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Model and Methods

In document Testing for Structural Change (Page 93-96)

Si la definición de biodiversidad lo que persigue es la defensa de la vida, ¿Dónde no habrá más vida que en la propia carga genética transmisora de la vida? Por esta razón, en muchas ocasiones los autores se refieren a la biodiversidad como la diversidad genética asemejando un concepto al otro pues, en el fondo, el significado es lo mismo. La diversidad genética, entonces, hará referencia a la variación que existe dentro de una especie, una población, una variedad de subespecies o razas. La forma de medirla, será por medio de la variación de los genes (Redford, 1993).

La variación genética de las especies o de las poblaciones será lo que garantice la sucesión y fortaleza de dicha comunidad. Por ejemplo, algún autor llega a comparar la biodiversidad con la existencia de una «biblioteca genética» que satisfará, por supuesto, las futuras tendencias del entorno (Ehrlich and Wilson, 1991). En otros casos, es un «diccionario» que se constituye en unidades funcionales (Pineda et al., 2002). Por último, ha de señalarse que los terrenos baldíos tendrán el mismo papel que las bibliotecas, las universidades, los museos, los auditorios y los periódicos (Janzen, 1988). Además, habrá una relación entre el entendimiento de la diversidad biológica y la vida, pues es entender su mismo lenguaje (Pineda et al., 2002).

Lo que vendrá a caracterizar a la variación genética serán dos aspectos: uno, la preservación de la vida actual porque dentro de cada especie se conservará lo que la hace única y distinta a las demás y, dos, esa diferenciación de cada una de las especies es lo que también permitirá la adecuación a los cambios sobrevenidos en el futuro. Así, de este modo, se garantiza la sucesión de las especies y, por tanto, la continuidad de la vida. Hay muchos autores que afirman que la particularidad principal de la variación genética tiene que ver con el futuro y la adaptación a los nuevos hechos que sucederán, entre otros,

se pueden citar a Margalef, (1981), a Lande and Barrowclough, (1996), Hanes, (1971) y a Cornelissen, (1996).

Además, y como corolario de todo lo expuesto con anterioridad, hay que señalar que hay una vinculación entre la mayor variación genética en un ecosistema y, lógicamente, la mayor riqueza de las especies (Orians and Solbrig, 1977). También podría expresarse diciendo, además, que habrá una relación entre la medida de la riqueza de las especies y la cuantificación genética de la diversidad de especies que es posible hallar en un ecosistema (Gaston, 1994). Entonces, tanto más valioso de conservar será un bosque cuanta mayor sea la riqueza genética que alberga en su interior.

La variación genética además de representar a la vida individualmente considerada, también lo es de la especie, de la población y, por último, del espacio físico donde nacen, maduran y se mueren. Entonces, quien en último término garantiza el mantenimiento de la vitalidad de un ecosistema es la propia variación genética que salvaguarda las diferencias entre los individuos y la supervivencia de las poblaciones (Nunney and Campbell, 1993). Sin embargo, antes se ha incidido en la afectación de la variación genética a los cambios futuros que sucedan en el entorno donde las poblaciones desarrollen su vida y esta adaptación tendrá una plasmación en el tiempo, sobre todo, en el corto y largo plazo (Hobbie et al., 1994). Si desde un primer momento se viene vinculando la variación genética con los posibles cambios que surjan en tiempos posteriores, no puede dejar de mencionarse que ello implicará en muchos casos resistencia. Resistencia a las agresiones que intenten romper la armonía de la vida que haya en el ecosistema (COM (2010) 66 final.). A su vez, la variación genética sería una manera de oponerse a la incertidumbre demográfica a través de la adaptación a los cambios futuros manifestada por dicha variación genética (Frankel et al., 1995).

También se puede llegar a la misma conclusión sostenida en el párrafo anterior con la exposición de los supuestos contrarios, es decir, es la variación genética, hasta ahora manifestada quien es la responsable de la fortaleza de las poblaciones en el momento actual, así como ecosistema. Entonces, la circunstancia contraria implica que tras la alteración de un ecosistema por la mano del hombre, también se ha transformado la capacidad de recuperación de los ecosistemas (Vitousek and Mooney, 1997).

La recuperación del valor de la carga genética no es un bien que pueda ser reparado de un modo más o menos rápido como lo pudiera ser otra materia cualquiera. Todo lo contrario, la pérdida genética que sufren las poblaciones y, por ende, los ecosistemas serán restaurados en su plenitud por el transcurso de millones de años (Wilson, 1984). Sin embargo, la recuperación de un bosque después de haber habido unas tierras dedicadas a las labores agrícolas, tiene un tiempo estimado en parecerse este nuevo bosque al primitivo calculado en decenas o centenares de años (Margalef, 1981).

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De este modo, la recuperación de la riqueza genética dependerá del momento en el que se decida a contar el tiempo, es decir, no resultará ser lo mismo una cubierta forestal (de poca densidad) que puede tardar en aparecer una o dos décadas. Sin embargo, si lo que se quiere es la obtención de un bosque maduro, entonces, la cuantificación del tiempo se prolongará desde un siglo hasta los cinco siglos (Janzen, 1988). El tiempo, entonces, se convierte en la clave de la variabilidad genética. Sin embargo, será distinta la conservación de la variabilidad genética con el tiempo en el que hay que emprender acciones. La conservación de la diferenciación genética se extenderá a lo largo de un tiempo que se denominará «time scale of concern» (esto es, la incertidumbre del paso del tiempo) y como la preservación de este bien es una circunstancia dinámica, ha de señalarse que la conservación ha de ser llevada a cabo desde el primer día o año y debe prolongarse hasta llegar al infinito. Además, está ínsito en la naturaleza que la conservación de un bien tan preciado no puede demorarse. La actuación de su defensa y expansión ha de ser ahora (Frankel, 1974).

Un ejemplo de ecosistema con una gran riqueza de diversidad genética en su interior son los bosques. Dentro de ellos las especies arbóreas tienden a sobresalir en importancia. Lo serán, entre otras razones, por los bienes que proporcionan, por su importancia ecológica y, por último, son los árboles quienes dominan ecológicamente la estructura forestal y su presencia determina una serie de interacciones con otras formas de vida de la comunidad, y en su interior se salvaguarda la riqueza genética que es clave para su conservación (Frankel et al., 1995.).

Es posible, también, sostener la visión de los bosques como un espacio físico donde en su interior se alberga una gran cantidad de biodiversidad y el hecho de que algunas prácticas actuales están menoscabando dicha variabilidad (López, 2002). De los bosques puede decirse, además, que es un refugio de la biodiversidad (Hernández y Romero, 2009). Sin embargo, queda mejor expresado diciendo que los bosques en su conjunto y sin excluir a nada, son biodiversidad.

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