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5.2 Robotic Assembly Experiment Scenario

5.3.3 Model generalisation

Aducimos que por evidente necesidad, al tiempo que la migración indígena era cada vez más visible y cobraba importancia, fue necesario abrir la perspectiva en los estudios que hasta hace no mucho predominaban en la investigación de las problemáticas de las comunidades indígenas (sobre todo los estudios etnológicos y antropológicos). Efectivamente, esto ha sido así cuando menos hasta principios de los años cincuenta en que el proceso de industrialización comenzó a abrir el panorama de la movilidad territorial interna de la población en el país y el crecimiento urbano reclamó ingentes cohortes de población inmigrante para el sostenimiento de los esfuerzos industrializadores, buena parte de éstas provenientes del contexto rural indígena en el perímetro de las ciudades más involucradas con este esfuerzo en el centro del país.

Es así que en estos años, se abre el interés por la investigación de las migraciones indígenas, que en un principio se centró en el análisis de las condiciones de expulsión y en las formas de adaptación de estos migrantes a las nuevas situaciones.

Las interrogantes que generaron estos procesos comenzaron a ser abordadas de forma sistemática en la década de los setenta y ochenta. Las principales líneas de interés seguían motivadas por el análisis de las causas, pero ahora también por sus formas y la cauda de implicaciones. Las interrogantes orientadoras de la discusión se diversificaron en varias direcciones; ¿qué estaba pasando en las zonas indígenas expulsoras de migrantes?, ¿qué impactos tenía en las familias la migración de alguno(s) o de todos sus miembros?, ¿a qué mercados laborales se incorporaban y en qué lugares?, ¿de qué modo se integraban a los lugares a donde migraban?, ¿qué impactos tenía la migración en las comunidades de origen? y, finalmente, ¿la calidad de vida de los indígenas mejoraba con la migración?.

Así pues, el grueso de investigaciones en este ámbito se movió alrededor de la búsqueda de respuestas a una problemática que demostraba ser compleja y multidimensional, tanto en sus manifestaciones como en sus causas profundas.

Lo que ha sido evidente con el paso del tiempo es que, aunque México tiene una larga historia de movilidad migratoria, es desde las tres últimas décadas que las migraciones indígenas se han modificado sustancialmente tanto en aspectos cuantitativos como cualitativos, tanto en las formas como el contenido.

En cierto sentido, durante un largo tiempo, la migración indígena estuvo inserta en el patrón de movilidad migratoria de la población en general, especialmente de la población de las

159 áreas rurales. De los años cincuenta a los setenta se configuró un patrón dominante de migración de un volumen masivo de población del campo a las ciudades para incorporarse como obreros en la naciente industria, de albañiles en la construcción y de trabajadoras domésticas.

No obstante esto, según diversos autores, la migración rural interna como tal fue poco importante en términos cuantitativos en esta etapa. Se calcula que en 1970 esta migración implicaba sólo a cerca de 600 mil personas, la mayoría se componía de desplazamientos de trabajadores a las ciudades y migraciones temporales de campesinos pobres. El objetivo de la migración para esta población era complementar ingresos provenientes en su mayoría de actividades agrícolas que todavía seguían desarrollando con distintos niveles de suficiencia. Esta migración se componía en lo fundamental de hombres adultos que viajaban solos, pues las mujeres y los niños permanecían usualmente en sus comunidades de origen. A parte de los migrantes con dirección hacia las ciudades, los otros destinos de importancia eran las zonas productoras de materias primas para la industria como el algodón en la Comarca Lagunera y Michoacán; el café en Chiapas, Oaxaca y Veracruz; la caña de azúcar en Veracruz, Morelos y Sinaloa; el tabaco en Nayarit y en Valle Nacional, Oaxaca, y sólo en menor proporción, al cultivo de hortalizas en el Noroeste del país (Pérez; 2007:6).

