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Metamodel and Semantics Evolution

2.5 Evolution of Modeling Languages

2.5.2 Metamodel and Semantics Evolution

M

ateria y misterio forman un oxí- moron. Pese a ello, suelen muchos seguir la definición de mente dada por Ambrose Bierce en The Devil’s Dictionary, publicado en 1911: llámase mente a una forma misteriosa de materia segregada por el cerebro cuya actividad principal consiste en descubrir su propia natura-

leza. De las patologías mentales se ocupa la psiquiatría, pero esta carece de un con- cepto coherente de mente. A su búsqueda dedica MacKinnon el libro de referencia. Como suele ser habitual en este tipo de obras con propósito general, el resultado es un braceo voluntarioso, aunque con la novedad de la óptica que le prestan las

alteraciones. Así como en genética las mu- taciones permiten llegar al gen natural, los trastornos mentales podrían revelar la naturaleza de los estados normales.

Otros campos de la medicina no solo po- seen una base lógica más firme, sino tam- bién metáforas idóneas para aprehender la función del órgano: el corazón se comporta

como una bomba, como un filtro el riñón, los pulmones son fuelles, los nervios un tendido eléctrico, etcétera. Con esas imá- genes sencillas podemos explicar que la bomba distribuye sangre oxigenada a los tejidos, que el filtro mantiene el equilibrio de fluidos, que los fuelles aportan oxígeno a la sangre y que el sistema nervioso activa los músculos y traduce estímulos del me- dio. En cambio, el cerebro carece de partes móviles y emite escasa sustancia mensu- rable para recoger y analizar.

La metáfora más extendida de la fun- ción cerebral es la del computador, en el que el órgano sería el hardware y la mente el software. Pero el computador se mues- tra indiferente a la información que pro- cesa; en última instancia, tras todas las re- cursiones que introduzcamos, ni siquiera si procesa la información. Solo al hombre le importa conocer la función adaptativa de la información, las consecuencias que entraña su elaboración, retención, uso, refinamiento, ponderación o interpreta- ción de la información. Consecuencias y síntomas, déficits y conductas constituyen el dominio de la psiquiatría.

A la psiquiatría no le falta casuística. De cada enfermedad pueden escribirse tomos enciclopédicos. Pero adolece de falta de un

hilo conductor, de una teoría general que dé sentido a los ejemplos infinitos y vario- pintos. Ahí reside el telón de Aquiles de la disciplina. Debe su eficacia terapéutica no tanto a una sólida base biológica o una teo- ría psicológica, cuanto a una concatenación de descubrimientos fortuitos, la aplicación de empatía, un conocimiento de las razones que motivan una conducta y, sin duda, el progreso de la investigación clínica. Para definir una enfermedad mental, los psi- quiatras utilizan el manual oficial de diag- nóstico psiquiátrico, el Manual Diagnósti-

co y Estadístico de los Trastornos Mentales

(DSM), donde leemos un elenco de criterios que acotan cada patología. Sin embargo, una vez más, no integran esos conocimientos en un modelo sistemático de la mente.

No siempre la psiquiatría anduvo huér- fana de teoría. Por ceñirnos a la época con- temporánea, el tercio central del siglo XX

predominó el psicoanálisis. La teoría psi- coanalítica explicaba la complejidad men- tal en términos de la interrelación entre el yo, el ello y el superyó. Cayó por la propia inconsistencia científica, develada por Karl Popper, y por su fracaso en la terapia de psicosis, adicciones y otras alteraciones. El enfoque psicoanalítico fue sustituido por el pragmatismo de la psiquiatría bio- lógica, con su arsenal de psicofármacos eficaces. Hoy, lo usual en la academia es dejar de lado la naturaleza de la mente y del trastorno mental. Fenómeno insólito en medicina, donde se subraya siempre la función natural de los órganos en la salud y en la enfermedad. A veces, se define una enfermedad por su causa patológica o por el proceso biológico que altera; no ocurre así en psiquiatría. La psiquiatría evita las definiciones teóricas del trastorno. Las de- finiciones de los trastornos que encontra- mos en el DSM se atienen a los fenómenos superficiales de la patología mental (sínto- mas, conductas y medidas de ejecución) que, en virtud de un acuerdo, se da por características de una entidad diagnóstica. Un acuerdo negociado por comités sobre las expresiones distintivas de la psicopato- logía, si bien no se sabe qué hacer con los casos atípicos o complejos. Estos últimos suelen atribuirse a comorbilidad.

Dejando aparte las teorías abstractas, la psiquiatría del último medio siglo ha veni- do postulando que los métodos de la cien-

cia biológica terminarían por desentrañar el funcionamiento del cerebro, lo mismo que ha ocurrido con el corazón, pulmones, hígado, los riñones o el sistema inmunita- rio. De momento, la investigación genética de un trastorno particular, la asociación de un metabolismo atípico con una patolo- gía o las concentraciones alteradas de un neurotransmisor se quedan a las puertas de una explicación teórica de la naturale- za de la enfermedad, pero sin traspasar el umbral. Las ciencias biomédicas no han logrado para la psiquiatría lo que han con- seguido en otros campos: un mecanismo que explique la enfermedad. Cuando los conceptos de trastorno mental quedan re- zagados en relación a la técnica empleada para estudiarlos, el progreso no depende ya de la adquisición de más datos, sino del desarrollo de una idea mejor que dé sentido a la información amontonada.

Las explicaciones relativas a la célula, el tejido e incluso el organismo se desen- vuelven en términos mecanicistas. Me- nos eficaces resultan esos planteamientos cuando abordamos al individuo en su entorno social. Se introducen las expli- caciones narrativas que, respetando las leyes de la naturaleza, dejan margen para la libertad especulativa. Son explicaciones instrumentales, cuya verdad se mide por las ideas útiles que genera, no por su tena- cidad en la resistencia a su falsación deta- llista. La consistencia de una explicación narrativa se valora por el grado en que cap- ta los hechos sobresalientes y los organiza para revelar las conexiones significativas entre ellas. La memoria, el aprendizaje y las fuerzas emocionales y motivacionales de recompensa y defensa presentan fun- ciones biológicas importantes para la su- pervivencia y la propagación, cierto. Pero esos mismos fenómenos mentales constru- yen modelos de la realidad para acometer funciones más abstractas y complejas, que implican elección, creencia, planificación y relación con otras personas. El problema está, a la postre, en la reducción de la mente al cerebro, postulada o negada según los autores. Siendo las llamadas propiedades emergentes (libre albedrío, inteligencia recursiva y en general las características distintivas del hombre) el nudo de la cues- tión no desatado aquí.

LUIS ALONSO

TROUBLE IN MIND. AN UNORTHODOX INTRODUCTION TO PSYCHIATRY,

por Dean F. MacKinnon. The Johns Hopkins University Press, Baltimore, 2011.

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