en que el pensamiento, la inteligencia, la ciencia positiva, el concepto, imperan, lo único que se obtiene no es más que una visión deformada de la realidad. Esta deformación radica en el fenómeno que, cuando el pensamiento se ocupa de la realidad, la estabiliza. Elimina de ella todo aquello que la constituye de una forma esencial: se devenir.
En el momento en que el pensamiento conceptual adquiere la primacía, se amputa del tiempo su carácter fluyente y se afirma, de una manera categórica, su invariabilidad. La visión cientificista de la temporalidad considera que lo único que existe son una serie de instantes que se van sucediendo. Sin embargo, con esta perspectiva, solamente existe la ausencia de movimiento, por un lado, y, por el otro, un constante tránsito en la dimensión de lo presente. De esta manera, se elimina todo carácter novedoso, puesto que todo pasará a ser predecible mediante leyes que determinarán la realidad.
Ahora bien, toda esta visión se aleja del auténtico estado de las cosas ya que el tiempo, lejos de ser una realidad invariable, es duración y, por ende, un devenir
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83 constante. Asimismo, el pasado es una dimensión que cohabita con el presente. Lo pretérito se halla presente en cada situación. No sólo existe la dimensión temporal del presente, sino que el pasado también tiene su determinado estatus ontológico.
La actividad intelectual del sujeto estabiliza la realidad, en última instancia, puesto que su objetivo radica en conocer para obrar. Es decir, la finalidad del pensamiento es práctica. Ahora bien, al contemplar la realidad con esta determinada mirada práctica, el pensamiento conceptual jamás será capaz de observar las cosas, por lo que de suyo son. Por consiguiente, las prestaciones intelectuales del sujeto no pueden aspirar a captar la realidad originaria de las cosas, puesto que únicamente se ocupa de ella en términos prácticos. No obstante, aquello que la cosa es, su ser, su sentido, es completamente independiente de todo posible obrar del sujeto.
Asimismo, el pensamiento tiene la aspiración de poder captar y expresar la totalidad de lo real mediante el concepto. Tiene la convicción que el aparato conceptual será capaz de apresar la realidad en toda su riqueza ontológica. Sin embargo, el concepto tiene un problema de ingente relevancia: solamente puede captar el aspecto universal, genérico de las cosas. Aquello que se erige en la especificidad e inconmensurabilidad del objeto, no podrá alcanzarlo jamás. Así pues, de nuevo nos hallamos ante la impotencia del pensamiento para poder abarcar la realidad y su sentido. La actividad intelectualista únicamente puede aprehender el aspecto somero del objeto.
Sólo puede captar la dimensión superficial de las cosas ya que no penetra en ellas. Lo que lleva a cabo es una visión a distancia de las cosas, realiza un sobrevuelo. Para ocuparse de la realidad, realiza todo un rodeo periférico, pero, en ningún momento, se introduce en la realidad misma. Su procedimiento se fundamenta en extraer un
continuum de instantáneas acerca del objeto del que se ocupa. Sin embargo, jamás se dirige directamente a él. Por esa razón, una vez más, el pensamiento deja escapar la realidad originaria de las cosas.
Únicamente un procedimiento que se dirija directamente a la realidad, podrá captar lo que ella tiene de específico. Sólo un proceder que no toma instantáneas de la realidad, que no la sobrevuela, que no la rodea, tendrá la oportunidad de acceder a la realidad misma y, de esta manera, poder extraer su sentido. Expresado en términos bergsonianos, sólo la intuición podrá captar la duración que constituye el sentido último de la totalidad de lo real.
De esta forma, puede apreciarse como el pensamiento bergsoniano manifiesta una continua crítica a una manera de tratar las cosas que se fundamenta única y
84 exclusivamente en afirmar la supremacía de la actividad cognoscente del sujeto. El carácter epistémico radica en una manera de ocuparse de la realidad que extrae de ella la dimensión superficial. Sin embargo, aquello que la constituye, el sentido último de las cosas, no puede exhumarlo jamás. Así pues, Bergson ejemplifica de una forma diáfana toda una corriente filosófica que defiende la impotencia de las prestaciones intelectuales, en el momento de llevar a cabo el conocimiento del sentido originario de la realidad.
Ahora bien, este sentido prístino puede ser alcanzado en el momento en que el sujeto se libere de la hegemonía cognoscitiva. En el instante en que se vaya más allá de la actividad intelectual, podrá aprehenderse el horizonte originario de la realidad. Para ello, en el caso de Bergson, será necesario adoptar una metodología que nos conduzca directamente a la realidad. Únicamente a raíz de este contacto directo con el objeto, el sentido será captado por el sujeto.
A su vez, para llevar a puerto una representación de esta realidad obtenida, será necesario recurrir a toda una serie de imágenes, de representaciones flexibles, que gocen de la misma elasticidad y fluencia que tiene el sentido prístino obtenido. El lenguaje ordinario, el concepto, no pueden expresar toda la riqueza ontológica de la duración.
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3. MERLEAU-PONTY Y LAS INSUFICIENCIAS DEL PENSAMIENTO DE