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En “Mi deuda con Karl Popper”, Vargas Llosa dice que descubrió La sociedad

abierta y sus enemigos (The Open Society and its Enemies, 1945) —escrita por Popper

durante la Segunda Guerra Mundial desde su exilio en Nueva Zelanda— “luego de

haber perdido el entusiasmo por la utopía revolucionaria” y cuando iniciaba “una revalorización de la cultura democrática” (1994a: 224). Considerada por muchos especialistas como su obra fundamental, en ella Popper aplica a la política sus teorías sobre la ciencia y el progreso del conocimiento. Simultáneamente, hurga en la historia de la filosofía con el fin de delimitar los orígenes del totalitarismo que condujeron a la guerra y a la crisis del pensamiento moderno occidental. Popper sostiene que el totalitarismo se origina en propósitos altruistas que buscan mejorar la situación del hombre y de quienes lo rodean. Reconoce la pertinencia de los principios que animan a ciertos individuos y sociedades a actuar de determinada forma con la finalidad de

superar las injusticias y desigualdades, pero discrepa de la metodología y las maneras empleadas para llevar a cabo dicho proyecto.

En este punto, se encuentra la discrepancia entre Popper y Hayek: a diferencia del primero, este último exigía un combate ideológico contra el totalitarismo. De otro lado, Popper observaba con recelo el accionar del mercado libre que defendía Hayek; en lugar de ello, se inclinaba por una política reformista e intervencionista con orientación social que no condujera a la economía planificada o a la expansión de la propiedad estatal. La impronta de Hayek en Vargas Llosa se evidencia en su, por momentos, vehemente defensa que hace del libre mercado llegando incluso a afirmar que el Estado no debe intervenir en la industria cultural para sostener proyectos culturales que corran el riesgo de desaparecer como resultado de la libre competencia; o que el intercambio comercial puede traducirse en un necesario intercambio cultural entre sociedades distintas (lo cual, a su parecer, habría servido para que la democracia liberal se expanda a sociedades no occidentales). Esta ferviente adhesión vargasllosiana al libre mercado tiene su origen en la clara oposición de Hayek a la “planificación estatal”.

En La sociedad abierta y sus enemigos, Popper afirma que el capitalismo salvaje e irrestricto es indeseable y hasta paradójico (1992:621), dicho de otro modo, rechaza las políticas económicas no intervencionistas. De este modo, nos damos cuenta de que para Vargas Llosa pasó desapercibida, en un inicio, la defensa que Popper hace de la injerencia del Estado en la economía (1992:319), pues una libertad ilimitada se anularía a sí misma y abriría la posibilidad de que unos individuos priven de ella a otros individuos. Por esta razón, para garantizar la libertad es necesario que el Estado la limite hasta cierto punto (1992:305). Para Popper “el liberalismo y el intervencionismo estatal no se excluyen mutuamente” (1992:116). Y no solo considera que el Estado debe limitar la libertad política, sino, también, la económica, pues “la libertad económica

ilimitada puede resultar tan injusta como la libertad física ilimitada”. Por ello, sostiene que el capitalismo sin trabas debe ser sustituido por la “intervención reguladora del Estado” (1992:306). Eduardo Harada en su ensayo “Karl Popper, ¿padre del neoliberalismo?” refuerza esta idea afirmando que “es claro que Popper, lejos de aprobar que la economía se rija por el libre juego de las fuerzas del mercado, plantea que el Estado debe intervenir en ella, protegiendo la libertad individual”. (Harada 2008:213)

Al respecto, la posición de Vargas Llosa respecto al rol del Estado en una democracia liberal es dual, pues, si bien fustiga a quienes solo enfatizan el aspecto económico del liberalismo y avalan las dictaduras con tal de que hayan progresos materiales, también es cierto que, con mucha vehemencia, ha defendido la expansión del libre mercado y justificado que el Estado se abstenga de subvencionar o proteger la industria cultural y que la subsistencia de determinados espectáculos culturales se rija bajo los términos de la oferta y la demanda. En este aspecto, solo admite que el Estado asegure una educación pública de alta calidad (Vargas Llosa 1994: 32-34). Lo que sí se puede afirmar es que, en lo referente al rol del Estado en la regulación de la industria cultural, Vargas Llosa se inclina por Hayek y la primacía del libre mercado, pero en lo concerniente a las relaciones entre Estado, sociedad e individuo, la impronta popperiana equilibra lo político y lo económico.

Esta toma de partido por la intervención reguladora del Estado fue criticada por Hayek, ya que, desde su perspectiva, las nociones popperianas de “tecnología social” e “ingeniería social” son muy próximas a modelos constructivistas (ya hemos comentado la crítica frontal de Hayek contra el constructivismo en la sección anterior). Sin embargo, con “ingeniería social” Popper se refiere a la planificación racional de las instituciones políticas para favorecer la libertad y el bienestar individuales (1992: 118).