El cambio más drástico en la composición y destino de esta migración vino a producirse entre los años ochenta y mediados de los noventa y estuvo determinado por la crisis de la economía campesina en el campo, expresada en la reducción de trabajadores autónomos en la agricultura, la contracción del mercado laboral y de los ingresos de esta población en este ámbito. En esta nueva fase de la economía mexicana, a la migración rural hacia las grandes ciudades, viene a añadirse ahora la dirigida a ciudades intermedias, se dispara la que se dirige a Estados Unidos de Norteamérica y se intensifica la migración con destino a las zonas de agricultura comercial de exportación. Es entonces, que desde fines de los años noventa y hasta la presente década, la movilidad migratoria rural con destino a las zonas productoras de hortalizas del noroeste comienza a crecer significativamente y a ocupar más atención en el ámbito de la investigación, especialmente porque el despegue de estas zonas de agricultura capitalista y la migración interna a que da lugar, se configura como la expresión de la nueva etapa de cambios en la agricultura del país que involucra un deterioro más acelerado de las economías campesinas de subsistencia. El aspecto que también sobresale de la reactivación de la migración rural en esta época, además de su incremento y del cambio en las direccionalidades, es que los indígenas

160 comienzan a ser los protagonistas de este tipo de migraciones. En el nivel interno es donde se nota primero su intensidad y a nivel externo con posterioridad.

Por ello, las interrogantes sobre los procesos migratorios indígenas se ven ampliadas de modo necesario y se plantean en distintas direcciones: ¿qué consecuencias culturales y lingüísticas acarrea la migración indígena?, ¿de qué magnitud es el impacto de la migración en el despoblamiento de las comunidades indígenas?, ¿hasta qué grado esta creciente migración es un correlato avanzado del proceso de descomposición de las formas de vida y de las actividades económicas indígenas?, ¿qué fenómenos está generando el asentamiento de población indígena migrante en los distintos destinos, ya sea en México como en Estados Unidos?, ¿cuáles son las estrategias y cuáles los modos de asimilación e integración de los migrantes indígenas en los contextos anteriores?, etc.

Aunque no es nuestro propósito abordar el tema de las respuestas que se han prefigurado en el campo de los estudios sobre las migraciones indígenas, enunciamos el sentido de estas preocupaciones a modo de destacar sólo los aspectos que tocan a nuestro objeto de interés que es la migración de familias indígenas jornaleras.

La hipótesis implícita más general que hemos manejado en nuestra exposición, es que la migración indígena en sus perfiles actuales es un resultado de la pauperización de las condiciones de vida en el campo y de las crisis económicas en el marco de la reestructuración, y que estos procesos han extendido y/o profundizado las desigualdades sociales entre las regiones y entre distintos grupos de población, de entre los cuales el más afectado es la población indígena pobre de las regiones del sur del país. Son estos factores los que hicieron proliferar diversas estrategias de sobrevivencia y la búsqueda de mejores condiciones de vida mediante la movilización migratoria tanto a nivel interno como externo. Migrar a otras regiones del país o hacia Estados Unidos se convirtió en de las salidas más viables o la única en muchas circunstancias y no obstante los obstáculos. La magnitud de esta movilización adquirió los tintes de un éxodo rural hasta antes apenas sugerido73.

Sin embargo, fue la migración hacia Estados Unidos la que acaparó los reflectores del mundo académico y la atención teórica (Canales y Montiel; 2007). En esta postura subyacía, implícitamente, la convicción de que los principales efectos de la reestructuración (o los de mayor

73

Armando Bartra (2002:18) denomina “globalización plebeya” al éxodo rural que resulta del avance social del capitalismo en el campo.

161 interés) en términos de la movilidad territorial de la población, se vinculaban a la migración hacia este país. Siendo esto efectivamente cierto en muchos sentidos, el problema es que se subestimó la importancia de la migración interna y especialmente la indígena.

Y es que sin ser un fenómeno reciente ni mucho menos, lo que vino a reactivarla sí está relacionado con la consolidación de la condición estructural de pobreza de la población indígena del país, pero sobre todo con los efectos y consecuencias de la reestructuración, fenómenos que no merecieron el mismo nivel de atención que se le prodigó a la migración hacia Estados Unidos.

Evidentemente que, constituyendo la migración indígena un fenómeno histórico, las fuerzas motrices que en cada época la han impulsado son el resultado de un entramado complejo de luchas sociales, de cambios en las relaciones sociales y de producción, de propiedad y de poder, pero las que han resultado decisivas tienen que ver con la dinámica de acumulación capitalista y el poder económico y político que la impulsa. En el primer caso, el gran capital industrial-agrario nacional y multinacional con intereses en la apertura y en la expansión de sus mercados. En el segundo, la tecnocracia neoliberal que ha llevado adelante estrategias de política económica y social afines con los intereses de la oligarquía dominante.

