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Chapter 3: Evaluation of the leaf area index and the fraction of absorbed

3.2. Materials and Methods

3.2.2. Methods

A fines del siglo XIX el dominio europeo sobre la mayor parte de África pone de relieve la existencia de un número considerable de lenguas, sociedades y culturas diferentes. Desde ahora los estudios africanos van a desempeñar un papel relevante en el desarrollo de la antropología. África, sin embargo, no es una tierra desconocida, y como preludio a la mirada etnográfica, las civilizaciones del África mediterránea muy pronto se dan cuenta de la distancia existente entre esta África “blanca” y las franjas septentrionales de un África “negra” con la que siempre había estado relacionada.

Independientemente de la verosimilitud de algunos relatos de viajes, es cierto que los Antiguos navegan, más allá del estrecho de Gibraltar, hasta las islas Canarias, y que la costa oriental de África comienza a ser explorada desde Egipto a partir del siglo IV a. C. El Periplo del mar Eritreo, escrito en el siglo II o III de C. por un comerciante griego de Alejandría, tiene en cuenta un conocimiento detallado de las zonas litorales africana y asiática del océano Índico. Compilaciones como la Geografía de Estrabón (segunda mitad del siglo primero a. C.- comienzos del siglo primero d. C.), la Historia natural de Plinio (siglo primero d. C.) e Introducción a la Geografía de Ptolomeo (siglo II), demuestran que los antiguos apenas conocían, al oeste de Egipto y Nubia, más que la cercana periferia meridional del limes.

La geografía de Ptolomeo, enriquecida con elementos más o menos fantasmagóricos, seguirá siendo la base de los conocimientos de los cartógrafos de la Europa cristiana al menos hasta el siglo XVI. En el mundo árabe, sabios y viajeros van a reunir, a partir de fines del siglo VII, una suma considerable de informaciones que favorecen la eclosión de una nueva escuela geográfica, inaugurada en la primera mitad del siglo IX por Al- Khwarizmi. Las obras de Ibn Hawqal y de Yacûb (ambos del siglo X) sobre Nubia y Sudán, las de Al-Bakri

(siglo XI) sobre Ghana y sobre todo las de Ibn Batuta (siglo XIV) sobre África Occidental sahelo-sudanesa, que exploran Al-Makrizi en el siglo XIV y León el Africano en el siglo XVI, constituyen todavía fuentes históricas irreemplazables.

La penetración de Islam da origen muy pronto a focos africanos de cultura arábigo-musulmana. Fuera del Zagreb y Egipto, uno de los más antiguos y más destacables en África Occidental es, en el siglo XVI, el de Tombuctú, en esta ciudad y esta época se escriben las dos crónicas sobre las cuales todavía se basa principalmente lo que sabemos de la Edad Media sudanesa: el Ta’rikh al Fattâsh y el Ta’rikh al-Sûdân. El Cuerno de África y el litoral del océano Índico nos son conocidos por escritos locales, el más célebre de los cuales es la Crónica de Kilwa (hacia 1530). Estos textos redactados en árabe sólo tienen equivalente en Etiopía, donde a partir del siglo XIII son redactados en lengua ge’ez crónicas reales y otras importantes, como la Historia de los Galla del monje Bahrey (1593).

La era de grandes navegaciones provoca en Europa, a partir del siglo XIII, un renacimiento de la cartografía; los primeros portulanos son trazados en Génova (siglos XIII-XIV) y en el seno de la comunidad judía de Mallorca (s. XIV). Hacia mediados del siglo XV, los portugueses franquean definitivamente los límites del “mediterráneo atlántico” (cabo Bojador en Río de Oro); alcanzan, antes de fin de siglo, el cabo de Buena Esperanza y establecen factorías a lo largo de la costa atlántica.

Muy pronto los ingleses, franceses, y especialmente holandeses hacen la competencia a los portugueses, y luego lo suplantan, encargándose de la trata de esclavos intensificada por el “descubrimiento”de América. Del siglo XV al XVIII, navegantes, comerciantes, exploradores de las regiones prelitorales, oficiales coloniales y misioneros, producen observaciones e informaciones-principalmente de orden económico y político-sobre las zonas de trata y su área de influencia, sin que existan obras de síntesis que hagan balance de forma regular y seria de los conocimientos sobre un continente que, al fines del siglo XVIII, todavía no ha perdido mucho de su “misterio”.

Con el siglo XIX, la exploración europea adquiere un sentido más sistemático. Fundada en Londres en 1788, la African Society patrocina el viaje del irlandés Daniel Houghton (1790-1791), primera tentativa de alcanzar la fascinante Tombuctú (descrita en “La vida del blanco en la tierra del negro” de Mihái Ticán). El escocés Mungo Park llega hasta las orillas del Níger y publica uno de los primeros relatos de exploraciones del período considerado, Travels in the interior

districts of Africa (publicado en 1799 y traducido al francés en 1800); Park muere en 1805, durante un segundo viaje, antes de alcanzar Tombuctú, donde llegará René Caillé (1828).

En la misma época, Mollien explora el Senegal (1819), Clapperton, Denhma y Oudney viajan a Borne y a territorio hausa (1822-1824), el suizo Burkhardt (1808) y el francés Cailliaud (1820) alcanzan Nubia y remontan el Nilo. En 1850-1855, el alemán Heinrich Barth, partiendo de Trípoli, realiza, bajo los auspicios de Gran Bretaña, un largo viaje de exploración que le lleva al interior de la Gran Curva de Níger, sus Travels and discoveries in North and Central África (1857-1858) constituyen con mucho la más importante suma de informaciones reunidas sobre África precolonial.

La exploración de África Ecuatorial y Oriental es más tardía. Los misioneros luteranos Krapf y Rebmann, que viajan por África oriental (“descubrimiento” del Monte Kenya, 1849), asocian evangelización y trabajos de lingüística. En 1868-1871, el alemán Schweinfurth explora el alto valle del Nilo. Los viajes del misionero escocés David Livingstone (1849-1856 y 1858-1864, a lo largo del Zambeze; 1866-1873 a Tanganyika), relevado por el periodista inglés John Stanley, dedicado a su búsqueda en circunstancias muy conocidas y luego explorando por su cuenta Uganda y la cuenca de Congo (1874-1877), anuncian las conquistas inmediatas que se avecinan y se inscriben en el marco de las rivalidades entre las potencias coloniales; lo mismo sucede, del lado francés, con los viajes de Savorgnan de Brazza (1879-1882), rival de Stanley, o incluso de Binger (1887-1888), cuya relación, Du Níger au Golfe de Guinée (1892), es un modelo de género.