En suma, Popper desea que el Estado no solo proteja la libertad individual, sino que también desea que el Estado proteja la libertad de los demás. “Es necesario cierto grado de control por parte del Estado, si se quiere resguardar a la juventud de la ignorancia que la tornaría incapaz de defender su libertad, y es deber del Estado hacer que todo el mundo goce de iguales cualidades educacionales”. Empero, a continuación aclara que “un control estatal excesivo en las cuestiones educacionales constituye un peligro mortal para la libertad, puesto que puede conducir al adoctrinamiento” (1992: 116).

Como acabamos de mencionar, el rol asignado al Estado, en cuanto a su intervención en la esfera de la libertad individual y el libre mercado, distingue la propuesta de Popper (intervención regulada) de la de Hayek (reducción al mínimo de la intervención estatal). Sin embargo, a pesar de que Vargas Llosa abrazó con mayor entusiasmo la propuesta de Hayek en lo referente al libre mercado, también encontramos en su pensamiento político los contrapesos que obtuvo de la propuesta popperiana. Refiriéndose a esta precisión hecha por Popper, Vargas Llosa destaca lo importante que es para la continuidad de las sociedades abiertas el poder sopesar los “cataclismos de la libertad” económica, es decir, que los más fuertes den cuenta de los más débiles y que, en consecuencia, el libre mercado termine favoreciendo a los más poderosos (1994a:233).

Tales contrapesos los hallamos en la crítica que Vargas Llosa realiza contra los liberales que entienden el liberalismo exclusivamente en términos económicos en desmedro de las libertades políticas. Uno de los argumentos que utiliza para defender el liberalismo es su definición integral: equilibrio entre libertades económicas y políticas para que no suceda lo que Popper anunciaba, es decir, que la ausencia de límites a la libertad del mercado termine conculcando las libertades políticas. En diversas

oportunidades, Vargas Llosa ha enfatizado que no se puede hablar de liberalismo en términos parciales, sino integrando sus dos aspectos fundamentales que terminan siendo las dos caras de una misma moneda. “El progreso, desde la doctrina liberal, es simultáneamente económico, político y cultural, o, simplemente, no es. Por una razón moral y también práctica: las sociedades abiertas, donde la información circula sin trabas y en las que impera la ley, están mejor defendidas contra las crisis que las satrapías…” (Vargas Llosa 2009:321).

En “La odisea de Karl Popper”, Vargas Llosa añade que Popper “es uno de los grandes pioneros del renacimiento del liberalismo clásico” (1995: 53). Eduardo Harada, refiriéndose a este ensayo sobre Popper, critica la lectura que Vargas Llosa hace del autor de La sociedad abierta y sus enemigos porque considera que este malinterpretó las ideas popperianas y le atribuyó a Popper la ideas de Hayek al considerarlo como “alguien que está en contra del intervencionismo (interventionism), el proteccionismo (protectionism), etc., siendo que […] en realidad, los defiende y propone.” (Harada 2008:209). Si bien esta observación a la interpretación vargallosiana sobre el rol del Estado según Popper es atendible y precisa, no se debe perder de vista lo mencionado líneas arriba en este mismo apartado: que las ideas de Popper sirvieron como un contrapeso al fundamentalismo economicista de Hayek, puesto que Vargas Llosa, en varias ocasiones, ha manifestado que el libre mercado no debe superponerse a las libertades políticas, sino que ambos se complementan. Por ello, se puede señalar que un primer aspecto en el que Popper influyó a Vargas Llosa fue en la definición integral del liberalismo y en la consecuente crítica a la separación de las libertades económicas de las libertades políticas.

“La medida del progreso no es el desarrollo económico —éste es una consecuencia, más bien— sino el avance de la libertad, en todos los campos: económico, político, cultural, institucional, ético. Y está muy lejos de ser cierto que las sociedades que gracias a la libertad económica han elevado su producción y mejorado los niveles de vida de sus habitantes hayan hecho progresar del mismo modo, al mismo ritmo, la libertad, en los otros dominios de la vida social.” (Vargas Llosa 1992c:32)

Un segundo aspecto en el que es visible la influencia popperiana es en los conceptos de sociedad abierta34