Ya en los años noventa, la creciente incorporación de población indígena a la migración y la diversificación de sus destinos, hicieron evidente la necesidad de nuevos tratamientos para abordar su mayor complejidad, tanto en su vertiente interna como internacional. En la actualidad, y dado el agravamiento de la situación económica y social de las etnias indígenas del país, la migración es un fenómeno muy generalizado en casi todos los grupos, pues la movilidad migratoria se ha transformado para mucha de esta gente en una condición de sobrevivencia y, a menudo, en el único medio para garantizar el sustento (Rubio et al.; 2000).

Así, las razones para el estudio de este tipo específico de migración en sus causas son diversas, pero la principal es guiada por la necesidad de comprender su papel en el proceso de reestructuración productiva y social en el campo, y la necesidad de apuntar las tendencias previsibles de sus consecuencias, las que van más allá de lo netamente económico, pues también son culturales y políticas.

Sólo recientemente, por ejemplo, se ha reconocido que los procesos migratorios están teniendo una incidencia directa sobre la magnitud y evolución de la población hablante de lenguas indígenas en el país (INEGI; 2005). En esta perspectiva, la migración es un factor que media en la modificación de sus características sociales y culturales, y por ende, influye en su evolución

162 demográfica por su incidencia en el desarraigo, el avance del bilingüismo y la pérdida de la lengua. En cierto sentido, por estos resultados y dada la fuerte connotación de identidad cultural específica de estos grupos de población, la migración interna e internacional genera un fenómeno de transculturalidad en que los rasgos indígenas más autóctonos se transforman o diluyen (CONAPRED; 2007). Esta circunstancia se aprecia claramente en el caso de la migración jornalera.

Existen estudios en este campo que consignan el modo en que la migración ha estado modificando la preferencia por el uso de la lengua. Y es que, el hablar Español (o Inglés para el caso de los indígenas que están migrando a Estados Unidos) se transforma en una gran ventaja a la hora de buscar y encontrar oportunidades de actividad o empleo, en comparación con la población indígena que sólo es monolingüe o no domina el Español.

Por ello, es posible que de continuar estas tendencias, la magnitud de la población indígena medida a partir de la lengua siga disminuyendo como resultado de la migración. El Censo de Población del 2010 aportará más datos para tener más luz sobre esto. La hipótesis que nosotros podemos prefigurar es que, no obstante que el avance de la instrucción escolar ha sido marginal entre la población indígena (la tasa de alfabetización pasó del 66.2% al 68.3% de 2000 al 2005), la pérdida de la lengua es un hecho que va más allá, sobre todo si el aprendizaje del Español en la escuela no representa una ventaja práctica verdadera en ciertas condiciones. La migración fuera de las comunidades indígenas es, por lo general, el contexto donde esa ventaja es muy tangible y útil. Esto explica que el avance del bilingüismo sea más acelerado que el de la instrucción alfabetizadora del español, y este hecho, en parte, puede atribuirse a la migración.

En el estudio de campo que realizamos en las comunidades zacatecanas de Rio Florido, San José de Lourdes y Chaparrosa en los municipios de Fresnillo y Villa de Cos respectivamente, hemos podido corroborar que la población indígena jornalera mayor de 8 años que proviene de distintos estados del país y que acuden temporalmente a esta región, es 85% bilingüe en el caso de los hombres y 60% en el caso de las mujeres. De éstos, el 42% de los hombres y el 65% de las mujeres no recibieron ninguna instrucción escolar. Esto es especialmente notable en el caso de la población indígena joven, mientras que el monolingüismo prevalece entre los niños de 5 a 9 años y las personas mayores de 45 años que no recibieron ninguna instrucción escolar, sobre todo entre las mujeres. Por lo común, dado el contexto familiar de este tipo de migración y los usos, prácticas y costumbres, los hombres son los que realizan casi sin excepción los tratos relativos al trabajo y

163 todas las decisiones de peso en la familia. La interacción de las mujeres fuera del núcleo familiar nuclear o extendido, que no tenga relación con las muchas tareas y actividades del núcleo doméstico que éstas realizan en el marco de la migración, es muy poco frecuente. En tal condición, no es entonces de extrañar que el monolingüismo sea especialmente notable entre éstas, lo que por otra parte, revela también la posición subordinada de las mujeres hacia el hombre jefe de familia.

Eventualmente, puede pensarse que la migración misma ha estado modificando no sólo los patrones lingüísticos, sino en un sentido amplio los patrones culturales y de comportamiento, así como las prácticas y costumbres de esta población, lo que es muy visible al interior de lo que ocurre en las familias que migran.