34“El concepto de la sociedad abierta fue primeramente propuesto por un filosofo francés, Henri Bergson, en su ensayo Las dos fuentes de la moral y la religión. Decía que una fuente de moralidad es tradicional y tiene que ver con las sociedades cerradas y la otra es universal y tiene que ver con las sociedades abiertas.” Soros (2006). Al respecto, Popper también hace una aclaración similar, pero más detallada: “Las expresiones «sociedad abierta» y «sociedad cerrada» fueron usadas por primera vez, según se me alcanza, por Henri Bergson en Las dos fuente de la moral y la religión. Pese a una considerable diferencia […] existe también cierta similitud que no quisiera dejar de reconocer”. En este punto en donde Popper refiere que Bergson define la sociedad cerrada “como la «sociedad humana recién salida de manos de la naturaleza»”. Luego precisa la diferencia: En mi obra, las expresiones indican —por así decirlo— una distinción racionalista; la sociedad cerrada se halla caracterizada por la creencia en los tabúes mágicos, en tanto que la sociedad abierta es tal que los hombres han aprendido ya a mostrarse considerablemente críticos con respecto a estos tabúes, basando sus decisiones en la autoridad de su propia inteligencia (después del consiguiente análisis); Bergson parece pensar, por el contrario, en una especie de distinción religiosa. Esto explica por qué puede considerar a su sociedad abierta el producto de una intuición mística, en tanto que yo sugiero […] que el misticismo puede ser interpretado como expresión de la nostalgia por la pérdida de la sociedad cerrada y, por lo tanto, como una

y sociedad cerrada, recurrentemente utilizados por Vargas Llosa. Popper define una sociedad abierta como el sistema político en el que el gobierno es reemplazado sin la necesidad de una revolución violenta. Por el contrario, en las sociedades autoritarias, el procedimiento de reemplazo de los gobiernos o mandatarios es la revolución o los golpes de Estado. Asimismo, destaca que en la sociedad abierta los individuos pueden tomar decisiones individuales, en contraste con las sociedades primitivas, dominadas por el pensamiento mágico o colectivista: “También ahora seguiremos llamando sociedad cerrada a la sociedad mágica, tribal o colectivista, y sociedad abierta a aquella en que los individuos deben adoptar decisiones personales” (2006:189).

Con la finalidad de realizar un seguimiento más detallado analizaremos las nociones de sociedad abierta y sociedad cerrada en el pensamiento liberal de Vargas Llosa a través de la importancia que este le otorga al individualismo y a la idea de progreso.

Popper indica que el sujeto individual aparece como producto de una revolución en la historia que da cuenta del tránsito desde la sociedad cerrada hacia la sociedad abierta. En este sentido, el individuo “es una creación tardía de la humanidad”. (Vargas Llosa 1992c:25). Es decir, que, en algún momento de la historia, el ser humano se alejó de la magia, el mito y los dogmas religiosos, y los dejó de tomar como únicos fundamentos para interpretar la realidad; en consecuencia, apareció el pensamiento crítico que sometió todo conocimiento a un examen minucioso y a la exigencia de la demostración práctica. Además, el individualismo, en la visión de Popper, fue fundamental para la consolidación de la sociedad abierta porque fue el soporte del pensamiento crítico y de la libertad. Por consiguiente, el progreso artístico, técnico y científico alcanzó grandes niveles, pues era el individuo y no el colectivo, quien decidía cuáles eran los límites y se hacía responsable por los aciertos o errores de sus decisiones.

Vargas Llosa también asume estas ideas de la misma manera en “La cultura de la libertad”:

“El individuo es un producto de la libertad […] adquiere una cara individual y un espacio propio, sólo en los tiempos modernos, cuando la multiplicación de actividades y funciones económicas, sociales y artísticas no controladas […] estimularon la evolución del pensamiento filosófico y político hasta instituir esa noción que rompe con toda la tradición histórica de la humanidad: la de la soberanía individual. Esta noción, y la de ‘sociedad civil’ […] son los cimientos de la civilización democrática. Las ideas de

justicia social, la utopías igualitarias, los derechos del hombre, y, por supuesto, la teoría y la práctica de la democracia serían las más fértiles floraciones de la doctrina que hizo del individuo […] el centro del universo.” (Vargas Llosa 1990b:12).

Y en su artículo “Karl Popper al día” enfatiza que

“El nacimiento del espíritu crítico resquebraja los muros de la sociedad cerrada y expone al hombre a una experiencia desconocida: la responsabilidad individual. […] La libertad, hija y madre de la racionalidad y del espíritu crítico, pone sobre los hombros del ser humano una pesada carga: tener que decidir, por sí mismo, qué le conviene y qué lo perjudica…” (Vargas Llosa 1992c: 26).

Hayek y Popper coinciden en que atribuir al individuo la facultad de potenciar las capacidades humanas, las cuales se expresan mediante el desarrollo cultural que permitió a Occidente, donde más arraigaron las sociedades abiertas, obtener ventaja sobre otras sociedades que aún arrastraban rezagos de las sociedades cerradas. De esto se sigue que las sociedades abiertas son más propicias para el desarrollo del individualismo; por el contrario, las sociedades cerradas anulan la creatividad. Por ello es que Vargas Llosa señala que los regímenes totalitarios no suelen tener grandes artistas, porque la creación artística se encuentra supeditada a los designios del régimen —cuando no del dictador— y no a la libre voluntad individual del artista. Esto también explica el porqué Vargas Llosa se opone a la coacción ideológico-política de la creación artística.

Desarrollemos un poco más detenidamente este punto: las facultades del individualismo potencian la libertad, la crítica y la racionalidad, y, por ende, el progreso. La aparición y el desarrollo de una conciencia individual disconforme con el

pensamiento oficial de su época, en lo referente a todas las ramas del saber humano, habría posibilitado que estas progresaran; es decir, recién cuando el individuo se reconoció distinto del colectivo y eligió un destino para sí al margen de los planes que sometían los anhelos personales a los designios del grupo. El pensamiento crítico, que hizo posible el progreso del conocimiento humano, provino del sujeto individual libre de tabúes y además, inconforme con la realidad circundante. Por esta razón, Vargas Llosa reconoce la importancia del ser individual en el arte, específicamente, en la creación literaria, cuya actividad, la define como un oficio solitario (1990b:5).

Como síntesis hasta aquí, tenemos que la tesis de Popper, así como la de Hayek, es que el individuo fue fundamental para la constitución de las sociedades abiertas, pues, mediante el desarrollo de las capacidades individuales en todos los ámbitos del quehacer humano (político, económico y sociocultural) contribuyó al progreso de la sociedad. Al respecto, Vargas Llosa también reconoce esta potencialidad del individualismo, la cual, a su parecer, se materializa en el libre ejercicio del pensamiento crítico que, a su vez, conduce al progreso.

Sobre el particular, Popper cree firmemente en la idea del progreso de la humanidad; por ello es que la diferencia que establece entre sociedad cerrada y sociedad abierta radica en el grado de libertad y crítica que pueden ejercer los individuos, y en el distanciamiento existente entre los ideales colectivos, que pretendan imponer una voluntad general sobre la voluntad particular, y las expectativas individuales. Como se puede apreciar, la diferencia entre ambos tipos de sociedad es de carácter racional, puesto que la apertura o la cerrazón dependerán de cuan desarrollada esté la razón en la sociedad y de la libertad para ejercer la crítica. Esta diferencia de grado racional es lo que, desde su interpretación de la historia, ha permitido que las sociedades cerradas

abandonen el tribalismo y avancen inexorablemente hacia la civilización. (Popper 2006:216).

De igual manera, Vargas Llosa asume íntegramente la propuesta de Popper en lo concerniente al ideal de progreso:

“…la humanidad cambió de rumbo […] empezó a prosperar y al multiplicarse con los productos de una energía creativa espiritual desembarazada de frenos y censuras y a ejercer cada vez más influencia sobre […] la naturaleza, la vida social y los individuos particulares. Las ideas, las verdades científicas, la racionalidad fueron haciendo retroceder —no sin reveses, detenimientos e inútiles rodeos […] a la fuerza bruta, al dogma religioso, a la superstición, a lo irracional como instrumentos rectores de la vida social, sentando las bases de una cultura democrática […] y de una sociedad abierta.” (Vargas Llosa 1992c:26)

Ello explica la pasión con la que leyó La sociedad abierta y sus enemigos: esta magna obra le proporcionó el sustento filosófico, histórico y científico que reforzó en él la idea de la supremacía de la civilización occidental respecto al resto de culturas periféricas en virtud de que aquella había consolidado, con tropiezos es verdad, una sociedad abierta que no daría marcha atrás, sino que más bien, estaría en constante expansión, pues, en la medida que esta expandía sus fronteras, las sociedades cerradas35

35 En contraste con el combate ideológico invocado por Hayek, Popper, sin ser menos categórico es más prudente y prefiere apelar al sentido de responsabilidad y compromiso de los individuos con los logros obtenidos dentro de las sociedades abiertas. Para Popper defender la cultura de la libertad es una actitud responsable y de compromiso con las libertad y los avances obtenidos. Para ello es necesaria una participación activa de la sociedad civil, es decir, de los individuos organizados para que velen porque las libertades políticas, económicas y culturales no se vean vulneradas por la intervención del Estado. Esta cualidad de deliberación pública de la sociedad civil es destacada por Vargas Llosa en la sociedad estadounidense a la que considera como un digno ejemplo de participación ciudadana en los

Vargas Llosa ya tenía esta convicción antes de leer a Popper; sin embargo, el novelista peruano desarrolló esta intuición sobre la base de su experiencia literaria, primero, y vivencial, después. En el prefacio a La utopía arcaica (1996), manifiesta que su vocación literaria le debe mucho a los escritores europeos —sobre todo franceses— o norteamericanos, y escasamente a los peruanos (Vargas Llosa 1996:9). También, ha resaltado la vital importancia que tuvo para su carrera literaria y su formación como