Lara (2005), por ejemplo, ha corroborado la pérdida de la lengua en una segunda generación de trabajadores agrícolas indígenas mixtecos y zapotecos originarios de Oaxaca que migraron desde hace años y que están asentados ahora de forma permanente en el valle de San Quintín, en Baja California. Una parte importante de los jóvenes de estas familias ya no hablan la lengua de sus padres, se reconocen menos como indígenas y no conocen la comunidad de origen de sus padres y abuelos.

Efectivamente, lo que ocurre en el caso del municipio de Tijuana y el estado de Baja California es paradigmático en cierto sentido, pues en las dos últimas décadas se ha incrementado considerablemente la población de origen indígena y allí están ocurriendo la serie de transformaciones a las que aludíamos anteriormente. En 2008, la población indígena asentada se estimó en 55 mil 496 en el municipio y 148 mil 489 en todo el estado. El crecimiento acelerado de la población indígena por inmigración queda de manifiesto si se comparan estas cifras con las reportadas en el Censo del 2000, pues en ese año había sólo 13 mil 896 en el municipio y 37 mil 685 en todo el estado. Del total de población indígena en 2008, el 59% (87 mil 608) no habían nacido en ese estado y el 99% eran hablantes de alguna lengua indígena. El 41% restante del total nació ya en esa entidad, por lo que existe ahora un número creciente de hogares con una segunda generación de población indígena nativa. La mayor parte es población infantil y juvenil que usa muy poco su lengua materna. Esta población indígena, se ha asimilado e integrado de modo muy dinámico a una ciudad y región con una vitalidad económica y social estrechamente relacionada con la que existe en las ciudades del otro lado de la frontera. La distribución de esta población observa un fuerte patrón de concentración étnica en ciertas partes del municipio y de la propia

164 ciudad, y también una marcada integración a actividades agrícolas con un perfil transfronterizo (Velasco; 2008:10). Algo similar, aunque en menor dimensión, está ocurriendo en otras ciudades a lo largo de la frontera con Estados Unidos.

En este sentido, no puede desconocerse que es la migración la que, de hecho, ha propiciado la presencia de población indígena en todos los estados del país. Los datos del censo del 2000 indicaban que más de un millón de indígenas (1 millón 139 mil 351) vivían en una entidad federativa distinta a aquella en la que nacieron (558 mil hombres y 581 mil mujeres) y que casi 20 mil eran de otro país, lo que evidencia un proceso muy dinámico de migración interna y el internamiento a México de población indígena de otros países como Guatemala.

Los estados que en ese año concentraban la mayor parte de la población indígena nacida en otra entidad eran el Estado de México, Quintana Roo y el Distrito Federal, mientras que estados como Colima, Aguascalientes y Zacatecas tenían los volúmenes más pequeños (INMUJERES, 2006). Es previsible, que el censo del 2010 deje ver más claras las tendencias de la migración indígena interna a nivel interestatal e intermunicipal, y posiblemente refleje ya el aumento de migrantes indígenas residentes en estados y ciudades fronterizas.

Por otro lado, el dato de la migración interna a nivel urbano resultó también revelador, pues los hablantes de lengua indígena en las localidades de 100 mil habitantes y más (ciudades medias y grandes), crecieron como porcentaje de la población total en esas ciudades, pasando del 8.9% en 1990 al 13.2% en el 2000 según los censos respectivos. Esto significa, que uno de cada cuatro indígenas nacidos en México vivían en las grandes conurbaciones del país74 (INMUJERES; 2006:18).

De estas consideraciones bien pueden desprenderse, cuando menos, dos pregunta de suma trascendencia: ¿En qué medida la disminución de la población indígena registrada en el II Conteo de Población del 2005 se debe a fenómenos que han sido acelerados por la creciente migración de esta población? y, en relación a esto mismo, ¿En qué medida la migración, incidiendo en la pérdida de la lengua, está acelerando el declive demográfico de la población indígena? Esto es algo que no se ha investigado todavía con suficiencia, pero todo indica que la migración y mayor movilidad están resultando decisivas en los procesos de pérdida de la lengua y, por ende, en la evolución demográfica de esta población.

165 Visto el asunto desde una perspectiva histórica, ya hemos considerado antes que la migración de la población indígena no es ciertamente un fenómeno nuevo en el país. Sin embargo, puede considerarse que hay un cambio cualitativo de importancia en tanto, eventualmente, son los distintos condicionamientos de la reestructuración los que han acelerado la migración de la población indígena y su declive demográfico.

La región sur-sureste de México, que concentra la mayor parte de la población indígena,

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